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'Nairo Quintana es un hijo del campo': madre del ciclista

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Nairo Quintana

Antes de cada competencia importante, Quintana llama a sus padres.

Mañana se acaba el Tour de Francia, en el que el boyacense fue revelación.

Eloísa Rojas tiene sueño. Sus ojos se le cierran entre el montón de micrófonos que la persiguen para que dé una declaración, una más, sobre los triunfos de su hijo en el Tour de Francia. Sí, todo es gracias a la oración, a la fe en la Virgen del Milagro, patrona de Tunja, al sancocho de gallina que le cocinaba en su casa. (Vea acá: La gran jornada de Nairo Quintana en el Alpe-d'Huez).

Ella habla, pero quiere dormir. A las 11 de la mañana la plaza de Cómbita –municipio a unos quince minutos de la capital boyacense– comienza a verse vacía. Minutos antes estaba llena de gritos, de aplausos, de pólvora, de una pantalla gigante que trasmitió la etapa 18 del Tour, que incluía la mítica cumbre de L’Alpe D’Huez. (Siga este enlace para ver: Los llamativos seguidores del Tour de Francia).

Nairo Quintana llegó de cuarto y logró subir en la clasificación general de la competencia. Cuando esa noticia se confirmó, sonaron voladores. Cada vez que el ciclista boyacense aparecía en la pantalla, la plaza se convertía en un alarido. Eloísa guardaba silencio, su mirada fija en la pantalla. En cambio, Luis Quintana –su esposo desde que ella tenía 20 años, papá de Nairo– movía los brazos, lloraba, le pedía a Dios que ayudara a su hijo. Ella juntaba sus manos, se tocaba su pecho.

–A este, es a este –dice Eloísa y pone su mano en su corazón–. A él le encomiendo mi hijo.

Ahora está en la cocina de su casa. Las ollas de un almuerzo que no han podido probar están puestas sobre la estufa. Su marido destapa una Club Colombia y se sienta a su lado. Lo hace con dificultad, le cuesta doblar su cuerpo, pero no acepta el palo que ella le acerca para que use como bastón. Luis, de 58 años, tiene la columna a punto de quebrarse; cojea de su pierna derecha, y los dolores a veces no lo dejan respirar. A los 8 años iba en un camión que se volcó. Desde entonces, ha sumado 14 operaciones en busca de mejorar su movilidad. En la última visita al médico le dijeron que una nueva cirugía puede dejarlo parapléjico. No hay nada que hacer. Luis cuenta esto mientras responde su celular. Habla, se despide y tan pronto cuelga, vuelve a sonar. Suena también el de Eloísa. Los llaman día y noche. Todos quieren hablar sobre su hijo desde que se volvió el ciclista sensación de este Tour de Francia.

Nairo Alexánder Quintana Rojas nació en Tunja –aunque su alma es de Cómbita, se apresura a aclarar su papá– porque hasta esa ciudad viajaba Eloísa para hacerse sus controles prenatales y tener sus partos. Así lo hizo con sus cinco hijos, Nelly Esperanza, Willington Alfredo, Lady Jazmín, Nairo Alexánder y Dayer Uverney. Todos crecieron en la misma casa de dos pisos y fachada azul claro, a unos 15 minutos de Cómbita (a menos de 15, si usted va en el Renault 4 verde de don Luis y él va al volante) en la vereda La Concepción, alto de El Morán.

La casa se presenta con un letrero: supermercado La Villita. Hasta hace algunos años era en realidad un supermercado con verduras y frutas frescas. Ahora, cuenta Luis, decidieron vender solo productos secos. En sus estantes hay cervezas y mucho pan empacado. También hay un televisor, en el que han visto las hazañas recientes de su hijo en las montañas europeas.

–Tranquilo, viejito, que yo voy a llegar allá.

Esto le decía Nairo a su papá, años atrás, cuando los dos se sentaban a ver las transmisiones de las competencias internacionales. De niño, Nairo no se interesó por el ciclismo. Ni siquiera tuvo bicicleta. (En realidad casi no tuvo juguetes, según cuenta Eloísa). Su infancia era la escuela –la primera a la que fue se llamó escuela Barragán, en la vereda– y el trabajo: ayudaba a su mamá a lavar la ropa, cocinar, planchar, y a su papá a recoger verdura en los sembrados y venderla en las plazas. Y lo que más le gustaba, cuidar los animales, vacas, gallinas, cerdos, conejos que siempre han tenido. “Es buen trabajador”, dice su papá. Su mamá, en una de las pocas frases largas que dirá durante la charla, agrega: “Por eso hay tanta delincuencia entre los jóvenes, porque no los dejan trabajar. En el campo trabajan desde niños. Nairo es un hijo del campo”.

***

Es posible que Nairo Quintana, cada vez que deba vencer una cumbre sobre su bicicleta, se acuerde de todas las batallas que ha dado en su vida –tiene 23 años– y que ha ganado.

La primera de ellas la libró a los pocos meses de nacido. Sufría unas diarreas muy fuertes, que parecían no tener cura. Lo llevaban al hospital, pero salía sin solución. Sus ojos se veían secos; unas veces estaba muy flaco y otras su cuerpo se hinchaba. Luis y Eloísa alcanzaron a pensar que el niño no iba a vivir mucho tiempo. Una tarde, una vecina de la vereda los buscó y les dijo:

–Yo sé lo que tiene su hijo. A él lo tocó un muerto.

