Ronaldinho: el mago, el crac, el genio que le dijo adiós al fútbol

Ronaldinho: el mago, el crac, el genio que le dijo adiós al fútbol

Luego de dos temporadas sin equipo, el brasileño, que contagió con su alegría, cerró su carrera.

Ronaldinho Gaucho

Ronaldinho Gaucho se despidió del fútbol.

Foto:

AFP

20 de enero 2018 , 09:00 p.m.

Ronaldinho no escondía la pelota debajo del césped, pero parecía que lo hacía. La jalaba, la alargaba, la envolvía, la pisaba, la elevaba, la aterrizaba, giraba sobre ella y alrededor de ella, fingía ir a la derecha y escapaba por la izquierda, sin dejar de sonreír, como si bailara una zamba en cada jugada, como si el balón estuviera atado a su guayo, todo para despistar al sufrido rival, y para deleitar al público, que agrandaba los ojos para detectar dónde estaba el truco, cómo brotaba la magia. Y la pelota, ahí, siempre suya, fiel, como si nada.

Ronaldinho fue un mago rebelde: cabellera larga y agitada; balaca de colores; la sonrisa pícara, enorme, interminable; los dientes afilados, de acero; la mirada astuta que esconde los trasnochos –su debilidad–, el carnaval a cuestas, la noche como sombra; la osadía en la cancha y los desvelos fuera de ella; el placer de vivir y de jugar; el hacer lo que le nacía, lo impensado, divertirse: ser el perfecto desorden.

Ronaldinho

Fue Ronaldinho en el 2005 el que ganó las dos distinciones. El Balon de Oro de 'France Football' y Mejor Jugador Mundial de la Fifa.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Su retiro se venía aplazando. Llevaba dos años amagando ese destino. Hasta que el martes pasado, a sus 37, hizo el anuncio que más temían sus feligreses: Ronaldinho bajó la reja. Queda el recuerdo de su juego divertido, contagioso y único. Porque verlo jugar, en sus inicios, en su fulgor y aun en su decadencia, era asistir al escenario de la locura. Ni siquiera parecía tener rivales, solo admiradores.

Los grandes de la historia, los que llegaron al Olimpo antes que él, ya lo extrañan y parece que no le niegan la entrada. El propio Pelé lo despidió con verso de oro: “Imposible amar el fútbol y no ser fan de Ronaldinho”, dijo. Y Maradona, para estar a la altura, contragolpeó de zurda. “Gocé mucho con tu fútbol. Y como persona eres el rey”. Así, los más grandes despidieron a otro grande.

Jugar, bailar, reír
Celebraciones icónicas de goles

Las celebraciones de los goles del futbolista brasileño Ronaldinho se volvieron famosas por sus bailes de samba, una de las más populares manifestaciones de la cultura brasileña.

Foto:

Orlando Kissner / AFP

Brasileño, nacido en Porto Alegre un 21 de marzo de 1980, de origen humilde, de familia futbolera, fanático del fútbol sala, una infancia de lucha, de persistencia…
Son los ingredientes que moldearon su manera de jugar, sin ataduras; al contrario, con libertad, con su perfecto dominio de la pelota, aquella que fue su pareja de baile desde niño y lo acompañó en cada vals, en cada teatro de fútbol.

El mago creó su destino desde hace más de tres décadas, desde cuando debutó en Gremio, en 1995. Seis años después ya estaba en el PSG de Francia. Luego llegó al Barcelona y tocó el cielo. Allí fue el ‘10’, el ícono, la estrella. Testigos eternos recordarán que lo vieron regatear como ninguno, que improvisaba jugadas como nadie, que irritaba rivales a punta de ‘sombreritos’, ‘bicicletas’ y tacos impredecibles, que hacía pases con escuadra, que podía cobrar los tiros libres con los ojos cerrados –aunque no lo hiciera, pero podía, seguro– y acertar. En total hizo en el club catalán 94 goles en 207 partidos. Los hizo desde todos los ángulos posibles e imposibles, incluso de chilena, después de amortiguar la pelota con el pecho. Porque el balón siempre lo buscó para que él decidiera cuándo arrancarle música. Luego, había que verlo celebrar y bailar y reír.

Ronaldinho

Sus goles contribuyeron a que el equipo español se proclamara campeón de la liga en la temporada 2004-2005. 

Foto:

Lluis Gene / AFP

Allí ganó dos ligas, dos Supercopas y una Liga de Campeones. Además, fue uno de los primeros guías de Messi. Cuando el argentino salía del cascarón, Ronaldinho ya era el papá de los pollitos. Claro, Messi no lo olvida: “Aunque decidas irte, el fútbol no se olvidará de tu sonrisa jamás”, le dijo esta semana.

A Ronaldinho no le faltó nada en su carrera. Cuando estaba en el Barcelona, en 2005, se dio el lujo de dominar el balón más indomable, el más pesado y codiciado: ganó el Balón de Oro. Y por si las dudas, también brilló con Brasil, con el que ganó un mundial, el de Corea y Japón 2002, en el que con 22 años jugó 5 partidos e hizo 2 goles. Y jugó el de Alemania 2006. A la selección también le regaló sus mejores trucos. Si el fútbol de Brasil es el jogo bonito, con Ronaldinho fue el jogo mágico.
Su gran debilidad fue su gusto por la noche. En Europa no solo estalló su fútbol –goles, tacos y chilenas–, sino su agitada vida nocturna –fiestas de cinco noches, dinero, mujeres–.

‘Gracias, vieja’
Ronaldinho

El astro del fútbol Ronaldo de Assis Moreira, más conocido como Ronaldinho, nació en Porto Alegre (Brasil) en 1980. 

Foto:

Jose Jordan / AFP

Corría a paso lento, como caminando pero sin caminar, atravesando la mitad de la cancha, desde donde nacían sus arrebatos. La pelota iba lejos, la mirada perdida, el abrazo impensado. Un joven saltó a la gramilla, desafío los riesgos para acercarse a su ídolo. Lo abrazó y Ronaldinho, terrenal, le devolvió el gesto. Fue en Bogotá, en un partido entre Santa Fe y Mineiro, pero pasó cientos de veces, en cada rincón donde jugó. Porque en todo lado fue venerado. Nadie iba a estropear el privilegio de verlo jugar, de aplaudirlo, de admirarlo.

Ronaldinho

Ronaldinho es uno de los jugadores más queridos por los aficionados del fútbol alrededor del mundo.

Foto:

Douglas Magno /AFP

“Viví intensamente este sueño de niño, cada instante, viajes, victorias, derrotas, el camino al vestuario, la entrada al campo, las botas que usé, los balones buenos y los malos, los homenajes que gané, los cracs con los que jugué, los que admiré...”, dice parte de su carta de despedida, en la que también le da gracias a ella, a la pelota. “Gracias, vieja”, le dice –como dijo Di Stéfano– a su compañera de danza, a su pareja de baile, a su amante fiel, la que se iba y siempre volvía para esconderse entre sus pies.



Pablo Romero
Redactor de EL TIEMPO
En twitter: @PabloRomeroET

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