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Aguas turbulentas

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Foto: Manuel Calle

Cuando la nave de la economía parecía navegar con el viento a favor y todo salía a pedir de boca, de la noche a la mañana la situación ha empezado a deteriorarse más de lo esperado.

"Si las autoridades económicas están desorientadas, imagínese cómo estoy yo", me dijo el otro día un amigo que hace un tiempo dejó su empleo para montar un negocio. Cuando él tomó esa decisión la economía estaba en plena expansión, pero ahora las cosas han cambiado y el pobre se siente acorralado. Su desconcierto es comprensible: en las últimas semanas ha habido tantas noticias preocupantes sobre la economía colombiana que la gente ya no sabe qué pensar.

La cosa está movida por donde uno la mire. Hace unos meses todos andaban de fiesta porque la economía había alcanzado el mayor dinamismo de las últimas tres décadas, pero en días pasados se supo que en el primer trimestre de 2008 el crecimiento cayó a la mitad del nivel que había tenido un año atrás. Entre tanto, la tasa de cambio salió de las profundidades en que andaba y empezó a moverse como si fuera un tiovivo: en la última semana de junio el peso pasó de ser la moneda más revaluada del mundo a tener su mayor pérdida del año frente al dólar, mostrando un comportamiento tan volátil que nadie se atreve a apostar sobre su futuro. Y mientras todo eso sucede, el Banco de la República hace lo que puede para tratar de torcerle el pescuezo a una inflación avivada por los altos precios del petróleo en el mercado internacional.

¿Qué está pasando? ¿Será que la economía está aterrizando suavemente para ubicarse en el plácido llanito de un crecimiento moderado y sostenible en el mediano plazo? ¿O será que estamos entrando en un proceso de deterioro que dejará víctimas en el camino? Las respuestas a estos interrogantes dependen en gran medida de la evolución del entorno internacional y de las acciones que adopten las autoridades.

¿A esta economía no la para nadie?

El principal acertijo que enfrentan las autoridades es el de la desaceleración. El crecimiento de la economía es el tema más preocupante para el ciudadano corriente, por los efectos que tiene sobre el empleo y el bienestar. El hecho de que la economía colombiana haya alcanzado en 2007 su mayor dinamismo desde los años setenta del siglo pasado implica que toda una generación de colombianos ha estado viviendo el mejor momento económico de su vida. Esa situación generó unas expectativas desmedidas, a tal punto que abundaban los observadores incautos y los funcionarios desinformados que decían que a esta economía no la paraba nadie.

Pero no hay economía en el mundo que no se desacelere cuando empiezan a fallar los motores que la impulsan, y la nuestra no es la excepción. Hace unos días el DANE informó que en el primer trimestre de este año la economía creció 4,1 por ciento, lo que representa menos de la mitad del 9,1 por ciento que había crecido un año atrás (gráfico 1). Antes de sacar conclusiones sobre esa diferencia, hay que advertir que los dos datos no son estrictamente comparables. El año pasado la Semana Santa cayó en el mes de abril y este año se celebró en marzo, lo que significa que el primer trimestre de 2008 tuvo menos días hábiles que el mismo periodo de 2007. Pero incluso si se hacen los ajustes necesarios para corregir ese problema, la desaceleración de la economía en el comienzo de este año es muy significativa.

¿Y qué es lo que está fallando? Para saberlo hay que recordar cuáles fueron los motores que impulsaron el excepcional dinamismo reciente. Entre 2002 y 2006 la economía colombiana tuvo todos los vientos a favor. Por un lado, hubo abundante liquidez y bajas tasas de interés, que se sumaron a una política fiscal expansiva y a los importantes avances en el campo de la seguridad interna. Por eso no es raro que el motor más dinámico del crecimiento haya sido la inversión, que en los últimos años creció casi cuatro veces más rápido que la economía. Por otro lado, ese proceso se dio en un entorno internacional inmejorable. No hay que olvidar que en los últimos años la economía mundial también alcanzó su mayor dinamismo en mucho tiempo, lo que propició un comportamiento similar en Colombia a través de mayores flujos de exportaciones, inversión extranjera y remesas. Todas estas circunstancias hicieron que el ingreso promedio de los colombianos aumentara alrededor de 30 por ciento en lo corrido de la década, lo que a su vez se tradujo en un mayor consumo de amplios segmentos de la población.

