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Hijos de una novela de amor

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Foto: James Arias

Hace ochenta años comenzó la inmigración de japoneses al Valle del Cauca. Llegaron atraídos por la María, de Jorge Isaacs. Una historia romántica y valerosa.

¿Qué hacer ante tanto encanto? Un día cualquiera de febrero de 1923, tan pronto terminaron de leer algunos capítulos de María, cuatro jóvenes japoneses decidieron emprender una aventura. La novela, traducida por el estudiante de idiomas y economía Yuzo Takeshima Yagamata, había sido publicada en la revista universitaria Nueva Juventud,  de Tokio. Los jóvenes estaban impresionados con la historia de Efraín y María, el idilio de fondo y las descripciones del Valle del Cauca, "siempre verde, siempre suave". Eran Kiyoshi Shima, de 18 años; Akira Nakamura, de 19; Tokuji Nishikuni, de 19, y Tarhoo Matsuo, de 23.

"Si aquel país es tan hermoso y tan rico tenemos que viajar allí", le dijo Shima a Nakamura.

Por aquellos años, Japón atravesaba una crisis económica aguda; la pobreza afectaba a casi el 70 por ciento de su población, al punto de que el mismo gobierno nipón estimulaba y fomentaba la emigración de sus ciudadanos como válvula de escape. En el primer año del periodo Meijí (1868) se levantó el telón de la historia de las emigraciones japonesas de los tiempos modernos: 150 personas salieron con destino hacia las islas de Hawai para dedicarse a las faenas agrícolas. En 1908 comenzaron las emigraciones con destino a Brasil, y entre finales del periodo de Taisho y principios de la era Showa (1924 a 1935), vino la época más próspera de las emigraciones hacia el sur del continente americano.

Entonces, sin pensarlo dos veces, y con algo de dinero prestado de amigos y parientes, viajaron al puerto de Yokohama, compraron pasajes de tercera, pero con trato especial, en el barco Anyo Maru, y comenzaron la aventura. Llegaron a Colón (Panamá), tres semanas después, e hicieron trasbordo en el carguero peruano Urubamba, que los trajo finalmente a Buenaventura, el 30 de junio de 1923.

Pocos días después de su llegada, con una recomendación que trajeron de la cancillería de Japón, que los acreditaba como estudiantes de agricultura, consiguieron su primer empleo en el ingenio azucarero Manuelita. El empresario Santiago Éder sabía del buen desempeño de trabajadores japoneses en las haciendas azucareras de Perú, y quiso desde el principio vincular algunos de ellos a su ingenio, inaugurado en 1901. De hecho, hizo gestiones ante el gobierno del general Rafael Reyes para atraer a inmigrantes japoneses, pero el asunto no prosperó.

Entre mediados de 1924 y 1925, Nakamura y Nishikuni trabajaron con el senador Pablo García en su hacienda Alisal, del corregimiento de Guanabanal, de Palmira, Valle, en el cultivo y beneficio del café y en la siembra de plátanos y yuca. Entre tanto, Shima y Matsuo permanecieron en Cali con su coterráneo Koichi Tamura, que llegó de Panamá en 1922 y tenía un restaurante y un criadero de cerdos.

A comienzos de 1926 los cuatro pioneros se reencontraron para trabajar en la hacienda El Arenal, de Nicanor Hurtado, cerca de la población de Candelaria. Hurtado tenía en Cali una fábrica de cigarrillos (de las marcas Pierrot, El Sol y Oriente, entre otras) y cultivaba parte del tabaco que consumía la empresa. Había montado también un gallinero para la producción de huevos con razas Leghorn blanca, Minorca y Plymouth rock. Cada joven tenía en la empresa funciones específicas: Nakamura, el secado artificial del tabaco y la curación y clasificación de las hojas. Nishikuni, el cultivo en general, la conservación de la pureza varietal y la producción de semillas; Shima, la organización y manejo del gallinero, con Matsuo como ayudante. Posteriormente, Shima pasó a ser ayudante del administrador de la empresa y Matsuo quedó encargado del gallinero.

      ***
Mientras Matsuo, Nishikuni, Nakamura y Shima aprendían español e iniciaban una nueva vida en Colombia, Yuzo Takeshima Yagamata terminaba en Japón su servicio militar. En 1924 salió como teniente de reserva y fue a trabajar a Brasil como secretario de la Kaigai Kogyo Co., sociedad de negocios de ultramar. Al terminar su labor pidió permiso y vino a Colombia a realizar su sueño de conocer la tierra idílica de la novela de Isaacs, que había traducido al japonés.

Coincidencialmente, estando aquí, los gobiernos de Colombia y Japón acordaron un tratado de inmigración y lo nombraron director de la colonización para que empezara a planearla.

Cumplidos los trámites oficiales de rigor, el 26 de marzo de 1926 Takeshima llegó al Valle del Cauca. Vino acompañado del señor Wakabayashi, cónsul en Panamá, y por el ingeniero agrónomo Tokuji Makishima. Quería conocer y estudiar áreas agrícolas, su topografía, suelos, climatología, cultivos principales, vías de comunicación, etc. Tras recorrer con detenimiento los municipios de Palmira, Candelaria, Pradera, Florida, Corinto y Caloto, llegaron a la conclusión de que la región del valle del río Cauca era la más apropiada para el establecimiento de la futura colonia.

Takeshima retornó al Japón para buscar a los inmigrantes. Los escogidos deberían tener una edad apropiada, buena salud para imponerse a los cambios climáticos y alimenticios; sociables para asegurar la convivencia entre sí, de costumbres sanas y de "tradicional amor al trabajo", y ser recursivos. También se exigía que cada familia trajera U$$ 1.500 dólares para su sostenimiento inicial y eventuales urgencias. A fines de 1928, Takeshima regresó a Colombia y se estableció en Buga. Semanas después le compró a Emilio Lemos Fernández 96 hectáreas de tierra en la vereda El Jagual, ubicada entre los municipios de Corinto y Caloto.

