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Los carteles, primera batalla olímpica

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Foto: Afp/ Teh Eng Koon

La milenaria tradición china de los pósteres resucitó fugazmente a raíz de la promoción de los Juegos Olímpicos de Beijing.

Johannes Gutenberg inventó la imprenta, ¿cierto? No. Falso. La imprenta, el papel, la tinta y la pólvora fueron inventos de los chinos. Trece siglos antes de la era cristiana, y 27 antes de Gutenberg (1399-1486), los chinos ya habían elaborado las primeras planchas con caracteres y dibujos tallados en madera de jade y las habían impreso en hojas de papel de arroz. Lo que inventó Gutenberg fue la imprenta de tipo móvil, que permitió armar libros enteros a partir de letras sueltas.

No mucho tiempo después de haber tallado los primeros sellos, China imprimió los primeros carteles. Desde entonces, esos grandes grabados, que hoy llamamos con mayor elegancia y cursilería pósteres o afiches (ambos términos aceptados ya por la Real Academia), forman parte de la tradición cultural china. Este mes de agosto, entre el 8 y el 24, se celebrarán en Beijing (Pekín) los XXIX Juegos Olímpicos. Y la primera competencia ya se libró. Se trata, justamente, del 'deporte' de lanzamiento de carteles: mientras China puso lo mejor de su arte cartelero antiguo y moderno para promover los Juegos, quienes se oponían a la sede olímpica en Beijing -por ejemplo, Amnistía Internacional- atacaron al gobierno chino con las mismas armas, publicando anti-afiches que denuncian las condiciones políticas del país.

La batalla de carteles es apenas un aspecto menor de la guerra que se libra en torno a la Olimpiada. Han participado en los combates generales, y aun con más intensidad que en la escaramuza de los dibujos, muchas ONG, varios gobiernos, jefes religiosos como el Dalai Lama, columnistas y partidos políticos, sobre todo de derecha. Pero, por tratarse de uno de sus más tradicionales medios de comunicación, a los chinos les ha dolido tanto el ataque a través de pósteres como les habría afectado a los colombianos que sus críticos compusieran vallenatos, por ejemplo, contra sus pretensiones de albergar una Copa Mundo de Fútbol.
Al final, sin embargo, es posible que la atención que concentra Beijing atraiga muchas miradas sobre el apogeo y decadencia de los carteles políticos, quizás la más interesante huella que dejó en materia de arte popular la época más roja de la China roja.

De Mao a McDonald's

Es difícil saber cuántos billones de carteles se imprimieron y distribuyeron en la República Popular China entre 1949, cuando nació como Estado, y la década de los ochenta, cuando la apertura económica desplazó los viejos carteles políticos y los sustituyó por los anuncios de Coca-Cola, McDonald's, Marlboro y demás multinacionales que entraron a explotar ansiosamente un mercado de 1.200 millones de personas. Consta que del más célebre afiche de Mao Zedong las rotativas oficiales imprimieron 2.200 millones de ejemplares.

Pero el culto a los jefes fue apenas capítulo menor de la formidable industria de los carteles. El mayor esfuerzo estaba dedicado a formar a la población en los valores comunistas, inculcar sentido patriótico, adelantar campañas de salud y educación y promover coloridos estereotipos de los ciudadanos modelos: militares, agricultores, estudiantes, obreros, pescadores...
Durante casi cuatro décadas, miles de artistas se encargaron de convertir los carteles en un gran sistema de comunicación de masas. Era el medio que más se adecuaba a la realidad china, pues superaba la diferencia de lenguas y unía el país en torno a una imaginería simple y reiterativa. Lo dazibaos, o periódicos murales, únicamente podían comunicarse con la población alfabeta. Los dibujos, en cambio, solo exigían al espectador ojos atentos. Y los ojos eran, para estos efectos, mucho más útiles que los oídos. Las alocuciones radiales de Mao, cuya lengua natal era el mandarín, tenían que traducirse al cantonés, shangaiés y una docena de lenguas minoritarias más. Los ideogramas, en cambio, son universales. Funcionan como los números en Occidente; el 3, por ejemplo, se nombra con tantas palabras como idiomas lo designan (three, trois, drei, tre, etc.), pero su cifra transmite una sola idea: eso es, un conjunto de tres unidades.

La cohesión que demostró la China bajo el régimen socialista debe atribuirse en parte a la educación, en parte a la organización política, en parte a la represión, pero sobre todo a los carteles. Para ello, los enormes dibujos se apoyaban en la cultura milenaria, que por lo menos desde 1.300 a. C., empezó a utilizar grabados para comunicarse. Cuando llega Mao al poder, una de las más afincadas costumbres de la población es la de los nianhuas, o afiches de Año Nuevo, que el régimen fomenta e inocula con contenidos más políticos. La tradición de los nianhuas es milenaria. En sus estampas aparecen personajes mitológicos como el dios de la Longevidad, el dios de la Cocina, el dios de la Puerta.

Durante los años del maoísmo otra mitología, revolucionaria y del siglo XX, iba a ocupar ese puesto.

La niña de los carteles

Stephan Landsberger, uno de los mayores coleccionistas de carteles chinos y especialista en el tema (http://www.iisg.nl/~landsberger/), ha reunido más de 1.200 ejemplares impresos entre 1962 y 1983. Él describe así el carácter artístico de los pósteres: "Estaban pintados en un estilo ingenuo, con las figuras delineadas en negro y en colores brillantes: rosado, rojo, amarillo, verde, azul (...) Las diferencias físicas entre hombres y mujeres prácticamente desaparecieron: ambos habían adquirido un carácter de superpersonas" .

