El ascenso del América con la visión de una hincha

El ascenso del América con la visión de una hincha

Relato del memorable día en el que el conjunto escarlata dejó atrás el infierno de la B.

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Hinchas de América.

Foto:

AFP

04 de diciembre 2016 , 10:18 a.m.

Los seres humanos tenemos cosas que nos definen. Cosas estructurales. Aspectos que por más que otros intenten cambiar siempre irán con nosotros. Terquedad. Los que no cambiamos esas cosas que nos definen, generalmente somos tildados de tercos. En mi caso, el América de Cali es una de esas cosas. Parte de mi esencia. Todos los que me conocen lo saben. Y esa parte mía, tan importante, tan vital, tan radical, estuvo rota durante 5 años. Cómo la gente que está en tratamiento para combatir una enfermedad y sigue levantándose todos los días, pero hasta que el diagnóstico no les confirma que están curados, caminan por la vida lastimados.

Cuando el América se fue a la B ese 17 de diciembre de 2011 –hace 5 años– a mí me pasó lo mismo: iba por la vida sin una parte de mí. Como una enferma, rota y lastimada. Viviendo sin una parte esencial. Pobres los que me conocieron en estos 5 años, pues ahora que estoy completa pensarán que soy otra.

Yo sufro de miopía. Hace poco me iban a operar, pero la cirugía se postergó por mil razones. No veo casi nada de lejos. Sombras nada más –como dice la canción–. Hace unos 8 meses dejé de usar lentes de contacto porque me irritaban los ojos y me hacían mucho mal. Así que el domingo le dije a Santiago Pardo, hincha furibundo del América que jamás lo abandonó, ni siquiera en los peores momentos de estos 5 años:

“Yo tengo que llevar mis gafas al estadio”.

Él hizo alguna mueca, alegó alguna cosa, preguntó si era estrictamente necesario.

“Claro”, le dije. “Sin gafas no veo nada”.

De manera que el domingo arranqué con mi camiseta y mis gafas puestas.

Fuimos a Oriental, la tribuna donde mi papá siempre me llevaba de niña. Quizás como una suerte de cábala. Dos días antes del partido del domingo, el viernes 25 de noviembre del 2016, a las 10 y 29 de la noche, Raúl Castro anunció en un brevísimo discurso la muerte del comandante Fidel. Me enteré de la noticia el sábado en la mañana, una hora antes de mi vuelo Bogotá-Cali, y pensé que quizás su muerte podía ser otro augurio, casi casi una señal.

Ese mismo viernes se anunció que la barra popular, el famoso Barón Rojo Sur, no podía ingresar al estadio en cumplimiento a una sanción impuesta por la Dimayor. El alcalde de Cali anunció medidas especiales de seguridad, entre otras, la ley seca y la prohibición de caravanas. El América, por su parte, prometió la instalación de pantallas gigantes en algunos lugares de la ciudad.

El ambiente en Cali, cuando aterrizamos el sábado a mediodía, estaba tenso. Se sentía en la ciudad y en la forma en que la gente eludía el tema. Como un pacto secreto entre todos que preferían hablar de cualquier otra cosa, excepto del partido crucial que se jugaría dos días después.

Esas dos noches, las anteriores al juego, no pude dormir bien. En esas noches de insomnio me ponía a ver videos de los goles de todas las finales de Libertadores que perdimos. La del 85 contra Argentinos cuando el Pipa patea ese balón y no entra. La del 86 contra River, aquel año en que a Ricardo Gareca le salió todo tan mal. La del 87 contra Peñarol, de la cual no haré mayores comentarios. Y la del 96 contra River, cuando Zambrano desperdicia semejante gol. Igual que los enfermos a los que les van a extirpar algún órgano y se meten a Google a buscar qué carajos les van a hacer. El día del partido mi papá se levantó tarde, pero de muy buen ánimo. Ya me había dicho que no quería ir al estadio. En el fondo, estoy segura, toda aquella tensión había terminado por provocarle un miedo que él –de puro orgullo– no me iba a confesar.

Todos sabíamos que si el equipo no ganaba, la cosa se podía poner muy difícil en Cali. Probablemente si el América salía derrotado con la consecuencia de quedarse un año más en la B, la situación de orden público, por cuenta de la rabia enquistada de la barra popular, podría salirse de las manos. Ya nadie aguantaba una decepción más.