El ya "veterano" Kiyoshi Shima fue escogido administrador y, de acuerdo con los proyectos de Takeshima, acometió la construcción, con guadua y hojas de palma, de un gran edificio-campamento para la residencia inicial de los colonos. Se hicieron los drenajes, las instalaciones de agua para uso doméstico, las obras sanitarias de rigor y se trazaron los caminos indispensables. Luego se demarcaron parcelas de 9.6 hectáreas cada una para entregar a los 10 jefes de familia próximos a llegar.

El 16 de noviembre de 1929 llegaron a Colombia 25 personas, que formaban parte de las primeras cinco familias de las diez inicialmente seleccionadas. En el puerto de Buenaventura estaban esperándolas Takeshima y Shima, quienes las condujeron a la Colonia Experimental de Corinto y sortearon entre ellas cada parcela. Estas familias fueron las de Masasuke Emura, Suejiro Nakamura, Isoji Kuratomi, Jutaro Nikaido y Suenjiro Yoshioda. Cinco meses después, el 20 de abril de 1930, arribaron otras cinco familias, las de Uhei Tokunaga, Sime Shigematsu, Shikakichi Tanaka, Fukuemon Moribe, Masao Tanaka y Tokijiro Morita.

En las fértiles tierras de Corinto, con barras, hachas y machetes, estas diez familias y otras que llegaron después se enfrentaron con energía a dominar el semibosque y a conquistar el suelo. El trabajo era general para hombres y mujeres mayores, pero se ocupaban también personas de cualquier edad; incluso, niños capaces de manejar una herramienta o de prestar ayuda. Construyeron sus viviendas con cañabrava, guaduas y maderas redondas.

       ***
Ahora, 80 años después de establecida aquella colonia japonesa en Corinto, los mil descendientes de aquellos pioneros son tan colombianos como cualquier vallecaucano de pura cepa, y dicen con orgullo que son hijos de una novela de amor. (Cuando aprenden a caminar, el rito ineludible es una visita a la hacienda El Paraíso). El aporte más importante que hicieron aquellos pioneros fue, sin duda, la tecnificación de la agricultura en el Valle del Cauca, que lograron imponer hacia los años veinte, cuando importaron el primer tractor.  Lola de Kuratomi, una jovial y encantadora señora japonesa, quien junto con su familia emigró del poblado de Fukooka, ubicado al sur de Japón, habla un perfecto español, matizado de vez en cuando con un "ole, vé". Fue la primera japonesa que se convirtió en Colombia al catolicismo, en 1935. Todavía mantiene una vitalidad envidiable y una agitada vida de servicio social apoyada por su esposo, Pablo, también inmigrante japonés, y quien tiene una memoria tan prodigiosa que comenta con propiedad los cien acontecimientos más importantes en los últimos siglos.

Los primeros años de la colonia fueron de aprendizaje de la idiosincrasia y cultura colombianas. El idioma español les pareció difícil, pero lo aprendieron. La señora Kuratomi recuerda: "un ganadero que se llamaba Fortunato Ayala se encariñó con nosotros y un día nos dijo a todos: aquí nadie en entiende sus nombres japoneses; si quieren, yo les pongo nombres colombianos. Y se hizo".

El padre de la señora Kuratomi,  que se llamaba Isoji -cuyo significado literal es "cabeza de playa", quedó como Escipión. La madre, bautizada Hatsuka o "primera fragancia", quedó como Irma; y a ella, Shinobu o "paciencia", Ayala la bautizó como Lola.
En 80 años, los japoneses y sus descendientes compensaron los sacrificios iniciales con una vida tranquila y apacible, legado indiscutible del joven Takeshima. Pero, ¿cómo es un japonés colombiano?

Tatsumi o Gilberto Kuratomi, hijo de la señora Lola, dice: "Tenemos de japoneses la formación del carácter; somos disciplinados, y muy responsables. Aunque en muchos hogares se habla japonés, no todos lo hemos aprendido. Y de colombianos (tenemos) el idioma y el gusto por el baile, así como la manera de vestir, que es, por supuesto, occidental".

Sin embargo, Pablo Kuratomi, al igual que otros japoneses pioneros, cree que la preocupación para transmitir a la cultura de su país no fue suficiente, porque la mayoría de tradiciones se diluyen. "Se perdió la manera de vestir", dice, mientras escucha un Concierto Brandenburgués de Bach en un pequeño radio Sony. "También la celebración de algunas fiestas. Pero creo que la esencia de nuestra filosofía perdurará en nuestros nietos".

El asunto tampoco es grave. Todos los domingos, sin falta, las familias japonesas se reúnen en sus casas a conversar. Siempre, en una mesa pulcra, estarán los platos favoritos: una sopa de misoshiru, preparada con soya y arroz sin aceite ni sal. Un exquisito sukiyaki, hecho con carne y muchas verduras. Y quizá, un sancocho o un ajiaco colombiano. Pero como una promesa sagrada, muchos de los antiguos pioneros recuerdan en aquellas reuniones la figura bonachona del joven amante de la María, a quien le deben -de alguna manera- lo que son.

Los cuatro jóvenes aventureros echaron raíces en Colombia. Takeshima falleció en 1971 y dicen que, poco antes de morir, aún recordaba aquel final de la novela, que fue una premonición para todos aquellos que emigraron al Nuevo Mundo: "Estremecido, partí a galope por medio de la pampa solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche".

 

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