‘La tecnología va a deformar el fútbol’

‘La tecnología va a deformar el fútbol’

Jorge Valdano habla del estado actual del deporte más popular de todos.

Jorge Valdano

Valdano, de 61 años, ha sobrevivido a dos accidentes aéreos.

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Archivo / EL TIEMPO

12 de marzo 2017 , 12:16 a.m.

En una oficina de la capital española, un hombre se decide a hacer orden. Al abrir una carpeta encuentra unos papeles. Los revisa. Tienen su letra. “Los tiré porque me daba miedo que algún día tuviera la tentación de publicar aquello”. Hace no sabe exactamente cuánto tiempo, el exfutbolista argentino Jorge Valdano le entregó al servicio de recolección de basura del Ayuntamiento de Madrid el diario que escribió durante las noches en el Mundial de México 86.

“Luego me arrepentí –confiesa–. Pero me parece una buena decisión. Hubo, en aquel grupo, un código de honor. Después de la final tuvimos una última reunión –jugamos siete partidos e hicimos 70 reuniones durante el Mundial, anota–. Ahí sellamos el compromiso de no contar nada de lo que ocurrió en la intimidad de la concentración. Por lo tanto, esos papeles me convertían en sospechoso (ríe)”.

Instalado en Madrid desde hace más de 35 años, Valdano reparte hoy su tiempo entre las labores como comentarista de televisión, las consultorías y las conferencias sobre liderazgo.

(También: Jorge Valdano, el pensador de la pelota)

¿Un intelectual que diga que el fútbol no merece atención entendió el fútbol?

Es lo mismo que decir que la emoción no merece atención. De todas formas, es muy difícil alcanzar el fútbol desde la razón, y hay intelectuales que parecen alérgicos a la pasión. También hay otro tipo de desconfianza que me parece legítima, la que se le tiene a la masa. Supongo que para un hombre de letras eso puede llegar a ser irritante, porque le resulta difícil conectar con ese individuo que parece moverse como en un enjambre.

Hubo un desprecio por el fútbol entre algunos intelectuales. ¿Hoy es menor?

Sí. Ha cambiado de una manera notable. Incluso aquellos intelectuales que parecen más reacios al análisis futbolístico han intentado acercarse desde lo social a un fenómeno que moviliza tanto. Hay pocas metáforas tan claras de la globalización como el fútbol, que refleja lo bueno y lo malo de este tiempo. Lo bueno es su enorme capacidad para conectar. En los mundiales se ve a millones de personas en un país, lo que parece una enorme invasión pacífica, y cada uno con su ropa folclórica. Ahí están lo local y lo global unidos de una manera muy potente. Entre los defectos, la acumulación de riqueza en unos pocos clubes, unos pocos jugadores, unos pocos países.

En el año 2000 le preguntaron qué importancia tenía un técnico, y usted dijo: “25 por ciento”. ¿Sigue pensando lo mismo?

Sí. Es más: me parece que exageré en el porcentaje. Hay una divinización de los entrenadores porque los medios necesitan individualizar el éxito y el fracaso. Al entrenador lo hemos convertido en una especie de chamán que da la impresión de que maneja todas las variables del fútbol. Yo sigo creyendo que, a pesar de que hay un afán cientificista alrededor del fútbol, que pretende controlar el juego como si se tratara de un tablero de ajedrez, el jugador sigue teniendo un poder de improvisación capaz de dar vuelta a todos los planes.

¿Se puede fabricar un líder?

No. El líder es una persona que influye en su entorno. Es gente de cierto carisma y cierta experiencia. No he conocido líderes adolescentes dentro de un vestuario. Lo que sí creo es que no todos los líderes tienen que nacer.

¿Es igual en el fútbol que en una empresa?

En esencia, sí. Quizás en el mundo del fútbol todo resulte más primitivo, porque se impone lo emocional y porque los jugadores tienen una enorme inteligencia natural, pero no excesiva educación. Pero eso ayuda a ser directo: la educación a veces esconde el instinto y las cosas terminan dilatándose por exceso de reflexión.

Lo llevo a su libro ‘Los 11 poderes del líder’. ¿Qué decía el brasileño Sócrates sobre este tema?


