Hipotecas ‘subprime’: la crisis con la que comenzó todo

Hipotecas ‘subprime’: la crisis con la que comenzó todo

Se cumplen 10 años del colapso de mercados por las hipotecas basura, preámbulo de Lehman Brothers.

Hipotecas ‘subprime’

Las hipotecas ‘subprime’ se ofrecieron a clientes que no cumplían los requisitos más estrictos.

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Archivo / REUTERS

09 de agosto 2017 , 08:10 a.m.

Hace diez años que estalló la crisis de las hipotecas subprime o hipotecas basura, conocidas así porque se concedieron a personas de escasa solvencia a altos tipos de interés.

El colapso de los mercados fue tan drástico que obligó a la Reserva Federal (Fed) –y al Banco Central Europeo (BCE)– a inyectar cientos de miles de millones y a bajar los tipos de interés.

Los bancos centrales se adentraron en aguas nunca exploradas en la política monetaria y fiscal.

Fueron medidas de choque que no atajaron las raíces del problema: los bancos estaban infectados con unos productos diseñados por matemáticos financieros que se basaban en créditos de escasa solvencia.

Eran hipotecas basura porque se concedieron a personas que tenían trabajos basura: malas condiciones sanitarias, carencia de seguro médico o violaciones de la legislación, como cobrar por debajo de los mínimos legales. Mientras el mercado de la vivienda crecía sin sentido, parecía un negocio rentable.

Pero hace diez años estalló la crisis de liquidez y de confianza en la solvencia de las entidades y se provocó la mayor depresión desde la II Guerra Mundial.

El común de los inversores se sumergía entonces en un curso acelerado en finanzas para familiarizarse con nuevos términos como las hipotecas subprime, CDO sintéticos, conduits, los SIV o vehículos estructurados.

El experimento de la Fed continúa porque la crisis sigue viva, aunque mitigada. Ha entrado en una nueva fase, la del desmontaje del andamiaje que fue necesario para evitar el colapso de la economía.

Este décimo aniversario no lo celebra nadie en Wall Street pese a que marcó la conciencia de los reguladores y de los inversores.

El Dow Jones cerró aquel 8 de agosto del 2007 con la mayor caída en cuatro años por el temor a la crisis hipotecaria, ante la que las autoridades no actuaron con firmeza y terminó convirtiéndose en el peor monstruo imaginado.

El primer aviso de la recesión que venía lo dio el banco más grande de Europa, el HSBC

El Dow Jones cayó hasta los 13.270 puntos, aunque hoy ha superado el bache y está en 22.000 puntos, un récord histórico.

Un buen ejemplo de la volatilidad de los mercados para unos y, para otros, el caso típico de que se ha llegado a un nivel irracional previo a otro derrumbe. El derrumbe del mercado de crédito estuvo marcado por la desaparición del banco de inversión Bear Stearns, los fondos de BNP Paribas, los bancos hipotecarios de EE. UU. y los problemas de la mayor aseguradora del mundo, AIG, que acabó sucumbiendo más adelante.

Fue la peor calamidad financiera desde 1930. Durante los 19 meses que duró se perdieron 8,7 millones de empleos, más de la mitad de los adultos vio perder su trabajo, recortado su sueldo o forzado a trabajar a tiempo parcial. El consumo y el PIB se contrajeron por la escasez de crédito y el incremento del costo de los préstamos. El S&P 500 perdió la mitad de su valor.

Este movimiento sísmico fue de tal envergadura que hizo tambalear los resortes del sistema financiero global y lo de dejó expuesto ante eventos como la ruptura del euro, la crisis de la deuda soberana de Grecia u otras consecuencias políticas como el brexit y el surgimiento de los populismos.

Una década después, los tipos de interés permanecen históricamente bajos y los bancos centrales siguen comprando deuda para sostener la economía.

Janet Yellen recuerda cómo se cocinó la crisis. “Los bancos ponían dinero en cualquier cosa”, comentó hace unas semanas. La presidenta de la Fed estaba entonces al frente del banco regional de San Francisco.

“Nadie se paraba a analizar qué pasaría si se dejaba de pagar la deuda”, explicó.

En realidad, lo que se hacía era empaquetarla para ofrecerla a inversores que buscaban altos retornos.

