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¿Podremos usar las razones de Sucre a Bolívar para que las entienda Uribe?

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Foto: Claudia Rubio / EL TIEMPO

El escritor y periodista Mauricio Vargas con María Isabel Rueda. Su último libro, 'El Mariscal que vivió de prisa', obtuvo el Premio Bicentenario 2009, de Planeta y Telefónica.

¿Cómo pasa uno de ser periodista a novelista y después a escritor de una novela histórica como esta?

El hacer novela fue un acto de rebelión contra el periodismo, que me tenía un poco agotado.

¡Cómo! ¿Le quedó chica la realidad de este país?

(Risas) Es que la realidad comenzó a repetirse con demasiada frecuencia y, además, cada vez menos interesante en su repetición.

¿Y tiene pensado seguir escribiendo sobre historia?

Tengo muchas ganas de seguirle la pista a la entrevista de Bolívar con San Martín en Guayaquil, un episodio superinteresante, porque pudo ser el sueño que no fue: el de la unión de América, que terminó reducido a la pelea de quién se quedaba con Guayaquil.

También deja abierta la teoría de que Morillo, un sanguinario que ordenó la muerte de muchos de nuestros patriotas, fue una especie de precursor de las reglas humanitarias de la guerra...

Pues sí. Un siglo antes de los convenios de Ginebra, Morillo y Bolívar firman el tratado de regulación de los derechos de la guerra y el que lo redacta es Sucre. Es el único acuerdo humanitario que se ha hecho en América. La razón es que él ya sabe que van a perder los españoles y no quiere volver a España como un sanguinario.

En su libro relata un episodio muy lindo: el del acuerdo que se hace entre generales enemigos en la gran batalla de Ayacucho, para que las familias que iban a pelear enfrentadas en bandos distintos se dieran la mano.

Como nos pasaría, y Dios no lo quiera, en una guerra internacional con un vecino. Tendríamos parientes en lado y lado. Antes de la batalla de Ayacucho se dan media hora para que los parientes se reconozcan y se saluden, pero, sobre todo, para que no se maten entre ellos. Ese episodio lo relata Rafael Pombo en un texto bellísimo.

¿Por qué un libro sobre el mariscal Sucre?

La culpa la tiene un poco mi papá, quien, cuando cumplí 20 años, me regaló las cartas de Sucre editadas por la biblioteca Ayacucho. Pintan la vida de Sucre hasta poco antes de su muerte, cuando escribió su última carta a Bolívar, que es dolorosísima.

La carta donde lamenta no haber alcanzado a verlo, presintiendo que iba a ser la última vez...

Sí. Ya ambos se sentían derrotados.

Por la politiquería, por los caciques locales y por las intenciones secesionistas de los vecinos...

El problema es que la inmensa mayoría de los generales de la Independencia querían quedarse con un pedacito de tierra y ser cabeza de ratón y no cola de león. Eso pasaba con Mariño en el oriente de Venezuela, con Páez en el centro, con Flores en el Ecuador, con los distintos líderes peruanos, con Santander aquí... Los únicos que habían creído en una gran nación eran Bolívar y Sucre, pero a esas alturas ya ni creían.

Sí le da a uno mucha tristeza que los planes de ese pensamiento grande de Bolívar y el de Sucre, como su heredero natural, se los vinieran a tirar los pequeños intereses, entre otros los de Santander. ¡Qué personaje tan mezquino fue, como lo confirma su libro! Lo digo aquí, donde no me oiga mi hijo el historiador, que es muy benigno con Santander, por ahora, ojalá.

El asesinato de Sucre sella la historia de estos países en la mezquindad. Es su prueba máxima. Porque no es el asesinato de un tipo que va a tomarse el poder...

¡No! Él quería retirarse desde hacía tiempo...

Ese fue el acto máximo de mezquindad: no permitirle a Sucre que se retirara y se fuera a vivir tranquilo al lado de su esposa y de su pequeña hija en Ecuador. San Martín, que aparece en la novela en una entrevista con Bolívar en Guayaquil, entendió todo eso, tanto que se fue para Europa y no volvió nunca. O, si volvió una vez, apenas llegó se devolvió aterrado con lo que veía. Él hizo lo que Bolívar y el mismo Sucre querían hacer y no pudieron: irse a Europa y morir de viejos.

Además, Europa era la tierra de los ancestros de Sucre, que, entre otras cosas, no era Sucre, como suena en español, que además le dio su nombre a un departamento de Colombia, a una ciudad boliviana y a un estado venezolano, sino 'sucre', la palabra francesa para azúcar.

