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La gran batalla

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Foto: Jean Pierre Muller / AFP

Era arrogante y ambicioso, pero a los 31 años, la vida le dio tal bofetada a David Servan-Schreiber que lo convirtió justamente en su propio antagonista.

"En chino, el concepto crisis se escribe mezclando los caracteres de peligro y oportunidad. El cáncer representa una amenaza tal que nos ciega y nos cuesta mucho captar que posee también un potencial creador". Hace 16 años, David Servan-Schreiber -hijo del ilustre político, pensador y periodista Jacques Servan-Schreiber-, ni se hubiera tomado la molestia de hacer este tipo de reflexiones porque estaba demasiado ocupado para filosofar con nimiedades idiomáticas. Vivía en Pittsburg hacía siete años, estaba divorciado, era fiel escudero de la ciencia pura y dura y estaba consagrado al trabajo de su tesis doctoral en neurociencia. Había ganado una beca del National Institute of Health para montar, junto con un colega y amigo, su propio laboratorio de investigación. Tenía cero intereses de tener contacto con pacientes, pues no iba a sacrificar el desarrollo académico -fuente primaria del prestigio médico- por la práctica clínica.

Un día de otoño, a petición de sus compañeros de estudio, se prestó como voluntario para someterse a una de las tantas resonancias magnéticas que a diario hacía con sus conejillos de indias. Se tendió en la camilla, se introdujo dentro del escáner y siguió las instrucciones. Al cabo de la primera imagen cerebral, ellos, pálidos, no entendían por qué Servan-Schreiber tenía una pelota del tamaño de una castaña en la región derecha del córtex prefrontal. Repitieron la prueba y sus temores se confirmaron: tenía un tumor cancerígeno exactamente en la misma zona que durante años venía estudiando para desentrañar su función en la esquizofrenia. Era una locura, una debilidad vestida de ironía.

La noticia les cayó a todos como una cortina de hierro, pero Schreiber no tardó en recomponerse de su shock y empezar a escudriñar cómo iba a emprender la gran batalla. Por supuesto, el proceso fue difícil, especialmente al tener que aceptar que era un paciente y al vivir lo cruel y frío que era ese mundo, según confiesa. Al principio, iba donde el oncólogo con la bata blanca puesta, y escogió como su doctor no al que mejores recomendaciones le ofrecía, sino al que le inspiró mayor confianza, una tarea nada fácil al darse cuenta de que pocos están dispuestos a entender, genuinamente, quién es su paciente.

El diagnóstico del cáncer fue su cura a una larga miopía no sólo como persona, también como profesional. Tuvo la sensación de que había algo así como el club de los vivos, y que cada vez que lo veían lo hacían sentir ajeno a él, invisible, casi muerto. Pese a ello, la proximidad de la muerte lo condujo a una suerte de liberación: libre del peso de las frustraciones, de las expectativas, de los fracasos, del éxito anhelado, de las responsabilidades. Libre para ser. Eso le devolvió a su vida su auténtico sabor.

Entretanto, la enfermedad lo alejó del laboratorio -porque su trabajo allí no tenía mucho que ver con paliar el sufrimiento humano- y lo acercó a los pacientes, a quienes siempre ocultó su mal por miedo a que eso interfiriera en su labor profesional; aun cuando cada vez que ayudaba a alguien, mitigaba su propia pena.

Pero quizá lo más sorprendente de su lucha fue descubrir que "la ciencia de hoy sigue subestimando los recursos que tiene el cuerpo y su capacidad de hacer frente a la enfermedad". Al preguntarles a sus colegas qué podía hacer adicional a la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia, la respuesta era la misma: nada. Renuente a creerlo, investigó sin descanso con el rigor al que estaba acostumbrado y encontró que todos tenemos células cancerígenas, pero sólo una de cada tres personas desarrolla cáncer. Si eso es así es porque hay factores que abonan su crecimiento y factores capaces de inhibirlo e, incluso, evitarlo. También halló muchos estudios que señalan que los genes son responsables hasta en un 15 por ciento de desarrollar cáncer, no más, y por encima de ellos lo que más pesa es el estilo de vida.

De ahí que Servan-Schreiber hubiese creado una "biología anticáncer" con cuatro métodos para el cuerpo y la mente: aprender a protegerse de los desequilibrios del medio ambiente que propician la actual epidemia cancerígena; cambiar la alimentación para reducir o anular el consumo de azúcares refinadas, harinas y gran parte de aceites vegetales, que nutren las células tumorales, y consumir alimentos desintoxicantes y protectores; comprender y sanar las heridas psicológicas que refuerzan los mecanismos biológicos del cáncer, y crear una nueva relación con el cuerpo que estimule las defensas y reduzca la inflamación, la cual hace que los tumores crezcan.

