Esta es la dolorosa y elocuente historia de Pacho Correa, eminencia gris de las revueltas universitarias de los años 60.
El 5 de abril del 2006 apareció en mi buzón un mensaje que decía:
De seguro no me recuerdas. Nos conocimos en tiempos de Camilo Torres. Yo estudiaba sociología. Estuve mucho tiempo metido en la Sierra Nevada y la Amazonia haciendo un poquito de patria. Mi último encuentro contigo fue cuando realicé una expedición científica en barco por las profundidades del Amazonas. Me recobro actualmente de una devastadora enfermedad. Un cálido saludo, Francisco Correa Gregory.
¿Cómo no iba a recordar a Pachito Correa? Había sido, posiblemente, el líder universitario más respetado e inteligente de los años sesenta, cuando los estudiantes representaban un poder real: opinaban, exigían, protestaban, firmaban manifiestos incendiarios, salían a la calle, tiraban piedras, paralizaban la ciudad...
Correa era la eminencia gris del movimiento estudiantil de la Universidad Nacional. Escribía cuentos de alta calidad literaria y formaba parte de un grupo de agitación izquierdista que hizo trinar al presidente Carlos Lleras Restrepo. Entre sus amigos estaba el padre Camilo Torres Restrepo, que encarnó la ilusión de un cambio social hasta cuando se fue al monte con el Eln y murió en su primer combate contra el Ejército en febrero del 66.
Me parecía ver a Pacho: bajito, de barba rala, flaco, algo rubio, con mirada chispeante de zorro, un eterno cigarrillo en la mano y una sonrisa que no llegaba a ser cínica pero sí desencantada. Hablaba arrastrando las eses y empleando el 'vos', pero no sé si era antioqueño -seguramente- o valluno. Nunca abandonó el apelativo de "compañero", que a muchos nos ha quedado como marca de fábrica de los años sesenta, así como dentro de medio siglo habrá una generación de viejitos que se caracterizarán por sus tatuajes anacrónicos en el pellejo arrugado.
En 1963 se celebró un famoso congreso estudiantil al que asistieron representantes de la universidad pública y la privada. Era fácil suponer que aquellos -veteranos combatientes del verbo y la cauchera- dominarían la reunión y que los otros -educaditos, bien comportados- iban a quedar en ridículo. Pacho llevó con predecible vigor la voz cantante de la Nacional. Pero, sin saber cómo ni de dónde, le saltó un gallo desconocido que dejó a todos helados por su capacidad oratoria y la lucidez de sus planteamientos. Distaba mucho de ese estereotipo de "burguesito à la mayonnaise" que en los círculos revoltosos se asignaba a los universitarios de las privadas: él también pedía un cambio social de fondo, pero rechazaba la violencia. Se llamaba Luis Carlos Galán y era alumno de tercero de Derecho de la Universidad Javeriana.
Meses después, Pacho comentaba la impactante impresión que Galán había dejado en todos, a pesar de que procedía de una institución jesuítica con ultraconservadora fama.
Inventario de muertos
Uno de los debates de la época entre estudiantes rebeldes consistía en preguntarse si, para no pecar de inconsecuentes, debían alistarse en la guerrilla, o si era posible realizar trabajo revolucionario dentro de la ley. "Da igual -decían los más escépticos-: si no te mata el Ejército, te mata el Sistema". Así, con mayúscula.
Un número de estudiantes dejó los libros y cogió los fusiles. Entre ellos estaban dos compañeros de Pacho: Julio César Cortés y Armando Correa. También Jaime Arenas, que desde la Universidad Industrial de Santander había realizado una marcha histórica, a la manera de los comuneros del siglo XVIII. Por supuesto, también el cura Camilo, profesor y antiguo capellán de la U. N.
El balance de este puñado de estudiantes, todos menores de 25 años e inundados de afán por una nueva Colombia, es desastroso y muestra hasta qué punto el país ha dilapidado parte de su mejor capital humano. A los guerrilleros Cortés y Correa no los mató el Ejército, sino que los fusilaron sus propios camaradas del Eln. Por tratarse de jóvenes urbanícolas y no de combatientes probados los consideraban "blanditos". Arenas logró huir de la manigua del Eln, pero lo abaleó en el centro de Bogotá un sicario de la guerrilla cuando trabajaba como asesor de Galán. En cuanto a éste, luego de ocupar el Ministerio de Educación a los 27 años, fue periodista y político liberal sobresaliente y acabó asesinado por el narcotráfico hace exactamente 20 años, cuando estaba en el umbral de la Presidencia de la República.
