La ciudad sede de los olímpicos es la protagonista de la nueva novela del escritor colombiano 'Hotel Pekín', de la cual es el siguiente capítulo (Planeta).
"El siglo XIX fue de los ingleses y el XX de Estados Unidos. El siglo XXI será chino", dicen los chinos en Pekín, en Hong Kong, incluso en Macao. Los habitantes de este gigantesco planeta presienten que les ha llegado el turno de agarrar la sartén por el mango. Muchos lo han vaticinado: "China es un gigante dormido. Cuando se despierte conquistará el mundo". Y parece que ya abrió un ojo. Que se está desperezando de su largo letargo.
La pujante riqueza del sureste asiático, sobre todo de lugares como Hong Kong, Taiwán o Singapur, es, si se la mira de cerca, la riqueza creada por los chinos de la diáspora del siglo xx, los desplazados de las revoluciones, la invasión y las guerras internas. En Hong Kong, bajo la protección de Gran Bretaña, los chinos del sur se enriquecieron. Lo mismo pasó en Taiwán, con los nacionalistas herederos del Kuomintang y de Chang Kai-shek, o en Singapur, con todos los que se marcharon a buscar una vida mejor lejos de las guerras.
La riqueza de Asia, de la región sureste de Asia, es en su mayoría china, y por eso ahora, cuando la "Nación Central" -así se llama China en chino- abre sus puertas a los negocios y al comercio, el capital chino que creció en el extranjero regresa, como hijo pródigo, a crecer y multiplicarse en su tierra de origen.
"Camaradas, compatriotas, ¡creen riquezas!", fue la consigna del 'Pequeño timonel', Deng Xiaoping, con la que se abrieron los años ochenta, una consigna que la China de Jiang Zemín siguió a pie juntillas. "Un país, dos sistemas". El sistema comunista para el pueblo, el sistema capitalista para los negocios y la creación o el trasplante de riquezas.
Bienvenidos sean los dólares de Hong Kong, de Europa, de Estados Unidos, incluso de la recelosa Taiwán. Bienvenidos sean. Construyan, creen, inviertan. Las empresas pueden ser de capital mixto, extranjero o sólo chino. Todo vale.
Esto ha creado una curiosa forma de sociedad. De un lado, en el escalafón bajo, está el pueblo, con una pobreza más o menos llevadera, y del otro, en lo alto, los millonarios y los privilegiados de la nomenclatura. Es una sociedad sin clase media, y esto se ve de forma muy clara en Pekín. El precio de un café en la elegante zona de Wangfujing, 30 yuanes, es igual a lo que cuesta, en una zona popular, un par de zapatos. Ni en los países más pobres de África hay esta relación café = zapatos. Son las diferencias de un país en el que sólo viven pobres y millonarios.
El supermercado francés Carrefour, muy exitoso por cierto, comprendió esta situación. ¿Qué vende? Artículos muy baratos, hechos en China, y artículos muy caros, importados. No hay precios medios. El whisky más barato, 75 centilitros de Ballantine's, cuesta lo mismo que una bicicleta de fabricación china. Todo dentro del mismo recinto. No hay precios medios. No hay clase media.
Los millonarios chinos son quienes, por contactos o cercanía con el poder, han logrado colarse en la rendija intermedia de la frase: "un país, dos sistemas". Un pie en cada uno y la billetera repleta. Se dice en Pekín que el vicepresidente Deng Xiaoping acabó su gestión y se retiró a disfrutar de su patrimonio: 70 mil millones de dólares. Los chinos saben que muchos de sus líderes toleran o practican la corrupción. Los intermediarios reciben jugosos cheques de seis ceros en dólares. La palabra mágica es 'guanchi'. Quiere decir 'palanca'. Quien ofrece la 'palanca', quien puede hacerlo, se hace rico.
