Los efectos que tiene un año sin comprar nada que no sea vital

Los efectos que tiene un año sin comprar nada que no sea vital

Dos periodistas argentinas se trazaron el reto de no caer en la trampa del consumismo.

Un año sin comprar nada que no sea vital

“Vivimos comprando cosas que después no usamos”, Evangelina Himitian.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

15 de julio 2017 , 11:04 p.m.

El 23 de diciembre del 2015, Evangelina Himitian (39 años de edad, periodista del diario argentino La Nación) salió de su trabajo, en las afueras de Buenos Aires, y se encontró con una ciudad totalmente ‘descontrolada’ por las compras navideñas.

Himitian no solo se resignó ante las tres largas horas que tomaría el regreso a su casa, también reparó en el mal humor de la gente que compraba regalos contrarreloj.

Esas horas que pasamos festejando Navidad vienen antecedidas de un montón de horas de preparación en las que la pasamos mal

Una reflexión similar hizo Soledad Vallejos (de 42 años y periodista del mismo diario), en otra fecha crítica para los bolsillos: el comienzo del año escolar. Recuerda que en un momento dado no podía encontrar la talla y el color de los zapatos para su hijo, y le vino “una sensación de profundo hastío”. “Lo tiré como un grito: ‘yo no voy a comprar nada más por un año, se terminó’. Y luego pensé: ‘¿qué pasaría si realmente lo hago?’ Le conté a Evangelina, y ahí empezó todo”.

El 31 de marzo del 2016, ambas amigas firmaron un contrato en el que se comprometieron a dejar de adquirir cosas cuyo destino final fuera la acumulación.

Nada de ropa, ni cremas, ni zapatos ni libros, ni siquiera una ida a la peluquería. Durante un año completo, ellas solo comprarían alimentos y los productos de higiene y limpieza absolutamente necesarios.

La compra de regalos quedó prohibida (salvo para los niños, pero aplicando un criterio de consumo responsable) y elegirían la opción más austera para los paseos y las vacaciones. Solo decidieron mantener las salidas a comer, ya que “los buenos momentos compartidos con la gente que uno quiere no se acumulan, sino que se atesoran”.Doce meses después, ambas periodistas cumplieron el desafío con éxito y, lo mejor, sin tener síndrome de abstinencia.

Su giro hacia un estilo de vida más simple quedó retratado en Deseo consumido: ¿Y si pasaras un año sin comprar?, un libro que, además de contar los pormenores de su reto, despliega una extensa investigación sobre la psicología del consumo: desde el engañoso sistema de descuentos, promociones y pago por cuotas hasta la caída de ciertos mitos (por ejemplo, que los hombres gastan lo mismo que las mujeres en ropa).

Un año sin comprar nada que no sea vital

Evangelina Himitian (izq.) y Soledad Vallejos, las dos autoras.

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El Mercurio - Chile

“Una de las cosas que nos sorprendió a nosotras mismas es la baja tasa de uso que tienen las cosas que tenemos. Vivimos comprando cosas, pero después no las usamos”, apunta Himitian. “Podríamos tener mucho menos, sin ni siquiera cambiar nuestro estilo de vida”.

Para registrar su plan de ‘desconsumo’, las dos mujeres crearon Deseoconsumido.com, un blog en el que iban relatando su proceso de desintoxicación como si fuese un diario de vida.

Su primera sorpresa fue ver que nadie se manifestó indiferente frente al asunto. Las reacciones iban desde el pesimismo de sus amigos (“no van a poder”) hasta el de algunos desconocidos que les reconocían por las redes sociales que se sentían identificados con el proyecto, al tiempo que censuraban esta muy extendida conducta de ‘comprar-acumular-desechar’.

En sus doce meses sin compras, ambas amigas reemplazaron el placer de adquirir cosas por otras experiencias que para ellas fueron más gratificantes. Entre estas, redescubrir y valorar las cosas más sencillas, como pasar más tiempo con los familiares y amigos, sin importar a dónde iban ni qué iban a comer o a beber. “Es un miedo que uno tiene: ¿qué pasa cuando no compras? No pasa nada”, dice Himitian. “Incluso, la pasas mejor cuando tienes menos porque pierdes menos tiempo en ordenar (o en buscar eso que ‘debes’ comprar). Baja mucho la ansiedad”.

Cuando iban a cumplir los cuatro meses de ‘abstinencia’, las periodistas decidieron emprender acciones de desconsumo más activas. Entre estas, eliminar 10 objetos diarios de sus casas, cosas que ellas ya no utilizaban pero que les podían servir a alguien más. A los dos meses, y con 600 objetos menos, el cambio en sus hogares se notaba a simple vista. “Nos dimos cuenta de que, sacados estos objetos, no los extrañábamos, y nuestras familias tampoco”, apunta Himitian. “Esto nos hizo pensar mucho sobre la cantidad de cosas que tenemos, y que creemos que son importantes y necesarias, cuando en realidad no las usamos”.

Según Vallejos, la experiencia le permitió cambiar su mirada de la compra hacia lo que realmente necesita. “La compra más cercana al consumo real termina siendo beneficiosa en todo sentido: en lo económico, en su impacto social y sobre el medioambiente”, dice.

Varios referentes globales

En los últimos años, distintas iniciativas han surgido como reacción al consumismo y la acumulación de cosas sin criterio. Una de las principales inspiraciones para las dos periodistas argentinas fue la artista y escritora canadiense Sarah Lazarovic (37), quien pasó todo un año sin comprarse ropa y, cada vez que experimentaba el impulso de adquirir una prenda, la dibujaba.

