La ingeniosa operación con la que se desmanteló al ‘clan del Golfo’

La ingeniosa operación con la que se desmanteló al ‘clan del Golfo’

El escritor Germán Castro Caycedo reconstruye los detalles en su nuevo libro, ‘Una verdad oculta’.

Germán Castro Caycedo

El escritor y periodista Germán Castro Caycedo, nacido en Zipaquirá, fue cronista de EL TIEMPO y ha escrito 20 libros que giran en torno a la narrativa de no ficción.

Foto:

Andrea Moreno / EL TIEMPO

27 de octubre 2017 , 09:25 p.m.

'Una verdad oscura', último libro de Germán Castro Caycedo, es un clásico de narrativa de no ficción en el tono de la investigación actual: imaginación, creatividad, el universo digital, utilización de puntos capaces de ubicar objetivos a lo ancho de la geografía, ingeniería social, el firmamento satelital. Soportes del servicio de inteligencia e investigación criminal de la Policía de Colombia, uno de los más destacados del continente.

Sin acudir a escenas de violencia, sino con las historias que superan cualquier relato de ficción, esta narración fluye con base en el suspenso que plantean sorpresas de la realidad, gracias a lo cual el autor logra secuencias que se van hilando con un ritmo cada vez más intenso.

El libro revela parte de la historia secreta de una operación con pocos antecedentes en Colombia que ha logrado en los dos últimos años la captura de 1.600 delincuentes de la organización clandestina más grande de las últimas épocas: el ‘clan del Golfo’.

Los métodos de la Inteligencia policiaca bien pueden asimilarse a una versión del espionaje moderno en el que el ingenio del colombiano supera a los demás.

Apartes del relato de 'Una verdad oscura'

Espionaje: ¿Cómo localizar a un sujeto de gran peligrosidad del que los agentes no conocían su nombre ni su figura, ni siquiera el perfil de algunos de sus hábitos? En dos palabras, era un cabecilla clandestino, una verdadera sombra, como se referían a él los agentes de Inteligencia de la Policía, pues nadie creía haberlo visto y con lo único que contaban era una fotografía de los archivos de la Registraduría Nacional tomada décadas atrás.

Para no ser localizado, él vivía solo. Jamás visaba hacia dónde ni de dónde venía. Iba a ver a sus hijos al campo de fútbol. Pero nunca se anunciaba: los observaba desde lejos.

La esposa pareció inicialmente uno de sus puntos vulnerables. Pero, cuando iba a encontrarse con él, cambiaba hasta cinco veces de transporte. Unas veces al atardecer. Otras a la madrugada. Se detenía de forma intempestiva en alguna autopista, dejaba el auto, atravesaba el separador, allí la recogía una moto, otro coche, un taxi, avanzaba un trecho más y luego repetía la operación anterior.

Tras las primeras semanas de investigación, las cabezas del equipo encargado de localizarlo tuvieron referencias que los llevaron a calcular que aquella sombra se disfrazaba de mujer, de anciano, de mendigo, algunas veces llevaba pasamontañas. Y cambiaba siempre de identificación: cargaba cédulas falsas con la misma fotografía antigua y defectuosa.

Usaba pelucas, barba postiza, negra, castaña o canosa, gorras, sombreros… Solo una cosa parecía caracterizarlo: el resto de su indumentaria era de marca. Al parecer, iba a mercar solo y, cada vez, a un lugar diferente.

Inicialmente, el grupo de Inteligencia identificó a las personas aparentemente cercanas a aquella sombra, comenzando por precisar la rutina de cada una, dónde vivían, por qué lugares se movían, en qué andaban. Cómo andaban. Con quién o con quiénes lo hacían.

Moviéndose por ambientes que al parecer tuvieran algo que ver con aquella sombra, llegaron a algunos ciertos barrios y gracias a algunas aproximaciones comenzaron a buscar identidades de personas conocidas, bien a través de archivos de prensa, de registros en fiscalías y juzgados, en las redes sociales, por informaciones en ciertos bares, a través de algún resentido que dijera algo…

Guagua

Guagua era uno de los hombres de confianza del cabecilla principal, quien decidió una tarde ponerlo a la cabeza del clan en el Pacífico: lo nombró capataz de un gigantesco territorio desde el puerto de Tumaco, al sur del litoral, hasta el confín de las selvas del Chocó, en la frontera con Panamá. 800 kilómetros en el sentido de la costa.

Para neutralizarlo, inicialmente el plan consistió en seleccionar a un grupo de Halcones, comandos que se internarían en aquella selva bajo un diluvio permanente y cuando la resolana se insinúa más allá de las copas de los árboles, la arropa un manto de niebla. Visibilidad cero.

Una parte de los Halcones venía de aquellos mundos. Otros ya los conocían. Sabían, por ejemplo, que más allá de la lluvia y de la niebla, emerge algo que se llama sed. Una sed voraz.

“¡Claro! Guagua. Un roedor. Para hacerlo salir de su cueva hay que inundarla de humo”, dijo el Maestro de Comandos.
—¿Identificación?
—¡Por favor!

