Yusef Komunyakaa: la mirada poética a la guerra de Vietnam

Yusef Komunyakaa: la mirada poética a la guerra de Vietnam

El autor estadounidense estará en el festival 'Las líneas de su mano' que inicia este martes.

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Yusef Komunyakaa nació hace 69 años en Bogalusa (Luisiana, EE. UU.) y es profesor de la Universidad de Nueva York.

Foto:

Archivo particular

05 de septiembre 2016 , 09:33 a.m.

Yusef Komunyakaa no es un autor convencional. Su nombre reúne dos mundos que no terminan de encajar, como una herida abierta en la mitad de las páginas y de la historia.

Pocos como él podrían responder con Derek Walcott esta aguda sentencia, resultado de muchos encuentros y guerras, muchos exilios: “O soy nadie, o una nación entera”.

Un apellido de resonancias orientales y un nombre árabe. Un hijo de inmigrantes caribeños en el sur de los Estados Unidos.

Todo esto es Yusef Komunyakaa, pero ante todo es un poeta. Uno de los más luminosos de los Estados Unidos. ‘Neón vernacular’, una selección de sus mejores poemas, obtuvo el premio Pulitzer en 1994. Komunyakaa es profesor de la Universidad de Nueva York y autor de ‘Dien Cai Dau’, un libro de poemas sobre sus experiencias como reportero y soldado en Vietnam.

(Vea: Infografía: Septiembre literario en Bogotá)

Parece que lo sabemos todo sobre la guerra de Vietnam. Hemos visto decenas de películas. Todos nos hemos impresionado con la foto de la niña desnuda que escapa de los bombardeos. O la del monje inmolado con un bidón de gasolina, en protesta por la invasión. Los helicópteros y las canciones de esos años, los incendios del napalm que transformaron la geografía vietnamita de la jungla hacia el desierto están grabados en la memoria de todos.

Y sin embargo, cuando pensamos que todo ha sido dicho sobre esta guerra, el más grande desastre psicológico en la historia de los Estados Unidos, alguien escribe un libro de poemas y vuelve a conmovernos con estas realidades, como si fuera la primera vez.

¿Qué tiene ‘Dien Cai Dau’ que lo hace tan particular? La poesía, a diferencia de otros géneros, no puede ser explicada del todo. Sin embargo, una primera pista para entender el asombro que nos produce se esconde en la identidad de su autor: Yusef Komunyakaa, que no es soldado o un reportero convencional, sino un poeta negro.

Esta condición de ‘outsider’, de alguien que siente como poeta y como negro que aquella guerra no le pertenece del todo, que el país por el que pelea no es suyo, logra una rara perspectiva que nos hace entender lo que ocurrió con una sabiduría nueva.

No nos encandila este poeta con el horror del testimonio, simplemente nos permite ver. Su asunto no son las razones políticas, sino los hombres y las mujeres que viven la deriva:

Salimos a una claridad cegadora.
Nos desplazamos como un pelotón de siluetas
Con un peso de almádenas encima de nuestras cabezas
Sin saber que nuestras sombras se han separado
de nosotros, y andan perdidas
por ahí sin rumbo.

Gracias a estas páginas, realmente sentimos el tedio de los soldados y su miedo a las emboscadas.

Vemos cómo unos hombres de Kansas o de Illinois llegaron a un país extraño para incendiar pagodas y matar. Incluso para liquidar por la espalda a sus propios oficiales, en lo que ellos mismos denominaban ‘fragging’. Pero ante todo comprendemos la realidad de los negros que combatían. Esta segregación se vivía hasta en los burdeles, donde muchos tenían el letrero de ‘solo blancos’.

El mismo racismo hizo que el Gobierno reclutara proporcionalmente más soldados afroamericanos que de ninguna otra raza, lo que también se tradujo en más víctimas negras.

Incluso se nos cuenta de cómo la propaganda vietnamita les recordaba a estos soldados lo que hacían sus novias sin ellos en Estados Unidos, que los Viet Cong no habían matado a Martin Luther King.

A diferencia de otros poetas de la guerra, el entusiasmo ingenuo de Apollinaire o el delirio de Trakl, dos maneras de escapar de la realidad, él confronta la guerra con ojos abiertos. Y mira atentamente lo que ocurre: el soldado que muere con la foto de su amada entre las manos, las prostitutas de Saigón, el cuarto vacío del patrullero muerto, con sus soldados de plomo y su cama intacta.

Hay algo sobrecogedoramente humano que, sin perder la denuncia, nos devuelve, a través de la ternura, los gestos y rutinas de una generación devastada:

Nuestro rata de túnel es el hombre más pequeño
del pelotón en una caja de resonancia
que le hace sangrar los oídos
si aprieta el gatillo.
Se mueve como si imitara
a los peces ciegos que se deslizan por un mar imaginario
empujado por algo más grande que la ambición
en la vida...

