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Nuestras niñas olímpicas

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Foto: Manuel Calle

Paula Medina y Nathalia Sánchez competirán por Colombia en los Juegos de Pekín 2008, justo en dos disciplinas en que las deportistas chinas han logrado elevados grados de perfección.

 Paula Medina, corazón de acero

Meter la cabeza en las fauces de un tigre, o entrar en la cueva de una cobra para acompañarla en su danza, requiere la misma osadía que viajar hasta la meca del tenis de mesa con la idea de arrebatarles a las chinas una de las medallas que ellas esperan ganar en los Juegos Olímpicos de Pekín.

La misma cantidad de osadía requerida por una persona de 16 años que abandona el caluroso valle donde vive en la América tropical para mudarse definitivamente a Köping, Suecia, donde no es posible discernir qué muerde más duro: si el viento frío que baja desde el Ártico o la soledad.

Soledad que la hizo, cómo no, anhelar los abrazos de su madre Rubiela Bermúdez, pero que a lo mejor superó con coraje, o a lo mejor con persistencia, o con exceso de confianza o una combinación de todos los anteriores, pues Paula Medina asumió su destino en la península escandinava con esa frescura de muchacha vallecaucana que mira hacia delante como si la vida solo fuese coser, cantar y jugar tenis de mesa. Por competir, sí, aunque también por diversión, porque después de todo se trata de aquel juego que una tarde de hace diez años, allá en Tuluá, le mostró por primera vez su padre Milner Medina, un licenciado en educación física especializado en fútbol que la llevó de la mano, le entregó una raqueta y se ubicó al otro lado de la mesa a bolear con una Paula de ocho años que "mandaba todas las bolas hacia el techo. Nos reímos mucho ese día, ¿sabe? Ahora que lo pienso, siempre fue un goce".

El tenis de mesa le gustó porque era un deporte individual en el que la victoria o la derrota dependían de ella misma y de nadie más. Y si bien varias ramas del atletismo cumplían con el mismo requisito, el tremendo esfuerzo físico que demandaban no le gustaba porque la hacía flaquear y sentir un fuerte dolor en el pecho. Por eso, porque desde entonces "quería llegar a unas Olimpíadas", optó por el que consideró mejor camino para ella.
Y menos mal escogió recorrerlo, porque ese dolor en el pecho obedecía a un foramen cardíaco congénito, que en buen romance es una cavidad en el corazón de los fetos que se cierra al nacer, salvo en algunas excepciones, como la de Paula. El tremendo y punzante dolor que le producía cada vez que se esforzaba al máximo, hizo sonar las alarmas. Entrenadores y médicos la sometieron a toda clase de exámenes, lograron el diagnóstico y decidieron someterla a cirugía porque había una esperanza lejana de superar el problema, si bien ella se mentalizó para despedirse de sus planes como deportista de alta competencia. Cuando todo estaba listo para ingresar al quirófano, las últimas evaluaciones de doctores y máquinas de diagnóstico arrojaron varias veces el mismo dictamen: el foramen se había cerrado solo. La vida y el futuro volvieron a brillar ante sus ojos.

Un futuro que ya está a la vista en la cita de China, un país donde ha competido antes y que no le produce el más mínimo temor, pero su presencia en Pekín significa nada menos que la primera ocasión en la historia en que una tenis-mesista colombiana se para firme en un coliseo olímpico para competir por una medalla.
Para cualquiera que no sea ella, se trata de un resultado improbable, pero Paula es Paula, la confianza personificada, la quinta jugadora en el escalafón del tenis de mesa en Latinoamérica, la que obtuvo su cupo olímpico en el Campeonato Latinoamericano de Mayores en Santo Domingo (República Dominicana) a pesar de que "me quemé en la primera y en la segunda fases, pero en la tercera decidí darle con todo y lo logré", dice con la misma sonrisa tranquila que la acompaña desde 2000, el año en que empezó una racha ganadora apenas interrumpida por el episodio de la anomalía cardíaca.  

En Colombia, en todas las categorías en que ha competido, se quedó sin rivales. Por eso el Comité Olímpico Colombiano no le pierde pisada aunque ella juega oficialmente para el club sueco Soderhamn, gracias a una beca otorgada por la Federación Internacional de Tenis de Mesa que le permite estudiar y al mismo tiempo asistir a torneos. Ya es bachiller, se defiende con el inglés y una vez pasen las Olimpíadas piensa estudiar negocios internacionales, probablemente también en Suecia.