Él decía que debía ser obligatorio que los jugadores pasaran por un proceso educativo. Cada día estamos más lejos de ese ideal. Pero se confunde la gente que subestima al deportista. Yo no conozco ningún gran talento que no sea inteligente. El ‘crack’ tiene una inteligencia superior.

Alguna vez dijo que mientras siguieran surgiendo jugadores, en Argentina el fútbol tendría solución. ¿Cómo está hoy eso?

Hemos perdido algo que era muy característico del jugador argentino: el amor a la pelota. La producción de futbolistas se ha vulgarizado. Cuanto más lejos estamos de Menotti, más lejos estamos de la solución. Menotti, con su discurso, me parece que se acercaba mucho a eso que llamamos identidad.

¿Eso pasa sólo en el fútbol argentino?

La globalización uniforma, pero creo que países como Brasil y Argentina guardaban un tesoro formativo del que nos hemos ido alejando poco a poco. Otros países, como España, que nos miraron siempre con una cierta envidia, nos han terminado robando el amor a la pelota.

(Además: No da para indignarse, fue una epopeya… (Opinión))

Real Madrid tiene hinchas en Colombia, África, Japón. ¿Cómo se llegó a eso?

Es fruto de la reflexión de un visionario que tuvo una cabeza global antes de que supiéramos qué significaba globalización: Santiago Bernabéu. Levantó un campo para 120.000 aficionados, sin ayuda oficial y en plena posguerra española. Luego, para llenarlo, fichó a un argentino que se llamaba Alfredo Di Stéfano, a un húngaro que se llamaba Puskás y a un francés que se llamaba Kopa, además de ganar cinco copas de Europa consecutivas. A principios del siglo XXI, el desafío ya no era llenar los estadios, sino vincularse con aficionados remotos. Florentino Pérez, con una mentalidad empresarial y un gran amor por el club, entendió que esto era un negocio de héroes: por eso los Galácticos, por eso Cristiano Ronaldo. Cuando Florentino llegó al club, hace 15 años, los ingresos por marketing no pasaban de los 15 millones de euros. En estos momentos estarán cerca de los 300 millones.

¿Queda mal hablar de clientes en lugar de aficionados?

Queda mal porque nos acostumbramos a los eufemismos. Llamamos posverdad a la mentira, falta de transparencia a la corrupción. Pero lo cierto es que, para seguir teniendo liderazgo económico, los clubes tienen la obligación de seducir a aficionados para venderles una camiseta.

¿No alcanza con ganar títulos?

No alcanza para seducir a los aficionados neutrales. Cuando uno ya ha visto a su propio club, le queda un largo fin de semana por delante y muchísimas opciones para entretenerse. ¿Qué elegimos ver? ¿Al Real Madrid, al Barcelona, al Bayern? Todos desfilan en el televisor y hay que arreglárselas para que te elijan a vos. Para eso vale un jugador, un estilo de juego, no solo el resultado.

¿Llegaremos a ver el fútbol como un Super Bowl, donde el deporte queda relegado a un segundo plano, detrás del ‘show’?

Aunque se trate, como dice Javier Marías, de un espectáculo salvaje y sentimental, cada día hay más intrusos que pretenden darle colorido a un espectáculo que alcanza unos niveles de impacto extraordinarios. Me animo a decir que el fútbol es todo lo contrario a la tecnología, pero es una batalla perdida: la tecnología va a terminar invadiendo la fluidez del juego, hasta deformarlo. Pues que intervengan en el descanso de un partido me parece lo menos grave de todo.

¿Qué piensa de las innovaciones que propuso Marco van Basten?

Algunas son interesantes y otras, extravagantes: quitar el fuera de juego es inventar un fútbol totalmente nuevo. No sé por qué hacer la revolución al juego más exitoso del mundo. La última gran medida que se tomó en el fútbol atacó el aburrimiento y llegó en los 90, cuando se decidió que el arquero, si recibía la pelota (de un compañero), solo la podía jugar con los pies. Eso dinamizó increíblemente el juego, y los primeros que se aprovecharon fueron los talentos superiores, como Cruyff, que eligieron poner de portero a un jugador antes que a un arquero.

