Un desaparecido colombiano protagoniza novela gráfica

Un desaparecido colombiano protagoniza novela gráfica

La historia de una madre colombiana inspira la primera novela gráfica sobre la desaparición.

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Un desaparecido colombiano protagoniza novela gráfica

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Edilma Prada

29 de agosto 2016 , 03:46 p.m.

María Nury Quintero Ramírez tiene 58 años y la mitad de su vida ha buscado a su hijo, que hoy debería ser un adulto. Él es una de las 83.069 personas desaparecidas en Colombia. María Nury y sus hijos son los protagonistas de la primera novela gráfica que sobre las víctimas colombianas conoce hoy el mundo, cuando se conmemora el Día Internacional de los Desaparecidos.

El tema de la novela, al estilo Maus: Relato de un superviviente, de Art Spiegelman, son los desaparecidos. Una población gris para el mundo y en colores para sus familiares que los esperan. Son la cifra negra para los gobiernos que no los buscan. Y son los que se pierden tres veces: cuando se los llevan, cuando les siguen el rastro y cuando la ciudadanía los olvida.

La historia de María Nury y su hijo desaparecido fue seleccionada entre propuestas de 80 países donde opera el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). De ahí en adelante comenzó un trabajo artístico y humano entre la mujer campesina que vive en Guaviare, representante de miles de madres colombianas; su hija, que es la narradora omnisciente del cómic; la ilustradora y productora de cine Lindsay Pollock; Emma Saville, guionista de Positive Negatives, quienes residen en Londres y Rebeca Lucía Galindo, investigadora del Comité de la Cruz Roja en Colombia.

María Nury, sonriente, recibió la visita de El Tiempo en su casa en San José, que es su orgullo, porque la construyó con sus manos. “Primero rellené a carretilladas el terreno, que era una laguna, hice los bloques y levanté las paredes”. Es una mujer que sufre, pero no es sufrida. Es un ser humano valiente y resiliente, quien hoy comparte su experiencia con otras mujeres para que entre todas sonrían.

“Papito, por Dios, dónde está”
"Yo estaba muy pequeña cuando nos vinimos de Planada con mis hermanas y mi padrastro. Mi papá se desapareció cuando pagó el servicio militar. Mi mamá me decía que eso era cuando había guerras que siempre existen. Y nos sacaron de la finca, y de ahí a Praga, Huila, y de ahí al Llano. Crecimos aquí en el Guaviare. Nos volvimos adultos y ya.

Me he dedicado a trabajar toda mi vida. Trabajé día y noche para levantar a mis cuatro hijos, sobrevivir con ellos. A Libaguer, mi hijo, desde muy pequeño le gustaba ayudarme a trabajar para que saliera adelante con los hermanos. Él estudiaba y después del colegio se iba a trabajar. Entonces fue cuando se le dio por irse para Calamar (Guaviare). Allá tenía como dos meses trabajando, rifando bicicletas. Me hablaba con él cada tres días. Lo llamaba por radio porque allá no había teléfono, había una bocina grande y por ahí hablábamos.

El 18 de diciembre de 1992 fue la última vez que hablé con él. El 19 me fui a Calamar a buscarlo. Recorrí todos los rincones del Guaviare. Fui a Miraflores, a Lagos del Dorado, a Tomachipán, a Mapiripán, a Raudal, a Calamar, Retorno, Libertad, Capricho. En todas partes donde me imaginaba que había grupos armados, yo iba. Le saqué muchísimas fotocopias a la foto. Y las llevaba para repartirlas.

A la gente en ese tiempo le daba miedo decirle a uno cualquier cosa. Aunque lo supieran no lo decían. La angustia mía era tan grande que yo me levantaba en el pueblo dando gritos. Me dejaron de un día para otro sin transporte. Cuando me iba a embarcar en el carro de las 2:00 de la tarde me dijeron que no nos podíamos ir. Estaba con el papá del niño y me dijeron: “Alguien quiere hablar con ustedes”. Nos esperaron a la salida del caserío y era el comandante del grupo. Me dijo: “Vea señora, nosotros no se lo tenemos, no lo matamos, porque si lo hubiéramos matado o lo tuviéramos, le hubiésemos dicho sí y usted qué hubiese podido hacer con nosotros. Nada”. Yo les dije que aquí lo habían matado, que alguien me había dicho. Me respondió: “Tráigame al que le contó eso”. Pero uno no puede echar al algua a nadie.

Volví a encontrarme con el señor que me dijo que habían matado a mi hijo. “Búsquelo que a él lo mataron donde mataron a un embolador”. Yo como que le comí cuento. Yo compré bolsas, formol, jeringas, vendas, bolsas de polietileno grandes. Yo decía que si era verdad que estaba muerto, mejor dicho yo me lo traía. Fue inútil. No lo encontré. A los días le dijeron al papá de mi hijo: “Saque a esa señora de acá, llévesela porque ya se le dio todo el permiso y se hizo lo que se podía hacer”.Hoy en día tengo en la pared la foto de él con la de mis otros hijos. Le hablo: Papito, por Dios, dónde está. Por qué no estás acá. ¿Estás vivo o muerto?"

La espera que enseña
El canto de los grillos y de los sapos anuncia la noche. María Nury nunca ha pensando irse de San José. Espera a su hijo que desapareció cuando tenía 15 años de edad. “Mire este palo de aguacate. Él lo sembró. Yo he intentado irme de acá, pero algo me dice que no lo haga”, sostiene.

La mujer muestra la novela gráfica: “Recibí el libro emocionada. Quería leerlo y compartirlo con mi familia”. Pasa las hojas, ve dibujada su propia vida y sus ojos se humedecen: “Realmente es mi historia. Es tan conmovedora”.

Cambia de historia. Habla de la resiliencia que comenzó hace cinco años, cuando se atrevió a ir al Comité Internacional de la Cruz Roja a pedir ayuda. Recibió apoyo sicosocial y aprendió a vivir con su dolor. “A mucha gente acá le ha pasado lo mismo. El caso no es de uno solo, sino de muchas personas que uno conoce. Hoy enseño a otros lo que a mí me enseñaron”.

Guaviare, con 112.621 habitantes, es un departamento con demasiados muertos. Muchos los aportó el conflicto con el Bloque Oriental de las Farc que marcó la zona, el cual fue comandado por el ‘Mono Jojoy’ y hasta septiembre del 2007 por el ‘Negro Acacio’, ambos muertos.

El Registro Único de Víctimas muestra que en por lo menos 31 años se han presentado 86.000 víctimas en esa región. María Nury ha sabido de la muerte y desaparición de otros. El miedo, la soledad y la falta de solidaridad de las autoridades para buscar a sus desaparecidos no le han significado rendirse.

Allá, en la frontera agrícola de la coca ella da ejemplo y cree en la paz. “Creer en eso me mantiene viva, porque es un paso muy importante para todos los colombianos”. “Les digo a las otras mamás que no pierdan la esperanza. Vivo en constante espera”.

*En la novela gráfica del Comité de la Cruz Roja Internacional, fueron cambiados los nombres de los personajes. La novela la puede ver aquí: www.cicr.org/co


UNIDAD DE DATOS

*Con la colaboración de Edilma Prada, de www.agendapropia.co

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