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No será un año fácil para la economía, pero tampoco es el fin

Sábado 1 de octubre de 2016
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No será un año fácil para la economía, pero tampoco es el fin

Director de 'Portafolio' explica que a pesar de los complejos retos, también hay señales positivas.

Por:  RICARDO ÁVILA | 

El dólar retomó su carrera alcista. La tasa de cambio muestra un aumento de 120 pesos hasta los 3.270 por dólar, un ascenso de casi el 4 por ciento en una semana.

Foto: Archivo / EL TIEMPO

El dólar retomó su carrera alcista. La tasa de cambio muestra un aumento de 120 pesos hasta los 3.270 por dólar, un ascenso de casi el 4 por ciento en una semana.

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La temporada de vacaciones en el territorio nacional se acaba oficialmente mañana, con el festivo correspondiente a la llegada de los Reyes Magos, pero para más de uno el descanso terminó hace rato. El motivo son las preocupaciones en torno a la economía, cuyas perspectivas se han venido oscureciendo tanto por motivos externos como internos.

Un par de datos reflejan la magnitud de lo sucedido. Hasta el viernes, y en comparación con el cierre registrado a finales del 2015, el índice Colcap de la Bolsa de Colombia perdió un 4,8 por ciento. Una acción emblemática, como la de Ecopetrol, cerró en 1.015 pesos, con lo que alcanzó su mínimo histórico.

Por su parte, el dólar retomó su carrera alcista. La tasa de cambio muestra un aumento de 120 pesos hasta los 3.270 por dólar, un ascenso de casi el 4 por ciento en una semana. (Lea también: Semana de fuego marcó a Colombia en el inicio del 2016)

El sacudón ha sido de tal intensidad que el tono relativamente optimista con que se recibió a mediados de diciembre la noticia sobre el crecimiento del producto interno bruto desapareció. Por doquier se multiplican las predicciones en el sentido de que las cosas se van a poner más duras, y más de uno hace pronósticos que rayan en lo apocalíptico.

Vientos de afuera

Como si la temperatura interna no fuera lo suficientemente alta –y no solo por el fenómeno del Niño–, las cosas no pintan mejor por fuera. El miércoles, el conocido magnate George Soros advirtió que las condiciones actuales se parecen mucho a las del 2008, cuando estalló la crisis financiera internacional que desembocó en una pavorosa recesión global el año siguiente.

El ejemplo más claro de que algo no anda bien es el de China, cuyas autoridades tuvieron dificultades para contener el desplome de las acciones en el mercado de valores de Shanghái. La turbulencia en la nación más populosa del planeta llevó a una fuerte depreciación del yuan, alimentando la ya enorme incertidumbre que existe sobre su verdadero estado de salud.

Básicamente, la preocupación es que la burbuja del crédito bancario en el país comunista se reviente, poniéndole freno a una economía que es la segunda más grande del orbe y la principal importadora de materias primas. La esperanza es que Pekín, con sus millonarias reservas acumuladas en la época del auge, logre remontar la corriente.

Para colmo de males, la geopolítica tampoco ayuda. La ruptura de relaciones entre Arabia Saudita e Irán complica todavía más la complicada situación en Oriente Próximo. A su vez, el anuncio de Corea del Norte, en el sentido de que hizo explotar exitosamente una bomba de hidrógeno, disparó las alarmas entre las grandes potencias, que tratan de verificar lo dicho por Pyongyang. (Vea aquí: Cambios en el precio de gasolina revelan escasez de etanol)

Además, el vecindario se encuentra en emergencia. Venezuela va en caída libre por la escasez, la inflación y la inseguridad, en medio de una polarización política creciente. Brasil es ahora sinónimo de fracaso, pues no solo sigue en recesión, sino que su Presidenta busca mantenerse en el cargo, mientras los tentáculos de los escándalos relacionados con la corrupción en Petrobras se extienden. Ecuador corre el peligro de entrar en una situación de iliquidez que lo obligaría a abandonar el esquema de dolarización que sus habitantes desean mantener.

En general, las cosas para América Latina pintan mal. El año pasado el PIB regional experimentó una contracción, y para este año la expectativa del Banco Mundial es que tal aumento sea cercano a cero. Con excepción de Centroamérica y parte del Caribe, a los demás les irá muy regular (aparte de los casos críticos).

