Nápoles, una ciudad marcada por Maradona

Nápoles, una ciudad marcada por Maradona

Hace 30 años los napolitanos celebraron su primer título en el ‘calcio’ italiano junto al argentino.

Nápoles, una ciudad marcada por Maradona

Diego Maradona deslumbró en Nápoles con su mágica zurda. Aquí, en un tiro libre.

Foto:

Mario Laporta / AFP

05 de abril 2017 , 04:22 p.m.

Diego Maradona subía los escalones que separaban el túnel de la gramilla, y lo hacía a paso lento, como haciéndose esperar. Una multitud de fotógrafos lo rodeaban y lo seguían como si fueran sus escoltas, mientras 70.000 napolitanos lo aguardaban en las tribunas del estadio San Paolo, impacientes. 

Cuando Diego tocó la cancha, con su cara aún muy joven, su melena alborotada y la mirada ambiciosa, levantó sus brazos para saludar y escuchó un coro de bienvenida: “Dieeeegooo / Dieeeeegooo”. Ese día, la afición ya estaba rendida a los pies de Maradona, que ni siquiera jugó. Fue solo su presentación, la anticipación de la alegría que desataría a su paso por Nápoles.

La historia de Diego Maradona con el Nápoles parece de romance, con sus alegrías y sus tristezas, con polémicas y escándalos. Fue un amor a primera vista. Comenzó ese 5 de julio de 1984, el día de su masiva presentación, cuando llegó procedente del Barcelona y, vestido de sudadera y tenis, fue aclamado en el San Paolo. Ya estaba en carrera para ser el mejor jugador del mundo. Pero no sabía a dónde había llegado.
(Además: 'Después de 30 años sigo con el mismo amor por Nápoles': Maradona)

“Para mí, Nápoles era algo italiano, como la pizza, y nada más”, recordó alguna vez. Desconocía que el objetivo del club en ese momento era no descender.

Nápoles es la ciudad más poblada del sur de Italia. Ciudad de pizzas y cerveza.
Excluida y vista con desdén desde el norte del país. Y es una ciudad futbolera.

Maradona, que apenas tenía 23 años cuando llegó, se encontró con una afición apasionada y deseosa de un ídolo. También se encontró con gente humilde y trabajadora, un escenario parecido al de su infancia, en Argentina. Tal vez por eso se sintió atraído.

Por entonces buscaba con urgencia un destino diferente. Lo habían suspendido tres meses en el fútbol español luego de una gresca con jugadores del Athletic. Además –como contó en el libro Yo soy el Diego–, estaba en bancarrota y lleno de deudas. Necesitaba otro aire. En esa urgencia apareció el Nápoles, que pagó 7 millones de euros por él.

El solo anuncio generó mucha expectativa. El propio Maradona contó que –según se enteró– un hincha se encadenó al estadio San Paolo para presionar por la contratación, y que otros fervorosos hicieron una huelga de hambre ante la posibilidad de que la negociación se dañara. Se trataba del héroe que llegaba, en principio, para salvarlos del descenso, y que los llevó a la gloria.

Quiero convertirme en el ídolo de los pibes pobres de Nápoles, porque son como era yo cuando vivía en Buenos Aires

El club era modesto. La sede de entrenamiento era lóbrega. El propio Diego la comparó con un campo de prácticas de un equipo de segunda división en Argentina. Pero los aficionados eran fervorosos y se volvieron sus devotos. Una de las primeras declaraciones que Diego dio fue: “Quiero convertirme en el ídolo de los pibes pobres de Nápoles, porque son como era yo cuando vivía en Buenos Aires”. Y les cumplió.
Tres años después, cuando ya disputaba su tercer calcio, Maradona, que acababa de ganar el Mundial de México 86 con Argentina, les mostró su coraje y su fútbol a los poderosos del norte –al Juventus, al Inter, al Milán– y llevó al Nápoles a ganar un título inolvidable que marcó la historia del club, de la ciudad y de su carrera. Desde entonces, hablar de Nápoles es hablar de Maradona.

El histórico título del 87

“¡Nápoles, campeón de Italia!” narraba –o más bien gritaba– uno de los locutores italianos en uno de los tantos videos que relatan ese instante en el que, tras 60 años de historia, aquel 10 de mayo del 87, y a falta de una jornada, el Nápoles era campeón en Italia, por primera vez y por encima de todos los poderosos. Maradona, con su camiseta celeste y el número 10 en la espalda, estalló en un festejo muy de los suyos: emotivo, lleno de lágrimas y gritos, tras el pitazo final del partido contra Fiorentina (1-1).

Nápoles terminó de primero con 42 puntos, tres de ventaja sobre el Juventus de Michel Platini. De 30 partidos ganó 15. Tuvo victorias emblemáticas frente al Roma o el propio Juventus. Entre Maradona y Andrea Carnevale, un delantero italiano que llegó del Udinese, armaron un ataque demoledor. Aunque Diego solo hizo 10 tantos, jugó 29 de los 30 partidos. En el último, contra el Ascoli (1-1), el título ya estaba consagrado. El festejo duró varios días.

El día del partido del título, la cancha del San Paolo se inundó de miles de aficionados, periodistas y jugadores que celebraron con Diego. Maradona corrió por todo el borde de la cancha, saludando hacia las tribunas, con los brazos en alto.

