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Chelsea, el equipo millonario, algún día fue un 'club de barrio'

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Chelsea, el club de los millonarios

El delantero de Costa de Marfil Didier Drogba es una de las estrellas del Chelsea F.C.

El equipo inglés que jugará la final de la Champions no tiene los pergaminos que muchos piensan.

Londres era una fiesta. En 1996, el pop británico, con las bandas Oasis, Blur, Pulp, Supergrass y The Verve, agitaba el sonido mundial; el artista Damien Hirst, con su vaca partida por la mitad, sacudía al universo del arte; Tony Blair, el más joven líder del partido laborista, simbolizaba la imagen de una Inglaterra progresista y generosa; y en el barrio de Chelsea -al oeste, allá dónde habían surgido los Rolling Stones en 1962 y donde se había consagrado el movimiento punk a mediados de los 70- comenzaba a brillar con luz propia un equipo que parecía encarnar todo eso tan chévere que sucedía en la capital inglesa y que The Guardian resumió con un certero: London swinging again. (Lea también: Chelsea ganó a Liverpool y logró su séptima Copa de Inglaterra). 

Sin embargo, muy a pesar de lo que podrían pensar los hinchas de hoy -que en Bogotá o Tumaco lucen camisetas de cualquier equipo de la Premier League inglesa con increíble propiedad-, el Chelsea F.C. era hasta finales del siglo pasado un club relativamente desconocido, lejos, muy lejos, de la máquina de resultados futbolísticos que es hoy.

De hecho, aun cuando ha sido uno de los equipos legendarios de Londres -fundado en una taberna en 1905, espíritu que aún conservan sus hinchas-, al inicio de la década de los 90 seguía siendo un 'club de barrio', de clase media y de media tabla, más asociado a los hooligans que a las vueltas olímpicas, con apenas un par de títulos en su historia: la Liga de 1955, la F.A. Cup de 1970 y la Recopa de Europa de 1971.

Pero la nueva historia de 'los azules', que hoy pareciera centenaria, comenzó a mediados de los 90, cuando su dueño, el millonario Matthew Harding -en 1997 se mató en un helicóptero-, decidió gastar en jugadores y en la remodelación de su estadio, el hoy famoso Stamford Bridge. Y en junio de 1995, como de la nada, llegaron dos estrellas de talla mundial: el holandés Ruud Gullit y el galés Mark Hughes.

En poco tiempo, en junio de 1996, el asunto explotó. Gullit, ya con ganas de colgar los guayos, fue nombrado jugador y entrenador para la temporada 96-97 y, apoyado en el músculo que le ofrecía la chequera del patrón, añadió a la lista de contrataciones a varios jugadores de primer nivel, entre los que destacaron los italianos Gianluca Vialli, Gianfranco Zola y Roberto Di Matteo (hoy, el entrenador del Club) y el uruguayo Gustavo Poyet.

Allí, el antes insípido Chelsea comenzó a practicar un fútbol efectivo, ganador y muy entretenido, lo que le valió el entusiasmo de una hinchada que volvió a creer, al tiempo que inspiró la sentencia: "Chelsea es el fútbol sexy".

Con todo el ánimo de los fanáticos (que incluso reeditaron las viejas canciones de batalla), en 1997 los italianos -más otros refuerzos como el noruego Toré Andre Flo-, ganaron la segunda F.A. Cup y en 1998 lograron la primera clasificación a la Liga de Campeones de la Uefa. Desde entonces, a punta de creérselo (y sobre todo de inversión), el azul de Londres no ha salido de la élite mundial. Ni de la portadas de la implacable prensa amarillista británica. (Lea acá: Chelsea cambiaría estadio para seguir en la élite del fútbol europeo).

Pero faltaba algo más. El primer ministro Blair había resultado un poco más capitalista de lo que decía en los tiempos de campaña, y la Inglaterra que terminó gobernando se convirtió en una feria de agresivos capitales extranjeros. Fue así como, en 2003, el Chelsea fue comprado por el multimillonario ruso Román Abramóvich, quien, a fuerza de 'petrolibras', inició un nuevo camino para el club. De su mano, ante los ojos absortos de sus hinchas cerveceros, el Chelsea adoptó, literalmente, la vida del 'nuevo rico'.

De allí en adelante, la fábula se la saben todos, incluso los niños que hoy juran que el gran Chelsea es un histórico. Un monstruo del balón que, con el técnico José Mourinho, galopó y se hizo bicampeón en las temporadas 2004-2005 y 2005-2006.

Una empresa poderosa que, ya con letras mayúsculas, logró una final de Liga de Campeones en el 2008 (que perdió ante el Manchester United), y en 2010 alcanzó la semifinal que le fue arrebatada de sus manos gracias a un arbitraje lamentable que favoreció al F.C. Barcelona.

Pero como todo proyecto exitoso de nuestros tiempos, el Chelsea F.C. también quiere más, mucho más. Quiere vender más camisetas, hacer más hinchas, cambiar de estadio porque el que tiene (con capacidad para 42.000 espectadores) ya no le da abasto, y quiere ganar, claro está, el próximo 19 de mayo, su primera Champions League. (Siga este enlace para leer: Chelsea se quedó con la FA Cup tras vencer 2-1 al Liverpool)

El nuevo rico quiere crecer y crecer y crecer. Y tiene con qué.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
Periodista senior de la revista 'Bocas'

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