Las capacidades sobrehumanas de la apneista Sofía Gómez

Las capacidades sobrehumanas de la apneista Sofía Gómez 

La colombiana logró un nuevo récord mundial en la modalidad peso constante con bialetas.

Sofía Gómez

Sofía, de 25 años, es capaz de permanecer bajo el agua 2’ 43”.

Foto:

Fotos: Esteban Duperly para Revista ‘Carrusel’

06 de julio 2017 , 11:49 p.m.

Cuando Sofía Gómez respira, la tela de su blusa sube y baja con levedad a la altura de su abdomen. No es su pecho el que se infla, es su estómago el que se mueve con el encogimiento del diafragma. Otras veces, en su respiración no hay sutileza: cuando entrena, su vientre se repliega hasta forrar las costillas y luego sus músculos abdominales se agrupan en una protuberancia que se contrae y expande, como si un grotesco parásito espacial estuviese acomodándose bajo la piel. Y otras veces, en cambio, Sofía no respira.

En el 2014, en Chiapas (México), Sofía dejó de respirar durante tres minutos y nadó en una piscina olímpica la distancia de 195,76 metros. Cuando sacó la cabeza del agua y se agarró del borde, los espasmos por la privación de oxígeno la sacudieron desde el tronco. En la cara enrojecida tenía una mueca de esfuerzo, la boca estaba estirada en una dolorosa carcajada, como alguien que intenta escupir una espina. Durante unos segundos luchó para dominar las convulsiones y evitó ser descalificada. Ese día batió el récord panamericano en apnea dinámica.

Un año antes, en el 2013, lo había intentado en Cali, pero cuando alcanzaba los 180 metros perdió el conocimiento y se hundió como galeón español. El cuerpo de un apneísta que se ahoga suele caer apacible, con gravidez lunar. No hay resistencia, solo un tranquilo descenso: una rendición narcótica al agua. “Un blackout –un desmayo en argot apneísta– se siente delicioso, uno se duerme. Cuando me sacaron yo ya estaba soñando”, dirá ella.

‘Apnea’ es una palabra que se usa con más frecuencia en medicina para designar la interrupción involuntaria de la respiración mientras se duerme: apnea del sueño. No son muchos los que la conocen como una disciplina deportiva que se practica en varias modalidades, tanto en aguas abiertas como en piscinas.

Sofía devora una poderosa hamburguesa Pepper Jack término medio, acompañada de papas en cascos; un día antes, dio buena cuenta de un plato de tacos al pastor, un burro. Cuando formaba parte del equipo de natación con aletas –en Risaralda y luego en Antioquia– consumía 8.000 calorías diarias, pero ya no las cuenta.
Sin embargo, es flaca y fibrosa. Su índice de grasa corporal es del 11 por ciento –el de una mujer que se ejercita con regularidad puede ser del doble– y cuando se inclina sobre la mesa apoyando los codos, los hombros se dibujan bajo las mangas como dos gotas ascendentes.

Nada todas las mañanas una hora y media y, al final de la tarde, entrena en un gimnasio otra hora y media. Mientras hace sentadillas o pedalea en una bicicleta estática usa un nose clip, una especie de nariguera que bloquea sus fosas nasales. Lo hace para obligar a sus músculos a trabajar con un suministro de oxígeno limitado. Las venas en la frente se exponen como raíces verdosas.

Los apneístas son especialistas en medidas. Un metro más o un metro menos es la diferencia entre la gloria o la indiferencia. Todo está calculado. Cuando un deportista entra al agua debe saber cuáles son sus límites. Su vida depende de ello. Hay que administrar cada movimiento, cada brazada, la cantidad de oxígeno que se lleva en los pulmones y en la boca para compensar la presión. No hay estallidos de potencia ni giros de último minuto, solo una tranquilidad zen que traspasa la frontera de la resistencia humana.