“Nápoles es mi casa”, decía después, exhausto, sin aire, entre sollozos de felicidad.

Luego armó un carnaval en el camerino. Sin camiseta y con el brazalete de capitán bien ajustado en el brazo izquierdo, saltó y contagió a sus compañeros de esa euforia muy argentina: de cánticos, de aplausos, de braceos incesantes. Mandó saludos a su madre, a doña Tota, y parecía que su sonrisa nunca se iba a desvanecer. “Haber conseguido el primer scudetto para el Nápoles en sesenta años fue, para mí, una victoria incomparable. Distinta a cualquier otra, incluso al título del mundo del 86, porque al Nápoles lo hicimos nosotros desde abajo”, dijo en su biografía.

Nápoles ya no fue la misma. Así lo contó Bruno Passarelli –entonces corresponsal en Italia de la revista El Gráfico de Argentina– en su libro Maradona al desnudo. “No era para menos; esa ciudad degradada, llena de problemas y miseria, solo tenía el fútbol como expresión de sus esperanzas y sus anhelos”.

Sin embargo, Passarelli también cuenta que en esa temporada del título Maradona no brilló como en las anteriores. “Por la euforia (...), pocos se dieron cuenta de que el Maradona de esa liga estaba muy lejos del que había deslumbrado en el Mundial de México 86”.

Con todo y eso, fue el símbolo del campeonato.

Haber conseguido el primer scudetto para el Nápoles en sesenta años fue, para mí, una victoria incomparable

Fútbol, polémicas y camorra

Maradona, que desde siempre fue rebelde y polémico, y a quien le gustaban en exceso la noche, los lujos y el derroche, no escapó a los escándalos en Nápoles. Antes del título del 87, y mientras su esposa, Claudia, estaba embarazada, una mujer aseguró a la prensa que tenía un hijo de él. La noticia, de gran despliegue mediático, le cayó como un autogol a Diego. Hubo un largo proceso judicial, y apenas el año pasado –30 años después– Maradona reconoció a ese hijo napolitano.

Fue su primer gran escándalo allí. Pero además estuvo envuelto en una oscura relación con la camorra –mafia napolitana–, con la que fue vinculado, sobre todo después de salir fotografiado con uno de sus jefes. Tuvo episodios de consumo y hasta de presunto tráfico y posesión de drogas. Diego llegó a reconocer que la mafia le ofrecía seguridad y que esa era su única relación con ellos.

En 1991, Maradona dio su primer positivo por cocaína, en un partido contra el Bari. Recibió una sanción de 15 meses, luego tuvo líos con la justicia por tenencia de drogas y se marchó con supuestas deudas en sus impuestos, que él siempre negó –en el 2013, la justicia le dio la razón–. Así fue el fin de su ciclo allí, cuando físicamente no era el mismo, cuando los escándalos lo sobrepasaban, cuando ya había tenido encontrones con periodistas, técnicos y dirigentes. Sin embargo, nunca dejó de ser el héroe de la afición del Nápoles.

El regreso a Nápoles

Las calles de Nápoles son como un museo abierto en honor a Diego Maradona. Hay murales con su rostro. Hay cafés tradicionales decorados con su imagen. Hay hasta un famoso bar, el bar Nilo, que cuenta con un altar en homenaje a Diego. Allí hay fotos, banderines, portadas de diarios con la imagen de él. Es un recinto turístico, futbolero y muy propio de los napolitanos.

Lo recuerdan como el jugador más importante que vistió esa camiseta celeste.

Además del título del 87, también ganó otro scudetto (89-90), una Copa Italia (86-87), una Supercopa (90-91) y una Copa Uefa (88-89). Con todo eso, Maradona pasó a ser un ídolo. Anotó 115 goles hasta 1991. Muy recordado es el episodio del Mundial de Italia 90 cuando la selección argentina tuvo que jugar en Nápoles contra Italia y los napolitanos eran cómplices del ‘10’. Se volcaron a favor de la Albiceleste, por Diego.

Argentina avanzó a la final y el resto de Italia odió a Diego y a Nápoles.

La historia de este romance no para. Recientemente se inauguró un enorme mural en un barrio popular de Nápoles llamado San Giovanni Teduccio, en el que aparece el rostro gigante de Maradona plasmado en un edificio por el artista Jorit Agoch. Luce barba y la mirada torva, la de siempre, y una leyenda que reza: ‘Dios Umano’. El mural fue uno de los homenajes que se hicieron para su regreso, el pasado enero, para conmemorar los 30 años del primer scudetto.

Ese día, vestido todo de negro, fue el anfitrión de un espectáculo en el teatro de ópera San Carlo, que estuvo colmado de muchos fervorosos napolitanos que asistieron para verlo, como en el 84; para escucharlo hablar de su pasión por el equipo y de aquel título inolvidable del 87.

“Algunos se quejaron porque la entrada valía 300 euros –dijo Maradona al público– ¿Pero saben por qué lo hicimos? Porque Pelé estaba haciendo un espectáculo por 200... Y él siempre debe ser segundo...”. El teatro estalló en una carcajada. Maradona volvió para darles más alegría a los napolitanos, como lo hizo desde el primer día.

PABLO ROMERO
Redactor EL TIEMPO

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