Las relaciones entre la clase alta de Medellín y la clase emergente del narcotráfico. Ese es el tema de una novela que pretende ir más allá de lo anecdótico.
Cuando el lector en ciernes toma en sus manos un ejemplar de la tercera novela de María Cristina Restrepo y lee los textos de la solapa y la contra carátula, podría pensar en primera instancia que se trata de otro libro más sobre las guerras del narcotráfico en Medellín. Pero resulta que La mujer de los sueños rotos trasciende esa condición, no sólo por la forma escueta y amena en que está escrito sino porque relata, desde la óptica de una persona de la clase alta de Medellín, lo que significó el derrumbe moral propiciado por la irrupción de las mafias en un mundo en apariencia sólido y estable.
En ese sentido es una novela osada, porque si bien es ficción, algunos personajes aparecen con nombres propios y hay rasgos de otros en los que pueden reconocerse personas aún vivas que, el hipotético lector pensaría, no deben estar muy contentas con ciertas cosas que se dicen en sus páginas.
¿Pensó en algún momento que los lectores podían asumir que se trataba de otro libro enmarcado en la llamada 'literatura sicaresca'?
- No sólo lo pensé, sino que así está ocurriendo con algunos lectores, pero yo no creo que mi novela lo sea. Es una novela social, que muestra un momento definitivo en la historia, no sólo de Medellín, pues el problema no es exclusivamente nuestro, sino del país.
Cuando escribo trato de olvidar que existe ese juez implacable que se llama lector. Lo hago para no tratar de complacer a nadie, salvo a mí misma. Trabajo arduamente hasta que siento que la historia está completa y que además tiene su propia 'verdad', una palabra que no podría definir en términos exactos, pero que está relacionada con la integridad misma del texto. Con su solidez. Con su vida. Entonces me arriesgo a entregarlo al público, que tiene el deber de juzgar. Nunca faltan esos lectores profundos, que son quienes le dan sentido al libro. Aquellos que, al leerlo de manera crítica, completan mi trabajo.
¿Por qué abandonó las 'comodidades del siglo XIX' de sus dos novelas anteriores (De los amores negados y De una vez y para siempre) para recrear una historia tan reciente y tan dolorosa?
- Esta es una historia que siempre quise contar. Ya a mediados de los años ochenta tenía un borrador de novela sobre esos cambios que se estaban dando en Medellín. No sólo en nuestra forma de vivir, que se alteró por completo, sino en las costumbres, en los valores, en la mentalidad de sus habitantes. Las mujeres de mi generación, y de mi grupo social, fuimos educadas para vivir en una ciudad que, de repente, dejó de existir. Tuvimos que enfrentar unos cambios para los cuales nadie nos había preparado. Ni siquiera profesionalmente. Sin embargo, sobrevivimos. Eso, para mí, era importante de contar.
Escribir novela histórica es más cómodo, porque el escritor se protege detrás de unos hechos que ocurrieron cuando él ni siquiera había nacido. Lo que cuenta, en cierto sentido, no es su responsabilidad. Pero creo que valió la pena haber mostrado un momento crucial en la vida de la ciudad. Así sea doloroso y reciente. Además, es en esos momentos extremos cuando emerge lo mejor y lo peor que hay en el ser humano: como quien dice, una mina para una novelista.
¿Se sintió más o menos cómoda narrando sucesos el siglo XX que dando forma a las historias de sus dos libros anteriores?
- Por extraño que pueda parecer, me sentí más cómoda y fue mucho más fácil escribir este libro, que mis anteriores novelas situadas en el siglo XIX. Para escribir las tres tuve que investigar mucho, pero en este caso el esfuerzo fue menor, porque en la mayoría de los capítulos bastó con hacer un ejercicio de memoria. Volver a habitar esa ciudad sitiada, pero también llena de personas honestas, valientes, que confiaban en un futuro que supieron crear. Recordar el valor de los adolescentes de esos años, que se negaron a dejarse encerrar y resolvieron vivir la vida en la ciudad que les había tocado en suerte. Fue muy bello recordar su valentía, su amor a la vida.
¿No sintió temor de tocar heridas que aún están cicatrizando?
