El 5 de junio de 1939 una noticia conmovió a París: el verdugo oficial, Henri Deibler, amenazó con renunciar a su cargo si el ministerio de justicia insistía en que debía guillotinar a una mujer, Josephine Mory, por el atroz asesinato de su nuera, que era profundamente odiada por ella, y a quien ahorcó en una puerta. Un tanto supersticiosos, todos los predecesores de Deibler en cincuenta años se negaron a ejecutar a cualquier mujer. Sobre todo desde cuando Georgette Thomas -una infame devoradora de niños- arrancó de un mordisco el dedo de uno de los ayudantes del verdugo, llamado Berge, cuando era conducida maniatada al suplicio. La resistencia de los verdugos franceses a ejecutar damas, sin embargo, tenía razones aún más poderosas, también relacionadas con agüeros. El 27 de febrero de 1872, el verdugo Heindrech guillotinó a Catalina Gerbaude, y el 21 de marzo a Mary Loth. Una semana después, Heindrech murió repentina y misteriosamente. Su primer ayudante, Roch, heredó el cargo de verdugo y el 3 de enero de 1876 ejecutó a Sofía Banyou, quien asesinó a sus siete hijos dándoles agujas en sopa de pan. También, una semana más tarde, el verdugo falleció de manera misteriosa. Henri Anatole Deblier, de barba gris, era conocido como el 'Monsieur de París', y era el cuarto hombre que poseía el título de verdugo oficial bajo la Tercera República Francesa. De acuerdo con la tradición de su familia, Deibler heredó el puesto de su venerable padre Anatole Deibler, quien a su turnó lo heredó de M. Roch, quien lo recibió de M. Heindrech. Tenía un sueldo fijo de dieciocho mil francos por año, además de los gastos, unos ochocientos dólares, aproximadamente. A lo largo de su oficio, Deibler sobrepasó el record de su padre en ciento sesenta y tres ejecuciones, pues alcanzó a más de cuatrocientas, a un promedio de veinticinco por año. Llegó a ser tan experto que guillotinaba a un hombre en treinta segundos. Deibler era dueño de dos guillotinas. Una era una pesada máquina, que usualmente se instalaba en las afueras de la prisión de La Santé, para trabajos rápidos durante la mañana; a veces era transportada a Versalles para encargos especiales, como el ajusticiamiento de Landrú, el barba Azul francés. La segunda guillotina era un aparato más liviano, que se transportaba a las provincias y también a Córcega, en donde la guillotina llegó a ser una necesidad oficial. Henri Deibler, como su padre, tomó en serio de trabajo. Sin embargo no fue como este el verdugo elegante de los tiempos de la monarquía, con medias de seda, pantalones de satín y peluca ondeada. Al contrario, uso el tradicional sombrero de copa y trabajaba con ayudantes. Supersticiosos como el que más, los franceses de principios de siglo consideraban que traía buena suerte toparse con Deibler. La gente que pasaba por su casa no se retiraba sin antes tocar sus objetos, y hasta se consideraba que si se le pedía consejo para comprar el número de la lotería podría ganarse el número mayor. Cansado de tanto ajetreo, un cierto día el buen Deibler decidió cambiar de pasatiempo. Un funcionario del ministerio de Justicia anunció su reemplazo: "el presente verdugo ha anunciado su intención de retirarse pronto de su oficio y dedicarse al cuidado de las rosas en una pequeña casa de campo que ha comprado con sus economías. Será sucedido por su sobrino André Perrier, quien ya ha manifestado su intención de no guillotinar nunca mujeres". No se sabe si Deibler alcanzó la misma pericia con los delicados cultivos de rosas como lo logró con sus certeras guillotinadas. En su historial de verdugo sólo se menciona una mancha que afectó su hoja de vida: en 1907, cuando iba a ejecutar a un tal Lepont, la cuchilla se trancó antes de llegar a la fatal ranura. Pero esa falla a él no lo perturbó. Inpertérrito, tomó un trapo, lo untó de grasa, levantó la cuchilla, la dejó caer de nuevo y en treinta segundos acabó el suplicio del pobre condenado. El 2 de febrero de 1939 el gobierno parisino interrumpió las transmisiones de radio para anunciar una infausta noticia. De manera escueta y lacónica, el locutor dijo: "Falleció hoy, a la edad de setenta y seis años, el verdugo oficial de Francia, Henri Anatole Deibler, a causa de una congestión ocasionada por un resfriado, en momentos en que descendía las escaleras de la estación del metro de Saint Cloud. Rogamos al santísimo piedad por su alma. Que descanse en paz". Por Bernardo Vasco
Puesto contra la pared, y ante la dificultad por aquellos días para conseguir un remplazo, el presidente Lebrún le conmutó la pena capital a la mujer por la de prisión perpetua.
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