Su dedicación y el nivel de exigencia alcanzado por su técnica pueden medirse fácilmente porque cada quince días Paula debe cambiar las dos caras de caucho de la raqueta. Para cualquier jugador de fin de semana o de mesa en el salón comunal de su edificio, una buena raqueta es un implemento casi eterno, con un desgaste que el ojo humano apenas percibe; por eso el lego en la materia no puede menos que sorprenderse cuando se entera de la carga de trabajo a la que se somete una raqueta profesional.

Un deterioro directamente proporcional al sufrido por la tibia izquierda de Paula, sobrecargada de trabajo porque hasta su llegada a Bogotá procedente del campeonato de Santo Domingo, no había parado de entrenar y jugar con tan obsesionada intensidad que el hueso quedó a punto de colapso. En una persona mayor, un estrés semejante sobre su pierna la inhabilitaría para siempre, pero sabido es que la gente de 18 años tiene tal conciencia de su aparente invulnerabilidad, que abusa de ella. Como Paula, que enfundada en una camiseta de manga corta recibe a Revista Credencial en el Centro de Alto Rendimiento en Altura, de Coldeportes, un lugar de la Sabana de Bogotá donde un viento inmisericorde congela el ocaso; aunque ella no se mosquea y permanece impasible, como si estuviera posando para fotos en la cálida atmósfera del parque principal de Tuluá.

Durante algunas semanas deberá mantenerse a la espera de que el hueso sane, para llegar a Pekín con su persistencia a cuestas, dispuesta a no retroceder un paso. Ya está bueno de encontrar consuelo ante las derrotas asumiéndolas como enseñanzas. La idea, enfrentada a la hora de la verdad olímpica, es ganar. Porque para ganar se ha preparado y porque el triunfo, según su propia definición, "es pura alegría".

Nathalia Sánchez: ¿miedo? ¿qué es eso?

A la edad en la que la mayoría de las niñas juegan a lanzar una pelota de caucho contra la pared al tiempo que recitan cantando "¡Oh-Ah! / sin moverme / sin reírme / con una mano / con la otra / con un pie / con el otro / media vuelta / vuelta entera...", Nathalia Sánchez aprendió a desenvolverse sobre la barra de equilibrio al ritmo de una letanía solo escuchada por ella dentro de su cabeza y que reza "...entrada agrupada / onodi / resorte lateral / ilusión / split escopeta / closhet / mortal atrás / resorte piernas juntas / closhet anillo / salto oveja / salida rondada doble mortal atrás agrupado...".
Porque Nathalia, así con hache, como le gusta a ella que escriban su nombre, es gimnasta olímpica, miembro de una elite especializada en lanzarse a volar con la fuerza de sus piernas y luego sostenerse en el aire con el poder de la mente. Suena algo esotérico, pero en eso consiste el secreto de una disciplina exigente como pocas, en la medida en que se empeña en desafiar, a fuerza de tesón, la ley de la gravedad.

Para ser miembro de ese selecto grupo, hay que aplicar por la membresía desde muy temprano, más a o menos a los seis o siete años, pero Nathalia llegó un poco tarde, a los diez, si bien a la postre eso no representó ningún problema.

La historia de su participación en los próximos Juegos Olímpicos empezó hace cinco años, en cabeza del profesor Andrés Llano, a quien la Federación de Gimnasia le encargó fundar y poner a andar la Liga de Gimnasia del Meta. Llegó a Villavicencio por tres meses y reclutó a 60 niños y niñas para cumplir con la misión. En aquel grupo había una rubia vivaracha que un buen día le arrebató algo a una compañera e inició un escape juguetón tan veloz que llamó la atención del entrenador. "El pique que pegó fue impresionante. Sentí que ella era algo especial y era porque tenía bases de natación, nado sincronizado y atletismo, deportes que practicaba para competir en los juegos escolares", recuerda Llano, que canceló su regreso a Bogotá para quedarse a trabajar con ella unas semanas más y ya completa cinco años convertido en su sombra.

Cinco años al cabo de los cuales Nathalia consiguió su tiquete a los Olímpicos. Son apenas la tercera parte de su edad, pero representan un récord en un deporte en el que normalmente ese logro requiere más tiempo. Para Llano, la explicación radica en el hecho de que su pupila posee "una mente privilegiada que se concentra fácil, sin que el entorno la influya para nada. En otras palabras, no sufre de pánico escénico, que es un mal muy común en los deportistas colombianos. Estamos tan acostumbrados a no ganar, que el triunfo nos asusta. Pero Nati no le tiene miedo al éxito".

