San Francisco de Asís, una luz para el actual Papa

San Francisco de Asís, una luz para el actual Papa

Un paralelo novelado entre el santo italiano y el Papa Francisco, que honra su nombre.

Papa Francisco sigue con su agenda

El Papa, entregado a expresar su apoyo a los más humildes. Acá, rodeado de niños de una favela, en su visita a Río de Janeiro, en 2013. 

Foto:

Stefano Rellandini / Reuters

19 de octubre 2017 , 12:01 a.m.

Roma, 13 de marzo de 2013. Jorge Mario Bergoglio ha sido elegido Papa. El cardenal decano le preguntó que con qué nombre quería ser llamado (quomodo vis vocari?), y él dijo que “Francisco”. Como es jesuita creyeron que era por san Francisco Javier o san Francisco de Sales; pero no, era por san Francisco de Asís, Il Poverello.

Bromeando, dirá que en una reunión con los representantes de los medios de comunicación algunos le habían preguntado que por qué no se puso mejor Adriano, por Adriano VI, que había sido un reformador, y “vos sabés” que esto necesita reformas; o por qué no, Clemente XV, “para vengarte del Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús”. Bromas aparte, contará que el día del cónclave, mientras se hacía el escrutinio, el cardenal Claudio Hummes le dijo: “No te olvides de los pobres”.

‘Pobres’. Esa palabra “entró aquí”, el Papa se toca el corazón, y al hacerlo, en el salón, ancha y risueña, se despliega la campiña de Asís y caminando hacia él ve la pequeña humanidad de Francisco de Asís con su túnica gris, larga y remendada. Lo envuelve con su mirada sencilla y bondadosa; le sonríe e inclina la cabeza en señal de saludo, luego le da la espalda y sigue su camino, cantando y bailando al compás de su violín imaginario. Alegre como es, les había dicho a sus hermanos que sean así. “El diablo me tiene rabia, porque me ve alegre”.

Y no termina el recuento de los votos (o tal vez ya terminó); lo que no acaba de pasar es la fantasmagoría franciscana por la mente y el corazón de Jorge Mario Bergoglio en su trance de la Capilla Sixtina.

Ahora ve al joven Francisco Bernardone, que regresa de Roma, apearse de su caballo y, venciendo su natural repulsa hacia los leprosos, abrazar y besar la doliente humanidad de uno de ellos que le ha salido al camino, y vuelve a verlo a la orilla de una corriente curando y lavando a esos seres echados fuera de los pueblos con una campanilla al cuello para delatar su presencia y esquivarlos.

Pobrecito y humilde, Francisco ha ordenado a sus ‘caballeros de la Tabla Redonda’ que nunca vayan a caballo
(él ha visto a sacerdotes y obispos montados en espléndidos corceles, con sillas labradas de plata y bridas de oro, seguidos por convoyes de mulas que les llevan sus equipajes). El pobrecito, solo al final de sus días, y ya sin poder andar y casi ciego, montará en una mula para sus correrías pastorales y para subir y bajar, por primera y última vez, al monte Laverna.

Ahora lo ve arrodillado al pie del añoso Cristo de San Damián, oyendo la voz que le dice: “Repara mi iglesia, que se viene al suelo”. Qué reformador de la Iglesia iba a ser esa llamita al viento, que se apagó sencillamente, al pie de la Iglesia que siguió ahí sobre la soberbia roca.

“Jorge Mario” oye que lo llaman. En alguna parte cuchichean; no, es eso: es un chismorreo. Ve al pobre Francisco, envejecido prematuramente y enfermo, redactando, casi a ciegas, la Regla para los soberbios hermanos de los últimos tiempos. Mientras la escribe, los ministros provinciales (a quienes les había dicho que, como tales, están para servir y no para ser servidos) murmuran por lo bajo; los encabeza fray Elías. “¿Qué es lo que chismorrean esas gentes?”, le pregunta él, y le responde Elías (con su acostumbrada dureza, aunque también lo ama): “Dicen que no quieren que los mandes tú, que la regla que redactas la hagas para ti solo y no para ellos”. Ahora, ya cerca de la muerte de su “hermano asno” (como llama a su cuerpo), Francisco en su lecho de enfermo sabe de la disputa que hay entre el obispo y el alcalde de Asís. La ciudad está dividida en dos bandos prestos para irse a las armas.

