¿Es tan bueno ser sede del Mundial de Fútbol?

¿Es tan bueno ser sede del Mundial de Fútbol?

Ciudades como Chicago, Minneapolis y Vancouver se han negado a ser anfitrionas del Mundial 2026.

Gianni Infantino anuncia sede del Mundial 2026

El presidente de la Fifa, Gianni Infantino, anuncia que el Mundial de 2026 se realizará en Estados Unidos, Canadá y México.

Foto:

Kirill Kudryavtsev / AFP

15 de julio 2018 , 09:06 p.m.

¿En quién confiaría más: en el presidente ruso, Vladimir Putin, o el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel? Putin se deleitó con la atención que recibió Rusia como país anfitrión del Mundial de Fútbol de 2018; Emanuel ha informado a la Federación Estadounidense de Fútbol y a la Fifa que Chicago no está interesada en ser anfitriona cuando el evento se celebre en Norteamérica en 2026.

Canadá y México celebrarán diez partidos cada uno, y Estados Unidos, otros 60. ¿Por qué se está absteniendo Chicago, la tercera mayor ciudad de Estados Unidos?

Para comprender lo que significa ser sede de un evento deportivo global, piense en el hecho de que el gobierno de Putin gastó entre 51 y 70 mil millones de dólares en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 en Sochi, y destinó otros 14 mil millones de dólares para la Copa Mundial que concluyó el domingo.

En el presupuesto ruso se contempló la construcción de siete nuevos estadios (incluido uno en San Petersburgo que costó alrededor de 1.100 millones de dólares) y la renovación de otros cinco recintos, sin contar los gastos adicionales para instalaciones de entrenamiento, alojamiento, ampliación de infraestructura y seguridad.

Chicago, que ya fue anfitriona de la ceremonia de inauguración y del primer partido de la Copa Mundial de 1994, ha adoptado ahora una postura bastante diferente. Matt McGrath, vocero de Emanuel, acaba de declarar que “la Fifa no pudo dar un nivel básico de certidumbre acerca de algunos importantes interrogantes que ponen en riesgo a nuestra ciudad y a nuestros contribuyentes”.

Señala que “la Fifa pedía algo parecido a un cheque en blanco”, que incluía “la capacidad abierta de modificar el acuerdo… en cualquier momento y su exclusivo criterio”.

Más aún, la Fifa ha requerido que el Soldier Field –sede del equipo de fútbol Chicago Bears– no se utilice durante dos meses antes del torneo. La oficina de Emanuel concluyó que, a fin de cuentas, “la incertidumbre para los contribuyentes junto con la inflexibilidad y poca disposición a negociar de la Fifa eran indicadores claros de que seguir apostando a este evento no convenía a los mejores intereses de Chicago”.

Además de celebrar entre dos y seis partidos (potencialmente, en el curso de varias semanas), se espera de las ciudades anfitrionas de la Copa Mundial que hagan un ‘fan fest’ (celebraciones para ‘fans’), proporcionen instalaciones de entrenamiento para los equipos y ofrezcan amplias exenciones tributarias para actividades.

De hecho, la Fifa prohíbe la tributación directa e indirecta para todos los ingresos originados en el evento, con excepción de las confederaciones de fútbol continental, emisoras del país anfitrión y asociaciones miembro de la Fifa, sus proveedores de servicios y sus contratistas. Sorprende poco, pues, que Minneapolis y Vancouver se hayan unido a Chicago en declinar el honor de ser anfitrionas.

Para justificar su actitud apremiante, la Fifa señala que “la Copa Mundial es un importante evento deportivo que atrae atención global hacia el o los países anfitriones y da la oportunidad de que reciban inversiones financieras significativas en infraestructura deportiva y pública”. Y, aduce esta organización, eso “puede contribuir a importantes beneficios socioeconómicos de mediano y largo plazo… así como crecimiento económico”.

Pero nótese lo cuidadosamente escogido del lenguaje. La Fifa solo promete una “oportunidad de recibir inversiones financieras significativas” en infraestructura, así como atención e inversiones que “pueden contribuir” al crecimiento.

En realidad, los estudios académicos muestran evidencias de que la Copa Mundial raramente beneficia a los países y las ciudades anfitriones tanto como la Fifa quisiera que el público y las autoridades crean.

Por ejemplo, pensemos en lo que Rusia obtuvo a cambio de su inversión de más de 14 mil millones de dólares en el evento de este año.

Mientras que todos los ingresos de venta de entradas, derechos de emisión internacionales y patrocinios fueron directamente a la Fifa, Rusia se quedó con siete nuevos estadios y cinco recintos reformados que no necesita.

Y, aunque los demoliera, tendría que gastar millones de dólares cada año para mantenerlos. Entre tanto, cientos de hectáreas de terrenos urbanos escasos fueron cedidos como emplazamientos de estos elefantes blancos.

No hay duda de que las imágenes de elegantes y modernas instalaciones se diseminaron por todo el mundo, pero no necesariamente a favor de Rusia. Al parecer, no se pudieron esconder los 6.000 asientos vacíos en el partido entre Uruguay y Egipto del 15 de junio.

Si la historia es de fiar, es muy improbable que la Copa Mundial de 2018 haya aumentado la inversión internacional o el comercio en Rusia, impulsado su sector turístico o fortalecido el compromiso de su pueblo con la buena forma física.

Lo que hizo fue generar una breve sensación de orgullo nacional en una parte importante de los rusos, ofreciéndoles una efímera distracción de los crecientes problemas de su país.

Con o sin la Copa Mundial, la volatilidad de los precios del petróleo y las sanciones internacionales impuestas en respuesta a la anexión de Crimea por Putin en el 2014 habrán de seguir nublando las perspectivas económicas de Rusia y reduciendo los estándares de vida de los rusos comunes y corrientes.

Así las cosas, ¿a quién le creería? Yo, a Emanuel.

ANDREW ZIMBALIST
Project Syndicate

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