Correa no compartía con sus compañeros la tesis de la lucha armada que había sembrado la imagen romántica de los barbudos cubanos y el Ché Guevara. De modo que sus condiscípulos se fueron al monte y él se quedó, decidido a trabajar por la revolución pero dentro de la ley.
De la biblioteca a la selva
Yo le había perdido la pista muchos años atrás, como decía en su inesperado mensaje. Pero a partir de aquel correo de abril del 2006 mantuve con él intermitente correspondencia que me ha permitido reconstruir fragmentos del rompecabezas de su vida. Aún tengo muchísimos vacíos. Todavía no sé si fue o no miembro del Partido Comunista. Tampoco pude averiguar si se produjo alguna ruptura personal con sus viejos camaradas cuando se negó a empuñar las armas. Ignoro, o no recuerdo, los detalles de su militancia ambientalista, como aquel barco amazónico que mencionó en su primer mensaje a cambalache@mail.dddnet.es.
En realidad, la recuperación de la historia de Pacho Correa se parece a esas novelas enigmáticas de Roberto Bolaño donde el autor avanza tres pasos hacia delante y luego retrocede dos hacia atrás y los hechos flotan en una sopa de dudas y contradicciones.
Sé que Pacho tradujo del inglés un libro que compara la historia de Popayán y Querétaro (1963), se doctoró como sociólogo y luego culminó un posgrado en sicología. Hacia 1970 abandonó las bibliotecas y se metió a la maleza a luchar por el medio ambiente y las comunidades indígenas. Permaneció unos años en la Sierra Nevada, pero salió de allí por amenazas de muerte. Así lo indica un mensaje del 19 de noviembre del 2006, donde agrega que también se vio obligado a huir de la Amazonia. "Parece que me tocará morir en la cama", concluye con resignación. Al aludir a sus luchas verdes, revindica que sigue "sin variar ni un ápice en el compromiso ambientalista y de cambio" y que hizo "lo que me tocaba en la Sierra Nevada en los años setenta y en los Territorios Nacionales en los ochenta".
En los noventa trabajó con el programa del Plante (cambiar coca por otros cultivos legales) y con Carlos Vicente de Roux, "metiéndoles derechos humanos a los militares".
En cuanto a su vida personal, creo que casó con una joven de la sociedad samaria (¿javeriana?) y que tuvo acceso entonces a los altos círculos de la región. Salió asqueado. Uno de sus mensajes se refiere a 1977, cuando hicimos una campaña para evitar que el Parque Tayrona cayera en manos de empresas hoteleras multinacionales. "Yo asistía a reuniones de estos samarios poderosos en el Club Santa Marta y tú eras para ellos el verdadero Patas", me escribió en julio del año pasado. Añadía: "Pero si no hubieras jodido tanto, ese parque ya estaría en manos de los Vives, los Díaz Granados, los Noguera, etc." .
El matrimonio fracasó, pero tuvo de él dos hijos, ya treintañeros, a los que dejó de ver durante largos años porque viven en Estados Unidos.Padeció "un cáncer muy infrecuente y destructor del que salí vivo de milagro". Desconozco detalles. Apenas se repuso del cáncer, pagó caras tantas décadas de cigarrillo. Me informó que sufría un "enfisema exacerbado" que requería quince horas diarias de oxígeno. Pero seguía leyendo y escribiendo.
Viejitos, como en Dick Tracy
La correspondencia de Pacho se suspendía a veces durante semanas y de pronto un nuevo mensaje suyo volvía a campanear en mi buzón. En noviembre del 2006 se refirió a una columna de humor: "No pierdas la sonrisa. Molestaba en nuestra izquierda la carencia crónica de humor, paralela a su sectarismo". Remataba con un sorprendente estallido de optimismo: "La sonrisa de esta nueva izquierda a la que pertenecemos es una aurora llena de promesas".
En marzo del 2008 me envió una brevísima colección de relatos, "unos estrictamente verídicos y otros en parte inventados". Hablaba de su vida cotidiana, rodeada de viejos enfermos, pobres y maravillosos y mezclaba a los menesterosos de carne y hueso con personajes de Chester Gould, el creador de Dick Tracy. "¿Te acuerdas de Moscas? Vive rodeado de una nube de moscas que lo acompaña a donde va... Idéntico a lo que viven los rehenes en el Amazonas. Una de las cosas temibles y desesperantes de la selva amazónica -yo la exploré por años- son los insectos: tábanos agresivos, rodadores -minúsculas fierecillas que, por tanta sangre que te chupan, no pueden emprender el vuelo y ruedan por el suelo como bolitas de sangre, de ahí su nombre-, coloraditos, arenillas, zancudos y moscas de todas las formas y atributos para torturarte".
