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Julio Bocca llega a Colombia dirigiendo el Ballet Nacional de Uruguay

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Bocca

Ahora Bocca dirige una compañía de 68 bailarines.

Después de una carrera exitosa de casi tres décadas, Bocca se retiró cuando cumplió 40 años.

Sentado en la recepción del hotel, con un celular en la mano, con ropa deportiva y una cara diferente a la que mostró en los escenarios, no puede esconder que fue -que es- un bailarín. Algo lo delata en sus movimientos, algo tiene en su forma de mirar.

Julio Bocca, el reconocido bailarín argentino, estrella con el Royal Ballet de Londres, el Bolshoi de Moscú, el Kirov de Leningrado, el Royal Danish Ballet de Dinamarca, entre otros, está en Colombia por primera vez en su papel de director de la compañía nacional de ballet de Uruguay, que desempeña hace dos años.

Después de una carrera exitosa de casi tres décadas, Bocca se retiró cuando cumplió 40 años, en el 2007, y cuando su cuerpo (no sus ganas) no le respondía como antes. Era entendible: había estado en las tablas desde los 6 años, alentado por la familia. Su mamá, Nancy Bocca (de quien él heredó el apellido; su padre no lo reconoció), estudió para ser bailarina y se convirtió en maestra. Su abuelo, que había llegado del norte de Italia a Argentina cuando tenía 30 años, formó un hogar en el que el arte era importante y un camino posible pese a que faltaba el dinero. "Fuimos una familia de clase media baja; sin embargo, desde el principio sentí el apoyo de todos para concentrarme en el ballet", dice Julio, con esa forma suya de hablar, en tono bajo, a la que ya tuvieron que acostumbrarse sus alumnos. Julio no grita. No da órdenes autoritarias, como las que recibió él. Sabe que la juventud de hoy es diferente, que hay que convencerla con otros argumentos.

Él, por su parte, fue un niño que se levantaba todos los días a las 5 de la mañana, tomaba el tren desde Munro (provincia de Buenos Aires donde nació), llegaba a la capital y buscaba un bus para asistir a sus clases de ballet. Las suspendía en la tarde para ir a la escuela primaria y, luego, de noche, continuaba sus ejercicios en la escuela donde enseñaba su mamá.

"Nunca sentí ese ritmo como un peso. Al contrario, era algo mágico que quería hacer y, además, me gustaba sentirme diferente al resto de los muchachos del barrio", dice.

Gracias a ese arrojo, consiguió papeles secundarios en el Teatro Colón de Buenos Aires con menos de 12 años, y a los 14, irse a vivir a Venezuela en su primer trabajo como profesional, con el Teatro Teresa Carreño. A esa edad, sin saber mucho de la vida, supo cómo defenderse solo. A veces, entre nostalgias, llamaba a su mamá para hablarle de la falta que le hacía. Nunca recibió de ella un "devuélvete". Al contrario, lo alentaba para que siguiera en el mundo que él quería: el de los escenarios.

Desde entonces, el baile lo absorbió. Sin contar con un físico privilegiado (de hecho, alcanzaron a recomendarle un tratamiento para aumentar su estatura, que él se negó a utilizar. Mide 1,71 m, el límite inferior para un oficio como este), sin las piernas lo suficientemente largas y musculosas, Bocca debió trabajar más de la cuenta. Contaba, sí, con el talento para los saltos, para los giros, para las aberturas. Tenía una extraordinaria flexibilidad. Y le sobraba lo más importante para este trabajo, según él: la disciplina. "La heredé de mi familia. La necesidad de cumplir siempre, como sea, fue algo que mi abuelo y mi madre me inculcaron".

Talento más ganas más compromiso. Esa es la fórmula que le funcionó y la que ahora quiere trasladar a sus alumnos, muchachos de casi todos los países de Suramérica (Colombia aún no) que lo miran con el respeto para quien llegó a ser figura mundial y que ahora se pasea entre ellos, paciente, corrigiéndoles posturas, precisando movimientos.

La contundencia de su éxito, los viajes continuos de país en país (pasaba solo ochenta días al año en su casa) lo llevaron a suspender la escuela en primero de bachillerato. Es probable que ahora diga que no necesitó un título de bachiller, pero sí le hizo falta antes, cuando él sentía que carecer de conocimiento en muchas materias lo obligaba a guardar silencio o rechazar entrevistas de los medios. Bocca se creó fama de tímido, de misterioso. Hoy admite: "A veces ni sabía el significado de palabras. Entonces, prefería callarme. No era timidez. Cómo iba a poder ser tímido alguien que hizo lo que yo hice en un escenario".