Más claro no canta un gallo, dirían en el Meta, un departamento que gracias a los triunfos de Nathalia ha conocido el sabor de la victoria, ese regusto que proviene de la certeza de que alguien del vecindario no solo ha osado desafiar a las potencias sino que les ha ganado. Esta menudita estudiante de grado once en el Inem Luis López de Mesa, a quien su madre Martha Lucía Cárdenas describe como "muy inteligente, muy buena estudiante y muy brincona", representa para los llaneros lo mismo que aquel 5-0 para el resto de los colombianos: una victoria por partida doble, en lo moral y en la tabla de las estadísticas.

No en vano están erigiéndole una estatua, y en uno de los costados del coliseo de la Villa Olímpica de Villavicencio, que entre otras cosas no cuenta con la dotación que requeriría el reto que su hija ilustre tiene por delante, una enorme pancarta proclama la victoria más grande de alguien nacido en la llanura desde los tiempos del Pantano de Vargas:

"Natalia: para tu grandeza llanera no
hay murallas infranqueables...
JUEGOS OLÍMPICOS BEIJING 2008
Andrés: es fruto de tu dedicación, trabajo,
sacrificio y convencimiento de que se podía lograr".

Semejante discurso, que a un forastero podría parecerle cursilería grandilocuente, es una enorme verdad para los habitantes de Villavicencio, y en particular para los vecinos del barrio Remanso de Rosa Blanca, a quienes el orgullo no les cabe dentro del pecho. ¿Y qué siente Nathalia ante tanta demostración de confianza, ante ese generalizado pensar con el deseo que nos caracteriza a los colombianos cada vez que un deportista nacional enfrenta un gran reto?

"No dejo que la presión de afuera se me meta, porque yo me pongo la presión que necesito cuando la necesito, como en los Juegos Nacionales, por ejemplo, que es cuando sé que si no gano quedo por fuera de la Selección Colombia. Y eso no puede ser", responde sonriente.

¿Y qué ocurrió con la presión aquel día en Stuttgart, Alemania, cuando ganó su cupo a Pekín? Soñaba con ganar su pasaje, pero días antes había sido atacada por un dengue que la obligó a suspender los entrenamientos durante un tiempo. La tarde en que volvió a entrenar, lo hizo sin calentamiento previo y en una caída "sentí una molestia en el músculo isquiotibial izquierdo, pero seguí entrenando sin preocuparme. Después llegué a Stuttgart, donde me di cuenta de que no podía caminar ni correr bien. Le avisé al entrenador, llamamos a los médicos del torneo y ellos me dijeron que la placa de crecimiento estaba levantada y podía desprenderse. Nos pusimos tristes porque se iba la posibilidad, pero me sometí a una terapia muy fuerte, sin hacer ejercicio sino apenas visualizando las rutinas hasta dos días antes de que me tocara competir, cuando Andrés me dejó ensayar, pero el dolor nada que se iba. 'Mañana será otro día', dijo él, y decidí quedarme quieta para guardar la fuerza y poder calentar y competir cuando llegara el momento.

Sobreviví en la viga (ríe) y pasé al piso, una prueba en que uno puede disminuir el grado de dificultad, pero lo que haga tiene que parecerles perfecto a los jueces. En el salto de salida, sentí que me iba de lado, pero no sé como hice y en el aire (¡uf!) alcancé a corregir.

Cuando vino el calentamiento antes del salto al caballete, sentí tanto dolor en la pierna que me dieron ganas de llorar. Salté para calentar y lo hice horrrrriiiiiiiible... En el salto de verdad, aguanté el dolor y pasé. Solo quedaban las barras asimétricas, en las que iba perdiendo con Jessica Gil, también de Colombia, que iba haciendo muy buen esquema. Empecé a trabajar y en una pasada sentí que iba torcida, pero muy muy muy rapidito improvisé, metí la pierna, giré, hice una alemana y llegué bien a la parada de manos, salí bien y... gané".

Después de ese relato, contado con la sonrisa en los labios, como si se tratara de un paseo con sus compañeras de colegio, no cabe duda de que Nathalia podrá perder o ganar, pero la banderita tricolor cosida en su trusa nunca habrá estado mejor llevada que allí, en su confiado pecho de niña que no sabe lo que es temer.

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