El Guagua de ahora figuraba en una fotografía con la piel brillante y una barba andrajosa que le cubría parte de las mejillas. Quijada dura. Mirada lejana como la de cualquier sospechoso.

Al parecer, en aquel momento su cueva de verdad podría ser una casa de maderos y dos más a sus costados. Pero la gente de Inteligencia no tenía registros aéreos del lugar, porque la niebla fue un velo permanente que impedía el trabajo de las naves sin tripulación que habían penetrado la bruma.

No obstante, el Maestro sabía que al parecer el sujeto se hallaba a unos veinte minutos de vuelo desde Quibdó, la capital de aquella manigua.

La marcha por aquella selva resultaba tan difícil como lo imponía la maraña de una vegetación sólida sobre una capa de fango, arroyos, ríos, humedales a lo largo de un trayecto que debía ser cubierto andando días y noches, durmiendo sobre el mismo lodo algunas horas y consumiendo raciones sin olor una o dos veces al día. El silencio sería una de las armas de la operación.

A partir de los primeros pasos, avanzaron por aquella selva durante tres días hasta ubicarse a quinientos metros del posible objetivo, y desde de allí realizar lo que ellos llaman técnicas de aproximación: “Avanzar impulsados por codos y rodillas, dejando rastros parecidos a los de los animales. Se dice, avanzar con paso de danta, o sea, arrastrarse con todo el cuerpo contra el piso”.

A sus espaldas habían dejado un mundo igual al del comienzo de la marcha: un barrizal cada 100 metros, corrientes de agua, arroyos crecidos que los cubrían hasta el pecho, luego ríos y en medio de las diferentes corrientes, zonas, digamos secas, pero después nuevamente charcos hondos.

Para miles de familias rurales de cinco departamentos, el nacimiento de una niña es un drama. A los ocho años, los del ‘clan del Golfo’ las raptan para violarlas

Los Halcones habían empleado un día y medio trepando el último trayecto para alcanzar aquel punto, y ahora con el objetivo frente a sus narices hicieron una pausa de minutos.

En los bolsillos de sus cazadoras llevaban raciones de campaña con comida inodora y liviana: atún y otras fuentes nutricionales para un día, y las dividían en dos comidas, temprano en la mañana y al atardecer; pero, quizás por la ansiedad, algunos quisieron pasar un bocado allí mismo.

En aquel momento, el Maestro de Comandos repasó las funciones de cada uno: Quién hacía el avance sobre la casa, quién la asaltaba, dónde se debía ubicar el operador de radio, cuál iba a ser la posición del ametrallador.

Desde luego, no alcanzaban a cubrir las espaldas de la estancia por donde los bandidos tienen su escape, y para solucionarlo escogieron un montículo frente a la puerta principal…

‘Garganta’

A este hombre también le pusieron ‘Garganta profunda’.

¿Usted recuerda a aquel ‘amigo’ de Richard Nixon? ¿Watergate? ¿El Washington Post? Bueno, pues este también se convirtió en ‘amigo’ de Gavilán, segundo cabecilla del ‘clan del Golfo’
, que cuando finalizaba 2016, como estrategia para la policía, era más importante que el mismo ‘Otoniel’, cabeza de la banda.

El plan para capturarlo era atravesar parte de un territorio cubierto por el tapón del Darién, el gran pantano de América del Sur en del golfo de Urabá, alrededor del cual quien imponía la ley era él.

El primer paso para acercársele consistió en establecer los nombres de algunos de sus cabecillas menores, por lo que lograron acercarse al entorno de varios.

Una semana. Dos semanas de trabajo metódico, intenso. Terminando la tercera se detuvieron en las señas de uno que parecía estar más enamorado de su familia que los demás.

Una oficial de Inteligencia y un compañero abordaron a la mujer de veste eslabón, buscaron algún acercamiento y realmente en poco tiempo lograron cierta confianza con ella.

En un par de semanas de relación, la mujer aceptó que su marido se movía al la do de Gavilán.

—Él me llama cada semana –les dijo.
—Queremos comunicarnos con él –le comentaron.
Dos semanas más tarde se comunicaron:
—Trabaje con nosotros –le propusieron.


Luego de cuatro conferencias, él aceptó hablar con ellos. Tenía un GPS para ubicar posiciones. Determinaron un punto en mitad de las aguas del golfo de Urabá. Un amanecer. La señal, tres golpes de luz con una lámpara marinera.

A partir de allí lo bautizaron ‘Garganta profunda’.

Las niñas

“Para miles de familias rurales de cinco departamentos, el nacimiento de una niña es un drama –dice Germán Castro Caycedo–. A los ocho años, los del ‘clan del Golfo’ las raptan para violarlas. Si los padres se oponen, son asesinados.

Mientras se pide por lo menos la cadena perpetua para este crimen, el gobierno Santos y su ministro de Justicia presentarán a la Cámara, este martes, un proyecto que rebaja la mitad de la pena a miembros de bandas criminales que se sometan a la ley.

Pregunta: ¿Algún congresista que tenga hijas, sobrinas, nietas de 8 a 11 años aprobará esta iniciativa?”

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