La mañana transcurrió tranquila. Como si ese día no fuera el más importante de nuestras vidas en los últimos 5 años. Mi papá habló de música, puso sus viejas canciones y aparentemente el partido no parecía significar gran cosa. Hasta que nos despedimos y lo dejé parado ya con la camiseta del equipo puesta, mirando cómo nos alejábamos. Eran las 12 del día cuando me despedí de él con un beso a la carrera.

Finalmente, antes de las dos de la tarde, estábamos adentro del estadio. Cuando entramos ya no había un solo campo libre en la tribuna. Todo se veía tan hermoso. La gramilla como si acabaran de ponerla, y la gente en occidental, justo frente a nosotros, todos vestidos de ese rojo inconfundible que no se parece a ningún otro rojo en el planeta. Nos tocó justo al lado de la barra La 85. Los muchachos tenían banderas, bolsas llenas de papel picado, tambores, todo con cierto aire ceremonial.

Las horas que pasaron antes de empezar el partido fueron largas, pesadas, agobiantes. Hasta que finalmente los de la barra empezaron a moverse, a correr de un lado a otro, a pasarse cosas entre ellos, a darse indicaciones. Luego alguien abrió una bolsa de basura repleta de papel picado y empezó a rotarla para que cada persona tomara una manotada. De la nada aparecieron bengalas y los tambores empezaron a sonar. Aquello prometía ser una gran fiesta.

Cuando el equipo finalmente saltó a la cancha del Pascual empezó la verdadera locura. Las bengalas se encendieron y la famosa “caldera del diablo” se hizo realidad. Todos los nervios, toda la ansiedad, todas las horas sin dormir, toda la espera previa al partido parecieron condensarse en ese momento. Ahí estaban ellos. Nuestros jugadores.

Pasada la fiesta de bienvenida, el árbitro da el pitazo y la pelota rueda. Es el inicio de los 90 minutos más largos de mi existencia. ¿Qué cirugía durará 90 minutos? ¿Será esto lo que siente el enfermo justo antes de que lo pongan a contar de 10 para atrás mientras le ponen la anestesia?

Luego llega el gol del ‘Tecla’ y el Pascal Guerrero que se quiere caer. En Oriental todos saltan. La barra enloquece. Veo a quienes están a mi lado gritar como poseídos y entonces pierdo el equilibro y me caigo de espaldas. Así. Tal cual. Me voy de espaldas y me doy un golpe tremendo. Las gafas, las benditas gafas que también hacen parte de mi esencia y me definen, salen volando. Y en medio de la hinchada saltando eufórica celebrando ese primer gol, logro rescatarlas antes de que alguien les salte encima. Se les ha quebrado una pata. Intento repararlas, pero todo es inútil. Así que me resigno y las guardo en el bolsillo, lo que me obliga a ver el resto del partido en una semibruma. Comprendo que ser miope es un desastre. Pero todos los chicos que están a mi lado empiezan a narrarme las jugadas.

Al final ya todos sabemos la historia. El autogol, el penal, el cobro de Martínez Borja, el grito de gol en las tribunas celebrando ese 2-1, el martirio del segundo tiempo con un Quindío buscando cómo meterse por todas partes, los 45 minutos cumplidos y ese tiempo de reposición que es la pesadilla más grande de los hinchas del América desde que el América es América.

Por fin el árbitro pita y la pesadilla de la B se disuelve en ese instante. Toda la tensión queda en el abrazo que nos damos con el de al lado, en ese gesto que tenemos con el que llora a nuestro lado y no se puede contener, en la mano que tendemos, en el abrazo solidario, en el momento en que pasamos nuestro dedo por el rostro de alguien para detener esa lágrima que rueda por la mejilla. Los 5 años en la B quedan resumidos en eso. En mirar a los ojos al que está a nuestro lado y reconocer en él nuestro propio sufrimiento, que por fin ha terminado –como al que operan de un tumor maligno y los médicos logran curar–. Los 5 años son eso: reconocer al otro y saber que su sonrisa y su llanto son también nuestros.

Ese algo que me define, llamado América, ha vuelto. Esa niña que entraba a Oriental de la mano de su papá está despierta de nuevo. Por ahora sigo con las gafas rotas. Eso sí, apenas tenga un chance programaré la cirugía de los ojos para terminar por fin con mi miopía y poder ver el primer partido del América de regreso a la A sin la angustia de que mis gafas salgan volando cuando el ‘Tecla’ Farías meta el primer gol.

ALEJANDRA LÓPEZ GONZÁLEZ
Para EL TIEMPO

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