La enorme sonrisa de Caterine Ibargüen

La enorme sonrisa de Caterine Ibargüen

Amplia sonrisa para salir a competir, amplia sonrisa mientras salta, amplia sonrisa cuando gana.

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La deportista recibió la medalla de oro luego de lograr 15,17 metros en salto triple.

Foto:

REUTERS

20 de agosto 2016 , 10:32 p.m.

La dentadura de Caterine Ibargüen ya hace parte de la iconografía deportiva nacional. Como el rostro ensangrentado de ‘Lucho’ Herrera cuando ganó en Saint-Étienne, en 1985. Como el grito de victoria de Freddy Rincón después de marcarle a Alemania, en Italia 90. Así.

El gesto de la antioqueña, que desde hace rato seduce al país y derritió a todos a lo largo y ancho de su participación en Río 2016, está lleno de virtudes: dignidad, alegría y excelencia. Todo en el marco de una enorme sonrisa.

Cuando todo era angustia para los hinchas colombianos, Caterine sonrió en el que fue el momento más esplendoroso de su carrera. Sonrió mientras hizo su ya famoso salto de 15,17 metros –el cuarto que hizo durante la competencia–, que el pasado 14 de agosto le sirvió para ganar la medalla de oro en el estadio Olímpico de Río de Janeiro. Sonrió porque, como parte de su convencimiento –en lo ha trabajado desde cuando hizo su último salto en Londres 2012–, tenía claro que iba a disfrutar y a celebrar ese instante, que sabía era su instante. Porque, a sus 32 años, ella está claramente confiada en sí misma.

Pero no todo ha sido una carcajada. La vida de la colombiana más querida del momento –título que hoy disputa cabeza a cabeza con Mariana Pajón– ha sido como la de todo gran medallista, un compendio de vicisitudes: caídas, levantadas, decepciones, gloria, llanto, risa… La inspiradora historia olímpica.

De niña sufrió con su cuerpo, con sus piernas largas, con su estatura. A los 9 años era la morocha más alta de su clase y un día le dijo a su mamá: “¿Será que usted no puede buscar algo para no crecer más?” Su vieja, Francisca Mena, muy sagaz, le dijo que iba a averiguar algo para combatir tan terrible ‘enfermedad’. Días después le dijo: “Para que no crezcas más, te van a sacar un líquido de la espalda, pero es probable que quedés inválida o te volvás loca”. Y así fue como le sacó el complejo de ser grande a Caterine.

Nació en Apartadó, pero se crio en la finca La Suerte, a las afueras de su pueblo, vía a Currulao (en el Urabá antioqueño). Siendo muy niña, sus padres se separaron, de tal manera que su infancia la pasó entre dos casas, entre esos dos puntos, entre buses intermunicipales.

La mitología nacional siempre ha querido ligar su historia al conflicto armando, tan caliente en esa zona, pero ella lo desmiente, aun cuando dice que en efecto creció en una región complicada: “No puedo decir que a mí me afectó de cerca, o que me mataron a un tío, o que mi papá me lo mataron. Solo puedo decir que nacimos con pocas posibilidades y que mis papás tuvieron que salir a trabajar. Pero tampoco puedo decir que un día me acosté sin comer”.

Por el contrario. Fue una niña feliz y juguetona. Una ‘peladita’ diseñada en cuerpo y alma para el deporte. En su colegio, en Apartadó, a los 10 años, corrió los 75 metros. Y, en la medida en que fue creciendo, pasó de los 75 a los 100 metros; y de ahí a los 150, y a los 200, y a los relevos de 4 x 50 y a los 4 x 75. Incluso jugó voleibol, hasta que a su vida llegó el salto largo, deporte del que se enamoró y con el que representó a su departamento con la selección Antioquia infantil, en los Juegos Intercolegiados de 1996, en Bucaramanga. Y ganó.

Todo cambió a sus 14 años cuando su entrenador, Wílder Zapata, decidió enviarla a Medellín. Él habló con su mama y su abuela y dejó claro que, con ella, no había otro proyecto diferente a convertirla en una atleta de alto rendimiento. El lugar adecuado, entonces, era la villa deportiva de la capital antioqueña. Inmediatamente llegó, entre todos los profes decidieron que lo suyo iba a ser el salto alto, el salto largo y el salto triple.

Allá, en ese claustro deportivo, donde vivía las 24 horas, la pulió la entrenadora cubana Regla Sandrino. Fue ella quien la llevó de la mano, a la edad de 17 años, a su primera gran competencia internacional: los Suramericanos de Atletismo de Bogotá, en 1999.