Este deporte es 30 por ciento cuerpo y 70 por ciento mente”, dirá Carlos Correa, uno de los más destacados apneístas colombianos. Mente para dominar un cuerpo que colapsa. En las inmersiones, cada pulmón se puede comprimir hasta el tamaño de un puño, la sangre se concentra en el cerebro y el tronco, el ritmo cardiaco baja a apenas 20 pulsaciones por minuto, la saturación de oxígeno en la sangre es del 50 por ciento, el dióxido de carbono aumenta a niveles tóxicos, el diafragma se contrae involuntariamente intentando respirar. Desde el punto de vista médico, estas condiciones no son compatibles con la vida. “¿Usted sabe por qué se murió el hombre pájaro? Porque quería ser pájaro. Lo mismo puede pasar con el hombre pez, porque no estamos adaptados para eso”, dice Carlos Francisco Fernández, asesor médico de EL TIEMPO.

Pero Sofía en el agua es pura armonía. Desciende en perfecta vertical, despliega sus piernas y, enseguida, sus brazos para impulsarse, luego se repliega y se deja caer. El océano prístino se oscurece a medida que baja y se convierte en una garganta negra. Hay belleza en el movimiento, en el flujo sereno del cuerpo que se desvanece en la profundidad. “En el fondo está la paz total: vos estás completamente solo, estás tú con el agua. Arriba está el mundo”, dice Sofía.

El apartamento es pequeño y queda en una casa de dos pisos que se dividió en espacios independientes para sus inquilinos. Un baño, una sala, una habitación. Un clóset, una cama, un cepillo de dientes. Sofía tiene el pelo mojado –acaba de tomar una ducha–, usa un short de yin deshilachado y una camisa de hilo color crema. La típica estudiante universitaria. Sofía está por terminar su carrera de ingeniería civil, y en un sencillo mueble junto al sofá hay libros de cálculo intercalados con novelas que van de J. K. Rowling a García Márquez. En la parte superior tiene varias de las medallas que ha ganado y tres botellitas con arena de las playas de Bahamas, Taganga y Venezuela.

Sofía Gómez

En el 2014, en Chiapas (México), Sofía dejó de respirar durante tres minutos y nadó en una piscina olímpica la distancia de 195,76 metros.

Foto:

Prensa BBVA

–Algo que me da temor es graduarme y empezar a trabajar y que la vida se me convierta en levantarme e ir a la oficina y llegar a mi casa a dormir. Yo quiero vivir de la apnea –dice.
–¿Y se puede vivir de la apnea?
–Pues si eres campeón mundial, sí. Todos los grandes apneístas viven de la apnea, ya sea porque son instructores o porque son famosos y les pagan por campañas publicitarias.

Desde Pereira, Paulina Gómez, la hermana mayor, recuerda su relación con el agua: cuando tenían 4 y 7 años, competían aguantado la respiración en una piscina inflable. A los 9 años, Sofía ya practicaba nado sincronizado y a los 10 comenzó a nadar con aletas. Al terminar el colegio, Indeportes Antioquia la llamó para que formara parte de su equipo, y hace cuatro años empezó a competir en apnea.

“Un día, cuando hacía natación con aletas, hicimos ejercicios de respiración. Yo no sabía nada de apnea, pero ese día aprendimos un poquito y al final el entrenador nos dijo: ‘Bueno, hagan una apnea máxima a ver cuánto hacen’. Estábamos en una piscina de 25 metros y usábamos bialetas. Ese día hice 100 metros”, cuenta Sofía. Y 100 metros, por supuesto, es una distancia poco más que notable para cualquier principiante. Luego empezaría a romper las marcas nacionales y más tarde, las continentales. Y ahora está trabajando para lograr su primer récord mundial.

***
Según Diver Alert Network, unos 40 freedivers –buceadores a pulmón, entre los que se incluyen los apneístas– mueren al año en el mundo, aunque la gran mayoría de accidentes suceden por no seguir protocolos de seguridad. En el 2015 desapareció Natalia Molchanova en las islas Baleares y en el 2013, el estadounidense Nick Mevoli falleció en el Vertical Blue –campeonato en Bahamas– tras su intento de romper la marca masculina de 96 metros de profundidad en peso constante sin aletas.

La apnea tiene una fama trágica. Pero los deportistas aseguran que buena parte de esa fama es infundada. El apneísta tunecino Walid Boudhiaf dirá: “Esto es como pilotear un avión, es una actividad que parece riesgosa; pero cuando seguimos unos protocolos de seguridad, es incluso más seguro que manejar un carro”. Y Sofía concluirá: “En las bases de datos de Aida hay como 50.000 inmersiones registradas y solo una muerte. Hay más posibilidades de que te atropelle un carro cuando montás bicicleta de que te mueras haciendo apnea”.

