Lo bautizaron Candelario por haber nacido la noche en que un incendio acabó con casi toda la población de Guapi. Hoy es considerado el intérprete de marimba más importante del país.
Hugo Candelario González nació marcado por la fatalidad. La noche en que su madre lo dio a luz en Guapi, un incendio devoró el pueblo. El menor de nueve hermanos no fue un niño consentido sino rebelde, independiente y, según él, con un sino trágico: "Me quebraba los brazos, las piernas, me rompía la cabeza, me enterraba clavos, una vez casi me ahogo".
Sin embargo, la vida se ha empeñado en demostrarle que la tragedia es cosa del pasado, pues hoy, a sus 41 años, ha llevado a su grupo Bahía a varias ciudades europeas y latinoamericanas y está considerado como uno de los mejores intérpretes del folclor del Pacífico colombiano. La música fue su salvadora, la que se llevó la fatalidad para siempre. Razón de ser y de vivir, como él mismo dice.
Hablemos de Cali, la capital del Pacífico colombiano, en donde nació su grupo Bahía y la que usted eligió para vivir...
- Cali es un semillero de todas las manifestaciones del arte. Acá hay mucho talento y eso se debe, en parte, a toda la convergencia de culturas y etnias que coexisten y se reflejan, entre otras cosas, en el arte y en la cultura. A esta ciudad mulata la estancó el narcotráfico, la platica caliente que la ha tenido frívola; sin embargo, su esencia no se ha perdido.
Cuando los músicos quieren 'triunfar' se van para Bogotá, tras el mito del sueño capitalino. ¿Usted por qué se quedó en Cali?
- Yo estuve en Guapi hasta los doce años, de ahí me fui a vivir a Bogotá porque allá estaba un hermano, pero de todas formas Cali fue la ciudad que siempre me llamó. Cuando era niño, en la selva por allá en Guapi, el anhelo siempre era venir a Cali. Si uno ganaba el año, el premio era que lo traían a Cali. El frío de Bogotá no me gustaba mucho y siempre pasaba por Cali cuando iba a visitar a mis abuelos en Guapi. La vida me puso en Cali y después de vivir acá no quiero vivir en otra parte. Yo soy de camiseta, de bermudas, de piscina, del río Pance.
Pero su relación con la música empezó en Guapi, desde la niñez...
- Claro. A mí la música me llamó desde siempre. En mi casa había un almacén de artesanías y además quedaba frente al río, entonces era paso obligatorio de todas las cantaoras, los músicos, los comerciantes... y en Guapi hay música en el ambiente, hay mucho folclor, así que todo eso influyó.
Yo primero fui bailarín antes que músico. Como a los 7 o a los 8 años entré al grupo de danzas del colegio. Pero siempre que faltaba algún músico, pues yo me ponía a hacer la percusión. Siempre me pareció mejor tocar que bailar. Ahora, atando cabos, me doy cuenta de que la cosa empezó fue por ahí.
¿Cuál fue el primer instrumento que aprendió a tocar?
- La percusión. El cununo. Aunque la marimba siempre estuvo presente. Luego aprendí la flauta dulce.
Tengo entendido que antes de estudiar música estuvo un tiempo intentando con la medicina...
- Cuando llegué a Cali intenté, durante algún tiempo, estudiar medicina, porque era un estereotipo que tenía mi madre. Pero hoy me doy cuenta de que hubiera sido pésimo médico. Me asusto con una cortada, veo sangre y me da miedo, mejor dicho, yo no hubiera servido para eso.
Su padre fue el que insistió para que dejara la medicina y siguiera en la música...
- Sí, mi padre tuvo mucho que ver. En el 87 empecé a estudiar música en Bellas Artes. Así que además de todo ese aprendizaje empírico tengo una formación de academia, de conocer otras músicas. Además de la música tradicional, tuve contacto con el jazz, el latin jazz, la salsa, la música clásica. Sin embargo prefiero la sencillez de la música del Pacífico.
¿Y la historia de Bahía?
- Bahía empezó en el 86 por pura coincidencia. Yo vivía en el barrio El Templete, en Cali, y estaba en el antejardín de mi casa tocando flauta dulce cuando pasó Fernando Valencia, que tocaba la guitarra, y ahí comenzó todo. Empezamos a reunirnos para tocar todos los fines de semana. Yo tenía unos 19 años y vivíamos un ambiente muy bohemio. En esa época ya se sentía en el aire el cuento del narcotráfico, se respiraba eso, pero a nosotros no nos tocó vivirlo mucho porque no éramos del ambiente de las discotecas de la Quinta ni de Juanchito, sino más de sitios como La Taberna Latina, Saperoco y Tintindeo, que son ambientes más universitarios y culturales.
Uno pensaría que por haber nacido en el Pacífico colombiano, por venir de donde viene, usted tiene algún tipo de agüero, alguna creencia especial...
- Mi casa es súper católica por mi mamá y yo no creo en nada diferente a Dios. Creo eso sí, sin lugar a dudas, en las fuerzas vitales, naturales, energéticas, en la fuerza de la selva, del agua, de la Luna, del Sol, en los espíritus de los ancestros. Creo en las condiciones históricas en las que nace esta música, que es un mecanismo de escape a esas condiciones tan duras, tan dolorosas, tan difíciles. Para mí, la quinta corchea que se repite en el bombo del currulao es un anhelo de libertad. Si se le pone la mirada espiritual, lo energético, ese sonido es pura libertad.