Entonces ganó una medalla de bronce en salto alto. Y por esa vía continuó. Y dos años después, en 2001, de nuevo en esa disciplina, ganó una medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de Ambato, en Ecuador. Y con la misma disciplina, cuyo mejor registro fue de 1,93 metros (nada mal), representó a Colombia en los Olímpicos de Atenas 2004: “Fue muy bonito haber ido allá, pero sicológicamente creo que no estaba muy preparada. Me dejé lavar el cerebro con ese cuento de que ‘usted está tan gorda’ ”, palabras que, según ella, le dijeron un par de directivos colombianos. Y se deprimió.

Pero Caterine acudió a su orgullo y volvió a practicar sus tres deportes: salto alto, largo y triple. Con ellos recorrió Latinoamérica, en todos con relativo éxito. Pero con ninguna de esas disciplinas –más allá de que compitió en todas–, pudo clasificar a los Olímpicos de Beijing 2008. Entonces, a causa de que era casi un hecho que le iban a quitar su beca deportiva, decidió irse del país y retirarse del deporte.

Fue el cubano Ubaldo Duany, que entonces era entrenador de la selección nacional –hoy, su actual entrenador–, quien la animó a seguir y la invitó a irse a Puerto Rico. Y así lo hizo. Mientras Caterine se alistó en la Facultad de Enfermería de la Universidad Metropolitana de Puerto Rico, su nuevo entrenador optó por una sola disciplina: salto triple. “La cosa comenzó en serio en 2010, cuando un día Ubaldo me mostró el ranking mundial y me dijo: ‘Caterine, con lo que ya has hecho podrías estar entre las 20 mejores del mundo’. Yo ni le creía. Para mí, la marca mía no era mucho, no era nada. Entonces él empezó a decirme: ‘Y si hacemos esto y si hacemos lo otro’. Así que, en 2010, hice la marca de 14,10 metros y, quién lo creyera, fui subcampeona iberoamericana. Ahí realmente empezó todo”, dijo la atleta a la revista BOCAS en noviembre del 2014.

Y, en efecto, todo cambió. Esta brillante historia empezó, en realidad –y tal vez tarde–, a los 26 años. A esa edad comenzó el proyecto que acaba de alcanzar su punto más alto. Desde entonces, todo fue finamente planeado. El primer paso era Londres 2012, y fue medalla de plata. En sus cuentas estaba el podio, pero ella y su entrenador creen que pudo haber sido más, si se tiene en cuenta que dos días antes de la competencia sufrió una severa lesión en los músculos flexores de la pierna izquierda. Sin embargo, inmediatamente dio su último salto, de la mano de Ubany, se prometieron el oro en Río 2016.

De allí en adelante, Caterine hiló 33 victorias consecutivas en la alta competencia. Se hizo campeona de las Ligas de Diamante de 2013, 2014 y 2015. Fue campeona mundial en Moscú 2013 y Pekín 2015. El 8 de julio de 2014, en la válida de la Liga de Diamante de Mónaco, saltó 15 metros 31 centímetros, su mejor registro, récord para Suramérica. Su única derrota, que sonó tanto como si hubiese ganado una prueba, fue el 5 de junio del 2016, en Birmingham (Inglaterra); fue contra la kazaja Olga Rypakova, que había ganado el oro en Londres 2012 y a quien solo le alcanzó para el bronce en Río de Janeiro.

Todo indicaba que, en Río 2016, Caterine se iba a alzar con una medalla de oro. Y cumplió. Esa historia ya está contada. Pero ahí no para el sueño. Caterine quiere más. Quiere reír más. Hay una cierta confianza en sí misma que le dice –y lo dice– que quiere romper el récord mundial. Que quiere pasar la marca que, en 1995, puso la ucraniana Inessa Kravets: 15,50 metros. “Es mi sueño, y cuando tengo un sueño lucho por él. Y ojo que son pocos los sueños que me han faltado por conseguir. Y este, el del récord, no se me va a quedar corto”, ha dicho.

Así es Caterine, la atleta más brillante que ha tenido Colombia en su historia (¡ojo, la atleta, porque el título a mejor deportista se lo pelea un buen puñado!). La mujer de 32 años, 70 kilos y 1,81 metros que detesta que la vean y traten como un símbolo sexual. “¿Es que ellos qué ven?, ¿que yo soy una chica playboy? No. Es que yo soy atleta, y punto”.

La medallista olímpica que, desde los 16 años, y por agüero, compite con un par de aretes que le regaló su mamá. La niña en cuerpo de atleta que, antes de competir, siempre se inspira con un vallenato que le dedicó su mamá y que se llama Mi propia historia. La antioqueña que, cada vez que le dan papaya, pide para que atiendan el deporte en el Urabá, en el Chocó, en todo el Pacífico, donde, dice: “Hay una mina de oro”. Así es Caterine, la colombiana con la sonrisa más grande del momento.

MAURICIO SILVA
Editor de la Revista BOCAS

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