En 'El país de la canela', Ospina apeló a la fidelidad de hechos históricos con una buena dosis de imaginación para contar la aventura de Orellana y Pizarro.
Cinco siglos antes de que J.R. Tolkien inventara sus mundos mágicos y de que Frodo y sus amigos se pasearan por ellos tratando de eliminar un quimérico anillo de oro, los conquistadores españoles vivían una aventura en la que unos demonios parecidos a los de Tolkien eran de carne y hueso.
Eran viajeros atrevidos que navegaban hacia ninguna parte.
Frodo al menos tenía un norte, pero Orellana y sus compañeros no sabían siquiera si seguían en el planeta tierra o habían accedido a una dimensión desconocida, donde las míticas amazonas de la mitología griega se les aparecieron para hacer gala de su crueldad milenaria.
EL TIEMPO: ¿Cómo fue el esfuerzo de recrear la geografía exuberante del Amazonas?
William Ospina: Para mí es muy importante atender dos cosas en El país de la canela: la fidelidad de los hechos históricos y el esfuerzo de imaginación para reconstruir el mundo en que esas cosas ocurrieron.
Afortunadamente, he tenido la oportunidad de viajar en los últimos tiempos, sobre todo por Ecuador, Perú, Bolivia y Brasil. Algunos de los trayectos de la novela los hice.
¿Cómo mantiene la continuidad frente a Ursúa?
Desde el comienzo, tomé la decisión de que el narrador iba a ser el mismo. Mi deseo inicial era contar cómo fueron los viajes por el Amazonas. La idea era comparar el primer viaje, el de Orellana, de 1541, con el de Pedro de Ursúa, 20 años después.
El primero fue un viaje de descubrimiento, el segundo de conquista. Me interesaba plantear las diferencias de actitudes entre esos dos expedicionarios. Para ello me dediqué a averiguar si alguien había estado en los dos viajes.
Cuando me enteré de que unos tres aventureros habían estado supe que esa historia debía ser contada por uno de ellos.
Inspirado en esos hombres, construí este personaje y comprendí que no bastaba con la pobreza o la desesperación, se necesitaba que alguien los hubiera convencido del segundo viaje. Eso me movió a interesarme por Ursúa, porque fue él quien los convenció.
¿Pero Cristóbal de Aguilar y Medina, el narrador, es ficticio?
El personaje está tejido de hechos reales y lo único que tiene que hacer es acomodarse a esas partes. Los crecientes visos de realidad que tiene el narrador se deben a que, por una serie de coincidencias, fui descubriendo que había personajes muy cercanos a lo que el narrador era, por ejemplo, que uno de los viajeros de Orellana era amigo de Gonzalo Fernández de Oviedo y que era, al mismo tiempo, un mestizo hijo de un indígena de La Española.
¿Las amazonas del relato lucen un biotipo muy europeo?
Eso tiene muchos elementos mezclados. Por un lado, trato de seguir lo más fielmente el relato de Fray Gaspar de Carvajal. A mí también me sorprendió mucho cuando me encontré con que ese relato tenía todas las coincidencias con el mito clásico, pero él atribuye el relato a un indígena.
Por eso, siento que hay dos cosas distintas. El recuerdo del indio y la existencia real de unas mujeres guerreras en ella y los delirios de Fray Gaspar, que en ese momento estaba con fiebre, y tenía muy buena memoria de la mitología griega.
¿Es un libro de literatura fantástica?
A mí me ha gustado la literatura fantástica y los libros de viajes a países quiméricos. Lo que más me movió a contar esta historia es encontrar en un hecho histórico todos esos ingredientes a los que nos ha acostumbrado la literatura fantástica. Es un relato en el que vuelve a confirmarse el rumor de que en estas tierras lo que pasa linda con la ficción y eso sucede desde el comienzo.
¿Por qué se ignoró por tantos años esta historia?
Todo eso está contado en las crónicas de manera fragmentaria. Unas cosas las dice Pedro Cieza de León; otras el Inca Garcilaso, otras Gonzalo Fernández de Oviedo.
Otra parte está en las cartas de los conquistadores y en el testimonio de Fray Gaspar de Carvajal. Yo traté de armar el gran lienzo.
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