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Un gringo intruso

En 1969, viajaba yo en un vapor español, el 'Virginia de Churruca', que hacía el largo trayecto de Barcelona a Veracruz, con etapas en Cádiz, Tenerife, La Guaira y San Juan de Puerto Rico. Grandes espacios que se repetían, con plazos apenas más cortos, los viajes de los descubridores. Sobre todo, gran tiempo para leer, escribir y disfrutar a los amigos que se unieron a la expedición; el filósofo argentino Pedro Cuperman, y los artistas italianos Titina Maselli, Valerio y Camila Adami.

Buen camino. Buen tiempo. Y un día, a la vista, las fortificaciones de San Juan. Recibimos las tarjetas de rigor para bajar al puerto. Un oficial norteamericano las examinaba en la escalerilla. Mis amigos descendieron. El policía gringo buscó mi nombre en un cuaderno, rompió mi tarjeta y me dijo: "Usted no baja". -¿Por qué? -No tengo por qué darle explicaciones. -¿Usted me impide pisar mi propia tierra?, contesté con la mayor calma, dentro del máximo enojo. El vigía armado no me entendió. Pero yo me entendí a mi mismo: Puerto Rico era mi tierra, tanto como Panamá, donde nací, como Chile y Argentina, donde crecí, como México, que es mi país.

Si nunca me faltó el sentimiento de la comunidad de la cultura, ese día en que me fue vedado el suelo puertorriqueño mi pertenencia al mundo hispanoamericano se volvió más concreta, menos retórica. Puerto Rico era parte de nuestra comunidad de lengua, historia, costumbre, esperanza, tradición y creación. El guardia armado norteamericano era un intruso y algún día -pensé entonces- tendrá que irse y solo podrá regresar como turista (si se comporta).

No sé si pedirle a John Wayne que se conduzca con respeto hacia los demás no pase de ser un buen deseo. Tampoco dejo de respetar las opciones abiertas a los ciudadanos de Puerto Rico, aunque mi deseo ferviente es una isla independiente, ligada a la América Latina por los lazos más profundos pero partícipe de un mundo global independiente en el que demos y recibamos con beneficios para todos, sin sometimientos políticos y con capacidad económica, cultural y moral suficiente para afirmar lo nuestro sin negar lo ajeno: Iberoamérica se ha formado tanto por lo que ha dado como por lo que ha recibido.

¿Cuánto y qué damos, cuánto y qué recibimos los latinoamericanos? Desafío a quien sea a contestar esta pregunta excluyendo a Puerto Rico. Basta hacerla para saber que somos lo que somos porque Puerto Rico existe con nuestra lengua y con nuestra tradición: somos inseparables. Del espectral mundo 'Arawak' al (demasiado) corpóreo universo de los españoles que "se llevaron el oro y nos dejaron el oro, se lo llevaron todo y nos dejaron todo... nos dejaron las palabras", dijo con palabras de oro Pablo Neruda. No hemos tenido, desde entonces, mayor riqueza que la lengua ni mayor fuerza tampoco. Lo comprueba Puerto Rico.

Un siglo de colonización norteamericana, con todos sus grados de dominación y autonomía hacia Puerto Rico, no han borrado la lengua, no han arrancado las raíces, no ha cancelado el futuro que nos une.

De Alejandro Tapia y Manual Zeno Gandia a Luis Rafael y Edgardo Rodríguez Juliá. De Eugenio María de Hostos y Salvador Brau a Luce López Baralt y Arturo Echevarría (¡mi pareja preferida!), de José Gautier Benítez a José Luis Vega, de Lola Rodríguez de Tió a Mayra Santos Febres, Puerto Rico ha contribuido, creado, cantado, fortalecido la lengua que nos une a todos y nos da la identidad necesaria para crear sociedades de diversidad indispensable.

He tenido la oportunidad de regresar a Puerto Rico, una vez que la contrariedad de 1969 fue, parcialmente, reparada por la acción de Norman Mailer y el Pen Club de los E.U., así como por la decisión legislativa impulsada por el senador William Fulbright: mis visados serían ilimitados y yo los aceptaría para volver a Puerto Rico y recordar, una y otra vez, que la cultura no requiere pasaportes, no hay visados para la literatura y la lengua no es excluible, desterrable o condenable.

Que Puerto Rico es, desde siempre y para siempre, lugar de encuentros, lo compruebo al nivel personal de una sorpresiva reunión con mi más viejo amigo del bachillerato en Chile, Roberto Torretti, profesor de filosofía en la Universidad de Río Piedras y de un no menos sorprendente reconocimiento en la figura y la obra de Luis Rafael Sánchez. A Roberto lo encuentro ahora, cuando viajo al sur magallánico, junto con su mujer Carla Cordua y hacemos el memorial de Puerto Rico como sitio fraterno entre todos. Somos hermanos y hermano me siento también de Luis Rafael Sánchez, a quien todos los escritores (y lectores) hispanoamericanos le debemos una renovación potente, graciosa, resistente, ambiciosa de la lengua española, que solo podía venir, para enriquecernos a todos, de Puerto Rico.

Añado; Luis Rafael inició un estilo demoledor de nuestras añejas retóricas y marmóreas referencias, jalando a la lengua y a la cultura los mundos del cine, la música popular, la noticia diaria, el caos urbano y el epíteto necesario para el sustantivo preciso. Solo él llama a Silvia, mi mujer, "La Divina", como yo llamaba a Greta Garbo.

Digo cuanto he dicho para invitar al lector a comprobarlo, desmentirlo, celebrarlo y prolongarlo en esta riquísima serie de entrevistas reunidas, con paciencia, amor y entusiasmo, por Ángel Collado Schwarz. Aquí está el gran espejo, vidrio de sol y tormentas, de la pintura y la música, el cine y el teatro, la política y el deporte, la historia y la arquitectura, desbordando el marco de una isla para abarcar, con su generosidad creativa, a Iberoamérica y al mundo.

POR CARLOS FUENTES

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