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Guerras de ayer y de hoy

Para quienes solo participan en ellas como espectadores, las guerras han sido desde siempre un gran espectáculo, no obstante ser también -o quizás por eso mismo- el gran espectáculo de la muerte.

Lo fueron aquellas remotísimas batallas libradas a campo abierto entre ejércitos de a pie o a caballo, pertrechados de lanzas o de sables, pero sobre todo de grandes convicciones, a la cabeza de los cuales y en la primera línea de combate marchaban sus adalides (es decir, el Bush y el Bin Laden  del momento). 

Legendarias epopeyas, tantas veces recreados en el cine, indispensables entre otras cosas para producir los héroes, esa especie humana que se extinguió en el momento en el que la lucha cuerpo a cuerpo dio paso a las máquinas exterminadores de aire, mar y tierra. 

Aquellas contiendas enfrentaban, como en las justas deportivas, a dos contingentes de similar fuerza, por uno de los cuales era forzoso tomar partido, y cuyo desarrollo mantenía en vilo a los espectadores, pues al contrario de guerras como las que se libran actualmente, en la que se augura de antemano una aplastante victoria de los más fuertes,  nadie estaba seguro de nada, y mucho menos del triunfo.

La guerra moderna

No obstante haber sido el preludio de las guerras modernas -la primera en la que el verdadero protagonista no fue el soldado sino el avión bombardero-, la Segunda Guerra Mundial fue talvez la última a la cual los espectadores asistieron emotivamente, con el mismo ánimo sobresaltado y expectante con el que se va a un partido de fútbol; es decir, presa de la incertidumbre,  dispuestos a jadear y a rezar por la suerte de su equipo, a exaltar a sus héroes y a sufrir por los avances del contrario. 

Para mí, y para mis amigos de barrio y de colegio, que apenas nos asomábamos al uso de la razón, aquella gran guerra que se libraba al otro lado del mundo, era como uno de esos seriales de radio que entretenían nuestras fantasías en aquel Bogotá de los años cuarenta.

Era, al igual que ellos, un espectáculo ciego, carente de las imágenes vivas, en directo y a todo color, pero que involucraba nuestro interés, porque, a pesar de que no entendíamos nada,  sabíamos quiénes eran los buenos y los malos. Y quizás también porque el mundo -que entonces se nos antojaba más pequeño- no producía otras noticias.

El mundo éramos nosotros y la guerra. Mi padre, no satisfecho con los esporádicas y sucintas informaciones que transmitía 'El Repórter Esso', acercaba el conflicto a sus oídos a través de una vetusta radio de galenas, que era la única que lograba captar transmisiones de fuera, y que casi siempre adelantaba las noticias, sobre todo las malas: que invadieron Polonia, que cayó París, que bombardearon Londres, que atacaron Pearl Harbour.

"El verde se fue a la guerra" decía un spot radial para explicar por qué el verde papel metálico del empaque de los cigarrillos Lucky Strike había sido cambiado por uno papel blanco no metálico.

Las pocas imágenes que nos llegaban de la guerra se podían ver en el noticiero cinematográfico 'Ojos y Oídos del mundo',  que narraba con su fuerte acento catalán un tal 'Atalaya de la BBC', en los cuales nunca se veía un cadáver o un herido y sí, en cambio, una beldad del cine (una Rita Hayworth, por ejemplo), cantando y bailando en pleno frente ante un grupo de soldados.

Pero el cine nos mandaba también otras imágenes, la de las películas de Hollywood, con sus inolvidables héroes de celuloide, como el sargento William Saroyan, el mayor Frank Capra, los capitanes Clark Gable o Erroll Flyn; los comandantes John Ford o John Wayne y el coronel Tyron Power que prestaban sus rostros a los anónimos combatientes de los ejércitos aliados.

Todo ello formaba parte de la estrategia del presidente Roosevelt para  inculcar la mística de la victoria, la cual alcanzaba la apoteosis cuando en las salas de cine todos cantábamos de pie ese segundo himno de los norteamericanos y que también creíamos nuestro: "Dios salve a América, tierra de paz".

Todos los programas de radio se despedían con un slogan que los locutores repetían en un tono casi épico: "Las Américas unidas, unidas vencerán", mientras que en el colegio jugábamos a la guerra cabalgando en viejos palos de escoba y coreábamos una ronda que  evocaba fonéticamente la partida de un tren, a base de hilvanar los nombres de los líderes aliados: -"Rooosevelt...Rooosevelt... Stalin....Stalin...Chiang-kai-chek...Chiang-kai-chek...Churchill...Churchill...Churchilll". Frases, imágenes, canciones que nutrieron el romanticismo de una generación así fuese, paradójicamente, a propósito de la guerra más sangrienta de toda la historia.

Las guerras mediáticas

Después de aquella guerra las siguientes, la de Corea, la de Vietnam,  las del Golfo y últimamente la de Irak, estallaron en las pantallas de la televisión, o sea en nuestra propia sala de estar. Son guerras en vivo, en directo y a todo color, en las cuales uno participa como espectador pasivo. 

Los detalles de la Segunda Guerra Mundial eran narraciones literarias suscritas por corresponsales que, más que periodistas, eran escritores de novelas y de guiones cinematográficos, algunos de los cuales, como fue el caso de Ernest Hemingway, engrosaron la lista de los premios Nobel. Narraciones cuya visualización, a falta de la TV, corría por cuenta de la imaginación de cada quien.

Hoy no hay narraciones, sino imágenes contundentes de bombas que nos explotan en la cara y que, del mismo modo que no nos causan ninguna fisura en la piel, apenas si nos rasguñan el corazón, porque en la pantalla la realidad y la ficción se perciben como una misma cosa: imágenes que bien pudieran ser virtuales, o de una película de Spielberg, o de un juego informático.

Su exceso de realismo cinematográfico las hace aparecer como guerras de mentira. Su larga duración la convierte en rutina y la saturación informativa, con su despliegue de muerte y destrucción, termina por fatigar a la audiencia.   

La guerra 'preventiva' 

Así hasta llegar a un nuevo modelo de guerra, como la que se libra en estos momentos en Irak, la cual, además de tener un fuerte tufo a petróleo, ofrece varias paradojas desconcertantes:

  1. La guerra no se hace para repeler un ataque enemigo, sino para prevenirlo, o sea por si acaso. 
  2. Con el pretexto de liberar a un pueblo de una tiranía, los invasores  lo castigan más cruelmente de lo que lo castiga esa tiranía: lo bombardean.  
  3. Con el pretexto de liberar a sus propios países del riesgo mortífero de hipotéticas armas de destrucción masiva, los invasores exponen a cientos de miles de sus jóvenes - a más de 300 mil soldados- al peligro de morir en los laberintos de las calles iraquíes con rudimentarias armas de destrucción individual... o por sus propias equivocaciones, eso que ahora llaman "el fuego amigo".
  4. Con el pretexto de democratizar a Irak, Bush con su guerra preventiva ha logrado afear la imagen de su país y le ha sembrado dudas a la opinión pública mundial sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos. Aún no ha logrado crear una corriente de simpatía hacia Sadam Hussein, pero sí, indudablemente, hacia el pueblo iraquí, doblemente hostigado. 

Al final uno se pregunta: si el dictador Hussein fue a la horca por el genocidio de 8 mil compatriotas ¿cuántas veces habría que ahorcar a Bush por los cientos de miles de norteamericanos e iraquíes muertos a raíz de la invasión a Irak , sustentada en la mentira de las armas de destrucción masiva?  

Por José Font Castro

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