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Mapa Teatro: obsesión, obstinación, ficción e historia

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Teatro que se mueve entre ficción y la historia

La obra 'Los Santos Inocentes' parte de las fiestas decembrinas que celebra un grupo de habitantes de Guapi (Cauca), y que se cruzan con la declaración ante la justicia del paramilitar 'HH'.

Este miércoles Mapa Teatro presenta 'Los Santos Inocentes' en el Festival de Avignon.

Obstinación. Obsesión, si se quiere. Dos palabras que son punto de partida para navegar en la cartografía de Mapa Teatro, el grupo colombiano que más gira por el mundo. El mismo que presentará desde este miércoles en el Festival de Avignon (Francia) Los Santos Inocentes, la primera obra de su trilogía Anatomía de la violencia, en la que partieron de un hecho real: las fiestas que un grupo de afrodescendientes celebra el 28 de diciembre en Guapi (Cauca), la cruzaron con la versión libre del paramilitar 'HH' e hicieron ficción a partir de ellas. Amalgama de la mentira y la realidad que a este grupo dirigido por Rolf y Heidi Abderhalden tanto le gusta poner en contradicción, en escena. (Lea también: Mapa Teatro, a Aviñón, con escala en Bogotá).

También lo hicieron en Discurso de un hombre decente, sobre la legalización de la droga propuesta por Pablo Escobar, en un falso discurso hallado en la camisa del narco el día de su muerte. Rolf Abderhalden habló sobre su proceso de creación y de la obra que se verá en uno de los festivales más importantes del mundo.

En obras como 'Los Santos Inocentes' y 'Discurso...', ¿qué es lo que buscan?

Indagamos una vía que ha sido poco explorada en nuestro país y es lo que en el mundo llaman 'teatro documental'. No me gusta ese término, creo que encasilla un poco la complejidad y la riqueza que tiene esa forma en la cual uno pone a dialogar la ficción con los documentos, con los archivos, con la historia. Prefiero otro término para lo que hacemos y es etnoficción. Lo hicimos en Los Santos Inocentes, en la que un material que puede ser tomado como etnográfico fue llevado al trabajo escénico en una tensión entre política y poética, que es el punto que nos interesa.

¿Por qué la violencia atraviesa sus obras?

En la primera obra, queríamos tocar los temas relacionados con la fiesta y la masacre, ver ese umbral tan frágil que hay en Colombia entre celebrar y morir, así como la presencia de todas esas fuerzas que se infiltran en las fiestas para atacar. Nos interesaba ver la manera como ciertas brigadas de paramilitares hacen una puesta en escena de las masacres y una especie de celebración macabra, esa teatralización del acto violento, de carnaval de la muerte.

Y así entra 'HH' en la obra...

Sí, fue como la figura de esa barbarie. La fiesta de los Santos Inocentes en Guapi tenía mucho sentido, porque no solo transgredía una serie de reglas (en ella, los negros invierten el papel de esclavos y se disfrazan de blancos, y estos reciben latigazos de varias personas con máscaras), sino porque es la forma en que el pueblo resiste a la presencia paramilitar, que todavía es tremenda en la zona. Encontramos esa relación de los inocentes con la población civil y nos generó preguntas sobre si hay inocentes, y quién es el inocente.

¿Por qué continuaron con una obra con Escobar como eje?

Queríamos trabajar sobre la incidencia del narcotráfico en la construcción moral de esta sociedad. El gran punto de interrogación era el debate de la legalización de la droga, mucho antes de que el presidente Santos lo mencionara en Londres o se hiciera una telenovela.

Participaron personas que lo padecieron...

En el proceso de la obra nos desplazamos a Medellín a investigar e incluimos en la pieza al director de la Banda Marco Fidel Suárez (que resultó herido en uno de los atentados de Escobar y también había tocado en la hacienda Nápoles) y a Jheico, un cantante de hip-hop de Medellín, así como a expertos como Francisco Thoumi, que interactuaban con actores reales.

Ese es un recurso común en sus montajes. ¿Por qué?

En nuestras obras siempre hay un testigo, una presencia testimonial que interroga por nosotros, y que pone más contradicciones. En Los Santos Inocentes, lo hacemos con Genaro Torres, un reconocido intérprete de la marimba de chonta.

¿Cuál fue el sentido de reconstruir un discurso apócrifo de Escobar?

En muchos de sus discursos en las comunas o en otros espacios, él, con sus delirios de presidente, planteaba consideraciones disparatadas y al mismo tiempo sensatas. Era muy paradójico que este personaje que de alguna manera desarmó a la sociedad colombiana en muchos sentidos también planteara problemas morales y éticos muy complicados; que el narco más importante del mundo en su momento propusiera la legalización de la droga siendo presidente. Eso nos recordaba muchos discursos del fascismo y era la oportunidad de poner en boca suya ese contenido.

Pero son sus palabras...

Todo el contenido de la obra viene de él, es un montaje de declaraciones suyas o de otro narcotraficante. De Lehder, por ejemplo, hay un pasaje que es absolutamente hitleriano. Lo ficticio es el discurso en sí, pero todo está articulado en documentos reales.

¿Y cómo no darle voz?

Nos negamos a darle un lugar y un cuerpo (nadie lo interpreta). Sus supuestas palabras las lee Jheico, que pertenece a una generación que heredó un conflicto terrible, pero que también ha resistido.

¿Qué pretenden al mezclar realidad y ficción?

Nos permite exaltar las grandes contradicciones que tiene este país: la verdad y la mentira, el documento de archivo y el simulacro, ponerlos en evidencia y cuestionar qué es lo que es real y qué no lo es. En Discurso... hubo gente que pensó que Thoumi era un actor o no creyó que el músico de la banda fuera el mismo que sufrió un accidente cerebral en un atentado de Escobar. Nos parece importante esa interrogación en un país donde justamente no sabemos distinguir qué es real y donde la memoria se va llenando de capas y capas de realidad, de historia y de olvido.

¿Por qué insisten en la etnoficción en el teatro?

Creemos que en un país como el nuestro es imposible la representación, que el dolor es irrepresentable. Hemos tratado de buscar otras estrategias y dispositivos para no representar, sino presentarlo de manera más directa y testimonial y, al mismo tiempo, poética y contradictoria.

Hay interés por estos temas en el país, pero ¿sí hay una nueva mirada?

Este es un país que requiere de nuevas dramaturgias, pero soy muy escéptico. Uno no puede cambiar la dramaturgia si no cambia toda una manera de hacer teatro. La dramaturgia viene acompañada también de una postura no solo ideológica, sino poética. Hay muchas personas que tienen inquietudes interesantes, pero supremamente convencionales. Hay un trabajo muy grande por hacer desde la puesta en escena, la escenografía y la actuación para construir esa poética singular que no solamente postule ideas sino que arriesgue nuevos dispositivos para el espectador.

¿Qué los hace un grupo diferente?

Creo que hay una singularidad en nuestro trabajo y es la persistencia en la búsqueda, no solamente de preguntas, sino de nuevos dispositivos. Hace 27 años, tenemos una inquietud por intentar comprender los mundos, que no es una inquietud solo nuestra, pero creo que la abordamos con una obsesión particular, y en la vida, al final, lo que hace la diferencia entre los seres humanos son las obsesiones.

¿Y ahora a qué le apuntan?

Queremos girar con estas dos obras en América Latina y tenemos gran expectativa por llegar a Avignon, que es como llegar a las grandes ligas del mundo. También esperamos tener mayor circulación en Colombia y fortalecer nuestra subsistencia, porque Mapa está todos los días en una situación de extrema fragilidad.

Catalina Oquendo B.
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