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Un amor inexplicable (Opinión)

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Hay una pregunta que una mujer con tino nunca debe formular al esposo, al enamorado: "¿A quién querés más, a tu club o a mí...?" Porque el hombre, irreductiblemente, responderá con la verdad: "Al club". Y arderá Troya. Tras lo cual, el novio o marido, fresco y desafiante, agregará: "Bueno, que arda". Si existe todavía para el hombre algún tópico sagrado sobre la faz de la Tierra, ése es el club de fútbol, un bello masoquismo que se ejerce semana a semana durante décadas, la vida entera.

Tengo un amigo hincha de Atlanta, un equipo que siempre amaga con  descender una categoría más. En cualquier momento se desprende del mapa y cae al espacio infinito. Pero el tipo es de Atlanta y no lo cambia por nada. Hace poco le ganaron a River 1 a 0 jugando como para 4 a 0. Con eso, mi amigo tiene para diez años más de cariño. No todos podemos ser del Barcelona o del Real Madrid, que juegan a ver quién gana más títulos en un año. El resto nos conformamos con mucho menos. Y somos felices igual. El club, para nosotros, es como una chica linda que nos guiña el ojo desde la vereda de enfrente, nos tira un besito cada tanto y nos deja contentos. Es una fidelidad absurda casi, compuesta por un 90 por ciento de broncas y amarguras y un 10 de alegrías (acaso menos). Pero nos mantenemos firmes como poste de luz en esa consecuencia de amor. Lo que nunca se mella es la ilusión.

"El amor, el amor... dos años de ardor y fuego, treinta de cenizas", describe el príncipe Don Fabrizio, en El Gattopardo, con su fino humor. El milagro del hincha de fútbol y su club es inverso: una vida de ardor y fuego, nada de cenizas.

Uno se hace hincha del Santos por la leyenda de Pelé y compañía, esos Globetrotters que asombraron al mundo; del Real Madrid por la saga de conquistas que implantó Di Stéfano; del Barsa actual por su fútbol tan bonito; de Boca por la garra; de Peñarol por la camiseta negra y oro; de Colo Colo por el indio del escudo, que magnetiza... Pero hay clubes que no tienen explicación. Entre estos está el Santa Fe.

Hace unos días charlábamos con el presidente de Corinthians, Mario Gobbi, un sujeto gracioso con voz de barítono. Nos contaba que tienen 33 millones de hinchas, que representan el 60% de la audiencia televisiva de fútbol en Brasil, que es la quinta camiseta más cotizada del mundo. "Mario, pero Corinthians no ganó tantos títulos, tampoco ha tenido demasiados 'cracks', ¿a qué atribuye tanta popularidad, tanta pasión...?", le preguntamos. "Es difícil explicarlo-, dice. -Es una fuerza de la naturaleza. Con cada nuevo hincha que se suma el club gana un alucinado, un apasionado".

Tampoco el Santa Fe tiene una explicación racional. De cómo un sujeto nació hace 37 años, creció, maduró, se casó, tuvo hijos, empezó a peinar alguna cana y seguía siendo fiel a una divisa que nunca había visto campeona, es una devoción que ya quisiera la Iglesia Católica. Pero un día esa fe halla el premio a tanta obstinación y renueva el idilio por 37 años más. Ese premio es el título del domingo. Imaginamos los pechos queriendo explotar, las lágrimas sinceras, los miles de abrazos dados y recibidos, la noche en vela de la emoción. ¡El Santa Fe del alma campeón! Santafecito lindo...

Valió la pena esperar. ¡Qué maravilloso habrá sido este lunes ir al trabajo, al colegio, al bar después del título...! A lo lejos imaginamos miles de hogares santafereños iluminados por el resplandor de la felicidad. ¡Qué lindo es el fútbol...! ¿Quién lo habrá inventado...?

Jorge Barraza
Para EL TIEMPO

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