... Una conexión entre la música y esa dimensión espiritual del ser humano...
- Exacto. Yo creo totalmente en la espiritualidad de la música. Mi búsqueda, mi reto más grande es encontrar esa espiritualidad. Creo que las luces, las tarimas, los micrófonos, toda esa parafernalia, le quitan en buena parte esa porción visceral a la música, porque para mí, ante todo, esta música es una música visceral, una música que sale de la entraña, una música libre de vanidad, libre de protagonismo, libre de famas, libre de arrogancia. Es una música muy sencilla, muy profunda, muy vital, razón de ser, razón de vivir. Yo creo en la magia del sonido acuoso, el sonido de agua ligado a la selva, a la lluvia (por algo el Pacífico tiene la zona más lluviosa del mundo). En todo eso creo y trato de ser lo más leal a ese sentimiento. Me gustan otros ritmos, conocí el jazz, la salsa, las buenas músicas, pero me quedo con la sencillez de esta música.
En algunas canciones del folclor del Pacífico como en la Chirimía o en la Marimba, las letras suelen hablar del diablo y de ese enfrentamiento permanente con él...
- Es cierto, uno encuentra muchas letras relacionadas con el diablo y eso tiene su origen en la mitología que existe en torno de la marimba. Dicen que para tocar bien la marimba hay que ganarle al diablo. La Iglesia le atribuía al diablo la música de marimba e incluso había un cura que tiraba al río cuanta marimba encontraba, hasta que alguien le puso el tatequieto. En la música de marimba existen ese tipo de creencias, así como en el vallenato. Se cree que cuando el diablo ve a un buen marimbero, lo reta; por eso la mujer no toca los instrumentos de percusión ni la marimba, porque a la mujer no le corresponde enfrentar al diablo.
O sea que usted le ganó al diablo...
A mí me ha tocado ganarle a otros diablos...
A propósito del tema de la mujer, ¿cuál es el papel de la mujer en esta música?
- En la música del Pacífico el papel de la mujer es el papel de la cantaora. En el currulao se depende de la marimba y del hombre. La mujer se encarga de la voz y del guazá, que es el que ríe, el que aporta el brillo, así como la mujer es la que le da resplandor a todo. El hombre, en cambio, es la vitalidad, la fuerza; por eso el bombo lo debe tocar el hombre, lo mismo que el cununo.
Decía antes que las tarimas, las luces, los micrófonos, la parafernalia, le quita de alguna forma esa fuerza, esa vitalidad a la música. ¿Cómo asume usted la fama?
- Si no me dejé llevar por el cuento de la fama cuando era joven, menos ahora a mis 41 años. Cuando me gané el primer Festival Petronio Álvarez empezaron las entrevistas y la preguntadera y finalmente tuve que asumir eso. La marimba es una maestra para entender todo ese cuento del ego porque la esencia de esta música es cero vanidad. Yo creo en Dios y esta música es una cosa vital: se murió alguien, se toca; nació alguien, se toca. Esto es visceral.
¿Qué opinión le merece el surgimiento de una cantidad de grupos nuevos que experimentan con la música folclórica?
- Lo folclórico es una sola cosa. De ahí para allá somos proyecciones del folclor, de buena fe o de mala fe. Cuando alguien se aprovecha del folclor para ganar plata o para hacerse famoso, pues tarde o temprano el mismo folclor le va a dar la lección, porque el folclor no es sino uno y al final lo que siempre termina primando es la cultura. Nadie tiene la verdad. Yo no tengo la verdad, pero considero que en mi búsqueda he sido honesto y sincero en lo que hago y esa es la invitación a los nuevos grupos que quieren experimentar con el folclor: a que sean sinceros, consecuentes con la esencia. Si hay tanto afán de figurar, pues que se inventen otro género.
¿Y del resurgimiento de la salsa en Cali con agrupaciones como Toño Barrio y un movimiento de gente joven haciendo cosas?
- Jaime Nava y el Bar Blues Brothers han generado un movimiento interesante en Cali con los martes y jueves de jazz y salsa. Pero hay que decir que el auge de la salsa en Cali fue en la época de los narcos. Surgen orquestas como Niche, Guayacán, que prosperaron porque tienen una fuerte influencia del Pacífico. En el resto de Colombia, se puede hablar de Joe Arroyo porque tiene identidad costeña. De resto uno no puede hablar de un movimiento de la salsa en Colombia. La salsa es neoyorquina y lo que se hace acá, salvo Niche, Guayacán y Joe, son copias. Las raíces de la salsa están en el son cubano, y Cali, sobre todo en el baile, se adaptó a ese ritmo. Acá se generó un movimiento con el que la gente se identifica, pero esta no es una región donde se haga salsa. Acá pegó la salsa, que es distinto. Creo que en algún momento podemos hablar de jazz colombiano, pero no de salsa. Ahora, lo que se está dando en Bogotá con agrupaciones como La 33, es muy interesante porque es un sonido fuerte, un sonido de los vientos de la urbe. Pero la esencia del son, de la clave, eso no es de acá. En ese sentido nos falta mucho.
Por: Alejandra López González
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