Los que no lo vieron nos cuentan cómo fue... (Opinión)

Los que no lo vieron nos cuentan cómo fue... (Opinión)

Transitamos una época muy propicia para la impertinencia, en parte gracias a las redes sociales.

19 de mayo 2018 , 09:21 p.m.

Las redes sociales, ese canal que puede ser tan útil como enervante, que muchas veces consigue mostrar el costado más hostil y bajo de los seres humanos, han introducido en la vida diaria una modalidad nueva: la de los sabelotodos. Sujetos abarcativos, que saben todo: en especial de política y de fútbol (“de fútbol y de medicina, todo el mundo opina”).

Me ha tocado toparme con muchos de ellos especialmente en los últimos días a raíz de una columna que escribí para Futbolred sobre el Mundial ’78, en específico sobre la goleada de 6 a 0 de Argentina a Perú. Fue mi primer Mundial como periodista, estuve allí, asistí a varios partidos, a los demás los vi por TV. Una dictadura gobernaba a la Argentina y eso empañó sin dudas el Mundial y la conquista albiceleste. Pero el título se decidió futbolísticamente. Argentina era una selección fuerte, con Kempes, Fillol, Passarella, Tarantini, Ardiles, Bertoni. Houseman, Luque. Fue un justo campeón, claramente el equipo más sólido. No tuvo ni una sola ayuda arbitral en sus siete partidos. Pero quedó en la mitología que aquel 6 a 0 (necesitaba ganar al menos por 4 goles para alcanzar la final) fue arreglado por los militares, que los peruanos se vendieron… La realidad es que Argentina salió a arrollar a Perú. Y lo consiguió. El clima infernal, nunca visto, que aportó la hinchada con su aliento esa noche, contribuyó a que los futbolistas peruanos se quebraran. ¿Cómo ser indiferente a tanta euforia ajena…? “La tierra se estremeció, como si la sacudiera un terremoto”, cuenta Mario Kempes en su flamante autobiografía editada por Planeta. Hablaba de su primer gol en la final ante Holanda. Pero la noche ante Perú, en Rosario, fue más estentórea todavía. “Nunca lo entendí, ganamos el campeonato de manera legal, no hubo nada raro, teníamos un equipazo”, protesta Kempes en su libro.

Se ha buscado febrilmente, por cielo y tierra, alguna prueba, una aunque más no fuera, de que hubo cualquier maniobra para favorecer el triunfo de los dirigidos por Menotti. Nunca apareció. Ni siquiera un testimonio mínimamente serio. O de alguien creíble. Nada, cero. Hasta los más obstinados fueron claudicando.

Pasaron cuarenta años. No obstante, aparecen decenas de personajes que nacieron mucho después de aquel Mundial y aseguran, orondos, “Perú se vendió”, “Los militares lo arreglaron”, “Pagaron con embarques de trigo”…

El domingo anterior, el doctor Eduardo Gonçalves de Andrade, Tostao para el mundo de la pelota, escribió una feliz columna en Folha de Sao Paulo titulada “Memorias, leyendas y mitos”. Dice en algunos tramos: “La historia del mundo, del fútbol y de las Copas del Mundo está llena de leyendas, mitos, luces y sombras. Muchas versiones, no confirmadas o inventadas, son repetidas por varias generaciones. Se crean verdades, conceptos y lugares comunes que, a veces, se perpetúan. Mismo cuando alguien que vivió los hechos, actuando o como observador, dice lo contrario, no sirve de nada, las versiones continúan como verdades absolutas”. Lo que acontece con aquel 6-0.

Tostao se refiere al famoso partido Portugal 3 - Brasil 1 en Inglaterra ‘66, en el que él estuvo de suplente. “Quedó como una verdad que Pelé fue cazado (por los portugueses) y que por eso se lesionó y que, como no había cambios, Brasil jugó la mayor parte del tiempo con diez y por eso perdió el partido y la clasificación. A Pelé lo marcaron de cerca, pero lealmente, con excepción de una jugada violenta sobre el final del partido y tuvo que salir (ya perdían 3 a 1). Portugal nos ganó porque era mucho mejor colectivamente, tenía grandes jugadores, como Eusebio, el segundo mejor del mundo en esa época”.

Siempre tan apegado a la modestia y a la verdad, el futbolista-médico-periodista cierra: “Con el tiempo, muchas versiones confunden la realidad con la ficción. Fuera de eso, olvidamos, reprimimos o sublimamos muchas cosas que están en nuestra memoria y lo que recordamos, con frecuencia, no es un reflejo exacto de los hechos. Recordamos las cosas de la manera en que nos gustaría que hubieran sucedido”.
Suscribimos al ciento diez por ciento.

No obstante, al margen de afirmarse como verdades sacrosantas sucesos que no existieron, se va incluso más allá: personas que no habían nacido pretenden decirnos cómo fueron situaciones que uno vivió. No deja de ser una graciosa insolencia.
Pasó con el penal concedido al Real Madrid hace unos días ante la Juventus. Este cronista tal vez no lo hubiera sancionado,
pero de ninguna manera fue un robo. Hubo una acción atropellada de Benatia sobre Lucas Vázquez. Se podía entender para un lado o para el otro. El juez vio penal y lo marcó. El tiempo, seguramente, lo elevará a la categoría de leyenda y quedará como “el gran escándalo de la historia de la Champions”. No fue así.

De aquel Mundial ’78 sí puede decirse que Menotti, un promotor eterno del buen fútbol -tipo Guardiola-, pretendía para su selección un juego sobre todo estético, pero no logró plasmarlo. Aunque tenía varios talentos, esa Argentina de Kempes y Passarella terminó conquistando el título en base a coraje, empuje, fuerza y personalidad. Vio que con el toque no le alcanzaba y lo ganó con garra. Es otro de los matices que el tiempo fue desdibujando. Por ahí aparece quien lo recuerde como el fútbol lírico de Menotti. En Huracán sí, en Argentina nada que ver.

En honor a su leyenda, escribí un libro de Arsenio Erico, el Paraguayo de Oro, célebre delantero de Independiente de los años ’30 y ’40. Era injusto que no se perpetuara su impactante obra. Sin embargo, en 300 páginas no me permití siquiera afirmar que era buen jugador porque, simplemente, no lo vi. Calculo que sí, hasta los poetas le escribieron odas. Uno lo que calibra es la dimensión del personaje. Mostrar lo que despertó. Para describirlo recurrí a Di Stéfano, a Julio Cozzi, a Amadeo Carrizo, a decenas de compañeros, rivales y periodistas de la época que fueron testigos de su arte, testimonios irrefutables. Sería irresponsable para este cronista asegurar que era un fenómeno. Lo mismo me pasa con Puskas. Intuyo que fue un genio, aunque de él se puede apreciar algo, hay ciertas imágenes. Pero describir a Puskas es algo que corresponde a quienes fueron sus contemporáneos.

Transitamos una época muy propicia para la impertinencia, en parte gracias a las redes sociales. Se instala una idea falsa y se machaca con ella hasta convertirla en verdad. Y desde la comodidad del anonimato. Es lo que hay.

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JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
En Twitter: @JorgeBarrazaOK

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