Estas imágenes son tan nítidas que el poeta, antes de juzgar a los soldados o a sus jefes, nos permite vivir lo que ocurrió.

El resultado es una memoria fracturada que no cabe en la pantalla ni en la mejor foto del mundo. El peso de millones de imágenes que se queman en la memoria y persiguen al poeta a dondequiera que vaya, como una maldición.

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Una mención especial merece el tratamiento de la naturaleza y de la sexualidad. En medio del horror, el poeta nos habla de lunas que nacen de los vasos en un tierno surrealismo, de “flamboyanes” y “follajes más altos que el cielo”, desplegando una estética de ecos orientales delicada y precisa. Y una sensualidad que inunda todas las cosas, envolviendo la mente de los combatientes.

Al ver estos magníficos poemas en que, en medio del bombardeo, los soldados, absortos, miran fugazmente una película pornográfica, asisten a los burdeles en ‘To do Street’, o ese hermoso poema donde las ‘Chicas de Saigón’, terminada la guerra, se quitan el maquillaje “poniéndose la ropa campesina”, pensamos que la insania del título es también la frustración de estos jóvenes: ‘Dien Cai Dau’ significa en vietnamita “loco en la cabeza”. Y pensamos con Marcuse que la guerra no es otra cosa que la desviación del Eros hacia el Tánatos. El arte de convertir brazos y piernas jóvenes en máquinas de matar, ansiosas e insatisfechas.

Pero ante todo ‘Dien cai dau’ nos emociona porque es un maravilloso libro de poemas. No se trata de cautivar ciudadanos pacíficos, no se trata de impresionar a los lectores o de convertirse en víctima. Es difícil lograr algo bueno si la guerra se instrumentaliza. En estas páginas es la belleza que se mira a sí misma en los combates, para no perecer del todo. Su asunto, más que el mensaje, es lo inexpresable de la vida y de la muerte.

En una entrevista con Suzan Sherman y Paul Muldoon –quien también estará en el Gimnasio Moderno para este festival–, Komunyakaa habla de su poesía como una amalgama entre la “carpintería” y “la improvisación”.

Su oficio, dice, es el de un artesano que con las palabras, como su padre con la madera, busca una forma sencilla que soporte los recuerdos. Pero también estas palabras, precisamente porque no tienen maquillaje, nos permiten vislumbrar la trascendencia, como ocurre en los solos de Coltrane o de Miles Davis, los músicos de jazz que tanto ama este poeta.

Incluso Komunyakaa habla de su poesía como la búsqueda de esa “nota azul” o ‘blue note’: un sonido que no existe, pero que buscan los músicos cuando improvisan, ampliando las fronteras del sonido.

En el último poema del libro, el poeta va al Monumento de las Víctimas, en Washington, pero comprende que su cara no se refleja en el granito negro, que el monumento, con todos sus miles de nombres, no estuvo hecho para él.

Pero Komunyakaa ha construido con este libro un monumento más honesto para reflejarse y reflejar a las víctimas. Su voz, para decirlo de una manera, es la locura de muchas voces.

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Su visita a Colombia coincide con la situación de un país que en la ciudad, lejos del lugar de los hechos, se debate por el fin o la continuidad de la guerra. Pero que ha hecho muy poco por comprenderla o por pensar qué pasa en aquellos que la viven de verdad.

Por esto, aparte del homenaje que mañana le hará el Gimnasio Moderno, Komunyakaa hará parte de la mesa ‘Letras para la paz’, junto con su compatriota Carolyn Forché, el poeta mexicano Mario Bojórquez y la cantante colombiana Marta Gómez.

La poesía, en este y en muchos sentidos, más que un escape de la realidad, es una oportunidad para que nos sumerjamos en ella.

Las líneas de su mano

Entre el 6 y el 10 de septiembre se realizará la novena edición del Festival de literatura ‘Las líneas de su mano’, en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Contará con más de 30 invitados de 15 países. Junto con Yusef Komunyakaa compartirán mesa el irlandés Paul Muldoon, ganador del premio Pulitzer de poesía en el 2003, y el chileno Óscar Hahn, quien obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2011). El festival se realizará en el auditorio Ernesto Bein, de ese plantel educativo; la Casa de Poesía Silva, el Fondo de Cultura Económica, la librería Wilborada y algunas bibliotecas públicas. Toda la información, en www.gimnasiomoderno.edu.co.

SANTIAGO ESPINOSA*
Para EL TIEMPO
* Literato, poeta y filósofo bogotano de la Universidad de los Andes, y profesor del Gimnasio Moderno.

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