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Dos siglos no es nada. El primero que gritó

La revuelta del 20 de julio de 1810 no fue la primera, ni mucho menos, que se armó en la Nueva Granada contra los españoles. En el siglo 18 se registraron por lo menos tres insurrecciones importantes, la última de las cuales, la que se conoce por antonomasia como la de los Comuneros, fue sin duda la más vigorosa.

Pero sería injusto olvidar al pionero de los levantiscos, el legendario Álvaro de Oyón, un soldado andaluz (había nacido en Huelva) que participó con Francisco Pizarro en la conquista del Perú, fue desterrado a Popayán, allí tuvo una reyerta que lo obligó a huir a Cali, de donde regresó poco después para dar rienda suelta a sus ímpetus de bandido. En la ciudad "de piedra pensativa" se hizo amigo del capitán Sebastián Quintero, fundador de la villa huilense de La Plata, que vivía bajo amenaza constante de los indígenas. Oyón convenció a Quintero de que lo enviara a Santafé para reclutar tropas y armas a fin de repeler los ataques de los nativos. Todo era una patraña. Lo que el andaluz hizo fue organizar una banda que hoy habría sido calificada, con toda razón, de terrorista.
Al retornar a La Plata, en 1553, Oyón asesinó a Quintero y a otros compañeros suyos y saqueó la población. Reforzado por la pandilla de otro soldado rebelde y pícaro, Gonzalo de Zúñiga, se dirigió enseguida a Villavieja (actualmente Neiva), donde asesinó a los regidores del Cabildo -algo así como los concejales- y se apoderó del oro que halló a mano. Entusiasmado con el éxito de sus expediciones criminales y secundado por sus cómplices, decidió repudiar al Rey de España, proclamar la independencia de las colonias y marchar primero sobre Popayán y luego sobre Santafé. No lo impulsaba tanto el sueño de libertad como el ansia de robo.

Para entonces ya eran más de cien los insurrectos que sembraban el pánico a su lado. Pero en Popayán lo esperaban alertas y armados el gobernador, un puñado de soldados y la población civil, desde los curas hasta los colegiales (con lo que se demuestra que desde hace cuatro siglos y medio estamos metiendo a los niños en las guerras nacionales). Oyón se defendió como un tigre, pero fue herido y apresado, a tiempo que se rendía su pequeña horda de bandidos. Él y tres jefes más fueron descuartizados; a otros catorce los ahorcaron y a los arrepentidos les cortaron las extremidades, les dieron látigo y los desterraron.
Casi 300 años después, el poeta, esclavista y jefe conservador Julio Arboleda narró las sangrientas peripecias del personaje en el extenso poema Gonzalo de Oyón, así bautizado en honor del hermano bueno de Álvaro. Se dice que es la máxima pieza de la poesía épica colombiana. Igualmente épico debe de ser leerlo, aun cuando solo se conoce una versión incompleta. Juzguen por estos versos sobre la novia aborigen del conquistador:

"¡Pubenza!", iba a decir; mas la palabra
muere en su labio cual la pura gota
que entre la escarcha, del peñasco brota
y se hiela al salir del manantial.

En cuanto a Arboleda, nacido en 1817, fue asesinado en 1862 en la montaña nariñense de Berruecos, como había ocurrido 32 años antes con Antonio José de Sucre. Pintaba para Presidente.

Por Daniel Samper Pizano

 

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