Las tablas, en efecto, eran el lugar de su lenguaje. Nunca tuvo miedo de subirse a ellas. Para Bocca, el baile era su libertad. "Estaba seguro en el escenario, mucho más que abajo", confiesa. Arriba, aparecía el Julio Bocca en su esplendor, con esa fuerza de movimientos y de interpretación que le hizo ganar el nombre que tiene.

Lo suyo eran los papeles fuertes, en los que daba vida a dramas reales. Podía hacer también un papel en 'El lago de los cisnes', claro, pero hacer que se enamoraba de un cisne le costaba mucho más que representar un papel en Don Quijote, por ejemplo. Para el lado actoral, contó con maestras de la talla de Norma Aleandro. Y en cada escena dejaba el alma. "Antes decía que la carrera era mi vida. Con el tiempo, entendí que era una solo una parte".

-Pero el ballet era todo para usted en esos años...

-Sí, era absolutamente todo -responde-. Cuando salía a escena, me armaba de un caparazón que me servía como de precaución. De a poco, ese caparazón fue saliendo y pude aprender que las dos cosas, el artista de arriba y el de abajo, eran yo mismo".

Bocca lidiaba con la bronca que le daba el error. Sufría. "Terminaba las funciones y lloraba porque sentía que no había brindado nada. Al final, con los años, acabé por entender que no era una máquina, era un ser humano y, quizá, ese error lo había sentido solo yo, pero no el público".

Cargaba también con sus estados emocionales. Su baile, como todo arte, podía depender de cómo se encontrara. "Fue todo un reto aprender a separar una cosa de la otra. Me resultaba complicado salir a interpretar un papel cómico, por ejemplo, cuando tenía problemas profundos". Lo hacía. Salía, bailaba. Triunfaba. Obtenía aplausos. Aplausos que siempre recibió y agradeció, aunque él tenía claro que salía a bailar para él. Solo para él. Tal vez por eso transmitía tanto.

Cuando llegó el momento de decirles adiós a las tablas, no fue porque estuviera cansado de bailar, pero sí de la exigencia del entrenamiento diario. "Era algo que ya me costaba. Mi cuerpo respondía, pero no igual. Me cansaba mucho más y al salir a escena pensaba más en terminar que en el propio personaje. Ante eso, el retiro era algo para evaluar".

Entre bromas, Bocca solía competir con Mijail Baryshnikov (el famoso bailarín ruso, con quien compartió tantos escenarios) por cuál de los dos tenía más operaciones. Bocca suma cuatro cirugías en la rodilla izquierda, una en la derecha y una en cada pie (todas estas durante su carrera). Al retirarse, se operó de una costilla: durante una función, se le había salido un cartílago de su lugar. También debió corregir el dedo del corazón de su mano derecha, afectado por los giros en escena. "Se me quedaba trabado y no lo podía doblar", cuenta.

Ahora, en su papel de director, está dichoso. Así como hizo su maestro con él, Bocca entrena a sus alumnos para alcanzar un cambio en la musculatura, para alargar sus movimientos. Trabaja todos los días, como antes. Ya descansó dos años (del 2007 al 2009), durante los cuales instaló su residencia en Montevideo (Uruguay), y no hizo nada. Na-da. Se engordó hasta los 77 kilos (su peso habitual eran 65), al punto de necesitar una dieta urgente. "No me molestaba tanto verme barrigón como sentir una parte del cuerpo que no era mía ni podía controlar. Terrible. Además, debía tener una buena imagen si la exijo en mis alumnos".

Ahora, Bocca quiere pasar su sapiencia a sus pupilos. En sus manos, el Ballet de Uruguay ha revivido y está recibiendo peticiones de cupo de Japón, Rusia, Inglaterra, Irlanda, Estados Unidos, Turquía. Y, en mucho, se debe al nombre que lo respalda como director. Ya no es él quien brilla sobre las tablas con sus movimientos. Pero sí siente los aplausos que sus alumnos reciben como suyos. Se los ha ganado.

María Paulina Ortiz
Redacción EL TIEMPO

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