Foto: AFP
Verón, capitán de Estudiantes de La Plata, besa la Copa Libertadores.
Cruzeiro le apostó a la practicidad, pero el equipo argentino puso corazón y garra, venció 1-2 y así reverdeció los laureles que no adornaban su escudo desde 1970 y se coronó por cuarta vez en Copa.
Sí, fue una hazaña porque tenía el ambiente en contra, con una hinchada que agotó las boletas en tres horas y que se quedó sin voz. Porque había empatado en casa 0-0 en el juego de ida y, en 31 enfrentamientos, solamente dos equipos argentinos habían ganado en ese horno que es el estadio Mineirao de Belo Horizonte. Pero el amor propio de los argentinos, que celebraron abrazados en el círculo central el 1-2 final, resultó fundamental.
Estudiantes fue más en el segundo partido porque le puso orden cuando había que hacerlo, pero cuando el trámite del juego obligó a cambiar el balón por los escudos y las flechas para ir a luchar, también estaban listos.
Por un momento, parecía que todo ese esfuerzo de Estudiantes se iba al piso: a los 6 minutos del segundo tiempo, un remate de Henrique desde afuera del área rebotó en Leandro Desábato y se convirtió en el 1-0 parcial para Cruzeiro.
Pero solo hubo cinco minutos de festejo en el Mineirao. A los 12, Gastón Fernández, en las barbas del arquero Fabio, empató el juego. Los brasileños tambaleaban y solo faltaba el golpe de nocaut: 15 minutos después, Mauro Boselli, el goleador de la Copa, hizo el 1-2 luego de un cobro de tiro de esquina de Juan Sebastián Verón, que mantuvo una tradición familiar: su padre, Juan Ramón, dio las otras tres vueltas olímpicas de Copa con Estudiantes a finales de los años 60. De ahí en adelante, hasta la suerte estuvo del lado 'pincharrata': la Libertadores viajó a Argentina de nuevo.
COMENTARIO
JOSÉ ORLANDO ASCENCIO
SUBEDITOR DE DEPORTES
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