Pero la posibilidad existe, y Sofía lo sabe. El año pasado entró al agua en Bahamas y comenzó su descenso por el Blue Hole, un agujero cercano a la costa que tiene 202 metros de profundidad y se abre como un túnel al inframundo. Llegó a 63 metros y tuvo un ataque de pánico. Es difícil imaginar lo que se puede sentir en medio de la oscuridad, en el silencio absoluto, mientras se cae como plomo en la negrura infinita. “Y si me muero aquí, ¿quién me saca?”, se dijo.

Su mamá también lo sabe: “Ahí la tengo, con el corazón en la mano. Me parece que lo que ella hace implica unas cosas que no son normales en el humano: dejar de respirar. Y en una profundidad tan impresionante”. Pero esa es su épica: hacer lo que nadie más puede, romper los límites, sobreponerse al miedo.

Lo dice mejor Mauricio Mosquera, gerente de Indeportes Antioquia: “Esas son las hazañas que el hombre siempre ha logrado. A nosotros nadie nos pidió que subiéramos al Everest, y nadie le está pidiendo a Sofía que baje al fondo del mar, pero al hombre le gusta romper los retos”.

¿Qué busca alguien que deja de respirar? ¿Acaso en la profundidad está la epifanía? ¿En el fondo somos distintos, nos descubrimos?

Sofía dirá que sumergida encuentra la paz, la liberación: “En esos últimos momentos de la apnea, cuando sentís que ya necesitás respirar, es cuando liberás todo lo que estás sintiendo. Liberás rabias, tensiones. Cuando estoy triste, por ejemplo, me voy para el fondo un ratico, porque vos podés llorar en el agua y nadie se da cuenta”.
También dirá que en la apnea encuentra el reto, la estimulante ferocidad de la competencia: “Yo entreno para ganar, para ser la mejor. Si uno hace este deporte a nivel competitivo es porque quiere ganar, o si no se quedaría entrenando solito o haciéndolo como hobby. Me gusta ganar”.

En el 2015, Pirry –el periodista– puso en su Facebook un video de una inmersión de Sofía acompañado del siguiente texto: "@sofigomezu, una de esas deportistas excelentes que muchos no conocemos porque la apnea no es un deporte muy popular, sin embargo les dejo este video para que entiendan un poco la mística, la resistencia, el coraje y la belleza de este deporte. No hay que perderla de vista y apoyarla desde ahora y no solo cuando nos sorprenda como una Mariana Pajón o un Orlando Duque. Bella y tesa Sofía, we follow you”.

Sofía ya sorprende –aunque aún no sea conocida, aunque aún no tenga suficientes patrocinadores– y seguramente alcanzará pronto su primer récord mundial. Tiene 25 años, y para los estándares de la apnea es una chiquilla. La mayoría de competidores alcanzan su punto más alto después de los 30; incluso, Natalia Molchanova consiguió su última marca a los 53 años.

“Tiene un nivel tremendo y está empezando. Puede quedar en los primeros lugares internacionalmente”, dice Carlos Correa.

Sofía, a un lado de la piscina, se sienta con las piernas entrelazadas, en la posición de flor de loto. Bajo las cejas gruesas, los párpados caen. Respira. Hace de nuevo sus ejercicios respiratorios y, de nuevo, su estómago se mueve como si hospedara a un alienígena. Luego entra al agua. Mira su reloj y se pone el nose clip y las gafas de natación.

Alguien le habla, ella sonríe. Está rodeada de personas, pero parece que estuviese sola. A través de la opacidad de los lentes, se queda mirando como quien descansa, como quien medita. Se moja la cara. Da resoplidos lentos, llenadores. Enseguida, una bocanada de aire. Se sumerge, y su cuerpo va desapareciendo bajo el agua: la cabeza, luego el torso y al final los pies. Las ondas circulares se expanden lentas en la superficie. Sofía no respira.

JULIÁN ISAZA
Para EL TIEMPO*
* Versión condensada del perfil publicado en revista ‘Carrusel’, edición 1.660, del 5 de noviembre de 2015.

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