- Si un escritor se arredra ante el temor de la opinión, o ante el temor de echar sal sobre heridas todavía abiertas, o aun ante el dolor que le pueden ocasionar los propios recuerdos, termina escribiendo novela rosa. Hay momentos en los que un escritor debe escribir esa historia que tiene que escribir, la que lo persigue y lo ronda, la que lo obsesiona.
Hay personajes de la vida nacional que cualquier lector desprevenido identificaría. ¿No teme que alguien se reconozca y le reclame?
- Hay personajes de la vida nacional que menciono por sus nombres. Esos no tienen que reconocerse. Hay un protagonista, para mí encantador, que en realidad es Alberto Uribe Sierra, el papá del presidente Uribe. Un hombre inolvidable. Cambié su nombre, pero no el de su caballo, así que cualquier persona que lo haya conocido lo reconocería de inmediato, y no creo que amerite ningún reclamo. Los demás personajes son fruto de la imaginación. Criaturas híbridas, que nacen de similitudes con personas que viven, o vivieron, unidas a rasgos y características que les prestó la imaginación.
En ese sentido, ¿cree que su novela es de alguna forma temeraria?
- Sí, mi novela es temeraria en el sentido de que toca un tema que no se ha ventilado lo suficiente, no sé por qué: el de la relación entre la clase alta de Medellín y el narcotráfico. Ese es un problema que nos ha tocado a todos, que nos ha cambiado la vida y obligado a adaptarnos a nuevas realidades. Pretender que solo ocurre allá arriba, en los barrios, es, por decir lo menos, ingenuo.
Sabido es que toda literatura es en cierta forma autobiográfica, pero ¿qué tanto hay de usted en La mujer de los sueños rotos?
- Ahí estoy, desde la primera página hasta la última. Laura Martínez, la protagonista, tiene la edad que tenía yo en ese momento. Es una mujer desilusionada del amor, violentada por la rigidez de una familia, pero ante todo una madre que quiere que sus hijos sobrevivan en medio de la amenaza constante. Que quiere que sean hombres de bien, en medio de las tentaciones que les muestran otros caminos. Una mujer que de repente descubre que la ciudad en la cual nació y creció ha dejado de existir. Que tiene que inventarse un lugar en esa ciudad a pesar de las fuerzas que amenazan continuamente con desterrarla.
¿Y qué tanto hay de sus amigas, amigos y parientes?
- También están todos, de comienzo a fin. Ellas y ellos participaron conmigo en esa aventura de violencia y civilidad, de cambio y permanencia. Al escribir el libro, y crear sus personajes, no podía dejar algunas de sus características por fuera. Sin embargo, como dijo un columnista, si yo hubiera querido escribir otra novela histórica, llena de nombres propios, habría podido hacerlo. Lo cual no es el caso.
¿Qué comentarios ha recibido por parte de sus allegados?
- He recibido muchos comentarios profundos, de lectores serios, que han sabido analizar la novela, leer entre líneas, buscar su significado más profundo. Me han llegado también comentarios desalentadores, de detectives que quieren encontrar un paralelo entre tal o cual personaje de la novela, y personas de Medellín. He obtenido comentarios negativos de personas que consideran que ese libro no debería haberse escrito, que no es apto para se leído en esta ciudad.
¿Diría usted que ese choque entre dos culturas, que subyace en el fondo de su novela, es cosa del pasado? ¿O todavía están produciéndose esas tremendas colisiones entre el poder establecido y el poder emergente del narcotráfico?
- Para nadie es un secreto que vivimos en una cultura de choque. No sólo en Medellín, y no sólo a raíz del narcotráfico. Mientras existan esas tremendas desigualdades, que también alimentan el contrabando, el tráfico de drogas, la violencia, no conoceremos un minuto de paz. Mis buenos lectores han podido ver que en lugar de una colección de chismes de sociedad, la novela trata con respeto, me atrevo a afirmar, el desgarrador conflicto entre el poder establecido y esos otros poderes que buscan su lugar, recurriendo a los medios que tienen a su alcance. El poder emergente del narcotráfico está ahí. No es cosa del pasado. Por eso presiento que vendrán muchas más novelas sobre el tema.
Por Rafael Baena
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