El proyecto de publicar un libro de relatos quedó en suspenso, a la espera de nuevas producciones.Al cabo de 40 años, las inquietudes por la revolución juvenil habían cedido paso a la indignación por el trato que recibe la tercera edad. En julio de 2008 me instó a que escribiera sobre el engaño del "mes de los viejitos". Contaba que la Alcaldía de Bogotá ofreció a un grupo de ancianos "una comida de lujo, con unos steaks muy bellos". Pero, agregaba, "más de la mitad de los homenajeados no pudieron comer porque un ochenta por ciento de los abuelos tienen graves problemas de masticación".
Durante estos años sólo pude ver en persona a Pacho dos o tres veces. No siempre coincidían mis ocasionales visitas a Bogotá con las pausas que le daba su enfermedad. Supe que residía, con una cincuentena de ancianos, en Despertar, un centro de rehabilitación para adultos ubicado en la calle 11 Sur. Deduzco que era de los más jóvenes, pues había nacido, según calculo, entre 1940 y 1943.
Los miserables
El pasado 24 de abril, viernes, recibí un mensaje suyo rabiosamente titulado: "No creía que fueran tan miserables". Denunciaba "un caso que parece sacado de uno de los trípticos del horror que pintó Brueghel". Se había vencido el contrato entre Despertar y la Secretaria de Salud de Bogotá y esa mañana llegaron a desalojar a los inquilinos. Les ofrecían dispersarlos en otras residencias, lejos del lugar donde realizaban pequeños trabajos y se sentían entre amigos. Al que se negaba al traslado le daban 80 mil pesos y lo echaban a la calle.
Pude ver a los angustiados inquilinos de la casa de acogida en una grabación de CityTV. Eran viejos castigados por la edad, por la pobreza y por antiguos vicios; entre todos no sumaban cien dientes. Pacho intentó alcanzar una conciliación con los funcionarios, "bellacos que llegaron en una caravana de carros". Pero "vi tanta mala leche y tan sinuosa intención de engañar, que pedí mi salida inmediata. Por dignidad".
Su situación pasó a ser desesperada. "Se me negó toda asistencia de oxígeno y de terapias respiratorias. Sé que al salir e irme a un hotel arriesgo mi vida. Pero lo prefiero a bajar la cabeza y aceptar las condiciones humillantes y degradantes que me exigían firmar".
Gracias a Luz Myriam Acero, funcionaria de una asociación defensora de niños a la que estuvo vinculado Pacho, pude averiguar, semanas después, que Correa armó su pequeño equipaje y se alojó en el Hotel María Isabel, en la calle 32 con carrera 15.
Supongo que de allí me mandó otro mensaje esa noche: "Este fin de semana me puedo morir por no tener drogas ni oxígeno. Pero al salir de ese antro dejé constancia de un apotegma de Camus: por lo que vale la pena vivir, vale la pena morir".
Preocupado por la emergencia, intenté ayudarle desde lejos. Ni siquiera sabía dónde diablos había ido a parar con sus huesos y su enfisema. Tras dos semanas de silencio e inquietud, recibí noticias suyas el 13 de mayo: "Estoy hospitalizado desde el 30 de abril en el Hospital San Blas".
El hecho de que otra vez recibiera atención médica invitaba a la tranquilidad. Pero cuatro días después, el 17, en el buzón me acechaba un mazazo. Era un mensaje enviado por Luz Myriam desde el computador de Pacho a todos sus amigos. Decía así:
Buenas tardes. Me permito informarles que el día sábado 16 de mayo de 2009 falleció nuestro compañero y amigo Francisco Correa Gregory.
Me cuentan que lo cremaron el 20. Así lo confirma la página web de clientes póstumos de Funeraria Gaviria. Uno de sus hijos viajó desde Nueva Orleáns a la ceremonia final. El dictamen médico señala que falleció a causa de un paro respiratorio. Imagino que la falta del oxígeno prescrito marchitó ese trozo de pulmón que no lograron arruinar el cigarrillo y el desalojo del Centro de Rehabilitación Despertar.
Siempre fue que a Pachito Correa acabó matándolo el Sistema. cambalache@mail.ddnet.es
Por: Daniel Samper Pizano
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