“Tenía un penetramiento”, explican sus padres. Alguien que estuvo cerca de una persona recién fallecida se acercó a Nairo, lo tocó e hizo que enfermara. “Para eso no hay medicamento que funcione”, agregan. Tuvieron que darle remedios naturales basados en hierbas. El mal duró hasta que cumplió 3 años. Después vinieron problemas respiratorios, una tos terrible que lo hacía botar sangre y le producía ahogos. Luis y Eloísa no creen que eso haya tenido que ver con la estufa de leña que usaron durante mucho tiempo, sino con la herencia: “El papá de mi marido murió de eso”, dice Eloísa. Esa pelea la ganó con ayuda de las terapias que le recetaron los médicos. (También gracias a una buena alimentación, creen sus padres, sobre todo el sancocho de gallina. Contrario a lo que ha sido costumbre entre los ciclistas boyacenses, Nairo no ha sido consumidor de panela).

Una batalla más reciente la dio cuando lo atropelló un taxi en una carretera cerca de Tunja, donde estaba entrenando. El taxista no lo vio y Nairo salió a volar varios metros hasta dar contra una cerca. Duró cinco días en coma en el hospital. “Estuvo dormido en una salita. Menos mal no se rompió nada”, recuerda Eloísa, de 48 años, que siempre lo ha consentido. Nairo también la consiente a ella. Cuando llega a visitarla, la alza y la pasea en brazos por la casa.

El bachillerato lo hizo en el colegio Alejandro de Humboldt, en Arcabuco, a unos dieciséis kilómetros de El Morón (de ida es en bajada; de regreso, cuesta arriba). Nairo usaba una bicicleta para llegar a clases. Tardaba más que sus compañeros que iban en bus, pero así empezó a querer el ciclismo. Poco a poco fue agregando kilómetros a ese recorrido, y corría hasta Moniquirá para entrenarse.

Su papá le vio las ganas y decidió cambiarle esa primera bicicleta, una todoterreno que era “un montón de hierro” y que Luis usaba para repartir verduras, por una semiprofesional que le compró en Tunja en 300.000 pesos. Su primer paso fue entrar al Club Deportivo Ediciones Mar. “Ahí lo empezaron a encaminar mejor”, recuerda su papá. Nairo le daba más tiempo al ciclismo que al estudio. “Se voló del colegio para correr la Vuelta al Táchira –dice Luis–. Yo lo apoyé, pero después tuve que ir al colegio con lágrimas de cocodrilo para que no fueran a castigarlo”. Los profesores, estrictos, le decían que tenía que decidirse entre el estudio o el ciclismo. El rector, aficionado a este deporte, le tuvo más paciencia. Al final, Nairo se graduó de bachiller.

***

A partir de ahí comenzó una carrera que lo ha llevado a sumar muchas victorias (doce, como profesional). Su primer equipo, en 2009, fue Boyacá es para Vivirla. De ahí pasó a Café de Colombia-Colombia es pasión y en 2010 ganó el Tour del Porvenir. El año pasado, Nairo entró en la categoría profesional, como parte del equipo Movistar, para el que compite actualmente y al que ya le dio triunfos como la Vuelta a Murcia, la Ruta del Sur, una etapa del Dauphiné y, en abril de este año, la Vuelta al País Vasco. Todo esto sin contar otras jornadas en las que ha mostrado su espíritu de equipo, como gregario de compañeros.

En toda esta trayectoria, ha sacado a relucir el mismo temperamento que dejó ver en casa, cuando crecía. De niño “el negro” –así le dice su familia– lloraba por cualquier cosa, pero eso cambió y ahora su personalidad es una suma de la serenidad de su madre y el espíritu recio, aunque también humilde, de su padre. Eso se ha visto en los momentos en que Quintana ha alistado sus fuerzas para atacar en las montañas.

Antes de cada competencia importante, Quintana –1,67 metros de estatura, 59 kilos de peso– llama a sus padres. En Cómbita también vive su novia de hace cinco años, Yeimy Paola. “Al principio, la familia de ella no lo quería mucho –cuenta su padre–. Ahora lo adoran”. En su casa todavía está intacta la habitación que ocupaba de niño. Compartía el cuarto con su hermano menor, Dayer, que se fue a España a seguir sus pasos. La habitación hoy está cerrada con candado. Ambos, reservados, prefieren que nadie entre a chismosear sus cosas. Sus padres la mantienen así porque están seguros de que van a volver.

Nairo va a volver, con aplausos. Termine en el puesto que termine, ya ganó mucho en las carreteras francesas. Ganó, por ejemplo, los elogios de muchos expertos y compañeros. “Es el mejor escalador de este Tour. Seguro ganará más de una grande”, dijo el corredor español Alejandro Valverde. El líder de la carrera, Chris Froome, afirmó: “Es muy fuerte. Intentaré no dejarle nunca ni un centímetro”. Lo mismo decían los que corrían con él, cuando se entrenaba en el ascenso de Arcabuco.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO

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