Juan Manuel Lillo (ayudante de Sampaoli en Sevilla, extécnico de Millonarios y referente de Pep Guardiola) dijo que hoy se corre más, pero no se corre mejor.

Di Stéfano decía que al fútbol se juega, no se corre. Lillo tiene razón. Yo, en el 86, corriendo mucho, no habré corrido más de 8 kilómetros. Hoy, un jugador que corre menos de 11 parece que traiciona a la patria. Son otros los elementos estadísticos que pesan para que definamos un partido como bueno o malo. Y en esa confusión han entrado los medios. Muchas veces, para presumir de la tecnología en la que han invertido muchísimo dinero, terminan dando datos que son intrascendentes para la eficacia y la belleza del juego.

En junio del 2016, una cadena de televisión mexicana lo entrevistó en el mismísimo estadio Azteca. Sobre el final, le preguntaron qué pasó en el vestuario...

Y me quebré, contra todo pronóstico, porque me cuesta mucho llorar. El día que salimos campeones del mundo lo intenté y no lo logré.

¿Cómo así que intentó llorar?

Todos lloraban, y yo no. Es como el cuento de Cortázar en el que todos van al cementerio con un ramo de flores y hay un pasajero en el colectivo que no lleva y se siente culpable. Me parecía que no llorar me convertía en una mala persona.

Usted dijo en esa nota con TV Azteca que cuando ganaron tuvo “la sensación del deber cumplido”...

Mi hijo, que siguió la entrevista por internet, me llamó: “Papá, ¿te volviste loco? ¡Sos campeón del mundo y lo único que se te ocurre es hablar ‘del deber cumplido’! ¿Y el placer?” Le dije: “Me parece que todavía no te expliqué bien lo que es ser hijo de inmigrantes de clase media argentina”. Hay ahí un culto al deber que no me parece una buena idea, pero que conforma mi personalidad clarísimamente.

Lionel Messi y los ‘tarados emocionales’

¿Cómo cree que el resto de los futbolistas se sienten ante Messi?

Hombre, si fueran serios, acomplejados. Lo que me pasaba a mí con Maradona. Es que el genio es un personaje que está bendecido por los dioses, si nos vamos a la literatura clásica. Lo cierto es que todo lo que parece difícil y hasta imposible lo simplifican a tal punto que uno no puede más que admirarse. Incluso si llevan la camiseta del Barcelona (ríe).

‘Tarado emocional’: así llama a los hinchas del Madrid que dicen que Messi es un jugador vulgar sostenido por el talento de sus compañeros.

El fanatismo tiene como característica que reduce el recinto mental y deja sitio solamente para las obsesiones. Desde ese lugar tan pequeño, los nuestros solo tienen virtudes y los otros, solo defectos. Todo esto ha sufrido un golpe mortal con las redes sociales. El tarado emocional puede ejercer de tal y firmar Aristóteles.

¿Los amantes del juego lindo se creen con mayor autoridad para hablar de fútbol que los del juego efectivo?

No. El que siente una cierta superioridad moral es aquel que defiende un fútbol ético. Con respecto a la belleza existen gustos, y ahí nadie tiene derecho a sentirse más que nadie. Aquí hay una trampa implícita en la pregunta: diferenciar el buen fútbol del fútbol eficaz, cuando son cómplices. El buen fútbol resulta eficaz.

Fue campeón como delantero y como técnico

1955

Nace el 4 de octubre en Las Parejas, un pueblo de la provincia argentina de Santa Fe. En 1973, a los 18 años, debuta en la primera división con Newell’s Old Boys.

1975

Antes de cumplir 20 se instala en España para jugar en el Alavés. Luego va al Zaragoza. En 1984 debuta en el club con el que lo unirá un lazo de por vida: Real Madrid.

1986

En México se consagra campeón del mundo con el seleccionado argentino. Un año después se retira del fútbol a causa de una hepatitis B.

1992

Debuta como técnico en Tenerife. Luego dirige al Real Madrid (foto), con el que gana la Liga de España, y al Valencia, que fue su último equipo como DT.

2000

Asume la dirección deportiva del Real Madrid. Seis años después se hará cargo de la dirección general de la Escuela Universitaria del club.

EMILSE PIZARRO
La Nación (Argentina) - GDA

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