Sin jefe ni horario, pero con la incertidumbre a cuestas

Sin jefe ni horario, pero con la incertidumbre a cuestas

La revolución digital sembró el mercado laboral de los ‘freelance’ que huyen de la vida corporativa.

Jóvenes ‘freelance’

Con los contratos flexibles las empresas reducen costos.

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123RF

10 de marzo 2018 , 10:16 p.m.

Hace unos años, el crecimiento de modalidades no tradicionales de trabajo al calor de la revolución digital era celebrado como la panacea de la libertad. Hoy, cuando la expansión del fenómeno es tal que ya hablamos de todo un sector de la economía, la llamada ‘gig economy’, analistas y usuarios empiezan a matizar las bondades del nuevo esquema.

La ‘gig economy’ podría traducirse como la ‘economía de los pequeños encargos’ y se refiere a la situación laboral en la que, gracias a la tecnología, las personas son contratadas para trabajos muy puntuales y esporádicos, aportan su pedazo, les pagan y se van, desaparecen, hasta que ese mismo empleador u otro les vuelva a llamar. Un mercado de trabajo caracterizado por la prevalencia de contratos de corto plazo o ‘freelance’, en lugar de los empleos permanentes tradicionales.

El avance de esta forma de relación laboral es irrefrenable y plantea una serie de interrogantes. ¿Qué transformaciones sociales está provocando? ¿Cómo están cambiando nuestras concepciones sobre el trabajo, el ocio y las relaciones laborales? ¿Podrán los trabajadores de la ‘gig economy’ acceder a ciertas previsiones y certidumbres propias del viejo sistema previsional?

Más cabeza que fuerza

“En Estados Unidos, la participación de los trabajadores ‘free lance’ y ‘offshore’ crece desde 2004, a expensas del empleo tradicional”, explica Tomás Castagnino, economista jefe de Accenture Research.

“Con la crisis de 2008, el empleo sufrió un impacto fuerte, pero el trabajo relacionado con las industrias del conocimiento volvió a crecer rápidamente, en contraste con el trabajo manual. En la ‘gig economy’, los que más crecieron fueron los profesionales. Las profesiones creativas crecieron el 9 por ciento desde 2013, y un 24 por ciento los desarrolladores web”. En cuanto a las plataformas donde se pide y se ofrece trabajo ‘free lance’, Upwork y Freelancer, las dos más conocidas, ya cuentan con 35 millones de usuarios.

Argentina no es ajena a la tendencia. Workana, una plataforma nacida en el país y orientada a trabajos 100 por ciento digitales, cuenta con más de 500.000 ‘freelancers’ en América Latina. Además de la conocida Uber, están creciendo Zolvers (especializada en empleo doméstico, cuenta con 300.000 usuarios, entre empleados y empleadores, en Argentina, México, Ecuador, Chile y Colombia) e IguanaFix (servicios para el hogar, auto y empresas, con 15.000 proveedores entre Argentina, Brasil y México).

Dos tipos de mercados

Hay dos mercados ‘gig’ diferentes: el de los que hacen trabajos de alta calificación y entregan productos 100 por ciento digitales y el de los que son contratados ‘online’ pero luego completan la transacción ‘offline’ (un transporte, una empleada doméstica, etc).

“Las tecnologías potencian el trabajo calificado. Con la revolución digital, ese tipo de ‘freelancer’ tiene todo por ganar, lo que, sin embargo, no es tan claro para el cuentapropismo menos calificado”, subraya Castagnino.

Con los contratos flexibles las empresas reducen costos. Procter & Gamble, por ejemplo, está experimentando con una plataforma llamada Workforce Marketplace
que integra talentos ‘inhouse’ con talentos externos.

Del lado de los empleados, los talentos de las nuevas generaciones privilegian la libertad, la flexibilidad y la posibilidad de combinar la vida personal con la laboral de forma más armónica que sus padres. Sin embargo, esta imagen contrasta con historias como la que Lyft, una plataforma similar a Uber, compartió en su blog el año pasado. Una conductora embarazada tomó un viaje a pesar de que estaba entrando en trabajo de parto. La anécdota se viralizó como ejemplo de que la idea de ‘trabaja cuando quieras, como quieras’ puede volverse en contra de los propios trabajadores: alguien que no puede tomarse licencia por maternidad y necesita ingresos puede tomar decisiones extremas.

“En los últimos años se ha observado un pequeño incremento de la heterogeneidad del grupo de trabajadores de tiempo parcial en términos de ingresos laborales, al tiempo que se verifica un aumento de su nivel educativo”, dice Ignacio Apella, economista para Protección Social y Empleo de Banco Mundial. Pero el especialista advierte que “los acuerdos contractuales no otorgan a estos trabajadores el mismo nivel de protección que el que provee un empleo estable”. Y “en un escenario donde el conjunto de trabajadores sin protección social es heterogéneo, compuesto por personas vulnerables de baja productividad junto con aquellos de altos ingresos y elevada productividad, la implementación de políticas de protección social se torna más compleja”, explica.