Hoy, a sus 47 años y gracias a sus hallazgos, ha comprendido que las estadísticas son información, pero no una condena, y que "no existe en la naturaleza ninguna regla fija que se aplique a todo del mismo modo". Adopta como suya la reflexión del gran pensador René Dubos en el sentido de que el problema de la medicina científica es que no es lo suficientemente científica, y que sólo podrá serlo cuando médicos y pacientes hayan aprendido a manejar las fuerzas físicas y mentales que actúan a través del poder curativo de la naturaleza. El primer libro de Servan-Schreiber, Curación emocional: acabar con el estrés, la ansiedad y la depresión sin fármacos ni psicoanálisis, se convirtió en best-seller con más de 1,3 millones de copias vendidas, y el segundo, Anticáncer, está camino de serlo, pese a la gran polémica que ha suscitado entre los oncólogos, quienes dudan de su rigor científico. 

El psiquiatra francés concedió la siguiente entrevista telefónica desde Israel, en medio de una ardua agenda promocional de su libro.

Si los genes son responsables hasta en el 15 por ciento de un cáncer, ¿por qué los doctores siguen diciéndoles a sus pacientes que entre los múltiples factores para desarrollar la enfermedad, la genética juega un papel esencial?

- Creo que hay mucha desinformación al respecto. No hay duda de que el cáncer es familiar, es decir, si los padres y abuelos tuvieron cáncer, uno está más predispuesto a desarrollarlo. Pero los estudios con hijos adoptados muestran que es primariamente porque lo que transmiten los padres y abuelos no son los genes, sino los hábitos. Es decir, los hábitos son mucho más responsables que los genes.

¿Por qué fue tan difícil convertirse en paciente?

- Creo que es difícil para todos, no sólo para mí. Quizá fue un poco más difícil para un doctor como yo porque uno pierde los privilegios que se tienen en el hospital.

¿Por qué el mundo de los pacientes le pareció tan frío y cruel?

- Porque es así. Muchos de los pacientes lo experimentan de esa forma al sentirse vistos como portadores de una enfermedad sin importar quiénes son. Darme cuenta de eso fue muy triste. Significa perder la identidad y sentirse confundido. Eso me ha servido para ser un mejor doctor desde mi regreso a la práctica.

¿Qué tan fácil o difícil fue encontrar a un médico que lo entendiera como ser humano, que estuviera interesado en saber quién era, qué pensaba, qué sentía?

- Fue muy difícil porque muchos doctores no tienen tiempo para eso. Y si lo fue para mí, creo que es más difícil para otros.

¿Y qué clase de médico era usted antes de su cáncer?

- No era tan malo, pero en realidad no tenía interés en la consulta porque estaba dedicado a la investigación en mi laboratorio. Pensaba que la consulta no era darle un buen uso a mi tiempo.

¿Por qué piensa que la ciencia sigue subestimando la capacidad natural del cuerpo para confrontar el cáncer, entre otras enfermedades?

- Es más fácil hacer un estudio riguroso y convincente con un medicamento porque uno puede comparar los efectos con un placebo, uno sabe quién recibió la medicación y quién no. Pero si uno aborda aspectos como la nutrición, la meditación o variables psicológicas es mucho más difícil de controlar desde el punto de vista científico. Y la ciencia se enfoca muy poco en las cosas que son más difíciles de medir y precisar.

¿Es una lástima, no?

- Por supuesto, creo que es una ciencia mala y una medicina mala el no tener en cuenta la habilidad natural del cuerpo de volver a su equilibrio y defenderse contra las enfermedades. Por ejemplo, el principio de homeóstasis (la autorregulación de un organismo vivo para devolverle su equilibrio) es ampliamente aceptado en fisiología y biología, pero no es usado en la medicina.

¿Qué piensa de la eutanasia?

- En general, que es una mala idea. Creo que es una solución terminante y permanente a lo que podría ser un problema temporal, y que es peligroso cuando se convierte en parte de la ley. Pero al mismo tiempo pienso que la gente sometida a un dolor extraordinario puede pedir a su doctor que le dé el medicamento necesario para controlar el dolor aun si existe el riesgo de que la persona deje de respirar.

¿Qué piensa de la homeopatía y de sus métodos para tratar el cáncer?

- No he leído evidencia científica de que sea útil, aunque no estoy en contra. Pero creo que se puede convertir en un problema cuando aleja a la gente de tratamientos probados científicamente.

Pero muchos de sus consejos y sugerencias están más vinculados con la homeopatía y con la idea de que el cuerpo es un sistema integrado, que con la medicina alopática.

- Sí, pero aun así, todo lo que hablo en mi libro está basado en estudios científicos. No hay tales estudios en homeopatía, o al menos los desconozco.

Puede que no haya tantos estudios en homeopatía, pero sí muchos casos de personas que dicen no encontrar una respuesta con la medicina alopática y sí con la homeopatía.

- Eso es absolutamente cierto, y eso advierte la necesidad de hacer estudios.

¿Cree usted que en muchos casos los profesionales vinculados a la investigación médica son tan arrogantes al punto de negar su propia condición humana? Es decir, ¿piensan que sólo sus estudios tienen la verdad y que la medicina se debe regir por métodos estrictos y protocolos preestablecidos?