La iconografía de los personajes necesita pocas palabras: caras sonrientes, mejillas sonrosadas, cuerpos rebosantes de salud, manos y rostros sobredimensionados. No importa la actividad que desempeñaran o el trabajo que estuvieran haciendo -desde jugar con una cometa o estudiar en el aula hasta manejar un tractor en una granja colectiva o enseñar un fusil con enhiesta bayoneta-, todas las figuras parecían estar dichosas de servir a la Patria, al Partido y a sus semejantes. Casi siempre el artista observa desde un ángulo inferior y la iluminación procede de abajo, lo que da a los personajes un aire de superioridad casi épica.

En Occidente se llamó a estos rasgos "realismo socialista", y es posible encontrar manifestaciones pictóricas parecidas en la Unión Soviética, Corea del Norte, Cuba y otros países comunistas.
Con estas bases generales, el gobierno chino lanzó carteles sobre gran variedad de temas: infantiles, militares, fiestas populares, agricultura, economía doméstica, consejos de salud, vida familiar, etnias, oficios, tradiciones, paisajes, artistas, deportes... Un capítulo especial mostraba a algunos líderes políticos, aunque no demasiados. Mao nunca envejeció en su clásico póster, y es famoso el afiche que muestra al primer ministro Zhou Enlai -enormemente popular- estrechando la mano de un barrendero.
Pero quizás lo más importante que consiguió el arte político chino fue igualar a las mujeres con los hombres. No hay actividad ajena a las mujeres, nos dicen los afiches: pilotas, soldadoras, guerreras, maquinistas, tractoristas...

Uno de los iconos femeninos de la época fue Anxi Min, nacida en 1956 en el seno de una familia rústica no lejos de Shangai. Su vida era como la de cualquier otra muchacha china del campo cuando, en 1976, se le apareció la Virgen. O, mejor dicho, se le apareció Chiang Ching, la mujer de Mao. Ocurrió que la poderosa señora quería encontrar un rostro de joven proletaria para dar nuevo impulso en cine y carteles a la propaganda oficial. Un grupo de fotógrafos buscó, descubrió y reunió a decenas de chicas que les parecieron adecuadas. Entre ellas estaba Anxi Min, seleccionada entre un grupo de cultivadoras de un campo algodonero.

Al final, Anxi fue escogida como modelo del cartel y su imagen con trenzas, camisa blanca y pañoleta roja en trance de leer un libro de adoctrinamiento revolucionario le dio la vuelta a la China. La fama impidió a la muchacha volver al campo. De modelo pasó a actriz, de actriz a fotógrafa, de fotógrafa escritora y en 1984 logró viajar a Estados Unidos, donde se quedó a vivir. Allí ha publicado cuatro libros y goza de alguna fama. En California se llama Anchee Min.
Cuando apareció el cartel, confiesa en sus memorias "me habría gustado comprar un ejemplar como recuerdo, pero no estaba para la venta".

Antes, las comunas; hoy, las colecciones

Es posible que ahora sí lo haya conseguido, porque a medida que declinó el arte propagandístico de los afiches, tras la irrupción del capitalismo con sus iconos comerciales y faranduleros, los carteles se volvieron carne de pinacotecas. Muchos nuevos ricos chinos y viejos ricos occidentales destinaron fortunas a adquirir los célebres pósteres. Aparte de la colección del ya citado Landsberger es muy valiosa la del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, que adquirió 7.000 carteles dedicados a educar a los camaradas en materia de prevención de enfermedades (http://www.nlm.nih.gov/hmd/chineseposters/introduction.html). También cuenta con un buen acopio de afiches Jon Sigurdson's (http://chinaposters.org/front/front).

La Universidad de Berkeley recibió como donación el fondo de Ann Tompkins y Lincoln Cushing, correspondientes a la época de la Revolución Cultural (1966-1976). Por su parte, Michael Wolf publicó hace cinco años en la editorial alemana Taschen un libro de 240 páginas con reproducciones de su valiosa colección y apuntes sobre el arte cartelero chino.

Los afiches de propaganda son hoy un recuerdo de no hace mucho tiempo, cuando la China era un país hermético dedicado a "desarrollar sus propias fuerzas", como decía el lema oficial. Durante casi medio siglo circularon profusamente por todo el país y de repente, al mismo compás de los grandes cambios que desató Deng Xiapoing, se esfumaron como los dinosaurios. Ahora empiezan a tener un interés comercial considerable. Pero entonces su valor era diferente.

Así piensa Duo Duo, poeta pequinés actualmente residente en Holanda. "A partir del día que nací, en 1951, estuve sometido a una intensa educación visual, desde los textos para niños y los libros para adolescentes hasta numerosas imágenes más y carteles de propaganda", dice. Y añade: "Pero creo que debajo de los pósteres de propaganda política siempre existió una corriente subterránea: eran los genes ocultos del arte popular, asentados en mitos y leyendas y en la noción de unidad de nuestra historia".

Tras la desaparición de las viejas escenas revolucionarias, la actividad cartelera china se redujo a los niveles de cualquier país capitalista. Pero ahora, con los Juegos Olímpicos, ha regresado, aunque sea en forma efímera. Ya no hay en estos nuevos afiches mozas regordetas que empuñan el rastrillo o el fusil, ni tampoco niños robustos rodeados de conejos y chanchos. En los pósteres olímpicos de 2008 campean figuras sin rostro, dignas de un Miró o un Dalí, pero resaltadas con los colores de siempre: esos colores refulgentes que igual sirvieron para campañas de vacunación de patos y para enaltecer al Gran Timonel.

Daniel Samper Pizano

 

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