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"Me dicen Rating-son Díaz"

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Foto: Manuel Calle

Y sí que tienen razones para hacerlo: buena parte de los proyectos en los que participa el actor antioqueño se convierten en éxitos inmediatos.

Ya me lo habían advertido. Ya me habían dicho que tras el primer saludo Robinson Díaz no resultaba muy sociable. Cuando llegó al estudio, a eso de las cinco de la tarde, lo primero que le dijo al fotógrafo fue que no quería hacer poses extrañas, que no quería que lo pusieran a hacer gestos frente a la cámara. Y lo primero que me dijo a mí fue: "¿Qué me vas a preguntar?". Cuando le conté así, a sangre fría, para dónde iban mis interrogantes, hizo cara de pereza y me dijo: "Ay, mi vida y mi trabajo ya los conoce todo el mundo; hablemos de otra cosa". Los planes del fotógrafo y mi muy concienzudo formulario se iban entonces al traste.

Pero qué va. La aparente distancia que Robinson deja ver a primera vista -como también ya me lo habían advertido- no es más que una mezcla de timidez y de cierta desconfianza ante el riesgo de pisar territorio nuevo. Cinco minutos después, cuando se sintió sobre terreno seguro y rodeado de gente amable, empezó a carcajearse y a hablar de cualquier tema que se le propusiera mientras el fotógrafo, al tiempo que le disparaba, le decía: "Hazme tal pose, hazme tal cara, mira pa' acá, mira pa' allá". Y Robinson, feliz, hacía caso y se dejaba guiar, como si en vez de ser el actor tan reconocido que es, fuera otra vez aquel jovencito de Envigado, nacido en 1966, que desde siempre soñó con hacer cine y teatro.

Cuando Robinson abre la boca...

"No me gusta para nada el mundo de la farándula. Respeto muchísimo a los admiradores y entiendo que todos necesitamos ídolos; pero ese cuento de hacer parte de la lista de los más bellos y de jurarse una estrella me parece una mamera", comenta apenas termina de posar ante la cámara y mientras nos sentamos en una sala. El encuentro deja de ser una entrevista para convertirse en una charla de la que no sólo hacemos parte nosotros dos: las siete personas que presenciaron la sesión fotográfica también se nos unen.

El próximo año, Robinson cumplirá veinte frente a las cámaras. En 1989, después de dejar su casa y escapar con 40 mil pesos en el bolsillo para Bogotá a estudiar teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático, apareció en la famosa película La gente de la universal. El año siguiente vinieron, casi al tiempo, cuatro capítulos en Garzas al amanecer y el inicio de su relación con la también actriz Adriana Arango (su esposa desde hace 16 años y madre de su hijo, Juan José). Y después La otra mitad del sol, La mujer del presidente y Pecados capitales; y en el cine Bolívar soy yo y Pena máxima.

Al tiempo que quedaban atrás sus días de caricaturista en El Espectador y de autor de un libro titulado Manual de autoayuda y superación para suicidas, se formaban en él ideas contundentes y opiniones críticas, que a veces no caían -ni caen- bien en todas partes. Por ejemplo, no fue poca la bulla que se generó cuando, en 2006, dijo que en la televisión colombiana "todo lo quieren llenar de tetas y culos". Como si fuera mentira.

Es que Díaz asume su oficio realmente en serio. No está interesado en protagonizar escándalos para que en los medios se hable de él, ni sabe lo que es asumir poses de estrella. Estudia y trabaja. Estudia y trabaja. Nada más. De ahí que se sienta capaz de decir las cosas como son y de ahí también que empecemos a no sorprendernos ante sus declaraciones: 

"No creo en los actores naturales; eso se llama falta de presupuesto -nos dice a los allí sentados-. También opino que nos faltan buenos guionistas cinematográficos y por eso la televisión que se está haciendo en Colombia es mucho mejor que el cine; y me parece, además, que los directores de televisión saben solucionar problemas, saben qué hacer si no tienen la locación o la gente necesaria: los de cine no, se creen estrellas". Entonces guarda silencio durante unos segundos y, sonriente, añade, como si quisiera hacer ver que desde el inicio su rollo iba para allá: "Y quiero que algo quede claro: yo sé que en este momento muchos estafadores pantallistas se están muriendo de la envidia ante mi trabajo, y cuánto gozo viendo cómo se muerden un codo".

De taxistas y 'traquetos'

Es que no todos pueden decir que tienen dos personajes en dos series distintas del prime time. Además de terminar hace unos meses las obras de teatro Infraganti y Escuela de mujeres, y de estrenarse como director de cine en la película Te amo, Ana Elisa (protagonizada por Adriana Arango, su esposa), Robinson interpreta a Óscar, un taxista, en Vecinos, y a 'El Cabo', un traficante, en El Cartel.

Cuando le pregunto por Óscar, me responde que, aunque bien sabe que con ese personaje no va a cambiar el mundo, encuentra en él la característica más importante que lo lleva a aceptar o no un trabajo: la conexión. Según dice, ya ha superado varias etapas actorales, y ahora se encuentra en una en la que lo primordial es conseguir que el público se identifique con los personajes que él representa para así ascender a su deseo más importante: hacerse memorable. "Uno se hace memorable para las personas cuando éstas se ven reflejadas en quien uno representa", asegura. De ahí que ya se haya acostumbrado a decir que no a buena parte de los papeles que le ofrecen "cuando no dicen nada nuevo, no conectan".