- Yo estoy en el medio. Creo en el valor de esos estudios y protocolos, pero creo que hay que tener cuidado de llevar eso al extremo de no reconocer lo obvio, como aquello que resulta funcional en experimentación con animales y que no está sujeto al control de todas las variables. No rechazo estos experimentos simplemente porque no se han hecho en humanos, y mucho menos habiendo evidencia de que funcionan y que no tienen efectos secundarios.

En su libro usted cita a Michael Lerner cuando dice que "no se puede vivir sano en un planeta enfermo". Hay diversas cosas que uno puede hacer, pero muchas otras que se escapan al control personal. ¿Hasta qué punto una persona puede prevenir una enfermedad o curarse de ella en medio del ambiente en el que vive?

- No hay duda de que estamos expuestos a una gran variedad de tóxicos de nuestro ambiente. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad hacer cuanto podamos para fortalecer las respuestas naturales de nuestro cuerpo y para afrontar esas influencias tóxicas externas. No tenemos opción, es lo único que podemos hacer.

¿No cree que a veces las personas que se cuidan tanto se convierten un poco en esclavas de su cuidado?

- Bueno, yo soy muy cuidadoso por ejemplo con la comida, creo que es válido, pero es cierto que no hay que volver ese cuidado un veneno para la vida. Estoy de acuerdo con usted. Hay que disfrutar la vida y por eso en mi libro insisto en que antes que luchar contra el cáncer hay que nutrir la vida de aquello que a uno lo haga feliz. En realidad, eso es lo que ayuda a combatirlo.

James Lovelock, uno de los padres de la ecología, es reconocido entre otras cosas por su teoría Gaia, según la cual la Tierra es una entidad viva capaz de autorregularse para restablecer su equilibrio ecológico. ¿Cree que algo similar pasa con el cuerpo humano cuando está enfermo?

- Es exactamente igual. Para el cuerpo humano sabemos que es así, la homeóstasis; con respecto a la Tierra, hay buenas razones para creer que es así, pero es aún un asunto controvertible. Pero la autorregulación llega hasta cierto punto, porque si uno envenena el cuerpo con una dosis muy alta, inevitablemente enferma y muere.

Si hay tantas clases de alimentos benéficos como frutas, verduras y especias, ¿por qué la industria farmacéutica no se concentra en crear medicamentos basados en ellos, en vez de desarrollar aquellos basados en compuestos sintéticos?

- Hace ambas cosas. Entre 1992 y 2000, el 60 por ciento de los nuevos agentes anticancerígenos registrados ante la FDA estaban basados en productos naturales. Pero uno de los problemas es que no se puede patentar un producto natural -como el té verde o los arándanos-, y la industria hace dinero sólo si puede patentar.

Si el 80 por ciento de nuestro cuerpo está compuesto por agua, ¿qué papel juega el consumo de agua al tratar una enfermedad como el cáncer? ¿Hay estudios que indiquen la calidad y cantidad que una persona debe tomar?

- Mucho de lo que comemos contiene agua. Pero no conozco ningún estudio que hable de las propiedades físicas del agua en conexión con la salud.

Usted dice que normalmente la semilla del cáncer requiere entre 10 y 40 años para convertirse en un tumor detectable. ¿Por qué hay tantos niños con cáncer?

- Es una muy buena pregunta. Aparentemente son cánceres más agresivos y se desarrollan más rápido. Probablemente empezaron a desarrollarse en el útero.

A propósito de la cita que hace en su libro del doctor Martin Seligman, ¿qué papel juega la resistencia al enfrentarse a una enfermedad como el cáncer?

- Lo que trato de explicar en el libro es que psicológicamente lo que es más dañino y que ayuda al crecimiento del cáncer es el sentimiento de impotencia, entonces todo lo que contribuya a no sentirlo ayudará a combatirlo y resistirlo.

Como científico sabía que sus posibilidades de supervivencia eran limitadas, pero aun así decidió luchar. ¿Qué lo impulsó a hacerlo?

- Bueno, quiero ser claro. El diagnóstico no indicaba que me estuviera muriendo, no era tan malo. Tenía la profunda convicción de que era posible beneficiarse del tratamiento convencional mucho más que otros si también potenciaba mis defensas naturales. Pensé que si hacía ambas cosas mis posibilidades serían mayores.

Pero usted tenía una mente muy científica.

- Justamente la ciencia nos dice que una persona responde mejor que otra al mismo tratamiento. Entonces lo que me propuse fue averiguar qué hace la gente que tiene mejores resultados.

Diversos científicos han criticado su trabajo argumentando que no hay evidencias científicas para muchas de sus conclusiones. ¿Qué dice al respecto?

- Me gustaría saber qué conclusión de mi libro carece de evidencia científica.

¿Cuál es la lección más significativa que le ha dejado el cáncer?

- Probablemente que la vida es limitada y que es importante darle sentido a cada momento tanto como se pueda.

Amira Abultaif

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