De taller de ebanistería a funeraria de presidentes

De taller de ebanistería a funeraria de presidentes

La Funeraria Gaviria, la empresa más importante del país en su sector, cumple 130 años de fundada.

Sepelio de Laureano Gómez

Imagen del sepelio del expresidente Laureano Gómez.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

21 de octubre 2017 , 11:00 p.m.

El negocio empezó por casualidad. Fue en Medellín, en 1887, cuando esta villa tenía 40.000 habitantes. Los lugareños solían ir a los locales cercanos al parque Berrío para ver las vitrinas y conversar con sus creadores. La tradición era que su lugar de trabajo también fuera su residencia.

Así pasaba sus días don Mariano Gaviria, un habilidoso ebanista, quien de vez en cuando también elaboraba cofres fúnebres. No era su vocación. Lo hacía por solicitud de amigos prevenidos que le mandaban a hacer su propio ataúd. Lo dejaban guardado hasta el momento de su partida final.

Cuando se dio cuenta, él había acumulado una cantidad de féretros que copaban toda la bóveda. Había nacido una empresa que cumple 130 años y por la que han pasado cinco generaciones, especializadas en el trascendental oficio de servir de escala antes del último y definitivo viaje.

Su hijo, Francisco, se trasladó a Bogotá, a principios de la década del 20, cerca del Capitolio Nacional, en la calle décima, y fundó la Agencia Mortuoria Mariano Gaviria. Eran otros tiempos. Además de los muertos que dejó la guerra de los Mil Días, que fueron arrojados a fosas comunes, los difuntos se velaban en las salas de la casa en rústicos ataúdes mientras las mujeres pasaban sin cansancio las cuentas del rosario y se las arreglaban para servir caldo de gallina y decenas de tasas de café a quien llegara a presentar sus respetos o simplemente a disfrutar del convite.

Algunas familias prestantes, sin embargo, empezaron a acudir a la Agencia Mortuoria, la cual empezó a contar con una bien ganada reputación. Gladys Gaviria Segura recuerda que su abuelo Francisco emprendió un viaje a Europa para mejorar su negocio. Del Viejo Continente trajo la idea del primer carruaje fúnebre halado por sobrios caballos percherones con penachos negros de plumas de avestruz. Era una carroza de vidrios de cristal de roca que si bien hacia su camino con solemnidad, era seguida por una algarabía de chiquillos y curiosos debido a su llamativa forma. Luego importó el primer automóvil fúnebre que se paseó por las calles de la capital.

Su trabajo cuidadoso, la cercanía con los núcleos de poder y ese halo aristocrático en el traslado de los cuerpos hizo que la empresa se convirtiera en la preferida de los dirigentes políticos. Desde el cultísimo Marco Fidel Suárez (presidente de Colombia, de agosto de 1918 a agosto de 1921), fallecido el 3 de abril de 1927, hasta Julio César Turbay Ayala. Además, también han sido llevados en solemnes pompas otros mandatarios: Virgilio Barco Vargas, Misael Pastrana Borrero, Guillermo León Valencia, Alfonso López Michelsen y Gustavo Rojas Pinilla.

Pero ¿es un buen negocio una funeraria? Beatriz Álvarez, gerente general, quien llegó a este cargo a través de una agencia de cazatalentos, responde sin vacilar: “Sí, claro que sí”. Ella explica que este es el único servicio que todos en alguna ocasión, sin excepción, vamos a requerir.

La muerte es la única certeza que tenemos y, sin embargo, la esquivamos como si eso no fuera cosa que algún día irremediablemente nos va a tocar

Para ella, es tan importante el trato que reciban los familiares y amigos como el del difunto. “Nuestra misión pasa por atender y ayudar de la mejor manera posible a quienes vienen con la persona que se marchó. Son momentos desgarradores que en caso de no hacerlo bien dejan heridas que pueden tardar años en sanar”.

Por eso, ahora ya no es solo Funeraria Gaviria sino Grupo Gaviria con ramas especializadas en sanar el dolor. Y pone un ejemplo. Hace un tiempo, vino una joven pareja que tenía un hijo con leucemia al que no le daban más de tres meses de vida. Con psicólogos y terapeutas empezaron a trabajar con cada uno de los padres, que se sentían responsables por la enfermedad del niño y que, simultáneamente, también culpaban al otro.

“Fue tremendamente triste ver el proceso, pero al final, el niño se fue y la pareja se había unido tanto, entraron tomados de la mano, despidieron a su bebé y se marcharon a continuar su vida juntos”.

Ella, que mínimo ve cada día una docena de salas de velación llenas, dice ha aprendido que “los duelos no se superan, se elaboran”. Para Álvarez es llamativo que en nuestra sociedad se hable tan poco de la muerte. “Es la única certeza que tenemos y, sin embargo, la esquivamos como si eso no fuera cosa que algún día irremediablemente nos va a tocar”.

En lo que sí hay diferencias es en los precios. Por ejemplo, una velación de un neonato puede valer 600.000 pesos. Se trata de una práctica que se ha ido extendiendo porque anteriormente las parejas perdían a su bebé y lo dejaban en la clínica. “Ahora, la mayoría, los traen para hacerle una despedida”.

En este trabajo se aprecian en instantes todas las características de nuestra sociedad

Y hay también costosos funerales que en algunos casos han alcanzado los 70 millones de pesos con el lote incluido. Un hecho que ha ido a la baja porque en Colombia el aumento de las cremaciones es exponencial.

En estos 130 años, el Grupo Gaviria ha sido escenario de hechos insólitos, delirantes y enternecedores como el de la familia de una fallecida que solicitó el ingreso de la mascota de la muerta a la sala de velación. Se autorizó y la perrita lloró desconsolada parada en puntas al lado del cofre; allí permaneció durante toda la velación.

Asimismo, a las honras fúnebres de un ganadero llegaron sus 13 hijos, cada uno de una madre diferente y con poca diferencia de edad entre ellos. En la iglesia, durante la ceremonia, se vio a los 13 muchachos en primera fila sentados en orden cronológico de mayor a menor y en la fila siguiente, las 13 mujeres cada una ubicada detrás de su respectivo hijo. “En este trabajo se aprecian en instantes todas las características de nuestra sociedad”, dice Álvarez.

Hoy, en la empresa que lleva el nombre de su fundador no hay un solo miembro de la familia. Conscientes de las dificultades que generan las compañías cuando pasan a su tercera generación, ellos voluntariamente decidieron hacerse a un lado y entregársela a una firma administradora privada. “Esto se maneja con exigentes estándares financieros”, dice su gerente.

ARMANDO NEIRA
EL TIEMPO@armandoneira

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