De vuelta a Colombia, y en medio de un entorno tan difícil, los analistas observan con preocupación los nubarrones, que dan la impresión de oscurecerse todavía más. Si el camino se veía cuesta arriba por el impacto del desplome en las cotizaciones de los hidrocarburos sobre los ingresos del Gobierno, ahora la senda parece más empinada.

El reto de la inflación

Las causas del deterioro reciente son varias. Quizás la que más inquieta a los expertos es el salto que dio la inflación, que superó de lejos los parámetros establecidos por el Banco de la República y alcanzó en el 2015 el 6,8 por ciento. Como bien se ha explicado, el salto en el valor de los alimentos debido a la sequía y el incremento en el costo de los bienes importados fueron las principales causas –pero no las únicas– del encarecimiento de la canasta familiar.

La aceleración de la carestía obliga a las autoridades a actuar. Nadie pone en duda que en la reunión que sostendrá la junta directiva del Emisor a fines de mes se volverá a aumentar la tasa de interés que les cobra la entidad a los intermediarios financieros, hasta el 6 por ciento anual al menos. Dicho reajuste eventualmente será sentido por los usuarios del crédito, lo cual corre el peligro de golpear la demanda interna, que en tiempos recientes ha sido el principal motor de la economía. (Además: Trabajadores que ganan $1,8 millones tendrían que declarar renta)

Escoger una dosis que sea lo suficientemente efectiva para curar el brote inflacionario, pero no tanto como para debilitar al paciente y frenar el ritmo de crecimiento, no será nada fácil. La esperanza es que cuando se normalice el régimen de lluvias, a finales del presente semestre, los precios tiendan a moderarse de la mano de las cosechas. Pero mientras tanto el Banco de la República necesita demostrar que tiene la mano firme en la rienda con el fin de que la bola de nieve de las alzas no aumente de tamaño.

Junto a ese dolor de cabeza se encuentra el del petróleo, que todavía representa la mitad de las exportaciones colombianas. Aunque el gran impacto tuvo lugar el año pasado, cuando las ventas de combustibles se redujeron a la mitad, hasta cerca de los 13.000 millones de dólares, la esperanza era que en el 2016 se detuviera la hemorragia.

Lamentablemente, ese no ha sido el caso en los primeros días de enero. Si bien es imposible predecir dónde estará el crudo dentro de unos meses, vale la pena recordar que por cada dólar que baja el barril en forma permanente el país deja de recibir unos 250 millones de dólares anuales, algo que impulsa el precio de la divisa.

Combatir el déficit

Hay que cruzar los dedos para que el llamado oro negro toque un piso pronto. La razón primordial es que Colombia tiene un elevado déficit externo que preocupa mucho a los expertos y que de hecho es el más elevado del mundo entre un grupo de medio centenar de economías comparables.

Es verdad que en el pasado no hemos tenido problemas para financiar el faltante, tanto con recursos de crédito externo como de inversión extranjera. No obstante, el empeoramiento de la realidad mundial y los temores que ahora despiertan las naciones emergentes no ayudan.

Por tal motivo, la única opción válida es mantener la casa en orden. Eso quiere decir que la situación fiscal no se puede deteriorar y que los compromisos hechos por el Ministerio de Hacienda deben cumplirse. Una primera prueba de ello tuvo lugar a finales de diciembre, cuando se habló de un recorte de 3,5 billones de pesos en el presupuesto del 2016, que se suma a 2 billones más que ya estaban en la ecuación.

Hasta ahora la credibilidad de la política económica se ha logrado mantener. Así lo dejó en claro el concepto emitido por la calificadora de riesgo Fitch, que hace un mes habló en términos positivos del país. Sin embargo, la firma confía en que habrá una reforma tributaria este año, con el fin de asegurar no solo la viabilidad de las cuentas públicas, sino los gastos que implique un eventual posconflicto.

Las incertidumbres

Hablar de impuestos nunca es agradable, y menos en las condiciones actuales. Aun así, desde hace años los economistas vienen insistiendo en que el esquema vigente necesita una cirugía de fondo, pues las cargas están mal repartidas.

