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Benedetti: poesía sin misterios (texto de Jotamario Arbeláez)

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Foto: Efe

Cientos de personas llegan al Cementerio Central de Montevideo durante el entierro del escritor uruguayo Mario Benedetti.

Quienes nos referimos con reparos a su legado, nos situamos en el mismo plano de envidia de los prosistas ante el éxito de Coello.

Cuando el triunfo de la revolución cubana, ningún escritor o poeta latinoamericano pudo darse por desentendido. Durante las décadas del los 60 y los 70, los intelectuales de derecha estuvieron prácticamente desaparecidos. Ahora resoplan, oh sorpresa, en algunos de los progresistas de entonces. El muy airoso Gabo, en sus reportajes, llegó a declarar que todos los buenos escritores eran de izquierda. Y aclaró, que el único deber revolucionario de un escritor era escribir bien. Y que, para todo revolucionario, la tarea de defender la revolución cubana era primordial. El sismo del boom tuvo su epicentro en Cuba, cuando todos eran felices e indocumentados.


Y en Cuba, en Casa de las Américas, tuvo lugar, por entonces, la digna acogida al exiliado uruguayo Mario Benedetti, poeta, cuentista, novelista, ensayista, y sobre todo corajudo combatiente contra las dictaduras. Se encargó del Centro de Investigaciones Literarias, que heredaría Óscar Collazos. ¡Qué tiempos aquellos!


Desde el momento en que se anunció la muerte de Benedetti, el 17 de mayo, en Montevideo, a los 88 años y en mitad de su libro póstumo, ha comenzado el bombardeo de réquiems por Internet, y las llamadas solemnes de los medios de comunicación, a interrumpir el desasosiego de los colegas sobrevivientes, para manifestarles el pésame y transmitir su congoja. Algunos sinceros dolientes exaltaban como al más grande al bardo desaparecido del país de Lautreámont y de Jules Laforge, padres del verso libre y del párrafo envenenado. Otros, más rigurosos o más cautos, guardaron su compostura.


Pertenezco a una generación, menos literaria que de anarquismo bohemio, nacida en Colombia poco antes del triunfo de la revolución cubana, que se denominó el nadaísmo, y que la saludó declarando: "Nosotros amamos la revolución aunque la revolución nos mate, o peor todavía, nos ponga a trabajar". Según nuestros presupuestos de implumes vanguardistas de entonces, a la poesía que recibíamos como herencia fatídica había que despojarla de la recarga gramatical, de la retórica hueca, del tintineo, del trascendentalismo, del patrioterismo, de los sofismas metafóricos, de lo meloso, de lo baboso, de lo mesiánico, del cartel, del mensaje, de todo, menos del misterio. Y del misterio fue de lo que la despojó Benedetti. La peló, la dejó en los puros cueros. En los cueros pelados, gracias a una expresión coloquial que no exigía del lector el mínimo esfuerzo, atrapando de inmediato a una juventud artesanal y universitaria y comprometida que lo vitoreaba rabiosa.


Por esos tiempos tuve un encuentro epistolar con el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, quien se ordenaba sacerdote en el seminario de vocaciones tardías de La Ceja, Antioquia, de donde saldría a la isla de Solentiname, a fundar un monasterio para derrocar al tirano. Él me instó a abandonar hermetismos, abstraccionismos y demás paludismos de la escritura, y a expresarme con un aliento conversacional, cotidiano, urbano, pero sin oponer la sombrilla al viento paráclito. Narrar la realidad tal cual era pero mostrando lo que no se veía, para hacerla caer en contradicción. Manteniendo la luz de lo misterioso.


Fuimos legión quienes seguimos al cura. Pero igual arreció por entonces la poética de Benedetti, con igual impulso contestatario pero directo. Si nos vamos a bañar vámonos empelotando, como decía una discípula.


Expresa Óscar Collazos que "es curioso que a Benedetti no lo hayan sentado nunca en uno de los sillones vacíos del boom de la novela latinoamericana de los años 60 y 70". Donde tampoco, a pesar de sus méritos, sentaron a su reemplazo. Pero no era para tanto, querido Óscar, en uno de esos asientos casi que no sentaron ni a Onetti.


Confieso que cada vez que vi un libro de Benedetti, en una librería o en la mesa de noche de alguna amiga, abrí al azar, y al encontrar estrofas como ésta, volví a cerrarlo: "¿No sería hora / de que iniciáramos / una amplia campaña internacional / por los izquierdos / humanos?".


El poeta que lucha por los que ni siquiera saben que están jodidos, que se arriesga por sus derechos, que está dispuesto a ser crucificado por redentor, merece todo el amor y el reconocimiento tribal, de parte incluso de los poderes estatales que desataron su furia. Como acaba de suceder con Benedetti, huésped de honor en el Panteón nacional.


Le tocó, como a los mejores de siempre, comer mucha mierda y tascar mucho freno, antes de que la gloria literaria le pelara los dientes. Supo trasladar lo que se conoce como la herramienta poética a los ámbitos populares. Volviéndose a veces, como se afirma, un símbolo universal de los enamorados. Por engatusadores poemas como Táctica y estrategia, con el que tímidos sexuales se apuntan a hacer levantes, pobre oficio de la poesía. Si uno se detiene en ese poema y se informa de que por él han caído cientos de chicas, tendrá que deducir que las pobres estaban muy apuradas.


Me avergüenza coincidir en mi apreciación, un tris insolente, con las de académicos de la lengua como Piedad Bonnett, quien no pasa al teléfono para contestar a este tema, ni Cobo Borda, quien piensa que el éxito del uruguayo fue debido a que "respondía con sus letras al agite de la izquierda propia de esa época de inconformidades...". O sea que no le rebaja la mamertada.


Para redondear este informe, he saqueado de los bolsos de mis entrevistadoras los libros de poemas de Benedetti para hojearlos y hacer algunas citas dignificantes, no aludiendo a su posición humanística y luchadora -ante la cual casi todos nos inclinamos y compartimos-- sino ante la sencillamente poética, y por mi madre que no encuentro qué citar.


Lo que me pone en conflicto con esa juventud que lo asumió como adelantado. Pero repito, me cae en los huevos aparecer como cómplice de esos rapsodas académicos que de mí se expresan en la misma forma. Y de los derechistas de nuevo cuño. Benedetti no es tan maledetti, como dicen algunos maledicentes.


Quienes nos referimos con reparos a su legado, frente a sus millones de admiradores, sus millonarias ediciones, sus reconocimientos en vida y sus impresionantes homenajes póstumos, nos estamos situando en el mismo plano de envidia de los prosistas ante el éxito de los libros de Pablo Coello.



JOTAMARIO ARBELÁEZ

Para EL TIEMPO
jmarioster@gmail.com

 

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