De Vicenzo: el adiós de un gigante del golf

De Vicenzo: el adiós de un gigante del golf

El golfista latinoamericano más importante de la historia murió el jueves. 

De Vicenzo

De Vicenzo, en acción en 2006, en su amada Buenos Aires, donde murió el martes, a los 94 años.

Foto:

Victor Grubicy / REUTERS

06 de junio 2017 , 09:57 a.m.

Cargó sus palos, firmó su última tarjeta y se fue para dejar viva la leyenda más grande de golfista alguno de Latinoamérica. Roberto de Vicenzo, el jugador que más contribuyó al crecimiento del golf latinoamericano, el señor, el caballero adentro y fuera de la cancha, falleció el jueves. Donde esté, siempre será recibido con esa ovación que siempre recibió donde quiera que se presentó.

De Vicenzo nació el 14 de abril de 1923 en Chilavert, Villa Balleste (Argentina), en el seno de una familia con muy pocos recursos. De los 2 a los 17 años vivió en Villa Pueyrredón, muy cerca del Club Deportivo Central Argentino, donde le picó el bicho del golf. Allí sacó bolas de los lagos para venderlas y ayudar a su familia, fue cadi como sus hermanos y aprendió a jugar el juego que lo llevaría a la gloria. Luego se trasladaría más al sur, cerca del Ranelagh Golf Club, que se convertiría en su casa por más de siete décadas.

Hace pocos años, en una entrevista recordaba el Maestro sus inicios en el golf: “Nací al lado de una cancha de golf, la tenía a 100 metros nada más, en el Deportivo Central Argentino Miguelete. Aprendí a jugar con una rama de árbol y un corchito. Iba a hacer los mandados y le pegaba al corchito. Apostaba con mis amigos y ganaba diez centavos para ir al cine”.

Roberto tomó la ruta del profesionalismo muy joven. En octubre de 1938, a los 15 años, hizo su debut en el abierto de Ituzaingó, en el que no pasó el corte. Ahí empezó su larga andadura por los campos de golf del mundo: se impuso en los cinco continentes y, según sus cuentas, ganó 231 torneos y le dio la vuelta al mundo 30 veces entre 1947 y 1995.

En 1950 lo invitaron a viajar a Europa en un viejo barco de guerra. Tenía tanto temor de viajar, que invitó a sus amigos Antonio Cerdá, Eduardo Blasi y Ricardo Rossi. ¿Por generosidad y compañerismo? No. “Es que si me ahogaba, por lo menos los rivales venían conmigo”, recordó, en una entrevista que le concedió al diario Clarín, cuando cumplió 80 años.

De Vicenzo fue un jugador respetado como el que más por todo el mundo del golf y sus estrellas, como Nicklaus, Player, Watson y Tiger, para no citar sino algunos. Y también se probó en otros deportes, como el boxeo. Lo abandonó pronto. “Me puse a pensar que mi nariz terminaría torcida; por su tamaño era difícil errarle un golpe”, dijo bromeando en alguna ocasión. También tentó suerte en el fútbol: se probó en Platense, pero se fue pronto: el golf era su pasión.

Roberto amó a Colombia. Nunca se rehusó a venir a jugar cuando era invitado. Los aficionados de su época tuvimos el placer de deleitarnos con su talento, magia y don de gentes, que era espléndido y exquisito. Los fairways del Country Club de Bogotá, Lagartos, Campestre de Cali, Lagos del Caujaral, Rodeo de Medellín fueron visitados por el gran jugador argentino en varias ocasiones y fueron testigos de sus triunfos. Uno de ellos, nuestro Abierto, que lo ganó en el Club El Rodeo de Medellín, en 1961.

En 1982 lo invite a jugar el Abierto de mi Club, el San Andrés. No ganó, pero fue un deleite tenerlo. De ese viaje hay una anécdota simpática: jugábamos una de las vueltas de práctica en compañía de Clever Méndez, profesional del Club Los Lagartos. En el par 5 del hoyo 7, Clever pegó un buen driver y el maestro le dijo: “Buen drive, Clever”. El siguiente turno fue para Roberto: pegó uno de esos tiros descomunales. Méndez le replicó: “Muy bueno el suyo también”. Y él le contestó: “Che, ¡el mío es rutina!”.

Roberto era uno de esos pocos jugadores que siempre brindaban espectáculo y dejaban huella en los aficionados que lo seguíamos en masa. En una ocasión, tomando un refresco después de jugar en Los Lagartos, me dijo: “Vení, Germán, vamos a jugar a 5 dólares, quién coge más monedas: ponemos una al final de los 5 dedos de la mano hacia arriba, volteamos y las cogemos. A ver, arrancá”. Las puse, gire la mano y no cogí ninguna. Él las agarró todas. Me “robó” 10 dólares, pero ahí pude ver la velocidad de sus grandes manos, la misma que le imprimía a sus tiros de golf. Además, fue a su talega y sacó un palo antiguo, una joya, y me lo regaló: lo conservo como un tesoro.