Inspirada en la pirámide de Maslow, una teoría psicológica que jerarquiza las necesidades humanas, Lazarovic creó un gráfico (The buyerarchy of needs) en el cual enumera una serie de alternativas a las que podemos recurrir antes de salir corriendo al centro comercial y sacar la tarjeta.

“Esta experiencia me convirtió en una consumidora mucho más consciente y humana”, dice Lazarovic, quien explica: “Psicológicamente, tenemos dos formas de pensamiento. El sistema 1 es el lado irracional, que está influenciado por la emoción y el impulso, y en ese estado puedes comprar cosas en un frenesí. La clave es pasar al sistema 2, donde nuestro cerebro es más metódico y lógico. De alguna manera, dibujar permite el espacio y tiempo para que ese cambio se materialice”.

Otra referencia es Project 333, de la escritora estadounidense Courtney Carver (47), quien propone un desafío fashion en el cual invita a vestirse con solo 33 prendas durante tres meses. Hace poco más de una década, Carver era una asidua compradora que acudía a los centros comerciales en busca de zapatos, ropa y accesorios varias veces al mes. “Ir de compras me ayudaba a aliviar el dolor del aburrimiento, de un mal día en el trabajo, la ansiedad, la decepción”, recuerda.

Cuando fue diagnosticada con esclerosis múltiple, en 2006, Carver tuvo un llamado de alerta que la obligó a repensar su vida y liberarse de una serie de situaciones estresantes, como las deudas. Eso la llevó a crear el sitio bemorewithless.com, en el cual estimula a las personas a simplificar sus vidas.

“Hay tantos beneficios de intentar este desafío, desde gastar menos, tener mañanas más fáciles decidiendo qué ponerte, menos fatiga causada por la toma de decisiones, más tiempo para enfocarte en lo que realmente te importa”, asegura. “Me di cuenta de que necesitaba menos de lo que pensaba para ser feliz”.

Lo que pasa en el cerebro

Aunque el consumo hedónico pueda ser un fenómeno de nuestros tiempos, los expertos señalan que esta acción se conecta con la naturaleza más primitiva del ser humano. “Desde que somos chicos, todos hacemos una acción para lograr un premio. Y esa recompensa es lo que llamamos el placer”, explica Jorge Dotto, médico, genetista y autor del libro El ADN del placer.

“En el cerebro hay un centro del placer que activa el gen DRD2, que es un transportador de la dopamina. Comer, tomar una bebida, tener sexo, comprar algo o viajar nos generan placer. Eso significa que buscamos esa acción para tener un beneficio”.

Curiosamente, el máximo nivel de dopamina en nuestro cerebro no se produce al momento de estrenar aquel producto que acabamos de adquirir. Los especialistas aseguran que se libera en los instantes previos a la compra, cuando esta se activa por el deseo de tener algo nuevo. Con lo cual esa adquisición, esa posesión, al poco tiempo termina siendo algo habitual; el placer se diluye y se busca más de esa ‘droga’, explica Dotto.

En la última década, y como una respuesta a las sociedades consumistas, el minimalismo ha ganado terreno como un estilo de vida que valora las experiencias por encima de los bienes. “Se trata de eliminar el exceso en tu vida, de tal forma que tengas más espacio, tiempo y energía para lo que es más importante para ti”, señala Francine Jay, autora del libro The joy of less. “Creo que ya está ocurriendo un cambio cultural. Gente de todo el mundo está interesada en vivir vidas más simples y más auténticas”. dice.

Un ejemplo es el estadounidense Joshua Becker (42), creador de Becoming Minimalist, un blog que inspira a millones de personas a tener menos posesiones y alcanzar una mayor realización en la vida. Un día, mientras Becker limpiaba su garaje, un vecino le sugirió que, quizás, no era necesario conservar la cantidad de cosas que tenía apilados en ese sitio. A partir de entonces, inició un proceso donde se desprendió de cerca del 70 por ciento de sus posesiones de todo tipo, incluida ropa, platos, toallas, artefactos electrónicos, mueblería, decoración, e incluso redujo el tamaño de su hogar.

En su página, Becker enumera 21 beneficios que este giro trajo a su vida: entre ellos, gastar menos dinero, facilitar la limpieza de su casa, privilegiar la calidad de las cosas en vez de la cantidad y, sobre todo, disfrutar de una gran sensación de libertad.
“Los vendedores nos dicen una y otra vez que nuestras vidas no son tan felices o realizadas como podrían serlo con su producto”, señala Becker. “Esta es –continúa– la base de todo. Y, por desgracia, como escuchamos ese mensaje tantas veces, comenzamos a creerlo de manera lenta pero segura”. Y, en efecto, es famoso el dato de que en EE. UU. hay más de 80 millones de taladros que se usan, en promedio, 13 minutos al año.

Andrés Correa, un hombre de 36 años que vive en Viña del Mar (Chile), cuenta que en el pasado solía construir su identidad a partir de objetos. Desde la ropa que usaba hasta su vasta colección de discos. “Pensaba que eran mis gustos, pero eran para que la gente los admirara”, confiesa.

En los últimos años, Correa disminuyó el número de objetos que lo rodeaban. “Hoy quiero tener mi espacio físico con la menor cantidad de cosas innecesarias. Que lo que posea tenga un valor. Se me ha simplificado la vida y ahora busco mis satisfacciones en mí mismo y no en un centro comercial”.

GUILLERMO TUPPER
El Mercurio (Chile)

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