En Pekín hay 17 hoteles de 5 estrellas cuyos huéspedes son mayoritariamente chinos. Hasta hace unos años circulaban por las calles de la capital, entre el maremagno de bicicletas y 'rickshaws', cinco Ferraris Testa Rossa, el modelo más caro de la marca italiana, y varios centenares de Jaguars, Mercedes Benz, BMW. Hoy esto se habrá multiplicado por diez, o por cien.
He aquí una imagen vista en un semáforo pekinés: un Mercedes Benz negro como un tiburón; al volante un silencioso conductor de librea, guantes y gorra. En el puesto del copiloto un magnate chino, recostado, en posición horizontal. Una señorita de uniforme, sentada en la silla de atrás, le masajea los hombros mientras él habla por su teléfono móvil. Imposible imaginar un mejor uso del tiempo de transporte al interior de la ciudad.
El Club Mansión Marco Polo, una presuntuosa torre de vidrio en el centro, cobra a sus socios un abono anual de 30 mil euros. La entrada es sólo para chinos.
El hombre de casaca azul al estilo Mao y sandalias de tela convive hoy con el de traje Hugo Boss. Las tradicionales -y muy humildes- casas de ladrillo gris y techo de pagoda, en torno al lago de Houhai, conviven con las apacibles residencias del barrio Beijing Riviera, cerca a la zona del aeropuerto, que se alquilan a magnates por el módico precio de US $ 8.500 al mes.
Las cosas cambian con lentitud, pero cambian. Ahora la educación ya no es gratuita. En Pekín, la matrícula universitaria cuesta 6 mil yuanes al año, es decir 800 dólares. ¿Cuántos pueden permitírselo? La brecha social es una herida que se abre con el tiempo. Quienes estudian, hoy, son los jóvenes de la llamada "generación de los pequeños emperadores", es decir los hijos del 4-2-1, el sistema de control de natalidad impuesto en China durante los años ochenta: cuatro abuelos, dos padres y un hijo. 4-2-1. Una generación de hijos únicos, mimados, en quienes converge toda una familia.
Lidia, una jovencita estudiante de lenguas de 22 años, me habló de sus aspiraciones: "Quiero estudiar, ser competente, tener alguna experiencia de formación en un país extranjero, Estados Unidos o Europa, y luego trabajar en una gran compañía".
En su discurso no hay una sola gota de ideología socialista. Ella quiere salvarse sola. Abrirse paso entre los cañaverales del mundo capitalista, forjarse un lugar. Sus aspiraciones son iguales a las de cualquier joven japonés, alemán o panameño. "China será aún más grande cuando todos seamos ricos", me dice.
La frase podría ser de Deng Xiaoping. Para estos jóvenes, la transición cultural ya es un hecho: admiran la libertad de costumbres de Hong Kong, imitan -en la medida de sus posibilidades- la forma occidental de vestirse, y se precian de conocer las estrellas del rock inglés o del cine norteamericano; el teléfono móvil empieza a ser muy usado; hay 300 millones de teléfonos celulares circulando, y la proporción crece a un ritmo de dos millones de abonos mensuales, suplantando, sin duda, al teléfono fijo.
»Shangai y Pekín son la avanzadilla de este desarrollo que va de la costa hacia el interior, y que, claro, crea abismos humanos. Un campesino de Xinjiang, la zona islámica, o un monje del Tíbet, viven en otro siglo si se los compara con Lidia, que habla inglés y tiene un celular colgado del cinturón.
»Pero esta modernidad tiene un poderoso enemigo: la censura. Ésta nos recuerda que China sigue siendo un país comunista, una sociedad con un gobierno vertical, autoritario. Hong Li, representante de la United Artists para Hong Kong y China, dice que las autoridades de Pekín sólo permiten una cuota anual de diez películas, seleccionadas por sus comités de censura. Con la típica mojigatería de los Estados comunistas, rechazan los filmes en donde haya cuerpos, sexo, adulterio, homosexuales, promiscuidad; con más saña que aquellos en los que hay cantos a la democracia o a la libertad económica, pues los censores le temen más al virus moral que al político. Eligen, eso sí, gestas heroicas, clásicos del pasado.