Su carrera es descomunal, es el jugador con más victorias en la historia del golf (231). En Latinoamérica ganó en todos los países donde hubiera un campo de golf, de México a la Patagonia. En el Tour Europeo ganó en nueve ocasiones, entre ellas el Abierto de Alemania, el de España y tres veces el de Francia. Logró 6 victorias en el PGA Tour.

En su adorada Argentina, De Vicenzo ganó en 131 ocasiones y se dio el lujo de ser el mayor ganador de los dos torneos más importantes de ese país, el Abierto de la República (10 veces) y del Campeonato Argentino de Profesionales (16 victorias), la última de ellas, a los 62 años, en 1985.

Roberto, en compañía de Antonio Cerdá, ganó la primera Copa Mundo que se jugó en 1953. Luego sería el campeón individual en la misma Copa en dos ocasiones (1962 y 1970).

Después de cumplir los 50 años, De Vicenzo siguió ganando y dejó el listón muy alto, ganando dos majors en el Champions Tour: primero, el Senior PGA Championship, en 1974 y luego tuvo el honor de triunfar en la primera versión del US Senior Open, que se jugó en Wingend Foot Golf Club, en Nueva York. Fue el único jugador que bajó el par del campo: 285 golpes (-3), con cuatro de ventaja a William C. Campbell.

Su mayor victoria

Roberto de Vicenzo se convirtió en el primer jugador latinoamericano en ganar un major: fue nada más y nada menos que el Abierto Británico, en 1967 en Hoylake (Inglaterra), ganándole por dos golpes al más grande golfista de todas las épocas, Jack Nicklaus. Roberto terminó con 278 golpes, 10 bajo el par del campo, para hacerse con la preciosa jarra y con un cheque de 5.800 dólares.

Lo del dinero no se quedó ahí. De Vicenzo se alojó en la casa de Roy Smith, quien, antes de empezar el torneo, le dijo: “¿Por qué no inviertes 100 libras en ti? Están pagando 70 a 1 por tu triunfo”. A Roberto le pareció atractiva la apuesta y le dio el dinero para que lo jugara a su victoria, 7.000 libras terminó cobrando. ¡Más de lo que obtuvo por ganar el torneo! Eran otras épocas, otros premios. Si De Vicenzo hubiera jugado en estos tiempos, su cuenta bancaria se hubiera adornado con muchos millones de dólares.

Su gran equivocación

El Masters de 1968 fue, tal vez, la derrota más dolorosa de su carrera, pero su comportamiento ayudó a construir también su leyenda. El Augusta National no había tratado muy bien a De Vicenzo. La de ese año era su novena participación: su mejor actuación fue un décimo puesto un año antes, compartido con tres monstruos del golf, Ben Hogan, Sam Snead y Bruce Devlin.

Roberto jugó bien y con 69 golpes se colocó segundo, detrás de Billy Casper. El viernes, Casper se reventó con un 75 y el suramericano tampoco anduvo muy fino, con 73 golpes. A pesar de ello, no se alejó mucho de la punta. Llegó a 142 y estaba a tres de los líderes. El sábado, el argentino volvió a estar por debajo del par y remató con 70 ubicándose de tercero, a 2 golpes de Gary Player.

Una mesa al costado del green del hoyo 18, separada de los espectadores con una débil cuerda, era el punto de recepción de las tarjetas al terminar la vuelta. Ese iba a ser el escenario donde se decidiría el Masters de 1968. Ese domingo, De Vicenzo cumplía 45 años. Los dioses del golf le dieron la felicitación con el comienzo arrollador del ‘Maestro’, embocó de 120 yardas para lograr águila en el par cuatro del 1. Luego, sendos birdies en el 2 y 3. Antes de salir Player, Roberto ya era el líder.

Jugados los primero 9 hoyos, De Vicenzo era líder con un golpe de ventaja sobre el australiano Bruce Devlin y el estadounidense Bob Goalby. La pelea se centró entre Goalby y el argentino, que tiro un sensacional birdie en el hoyo 17, pero remató con un bogey en el 18.

Tommy Aron era su compañero de juego y quien llevaba la tarjeta de Roberto. Aron se la entregó y De Vicenzo, que seguía pensando en el bogey del 18, no la revisó, la firmó y la entregó.

Aron se quedó revisando su tarjeta y se percató de que la de De Vicenzo estaba mal sumada. Corrió a la mesa y le dijo al receptor que había algo irregular en la tarjeta de Roberto. Después de vueltas y vueltas, y de que interviniera hasta la leyenda de Bobby Jones, amo del torneo, Ike Grainger (jefe de reglas del Masters) anunció la decisión: Goalby era el ganador. Roberto la aceptó con la gallardía que siempre lo acompaño, pero, también con gran tristeza. “Fue el mejor error de mi vida, saque más beneficio de él que si hubiera ganado. Fue mi culpa”.

GERMÁN CALLE
Para EL TIEMPO

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