Algunas de esas circunstancias han cambiado de un tiempo para acá y ahora hemos entrado en aguas turbulentas. Desde mayo de 2006 el Banco de la República ha venido aumentando su tasa de interés para tratar de frenar el nivel de gasto de la economía, con el fin de aplacar las presiones inflacionarias que surgieron a medida que avanzaba la expansión. En los últimos dos años esa tasa de interés pasó de 6 por ciento a 9,75 por ciento, lo que generó un aumento de todas las tasas de interés del sistema financiero y un menor crecimiento del crédito (gráfico 2). Ambas circunstancias han moderado el ímpetu de la inversión y el consumo, contribuyendo a menguar el ritmo de la expansión económica.

El entorno internacional también ha cambiado. A fines del año pasado la economía estadounidense empezó a frenarse y aún no se descarta que pueda entrar en una recesión. Con más de 250 mil empleos perdidos en lo corrido del año, una caída de los precios de las viviendas de casi 20 por ciento y el petróleo rondando los 140 dólares por barril, la confianza de los consumidores estadounidenses está en su nivel más bajo desde 1990, lo que ha afectado severamente las ventas de las empresas. Ante esa situación, las autoridades han tratado de estimular el gasto y reactivar la producción. La Reserva Federal ha reducido su tasa de interés a sólo 2 por ciento, mientras el gobierno ha puesto en marcha una devolución de impuestos que ha hecho que cada familia reciba un cheque de 1.800 dólares en promedio. Aunque se trata de medidas bastante agresivas todavía no se sabe si serán efectivas, sobre todo teniendo en cuenta que el ánimo de los consumidores seguirá por el suelo mientras siga aumentando el desempleo y continúe la caída del precio de las viviendas.

Por ahora ya se sienten los efectos internacionales de la crisis estadounidense. El Fondo Monetario Internacional calcula que la economía mundial crecerá alrededor de 3,7 por ciento este año, lo que representa una caída de más de un punto frente al crecimiento de 2007. Algo parecido sucede en América Latina, donde el crecimiento también caerá más de un punto frente al año anterior (gráfico 3). En medio de este opaco panorama, las exportaciones colombianas han tenido dos tablas de salvación: los altos precios internacionales de los productos básicos que exportamos ¿como el petróleo, el carbón y el café¿ y el sorprendente aumento de nuestras ventas a Venezuela. Ambas circunstancias, sumadas al gran dinamismo que sigue teniendo la inversión extranjera, han permitido que la crisis estadounidense no haya causado mayores estragos en Colombia. 

En este contexto, la desaceleración reciente de la economía colombiana no parece haber sido generada por factores externos sino más bien por circunstancias internas. De hecho, en el primer trimestre del año el valor de las exportaciones tradicionales tuvo un crecimiento récord de 63 por ciento, mientras el de las ventas no tradicionales supero el 20 por ciento. En contraste, en el mismo periodo el consumo y la inversión mostraron síntomas de desaceleración, lo que indica que ya se está sintiendo el impacto de las altas tasas de interés sobre el crecimiento. De cualquier manera, el frenazo del primer trimestre ha llevado a varios analistas a corregir sus proyecciones de crecimiento para este año, que antes oscilaban entre 5 y 6 por ciento, y ahora están más cerca de 4 por ciento. 

¿Y quién podrá ayudarnos?

A medida que se profundiza la desaceleración de la economía, aumentan los llamados a que las autoridades económicas hagan algo. En primera instancia todas las miradas se orientaron hacia el Banco de la República. Desde que empezaron a aparecer los primeros síntomas de debilitamiento hasta ahora, los industriales han pedido que bajen las tasas de interés para generar un mayor dinamismo en la actividad económica. Hasta el momento el Banco de la República no ha cedido a las presiones y ha mantenido el nivel de las tasas, argumentando que está en juego el control de la inflación.

La férrea posición del Banco frente a esos pedidos da pie a una pregunta: ¿qué tan grave es el problema del crecimiento de los precios en Colombia? Las cifras muestran que en 2008 la inflación desbordará las metas del Banco de la República por segundo año consecutivo, con el agravante de que los agentes económicos ya se han hecho a la idea de que los precios van en aumento y eso puede acelerar aún más el proceso en los próximos meses. Un proceso inflacionario como éste genera preocupación por sí solo, pero es mucho más grave cuando se da en medio de una desaceleración como la que estamos viviendo actualmente. La razón es simple: es natural que el crecimiento de los precios se acelere cuando la economía está en plena expansión, pero no es de esperar que suceda cuando el dinamismo de la demanda va en descenso como ahora.