El tema de El Cartel lo toma por otro lado. Con más gravedad, más mesura. Acaso porque, por encima de un carácter de entretención, le ve una función informativa y pedagógica. Será por eso que dice: "Con esta serie nos estamos dando cuenta de lo que estaba pasando, porque al menos yo no había caído en la cuenta realmente. No sabía que había un mafioso al que le gustaba levantar muchachitas en los colegios, por ejemplo; ni que había un tipo que arrastraba gente en su finca, en una camioneta, hasta volverla huesos. Me he enterado, nos hemos enterado, de las cosas más atroces. Eso es muy importante".

Entonces el rostro se le endurece y cuenta que durante los días de grabación en Miami, dos de los personajes representados en El Cartel -uno de ellos Andrés López, confeso narcotraficante y autor del libro en el que se inspira la serie- lo visitaron y terminaron conversando durante un buen rato con él y Julián Arango (quien hace el papel de Guadaña). "Pero de pronto -continúa- hubo un momento en el que Julián y yo dijimos 'vámonos'. Cómo así que esta gente hablaba con nosotros muerta de la risa. ¿Y las viudas y los muertos y los mutilados? Estos dos tipos felices: cinco años en la cárcel y listo. Eso no tiene sentido".

Por eso también le asombra que en los lugares de grabación de El Cartel la gente lo salude haciéndole desde lejos levantando el pulgar en señal de aprobación. ¿Lo saludan así porque lo admiran como actor, o porque -como se lo insinuó Luis Alberto Restrepo, el director de la serie- asumen la vida de 'El Cabo', su personaje, como algo interesante, algo a desear? Aquello le preocupa. Le preocupa que en nuestro país el narcotraficante sea una persona envidiada; le preocupa que la vida delincuencial siga siendo vista como una forma -quién sabe, a lo mejor la única- de hacer dinero por parte de millones de colombianos.

- ¿Qué hacer, entonces? -le pregunta alguno de los que estamos allí sentados-. ¿Contar esas historias o no?
- A mí me parece que tenemos que enterarnos de lo que pasó para que le veamos el lado brutal por encima del lado atractivo; este país necesita lecciones -responde-. Y creo que si van a contarse esas historias crueles tenemos que ser nosotros mismos, no los gringos ni nadie más, porque nosotros fuimos quienes las vivimos, nosotros fuimos quienes las sufrimos. ¿O no?

El rey-ting

Acepta que se aburre bastante haciendo telenovelas porque, según dice, no son más que un chisme alargado durante 250 capítulos. Quisiera no hacer nada distinto a cine y teatro, pero bien sabe que son aún dos artes muy pequeñas en Colombia como para poder vivir de ellas. Así que para que la rutina de las grabaciones de nuestros melodramas no le dé tan duro, apela a lo que en la jerga televisiva se llama 'raspar', que no es otra cosa que añadir apuntes propios y espontáneos a los esquemáticos libretos, un riesgo que deja ver su 'cancha' como actor y que, eso sí, siempre consulta con los directores.

En medio de la grabación, para saber si alguna de sus 'raspadas' -muchas veces humorísticas- funciona, le basta con fijar sus ojos en los técnicos y hombres encargados de los cables. "Si se ríen, la cosa está bien. Pero si no, yo digo: 'Esto está grave'. Son mi público ideal y por eso siempre trato de hacerme amigo de ellos", explica.

Pero también tiene claro que quiere ir más allá de la actuación. Ya dirigió en teatro La Mandrágora, de Maquiavelo, y acaba de pasar por la experiencia de dirigir cine -de la mano de Antonio Dorado- con Te amo, Ana Elisa, que podría definirse como la aventura de una mujer contra su propio destino. Y acepta que las dos cosas le quedaron gustando tanto que quiere repetirlas porque "es maravilloso manejar un combo y aprovechar toda su energía; las veces en que he dirigido me he sentido como un tuerto manejando veinte ciegos", asegura entre risas. 

Entonces se me ocurre preguntarle si no le suena, también, la idea de emigrar a España o de intentarlo en Hollywood. Al fin y al cabo lo que le sobra es talento como actor. Pero, tajante, responde que no. Dice que en Estados Unidos siempre hablaría un inglés enredado que no le permitiría hacer los papeles que hace aquí. Que aquí, además, ya es alguien y es feliz; ¿por qué irse a no ser nadie en esos países tan tristes en los que no pasa nada?, se pregunta y me pregunta. "Lo que sí me han dicho es que es bueno darse una vueltica por allá porque cuando uno vuelve a Colombia, puede cobrar más. Pero yo no soy tan trepador", agrega sonriente.
De inmediato me confiesa que está cansado, que el ritmo de trabajo que está viviendo lo tiene, según dice, en estado de no-ve-la: no-ve-la cama, no-ve-la esposa, no-ve-la comida... No obstante, bien sabe que tiene que aprovechar a como dé lugar los años que está viviendo, porque, como bien lo asegura, después de cierta edad el actor deja de ser un hombre experimentado para convertirse en sinónimo de gastos excesivos y, en últimas, en un lastre, para el ritmo acelerado y a veces poco reflexivo de nuestra televisión. Por eso trabaja sin pausa, pero también sin excesivo sacrificio: ama lo que hace y se lo toma muy en serio.

Y se me ocurre que es en esa mezcla de amor y seriedad donde habita su éxito. Un éxito que se traduce, al fin de cuentas, en cantidad de espectadores, en audiencia. No por nada, ahora en el medio televisivo algunos lo llaman Rating-son Díaz. A los que conversamos con él en aquella sala nos lo comenta con una sonrisa tímida mientras se encoge de hombros. Por unos segundos todos guardamos silencio. Hasta que al fin reaccionamos y decidimos que ya es hora de irnos: hace muchas, muchas horas, que anocheció. 

Por: Andrés Arias    

 

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