Era medio francés, medio flamenco, medio catalán.

Godofredo de Sucre había sido chambelán de Felipe de Valois, el primer rey que Francia tuvo como Francia. Sus descendientes se van a Flandes cuando esa región de Bélgica y los países bajos pertenecen al imperio español, y ahí es cuando los reyes españoles mandan al bisabuelo de Sucre como gobernador a Cuba, luego a Cartagena y después a Cumaná, donde nace Antonio José.

Le auguro desde ahora que su libro, que apenas está saliendo a librerías, va a despertar polémicas: a pesar de que es riguroso en la parte histórica del personaje, se toma ciertas libertades como novelista. No tiene una sola comilla...

Duré cuatro años estudiando el tema y preparé más de mil y pico de fichas. Pero sí me tomé las libertades que quise. Si me hubiera metido en una biografía, no hubiera podido completar la historia de Sucre como podía hacerlo un novelista. Una vez Gabo me dio un consejo: "Vas a encontrar -me dijo- que los historiadores tienen controversias no resueltas y tienen huecos negros". Su consejo fue que, cuando me encontrara frente a esas dos circunstancias, como novelista me adueñara de la historia.

Y en su libro usted se adueña de un gran agujero negro de Sucre, el de varios años de los que poco se sabe qué hizo y dónde estuvo. Le inventa un tormentoso romance con una viuda rica en Trinidad...

Había que resolver quién le enseñó a Sucre las artes amatorias y quién le regaló el reloj que llevó con él hasta el día de su muerte.

¿Por qué el nombre del libro, 'El Mariscal que vivió de prisa'?

Tiene que ver con que la suya fue una vida corta, apenas de 35 años. Y tuvo mucho afán por vivirla. Incluso, al final tenía mucho afán de irse de la vida pública para poder vivir su vida privada. En esa época era raro que alguien tuviera un reloj de bolsillo; no existían los de leontina. Por ejemplo, Bolívar andaba con un burro de reloj de mesa colgado de su mula o de su caballo en las batallas.

O sea que el reloj no se lo inventó usted...

No. Me inventé su origen. Pero existió, porque se lo sacan del bolsillo cuando lo asesinan en Berruecos. Él vivía pendiente de la hora y vivía de prisa porque no le alcanzaba la vida. O no le alcanzaba la vida porque vivía de prisa. Dormía muy poco, escribía él mismo sus cartas a mano, lo que para mí fue fantástico en la investigación de este libro, porque, además de saber qué pensaba, pude saber qué sentía y qué palabras usaba para expresarlo.

A mí en el colegio me enseñaron que Antonio Ricaurte murió como un héroe en San Mateo, "en átomos volando". En el libro, usted pone en boca de Bolívar que eso se lo inventó para darle ejemplo a su tropa. ¿Lo dice su imaginación o lo sacó del 'Diario de Bucaramanga', de Perú de Lacroix?

Eso lo dice Perú de Lacroix, y Germán Arciniegas escribió todo un ensayo para desmentirlo. Pero no pudo, porque era un testimonio directo de Bolívar y porque no existe en las memorias de esa batalla que Ricaurte hubiera volado el depósito.

¡Ay, qué desilusión! Entonces, Ricaurte nos resultó un héroe con pies de pólvora. En su libro, Sucre no sólo aparece como un gran militar, sino como una gran persona...

Era el único de todos los generales de la Independencia al que no le importaba el poder que se derivaba de ganar una batalla, sino ganarla por la gloria que se derivaba de ella. Y las veces que se pelea con Bolívar y renuncia es porque siente que su honor está en entredicho. Y la forma como Bolívar lo convencía de volver al Ejército cuando le daban las pataletas era dándole la oportunidad de no perderse la gran batalla. Un poco como cuando Agamenón le hace saber a Aquiles que puede estar muy bravo con él, pero que no puede perderse la batalla que viene.

Sucre era capaz de discutirle a Bolívar, aunque con un gran respeto...

Y, sobre todo, tenía con él una gran diferencia. Sucre creía que los militares, una vez ganadas las batallas, tenían que devolverse a los cuarteles. Y los civiles a gobernar, aunque fueran unos chisgarabises.

Sucre le escribe en una oportunidad a Bolívar: "General, no aspire a ser Emperador. Que, con lo de Libertador, usted ya pasó a la historia".

Páez propone en Caracas que la única forma de que el poder caraqueño acepte seguir integrado a Colombia es que Bolívar sea Emperador. A Sucre eso le parece una trampa, entre otras cosas porque el título de Emperador es muchísimo menos bueno que el de Libertador.