Los acuerdos contractuales no otorgan a estos trabajadores el mismo nivel de protección que el que provee un empleo estable

Mirta Vuotto, directora del Centro de Estudios de Sociología del Trabajo de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, señala que, mientras se exige cada vez menos al trabajo en términos de estabilidad y formalidad, los jóvenes demandan cada vez más un empleo satisfactorio en términos personales: “Se trata de la construcción de un proyecto individual y de una nueva relación con el trabajo que combina dos aspectos: por un lado, la conciencia de que la seguridad laboral ya no está garantizada, incluso cuando se tiene un empleo permanente; por otro, la búsqueda de sentido en la actividad profesional”, explica Vuotto.

Nuevos miedos

La libertad prometida, sin embargo, no parece ser suficiente: los trastornos relacionados con la nueva imprevisibilidad del mundo laboral crecen. “Siempre existió el miedo a quedarse sin trabajo. Pero ahora se suma el temor de los ‘freelancers’ de no saber cuál será el próximo encargo o qué ganancia reportará”, explica Gustavo Casals, psicoanalista, ‘senior communications specialist’ en Thomson Reuters. “Además, los nuevos medios de comunicación generan nuevas fuentes de ansiedad: la demanda de la disponibilidad constante, la sobreexposición de la vida íntima. Al apoyarse en estas nuevas formas de comunicación, la ‘gig economy’ potencia estos síntomas”.

Ezequiel Baum, economista, fundador de la consultora Trainer Financiero y autor de ‘Ordena tu economía’, da cursos de educación financiera a los que concurren muchos ‘freelancers’ desesperados; entre las preocupaciones de estos trabajadores, el futuro no es un tema menor. “Un tema clave es el fondo para el retiro. Hablamos de gente que tal como están las cosas se va a jubilar con lo mínimo: deberían estar haciendo un ahorrito. Solo una vez me crucé con una chica que vino a una de las clínicas financieras para ‘freelancers’ y contó que estaba ahorrando en un 401K, un plan de retiro bastante sofisticado. Pero es una excepción: todos se sienten inmortales”, explica Baum. “Hay que pensar en las contingencias. Te fracturas la mano y esos meses no te los paga nadie”.

Sin embargo, hay quienes están pensando en el futuro de los ‘freelancers’. El más conocido es Freelancers Union,
una especie de sindicato ‘freelancer’ en Estados Unidos fundado por Sarah Horowitz en 2001, que hoy da voz a los trabajadores independientes; incluso hay planes que permiten comprar un seguro de salud (aunque, por supuesto, los empleadores no contribuyen con su parte).

En Argentina, Rubén Buzzano, director de formación profesional de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE), encabeza un equipo que está empezando a pensar en la versión local de un sindicato de estas características: “Los que trabajan así sienten que no pertenecen a ningún lado. Es un asunto complicado. Hay que inventar una organización menos vertical que los sindicatos tradicionales”.

Los riesgos de la libertad

Son las tres de la tarde y recién ahora me pongo a trabajar. Pertenezco, sin duda, a la ‘gig economy’. mis principales ingresos vienen de hasta cinco o seis fuentes distintas. Un diario y otros medios gráficos, una radio, dos universidades.

Me desperté temprano, pero después de meses de andar corta de plata decidí hacer un recorrido de búsqueda y cobro de cheques. La mitad de los cheques que intenté retirar estaban vencidos. “No viste el correo”, me dicen en Palermo, en San Telmo, en Recoleta. Lo vi, pero qué puedo hacer. “Voy mañana, así hoy termino esto”, me digo todos los días. ¿Cómo es que siempre estoy trabajando y las cuentas no me cierran?

Pero la verdad es que soy afortunada. Estoy en condición de rechazar trabajos cuando sospecho que van a ser imposibles de cobrar. Los ‘freelancers’ manejamos mucho ese concepto: ‘trabajos incobrables’.

Disfruto los beneficios de esta economía. Duermo más que cuando trabajaba en una oficina, leo libros en la mitad del día, a veces puedo tomar el té con una amiga y jugar a que no trabajo. Tuve tres empleos de oficina antes de decidir dedicarme al periodismo y a la docencia universitaria, las dos cosas que más me gustaba hacer.

Como mucha gente de mi edad, toda vez que trabajé en oficina hasta ocho horas por día igual facturé. Opté entonces entre una seguridad psicológica y una libertad que en verdad no resultó mucho más riesgosa.

Cuando llego a trabajar todavía está Adriana, la empleada que trabaja en mi casa. Mira su celular y me dice que no sabe qué hacer: ayer recomendé sus servicios en Facebook y hoy le escribe más gente de la que puede tomar. Le digo lo que haría yo: privilegiar a los clientes más grandes, que más trabajo piden por mes, y dejar a los pequeños. Tomar a Gabriel, padre de familia, y decirles que no a Ana y a Tina, solteras de mi edad, que no bien tengan que achicar gastos, te van a recortar. Así me organizo yo, al menos.

Es gracioso esto del fenómeno de la ‘gig economy’: te vas del trabajo de 9 a 5 para ‘ser más libre’, y a los dos meses ya estás buscando ‘lo más seguro’.


TAMARA TENENBAUM
LA NACIÓN (Argentina) - GDA

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