Todas las crisis financieras tienen características comunes. Los bancos invierten en activos de alto riesgo por su alta rentabilidad, que funcionan hasta que alguien dice que son tóxicos y pierden su valor y liquidez.

El desencadenante llega cuando la gente pide recuperar el dinero en masa ante la pérdida de confianza y el efecto contagio se acelera. La del 2007 no fue diferente. Empezó con las hipotecas subprime, se extendió a otros productos y los bancos se quedaron sin capital para absorber las pérdidas.

El primer aviso de la recesión que venía lo dio el banco más grande de Europa, el HSBC, uno de los más agresivos en el mercado inmobiliario de EE. UU.

La Fed debe desprenderse de US$ 4,5 billones que adquirió en bonos del Tesoro y títulos hipotecarios

En febrero del 2007 anunció que las pérdidas en las carteras de deuda hipotecaria iban a ser mayores de lo esperado. Los desahucios se estaban disparando y la entidad no pudo anticipar cuántos propietarios serían incapaces de pagar sus créditos.
Los tipos de interés estaban entonces en el 5,25 por ciento.

Las hipotecas subprime se ofrecieron a clientes que no cumplían los requisitos más estrictos. HSBC mezcló esa deuda con otra entre el 2005 y el 2006, en pleno auge inmobiliario.

Un mes después de reconocer los problemas la firma New Century Financial, especializada en ese mercado, cayó en bancarrota. Las cosas se pusieron feas cuando los primeros fondos estructurados con hipotecas subprime reventaron en Bear Stearns, en junio de ese mismo año.

Los problemas se propagaron a grandes firmas financieras como Merrill Lynch, JPMorgan Chase, Citigroup y Goldman Sachs. Al poco, era el BNP Paribas que anunciaba el cese de las actividades en tres fondos especializados en deuda hipotecaria por insolventes. Algunos de ellos habían vendido participaciones en España.

Ben Bernanke, presidente en aquella época de la Reserva Federal, llegó tarde. Al principio, entendió que el creciente número de impagos de hipotecas no representaba un riesgo para la economía. “Se dio por hecho de que el sistema se ajustaría solo”, admitió después. Pero luego temió que se desencadenara una segunda Gran Depresión y recurrió a todo lo que estaba en su poder para estabilizar la economía.

La respuesta a la crisis financiera se hizo de dos maneras. Se intervino primero para que socorrer a las instituciones sistémicas, incluidas firmas que no supervisadas por la Fed, como AIG y Bear Stearns. Después, se establecieron mecanismos para facilitar la liquidez que necesitaban los operadores financieros para sostener sus actividades y que así el dinero llegara a la economía.

En dos días, la Fed inyectó 87.500 millones de dólares y el BCE, 156.000 millones más. A la semana se recortó en medio punto el tipo de interés y por primera se reconocía que el riesgo era real. Ese pesimismo repentino llevó al banco central recortar el precio del dinero medio punto porcentual más, hasta el 4,75 por ciento el 18 de septiembre.

¿Se repetiría?

Las medidas no frenaron el colapso.

El lunes 17 de septiembre de 2007, miles de clientes de Northern Rock, un banco inglés especializado en hipotecas, hacían cola para sacar su dinero.

El banco finalmente no pudo afrontar las retiradas, y el Gobierno decidió nacionalizarlo en febrero de 2008. Bear Stearns acabó absorbida por JPMorgan en marzo de 2008 para evitar su quiebra, como antesala al desastre del 15 de septiembre del 2008, la caída de Lehman Brothers y la compra de Merrill Lynch por parte de Bank of America.

¿Puede repetirse esa crisis? Yellen admite que no se puede descartar, pero dice que no será como la del 2008, porque el sistema es más seguro, gracias a los colchones de capitalización que exigen a los bancos. Christine Lagarde, directora gerente del FMI, matiza: “Por dónde vendrá, en qué forma y su alcance es algo que está por ver porque llegan por donde menos te lo esperas”.

La normalización de la política monetaria en EE. UU. está en marcha: en diciembre del 2015 los tipos de interés empezaron a subir y están entre el 1 y el 1,25 por ciento. Pero la Fed tiene que desprenderse de 4,5 billones de dólares que adquirió en bonos del Tesoro y títulos hipotecarios.

SANDRO POZZI
Ediciones EL PAÍS, SL 2017.

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