Repaso a uno de los politólogos más influyentes de la historia, a sus enseñanzas y a sus discípulos.
Lo han dicho de muchos gobernantes del mundo, de varios de Colombia y, con énfasis, de Álvaro Uribe Vélez: "maquiavélico". El diccionario español lo define como "perteneciente o relativo al maquiavelismo", y agrega: "que actúa con astucia y doblez". En cuanto al maquiavelismo, señala: "Doctrina política de Maquiavelo, escritor italiano del siglo XVI, fundada en la preeminencia de la razón de Estado sobre cualquier otra de carácter moral".
Algunos lo consideran un insulto y otros un elogio, siempre que se ofrezca en pequeñas dosis: "Hay que ser un poco maquiavélico". A estas alturas de la historia, nadie lo podría considerar un agravio mayúsculo. De todos modos, es más lo que se menciona a Maquiavelo que lo que se lo lee y conozco por lo menos de un discípulo suyo que lo supera con creces: Napoleón Bonaparte.
Un empleado correcto
Nicolás Maquiavelo había nacido en Florencia en 1469 en el rincón de una tradicional familia de funcionarios. Gente de letras pero no de plata, estudió latín, fue un buen lector y desde los 29 años estuvo vinculado a la cancillería. Allí aprendió las artes del secretario, del diplomático, del político e incluso del militar. Viajó varias veces a Francia y Suiza y conoció y padeció de cerca el gobierno de César Borgia. Los métodos crueles y cínicos de Borgia fueron parte de su posterior inspiración de ensayista. Aunque Maquiavelo analiza en su obra decenas de casos históricos, desde griegos y romanos hasta franceses y españoles, los que más le atraían eran sus contemporáneos. Fernando el Católico ocupa un buen trozo de sus análisis y de él entresaca enseñanzas sobre la importancia de la crueldad a la hora de gobernar.
Lo importante es observar que ni César Borgia ni Fernando el Católico aprendieron de Maquiavelo, como algunos piensan. Fue Maquiavelo quien encontró en ellos material de reflexión para sus escritos políticos.
Empleado cumplidor y estudioso, su afición a la historia le permitió extrapolar moralejas, corolarios, conclusiones generales y consejos para gobernantes (príncipes) a partir de casos particulares. Se le considera uno de los fundadores de la filosofía de la historia.
Aunque fue autor de veintiuna obras, entre las que figuran poemas, novelas, comedias, tratados políticos y una historia de Florencia en ocho tomos, el libro que lo hizo famoso es El Príncipe. Se trata de un ensayo breve -139 páginas en la Colección Centenario de Espasa- que dedicó en 1513 a Lorenzo de Médici (1492-1519), hijo de Pietro, nieto del papa León X y bisnieto y tocayo de Lorenzo el Magnífico, aunque bastante menos magnífico que su benemérito antepasado.
El hecho de que lo brindara al poderoso señor florentino ya tiene algo de maquiavélico. Pues sucede que don Nicolás había sido importante defensor de la República, implantada a fines del siglo XV en Florencia a expensas de los Medici, y destacado diplomático suyo. Así que cuando los Medici regresaron al Palazzo Della Signoria, en 1512, Maquiavelo cayó en desgracia: no solo perdió su cargo, sino que se le negó el acceso a la corte. El nuevo gobierno lo consideraba un traidor, un conspirador, y, como tal, lo encarceló, lo torturó y solo accedió a dejarlo en libertad condicional por una palanca que interpuso el papa León X.
El Príncipe
Libre pero pobre, el precoz politólogo tuvo que refugiarse en una finca que había sido de su padre. Allí escribió El Príncipe, allí decidió dedicarlo al hijo de Lorenzo y luego al propio Lorenzo, y así lo hizo. No tuvo reparo en escribir: "Reciba Vuestra Magnificencia este pequeño regalo", aunque "considero que esta obra es indigna de seros presentada".
Maquiavelo afirmaba que la lisonja ablanda al poderoso. Pero en este caso su teoría no funcionó. Lorenzo no se conmovió y el escritor tuvo que esperar hasta la muerte de quien pudo pero no quiso ser su benefactor para volver a arrimarse a Palacio.
El que le abrió las puertas fue el cardenal Julio de Medici (1478-1534), hombre con notable parentela, pues era sobrino de Lorenzo el Magnífico y primo de León X. No es de extrañar que llegara al papado, cargo que ocupó entre 1523 y 1534 como Clemente VII.
Durante sus últimos años, Maquiavelo consiguió el apoyo del Papa, que le contrató aquella historia de Florencia en ocho tomos. Buen marido, aunque no necesariamente muy fiel, hombre de agudo ingenio y buen padre de familia, murió a los 58 años acompañado por sus cinco hijos pero olvidado por sus contemporáneos.
Los primeros que rescataron su memoria fueron los franceses, pero para vituperarlo. Llevados por su tradicional rivalidad con los italianos, los franceses señalaron a Maquiavelo como ejemplo de la quintaesencia de la amoralidad administrativa de sus vecinos. Fue en París donde por primera vez se usó el término "maquivelanismo" (más tarde apocopado a "maquiavelismo") como sinónimo de cinismo y oprobio.
Hombre influyente
¿Es tan oprobioso e inmoral El Príncipe?