Igual pasa con los libros. Las librerías de Pekín están repletas de obras clásicas: Orgullo y prejuicio, Cumbres borrascosas, El paraíso perdido... Para la censura, los clásicos ya no representan ningún peligro. No hay, según ellos, disidencia en la poesía de John Milton o en el Quijote.
»Si algo no tolera el Estado comunista chino es la disidencia. Cualquier intento por legalizar un partido conduce a las mazmorras, al hospital o al camposanto. Si no, pregúntenle a los estudiantes de Plaza Tiananmen, en 1989. Una de las autoridades del momento, el entonces presidente de la Asamblea China, Li Peng, determinó que la democracia occidental no era transferible a China y afirmó que los cambios los harían ellos, con su método de los dos sistemas conviviendo de forma simultánea.
»A propósito de Tiananmen, algunos occidentales que viven en China ¿personas muy diferentes entre sí: empresarios, gerentes de bancos europeos, médicos¿ dijeron al respecto las siguientes frases: "Yo habría hecho lo mismo", "se hizo lo que había que hacer", "no queremos que a China le pase lo mismo que a Rusia por precipitarse a una democracia para la cual no está preparada".
»Otros, ante las frases anteriores, dijeron: "quienes piensan así han invertido tiempo y dinero en hacer amistades con el poder comunista", y "un cambio los dejaría en la calle, por eso lo rechazan".
»La única oposición es la de las sociedades secretas, en especial la de Falungong, una "secta" religiosa que practica el Qi Gong, un ejercicio de meditación a partir de movimientos lentos ligados a las artes marciales, similar al Tai Chi Chuan. Falungong fue legal mientras fue inofensivo, al punto de que el gobierno chino llegó a editarles sus libros en las imprentas del Estado. Pero Falungong se desbordó y sus adeptos pasaron la cifra de los dos millones. Esto inquietó a los líderes políticos, pues en la historia china las sociedades secretas que crecen demasiado tienden a convertirse en canales de oposición.
»La revuelta de los Taipings -un movimiento de origen religioso- sacudió en 1851 a la dinastía Manchú; lo mismo sucedió con los Boxers en 1900, una sociedad de "púgiles religiosos" que tomó Pekín y provocó la intervención militar de ocho naciones contra el Celeste Imperio. De ahí que los comunistas empezaran a inquietarse con Falungong, prohibiendo sus actividades y cerrando todos sus canales de difusión, desde 1999. Pero los Falungong son temerarios. En un reciente primero de octubre, en plena fiesta nacional, varios grupos de adeptos se manifestaron en Tiananmen en un claro desafío al Estado. Su grito fue: "¡Falungong no es malo!". Muy valientes. Las cachiporras de la policía se alzaron sobre sus cabezas y hubo más de 600 arrestos, sangre y empujones. Las condenas llegaron a ser de hasta cinco años de cárcel.
»Muchos dicen, en China, que la apertura económica irá trayendo una apertura política y social de forma lenta, pausada, y prefieren esperar esta reforma antes que convertirse en mártires de una democracia que, saben, llegará tarde o temprano. Sin lágrimas, sin dolor. Hong Kong, que regresó a China en 1997, tiene el estatuto de "administración especial", sin cambios en su sistema, por 50 años, hasta el 2047. En ese momento se adaptará a la línea Pekín. Pero lo que va a suceder es que en ese entonces la China entera habrá alcanzado a Hong Kong en riqueza, capitalismo y libertades. En otras palabras: la bola de vidrio permite establecer que el Hong Kong de hoy es la China del mañana, con la fuerza que le da el hecho de que uno de cada cinco seres humanos sobre la Tierra es chino. Y entonces, como vaticinan, el siglo XXI será chino.»
Por Santiago Gamboa
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