Las muñecas de la mafia están bien porque como colombianos sabemos contar lo narco. Pero ya se siente el cansancio de tanta silicona y guaches en la pantalla. Aburre la gritería inútil y la celebración de lo narco.
Y llegó Las muñecas de la mafia con esos cuerpos silicona que duelen a la vista de lo lindas que son esas mujeres-trofeo para los hombres de la droga. Y llegó con esa sabiduría natural que tenemos los colombianos para contar lo narco: las mujeres saben actuar de diablas, lobas y prepagos; los hombres saben actuar de cafres y billetudos matones sin moral. Y los directores saben contar nuestros excesos en colores estridentes, con cámaras que abusan de su mirada ambulante, en locaciones que se envalentonan con la desproporción. Y los actores y actrices saben ser excesivos y sobreactuados, les sale natural lo narco.
En lo narco, hacemos televisión natural; nos sale bien y fácil. Esta es nuestra estética de éxito, luego nuestra moral de supervivencia, nuestra verdadera cultura popular. Luego Las muñecas de la mafia están a tono con nuestra narco tevé y se ve bien y puede gustar. ¡Televisión muy colombiana, muy Caracol! Y felices. De eso estamos hechos y nos gusta, no nos da pudor. Pero... hay detalles para pensar.
¿Por qué actuamos y hacemos tan bien lo narco? Porque definitivamente somos así; nuestras mujeres nacionales saben que en su cuerpo y sexo está el éxito y, entonces, han decidido que no hay por qué tener reparos éticos ni morales ni de ningún otro tipo. Ser bella y sexy y putona es todo lo que se necesita para el éxito en Colombia. Y del lado masculino solo nos queda como posibilidad del éxito tener billete como sea, comprar la ley, comprar a las mujeres, hacernos querer a la fuerza porque no tenemos otros atributos para hacerlo. ¿Nos gusta ser así?
¿Por qué gritar y sobreactuarse es buena actuación en nuestra televisión? La razón es para llamar la atención del dormido televidente, para no dejarlo en paz, para aturdirle la cabeza... y porque no se actúa de adentro sino que se recitan textos, sólo se exterioriza; no hay construcción del personaje sino juegos de gritos y gestualidades. ¿Actuar es gritar?
¿Por qué a la música le da pena ser popular, si el relato es de esos gustos? Los músicos no se dejan seducir del ranchenato, ni del narconato, ni del corrido prohibido... Sino que, muy urbanitos ellos, buscan el reggaetón light, la imitación del tono de Calle 13, la 'lightficación' de la fuerza cultural de las músicas narcas y marginales. Así, la comunicación sentimental queda contrahecha. ¿Cuánto hace que una música de telenovela no se pega al alma cotidiana del país?
¿Por qué los realizadores, para contar lo popular, se imaginan que hay que mover desesperadamente las cámaras, usar las grúas, no dejar ver nada? Tal vez porque no tienen nada que contar.
OMAR RINCÓN
Para EL TIEMPO
orincon61@hotmail.com
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