Los nuevos exegetas del tratado, que lo examinan a la luz de las ciencias políticas actuales, consideran que Maquiavelo ha sido calumniado, que nunca fue tan maquiavélico como se dice. El profesor italiano Giuliano Procacci comenta que los críticos de Maquiavelo le recriminan el considerar la ética y la política como áreas contrapuestas. "Pero -dice- tales palabras no forman parte del léxico de El Príncipe" sino de la terminología escolástica, que le producía enorme fastidio y resultaba ajena "a su problemática y sus esquemas". Antes bien, añade Procacci, Maquiavelo otorga gran importancia a la religión, entendida como sistema de valores colectivos, en la construcción de un Estado.
El aporte de Maquiavelo, agrega, es "el descubrimiento de la autonomía de la política" frente a consideraciones morales. Más que descubrirlo como conducta, pues desde que el mundo es mundo los reyes y pontífices han prescindido de la moral cuando esta incomoda a la política, lo que hizo Maquiavelo fue plantearlo como realidad histórica y consejo de buen gobierno.
También se ha dicho que El Príncipe es un "manual para dictadores". Aquí también hay calumnia, pues los escritos de Maquiavelo y su conducta como hombre de Estado prueban que era más partidario de la República que de la tiranía. Así lo demuestran algunos de sus textos y frases. Por ejemplo: "Un príncipe tiene que tener al pueblo de su parte, o de lo contrario no tendrá salvación".
Nada de lo anterior significa que no fueran realmente inmorales muchos de los consejos del florentino. En el cuadro acompañante, el lector podrá juzgar por sí mismo los textos de don Nicolás, opinar si los considera maquiavélicos y juzgar si se asemejan o no a la conducta de algún gobernante que conozca.
El famoso libro de Michael H. Hart Las cien personas más influyentes de la historia, ubica a Maquiavelo en el puesto79, antes de Lenin, Mao Zedong, John Kennedy, Zoroastro, Carlomagno y Homero, entre otros.
Napoleón, un caso siquiátrico
Por esos caprichos de la historia, decía, los franceses fueron los primeros en crucificar a Maquiavelo. Pero ninguno de los estadistas que han estudiado o seguido sus enseñanzas en el mundo entero las ha tomado de manera tan seria como Napoleón.
El emperador francés (1769-1821) llevaba siempre consigo un ejemplar de El Príncipe. Por la profusión con que anotó glosas al margen, comentarios al pie de página y pequeños ensayos hasta de doscientas palabras, no hay duda de que este tratado era, para Napoleón, su libro de cabecera. No solo comenta allí lo que opina sobre las afirmaciones de Maquiavelo, sino que deja hilachas de su inconmensurable ego y de su pensamiento político, mil veces más maquiavélico que el de Maquiavelo.
Estas son algunas de las notas autógrafas de Napoleón en las páginas de El Príncipe; prepárense para algunas exhibiciones de cinismo que harían palidecer a Maquiavelo y de explosiones de megalomanía dignas de diván de siquiatra.
(Sobre la ofensa a los nuevos súbditos durante las conquistas): "Poco me importa; el éxito justifica".
(Sobre los funcionarios que saquean el país): "Conviene que ellos se enriquezcan, si por otra parte me sirven a mi discreción".
(Sobre la recomendación de ganarse la simpatía de los pueblos conquistados): "¡Ganarlos! No me tomaré este trabajo; estarán obligados con mi fuerza a formar cuerpo conmigo".
(Sobre los consejeros que recomiendan dar tiempo al tiempo): "Son unos cobardes. Y si se pusieran en mi presencia algunos consejeros de este temple, los...".
(Sobre la importancia de la sucesión del gobernante): "No puedo prometerme más que treinta años de reinado y quiero tener hijos idóneos para sucederme".
(Sobre la solución para los nobles descontentos): "Cortarles los brazos o levantarles la tapa de los sesos".
(Sobre la dificultad de dictar nuevos ordenamientos legales): "¿Acaso no sabe uno tener a sus órdenes algunos maniquíes legislativos?"
(Sobre la habilidad de César Borgia para gestionar apoyos políticos): "¿Mejor que yo? Es difícil".
(Sobre la diferencia entre llegar al poder por "camino delictuoso" o con el favor de los conciudadanos): "¡Qué importa el camino, con tal que se llegue! Maquiavelo falla al volverse moralista en semejante materia".
(Sobre un general siciliano a quien Maquiavelo no considera un gran hombre por su extrema crueldad): "¡Otra vez la moral! El buen hombre de Maquiavelo carecía de audacia".
(Sobre la mejor manera de controlar a los súbditos): "El mejor y único medio es contenerlos a todos por medio de sumo terror; oprimirlos, y ellos no se sublevarán ni osarán respirar".
(Sobre las excelencias de Filipo, padre de Alejandro Magno, como gobernante): "Está bien: pero es posible todavía mejor referirse a mí".
(Sobre la prudencia del gobernante en el gasto): "¿Quién lo hizo mejor que yo?".
(Sobre los pretextos para apoderarse de los bienes ajenos): "La facilidad de hallar pretextos es una de las ventajas de mi autoridad".
(Sobre la fidelidad del gobernante a la palabra empeñada): "Admirando hasta este punto la buena fe, franqueza y honradez, Maquiavelo no parece ya un estadista".
Napoleón, pues, fue más maquiavélico que el propio Maquiavelo. Otros gobernantes lo han sido un poco, pero menos que el maestro. Y, finalmente, abundan los maquiavélicos de diverso grado que nunca leyeron a Maquiavelo pero son, por destilación histórica, sus discípulos.
Por: Daniel Samper Pizano
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