Esta situación paradójica ha puesto a algunos a pensar que el crecimiento actual de los precios en Colombia ya no tiene tanto que ver con un excesivo aumento de la demanda ¿que es lo que puede moderar el Banco de la República con las altas tasas de interés¿, sino más bien con un fenómeno que escapa al control de nuestras autoridades monetarias: las presiones inflacionarias que está sufriendo el mundo entero por cuenta de los altos precios del petróleo. Si ese fuera el caso, tal vez ya no tendría tanto sentido mantener tan altas tasas de interés en momentos en que la economía está dando señales de debilitamiento, pero aún no hay información suficiente para saberlo.

Los industriales no son los únicos que le han pedido al Banco de la República bajar los intereses. Los voceros de los sectores exportadores y de aquellos que compiten con las importaciones también han pedido reiteradamente una reducción de las tasas para atenuar la revaluación del peso. Este clamor surge de una realidad elocuente: si la Reserva Federal estadounidense tiene sus tasas en 2 por ciento y el Banco de la República mantiene las suyas en 9,75 por ciento, es natural que lleguen capitales al país atraídos por la mayor rentabilidad, lo que presiona hacia abajo la tasa de cambio.

Para poner en contexto esta discusión, hay que anotar que el aumento de la tasa de interés no es la única circunstancia que ha incidido sobre la revaluación del peso en lo corrido de esta década. La avalancha de divisas que ha llegado al país en los últimos años también ha obedecido a otros factores. Además del extraordinario crecimiento que han tenido las exportaciones, por cuenta de los altos precios internacionales y del dinamismo del mercado venezolano, la inversión extranjera está disparada. Adicionalmente, la fragilidad de la economía estadounidense ha hecho que el dólar se haya debilitado en todo el mundo, lo que ha llevado a los inversionistas internacionales a buscar otras oportunidades de rentabilidad como las que ofrecen economías emergentes como la nuestra. Como si eso fuera poco, los colombianos que han migrado al exterior mandan cada vez más recursos al país, a tal punto que el valor de las remesas ya supera el de las exportaciones de carbón.

Lo cierto es que sólo una acción coordinada entre el Banco de la República y el gobierno puede ayudar a moderar la desaceleración, sin sacrificar el control de los precios. Aunque es evidente que una reducción de las tasas de interés estimularía la actividad económica y reduciría el atractivo de traer dólares al país, las autoridades monetarias han afirmado que esa medida sólo sería posible si el  gobierno hiciera un ajuste fiscal significativo. Y no les falta razón, porque en la situación actual una contracción fiscal tendría varios efectos positivos. Un recorte en el gasto público reduce las necesidades de financiación del gobierno, lo que implica un menor endeudamiento público externo e interno. Ambos factores abren un mayor espacio para la actividad productiva del sector privado, a través de menores tasas de interés y una mayor devaluación. Al mismo tiempo, un menor gasto del gobierno alivia las presiones inflacionarias, lo que le da mayor margen de maniobra al Banco emisor para reducir aún más las tasas de interés.

Hasta el momento el Banco de la República y el gobierno han dado tímidos pasos en la dirección correcta, pero aún falta mucho trecho por recorrer. Aunque la Junta Directiva del Banco en su última reunión se mantuvo firme en su decisión de no bajar las tasas de interés, se movió un poco para hacer frente al problema de la revaluación. Las autoridades monetarias decidieron aumentar en cerca de 250 millones de dólares las compras mensuales de divisas de la entidad. Como esas compras se hacen con pesos que entran a circular en la economía, los directivos del emisor también establecieron un encaje de 10 por ciento a los depósitos bancarios para evitar una excesiva expansión monetaria que pudiera elevar las presiones inflacionarias. Aunque estas medidas aumentaron sustancialmente la cotización del dólar en los primeros días, el paquete ha generado gran volatilidad en el mercado cambiario y no está claro cuál será su efecto en el mediando plazo.

El gobierno también ha empezado a poner de su parte, al anunciar un recorte de 1,5 billones de pesos en sus gastos. Aunque esta decisión constituye un viraje muy valioso del gobierno, después de que durante mucho tiempo había rechazado cualquier posibilidad de reducir el gasto, el monto del recorte es insuficiente. Para generar un cambio significativo en el entorno macroeconómico ¿que  tenga un efecto duradero sobre la inflación, la tasa de interés y la revaluación¿ sería necesario generar un superávit fiscal, y los recortes anunciados apenas representan una reducción del déficit fiscal de 3,3 por ciento del PIB a 2,9 por ciento del PIB en este año.

En medio de tanta agitación, está claro que las autoridades económicas tendrán que hacer un seguimiento muy detallado de la magnitud de la desaceleración y las causas de la inflación. De la precisión de su diagnóstico y las medidas que adopten dependerá que superemos la encrucijada actual sin que se les vaya a ir la mano con el acelerador o con el freno.

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