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El genio rechazado

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Eisenstein, uno de los realizadores de cine más obstinados en la historia, murió justamente antes de intentar la tercera parte de Iván el Terrible.

Sergei Eisenstein estuvo casi siempre en la mira. En un principio fue el blanco predilecto de la censura de la época (encabezada por Stalin, uno de los censores -o críticos de cine, dijéramos- más furiosos que ha dado la historia). Al mismo tiempo nunca contó con el presupuesto ideal para realizar sus películas, lo que no sería un impedimento para recibir cualquier cantidad de críticas feroces (la mayoría, por supuesto, dignas de la furia de su tiempo).

Hijo de un arquitecto judío de origen alemán y de una gran dama de la aristocracia, Sergei Mikhailovich Eisenstein nació en Riga, Letonia, en 1898. Inicialmente estudió arquitectura y bellas artes. Luego se enlistó en las milicias populares que terminarían participando en la Revolución de Octubre de 1917.

En ese momento ya tenía claro que quería hacer parte del mundo del espectáculo, un terreno donde alcanzaría a tener cierto prestigio haciendo decorados y dirigiendo e interpretando teatro para los soldados. Así, ingresó en el Teatro Obrero y más adelante fue nombrado director del mismo. Posteriormente descubrió las virtudes del séptimo arte, se desligó del teatro y se dedicó a hacer cine. Para entonces, Eisenstein acababa de rodar La huelga (1924).

"La huelga es el Octubre del cine", dijo en alguna ocasión el propio Eisenstein, que no se caracterizaba especialmente por su modestia. La frase, sin embargo, tiene un grado de verosimilitud: rodada entre julio y octubre de 1924, cuando la Revolución Soviética apenas tenía siete años de vida y no había pasado un lustro del triunfo definitivo del Ejército Rojo, la película no es solo el primer largometraje de quien llegaría a ser uno de los pilares -en la teoría y la práctica- de la historia del cine. Es, también, según el crítico italiano Luciano Monteagudo, "el nacimiento del cine revolucionario, el mojón inicial de una estética que elegiría ignorar las figuras individuales propias del llamado cine burgués (encarnado por el estadounidense David Wark Griffith) para privilegiar, en cambio, el fresco coral y la epopeya colectiva, teniendo a la masa obrera como protagonista".  

Por lo demás, La huelga también tendría un papel decisivo (e involuntario) en otra creación, ya que en medio del rodaje, Eisenstein recibió el ofrecimiento de hacer una película conmemorativa sobre los orígenes de la revolución. En el trayecto, el encargo se transformó en El acorazado Potemkin, su obra maestra y, según los especialistas compulsivos, la película sobre la que más se ha escrito de toda la historia del cine.

Escrita por Nina Agadzhanova-Shutko para un proyecto llamado 1905 sobre el abortado "ensayo general" de la Revolución de Octubre, el propio Eisenstein atribuyó buena parte de la fuerza de El acorazado Potemkin al guión original. Y acaso a la simpleza del argumento, que se podría resumir así: los marineros del acorazado Potemkin están aburridos de los malos tratos. Parafraseando el título de una novela de Dostoievski, han sido humillados y ofendidos. Por eso, cuando se les intenta obligar a comer carne con gusanos, deciden sublevarse; en esa sublevación, sin duda, se condensa la importancia de las masas.

En 1925, después de su estreno en la Unión Soviética (la introducción de Lev Trotsky fue omitida en las versiones soviéticas por su oposición hacia Stalin), El acorazado Potemkin se estrenó en los Estados Unidos. Por esa misma fecha la censura se hizo presente y fue prohibida en Alemania (durante el régimen nazi), Gran Bretaña, España, Francia y otros países.

A partir de ese momento, Eisenstein continuó trabajando sin descanso. En 1927, realizó Octubre, basada en el libro Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed, que recrea los acontecimientos de la Rusia de 1917. Luego viajó a Europa (conoció a James Joyce, Jean Cocteau, Albert Einstein y Le Corbusier) y Estados Unidos, donde varios de los proyectos que presentó fueron rechazados por sus ideas colectivistas (e incluso se llegaron a escribir panfletos en su contra donde se leía: "Eisenstein, ese perro rojo").

Tras el fracaso en Hollywood, Eisenstein se marchó a México a dirigir una película mexicana. Mexicana y revolucionaria, por supuesto: el rodaje de ¡Que viva México! (1931) era un éxito -según Eisenstein, los 50.000 metros que había rodado hasta el momento eran lo mejor que había hecho en toda su carrera- hasta la tarde en que se ordenó parar la producción.

A los pocos días regresó a Moscú. Como la censura del régimen rechazó de nuevo sus propuestas, Eisenstein se dedicó a la enseñanza y a escribir libros sobre su experiencia cinematográfica. Con el tiempo, las humillaciones lo llevaron a dirigir otra película, El prado de Bezhin (1937), sobre un cuento de Ivan Turgeniev, que fue prohibida y no se vio jamás. Pero

Eisenstein no se desanimó y realizó Alexander Nevsky (1938), su primera película sonora, una epopeya patriótica que relataba la lucha de los rusos contra los caballeros teutónicos en el siglo XI. Con esta ganó el premio Stalin y le concedieron la Orden de Lenin.

En 1944, Eisenstein terminó la primera parte de Iván el Terrible, que contaba la ascensión al trono y la traición sufrida por Iván IV, un zar del siglo XVI. Dos años más tarde, la noche en que terminó el montaje de La conjura de los Boyardos, tuvo un infarto. La película, que es la segunda parte de Iván el Terrible, fue prohibida durante la siguiente década y sólo se estrenó hasta la muerte de Stalin. Al final Eisenstein, que vivió dos años más después de aquel problema cardiaco, nunca logró hacer la tercera parte.

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