Por ejemplo, hay un generoso régimen de exenciones que beneficia a unas pocas sociedades, mientras la tarifa que pagan las empresas en general es una de las más altas del mundo, lo cual desestimula la inversión.

En medio de la discusión de la reforma de finales del 2014, el Gobierno se comprometió a convocar una comisión de expertos para que le hiciera recomendaciones. El reporte final fue revelado esta semana por Portafolio y plantea ajustes aquí y allá. Sin duda, la fuente de mayor controversia es la propuesta de establecer cuatro tarifas de IVA, subiendo en 3 puntos la máxima, hasta el 19 por ciento, aparte de incluir en la base gravable bienes que hoy están exentos.

Ante las reacciones negativas, el propio Juan Manuel Santos se vio obligado a explicar desde Cartagena que el Gobierno no ha decidido todavía qué va a acoger y qué no. Pero más allá de la aclaración del mandatario, la expectativa es grande, pues algo acabará llegando al Capitolio.

Adicionalmente, hay un debate interno en el Ejecutivo sobre la conveniencia de presentar un proyecto de ley sobre el asunto, justo cuando la negociación con las Farc entra en su recta final y empieza la campaña en favor del plebiscito por medio del cual los colombianos le darían su bendición o no a lo pactado. A este respecto, tampoco faltan las teorías sobre concesiones estrambóticas a la guerrilla, que, así no tengan fundamento, son creídas por más de uno.

Tales elementos, a los que se agrega un clima político muy cargado, enrarecen todavía más el ambiente. No obstante, la verdad es que no hay un solo analista profesional que mire la economía colombiana en términos apocalípticos.

Y es que los cálculos de las casas de bolsa, los banqueros de inversión o las entidades multilaterales son muy similares. Según estos, la economía colombiana crecería entre 2,5 y 3,2 por ciento este año, siendo 2,8 por ciento la cifra más probable. Un desempeño de ese tenor sería muy cercano al del año pasado. Sin ser satisfactorio, volveremos a estar muy por encima del promedio regional y en niveles similares a los de Perú, Chile o México.

“Si nos comparamos con el resto de Latinoamérica, vamos bien; pero si lo hacemos con nuestro pasado reciente, es cierto que nos hemos desacelerado”, dice el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas. El funcionario señala que “se respira un mayor pesimismo que desconoce nuestras fortalezas, por lo cual la opinión debería estar tranquila”.

Buenos indicadores

Las bases de ese argumento son varias. Para comenzar, la demanda interna sigue relativamente bien, como lo muestran las cifras del comercio. El desempleo, que en noviembre llegó a su tasa más baja en lo que va del siglo, explica por qué en las encuestas los colombianos hablan bien de su situación personal, así vean en forma negativa la realidad del país.

Por otro lado, la devaluación del peso le ha permitido a la industria volver a crecer, pues cada vez hay más sectores en negro. La plena entrada en operación de la refinería de Ecopetrol en Cartagena, en marzo, también va a ayudarles a las cifras del ramo manufacturero.

No menos importante es el ambicioso programa de infraestructura, que sigue su marcha e incluye el inicio de la construcción de las primeras concesiones de cuarta generación, además de obras viales financiadas con dinero público. En total, Minhacienda considera que esos cuatro factores le aportarán más de un punto porcentual y medio al avance del PIB.

Finalmente, la controvertida venta de las acciones que la Nación posee en Isagén implicaría la llegada de miles de millones de dólares y aliviaría la presión sobre la tasa de cambio y el déficit externo. Una operación de semejante envergadura demostraría igualmente que Colombia es aún un lugar atractivo para la inversión extranjera directa.

En conclusión, nadie piensa que el 2016 va a ser un año fácil, pues han aparecido nuevos riesgos, pero es difícil sostener razonablemente que la catástrofe está a la vuelta de la esquina. Tal como afirma Rupert Stebbings, vicepresidente de renta variable de Bancolombia: “El ambiente es desafiante para consumidores e inversionistas, lo cual pondrá a prueba tanto la paciencia como la confianza, aunque la gente no debería perder de vista que esta es una economía robusta, con elementos a su favor”. Y concluye: “Hay muchas naciones emergentes que preferirían estar en nuestro lugar”.

RICARDO ÁVILA
Director de Portafolio

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