¿Cómo hacemos para hacer de Sucres, pero ya no con Bolívar, sino con Álvaro Uribe? Es para poderle dar el mismo consejo que el Mariscal de Ayacucho le dio en su momento al Libertador.

(Risas) Uribe tiene la oportunidad de retirarse ahora como Bolívar y Sucre querían retirarse, pero además no hacerlo derrotado. Si sigue empeñado en esto, llegará el día en el que le toque retirarse derrotado. Las figuras históricas que la historia termina respetando son aquellas que se retiran o las retiran a la fuerza, pero no las que salen por la puerta de atrás.

Casualmente, Sucre reunía en su persona el gran triángulo de la disyuntiva con sus vecinos que está atravesando actualmente Colombia. Sucre era venezolano, se casó y fijó su residencia en Ecuador y participó en las batallas libertadoras que dieron origen a la Gran Colombia.

¿Por qué Venezuela es un país con tanta tradición militarista y Colombia con tanta tradición de abogados? Venezuela tenía siete puertos sobre el mar Caribe, asediados por los piratas en tiempos coloniales, y España quiso que allí hubiera milicias muy importantes. Aquí se resolvió que no hubiera más milicias, sino abogados, científicos, cualquier otra cosa. La tradición militar venezolana viene de la colonia. Y la verdadera guerra de Independencia se da en Venezuela. Lo de Colombia fueron unas batallas muy inferiores en muertos, en dimensiones, en juego estratégico. Venezuela perdió un tercio de sus habitantes en la guerra.

A riesgo de escandalizar a los historiadores, ¿el ímpetu liberacionista de la que después se convirtió en la Gran Colombia nació en Venezuela?

Claro. Y casi todos los libertadores son, en últimas, venezolanos. Ese apelativo que les dicen los narradores deportivos a la selección de fútbol venezolana del equipo patriota tiene su razón en eso. Es que los patriotas eran venezolanos: Bolívar, Sucre; Santander es el menos venezolano, pero casi, porque nació en Cúcuta; Flores, el fundador del Ecuador, es venezolano; la mitad del Ejército que está en Ayacucho peleando es venezolano. La tradición militar de Venezuela define la Independencia. ¿Por qué llegan hasta el alto Perú a hacer la Independencia? No por queridos con los peruanos, muchos de cuyos dirigentes querían seguir teniendo rey, sino que Bolívar y Sucre sabían que, si no sacaban al ejército español del vecindario, tarde que temprano vendría la reconquista. Eso es lo que se logra en Ayacucho, y ese es el gran mérito de Sucre.

La batalla de Ayacucho fue la que cerró definitivamente la Independencia...

Lo hizo, y además con una gran genialidad militar: Sucre fue no solamente un militar muy brillante, sino un ingeniero militar, que era su ciencia. Desde la escuela se había aprendido las lecciones de Federico Segundo y las novedades de las batallas de Napoleón.

Era muy mal jinete...

Pésimo. A montar a caballo había aprendido a las patadas con sus hermanos y muchas referencias hay, incluso las de O'Leary, que se burla mucho de eso. A las batallas iba a caballo, pero a la hora de hacer recorridos, prefería la mula.

Toda la vida se ha dicho que fue José María Obando el asesino intelectual de Sucre. Pero eso se basó en los testimonios de sus asesinos, que se retractaron varias veces y lo confirmaron otras tantas. Obando alcanzó a ser reivindicado de esa acusación, primero como Ministro de Defensa y después como Presidente. ¿Usted confirma, después de sus investigaciones, la teoría de que a Sucre lo mandó matar Obando?

Fue un magnicidio muy parecido a los que nos tocó presenciar en Colombia en el siglo XX. Hagamos simplemente el paralelo con el de Galán. En el caso de Sucre había unos sicarios al servicio de un señor de la guerra regional que era Obando. Sucre sabía que lo iban a matar, como lo supo Galán después del frustrado atentado en Medellín, por parte de unos sicarios al mando de otro señor de la guerra perteneciente a un cartel de la droga, como era Pablo Escobar. Pero la pregunta siempre es la misma: aparte de los sicarios y del señor de la guerra que ordena el asesinato, ¿quiénes lo instigan? Y ahí aparece un elemento mucho menos conocido de la historia de Sucre. Lo mismo que a Galán, a Sucre lo mandaron matar los políticos liberales.

No se diga más.

MARÍA ISABEL RUEDA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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