Meditando en la manera de hacer las paces entre los dos, los convoca a la plaza del palacio episcopal; reunidos allí, fray Pacífico les pone de presente la preocupación del hermano Francisco, quien, a pesar de su delicado estado, ansía amorosamente la salud espiritual de sus amigos y la paz de su amado pueblo; ruega después que oigan su mensaje y que por el amor de Jesucristo haya paz entre ellos. Les había enviado su coro de frailes a cantarles su ‘Cántico’, y al final los dos hombres llorando de emoción se abrazaron y reconciliaron.

El cardenal argentino, aún ensimismado, ve a Francisco de Asís en Siria, de pacificador, dialogando con el jefe de los musulmanes que lo trata con cortesía y le pide que se quede a vivir con él, ya que ha arriesgado su vida por la salvación de su alma; lo ve regañando con dureza al portero de la comunidad que ha despedido de malas maneras a unos ladrones que han ido por comida; con él mismo portero manda a pedirles perdón y llevarles la comida qué el había conseguido mendigando, y ve también el cardenal cómo hablan mal de fray Francisco, oye que lo llaman loco, que su predicación del desprendimiento y la pobreza es un mal ejemplo para los jóvenes por llevarlos al desprecio de los bienes para dárselos a los pobres, que no sabe administrar la comunidad, que no es culto, a esto responde que es cierto, que es un “ignorante e idiota”.

Y aguzando el oído oye la voz dulce de Francisco aconsejando a sus hermanos: “Hijos míos, amemos al prójimo como a nosotros mismos, y si no podemos amarlo no le hagamos ningún mal. Los que recibieron el poder de juzgar a los otros juzguen con misericordia. Hagamos caridad, porque al morir solo se ha de llevar el precio de la caridad que se haya hecho. No digáis de vuestro hermano a sus espaldas lo que no podáis decir con caridad delante de él”, y en este punto, el cardenal, más allá del momento de fascinación que vive, oye el coro de frailes que le ha enviado Francisco para felicitarlo. Es el cántico del trovador que busca un alto y omnipotente y buen Señor a quien loar.

Francisco es el hombre de la paz. Y así el hombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz

Explotan las redes sociales: el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio ha sido elegido Papa. 130.000 mensajes por minuto anuncian al mundo que hay un nuevo papa, llamado Francisco. En el encuentro con los periodistas (16 de marzo de 2013), les dijo la razón de su escogencia: “Francisco es el hombre de la paz. Y así el hombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación (...), es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre... ¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres”.

Elegido Papa, él mismo va al hotel a pagar su cuenta y recoger las maletas; luego empieza, como san Francisco de Asís, despojándose de su plumaje de oro: vestidos sencillos; sin las zapatillas rojas (símbolo del poder, solo las usaban el emperador de Bizancio, la emperatriz y el papa), se lo ve a menudo usando zapatos viejos y gastados; sin tiara, sin báculo, sin trono, no se muestra como príncipe de la Iglesia, quiere ser, como él dice: servidor de todos. Tuiteó: “El verdadero poder es el servicio. El Papa ha de servir a todos, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños”. Para dar ejemplo y para no parecerse a los altos jerarcas que se movilizan en lujosos y ostentosos autos, él monta en carros más económicos, empezando por un Renault 4, modelo 82, que le regaló un sacerdote de Verona.

Carros de lujo, palacios y mansiones, como príncipes. “No se necesitan príncipes, sino una comunidad de testigos del Señor” –les dijo el papa Francisco a los obispos de México, y también–: “No se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales”, y les dijo más, tanto que desde el semanario Desde la fe, órgano oficial de la arquidiócesis de México, trataron de refutar sus críticas a los jerarcas de la Iglesia mexicana: “Aquí cabe preguntarse –dice el semanario–: ¿tiene el Papa alguna razón para regañar a los obispos mexicanos?”. Casi que le dicen, como a san Francisco, “no queremos que tú seas nuestro jefe”.

Así, en materia religiosa, y cuando el papa Francisco habla de la economía de exclusión y desigualdad en que se vive; de la pobreza espiritual de los países ricos; de que la realidad social se entiende desde las periferias; cuando dice que en vez de participar en la globalización de la indiferencia, debemos participar en la globalización de la solidaridad; cuando advierte que si los ricos no comparten con los pobres es como si les robaran lo que deben darles, los ricos se quejan: le echan en cara que solo se dirige a los pobres, que así los desmoraliza a ellos que dan donaciones a la Iglesia; entonces el papa Francisco les responde que él los ama a todos, pero que debe recordarles sus obligaciones con los pobres y el respeto con que deben tratarlos. Que no es economista, “le reviran”, que se meta en sus asuntos religiosos, que es muy liberal, y hasta que es marxista.

Hace más de ochocientos años que San Francisco de Asís fue a Siria, “candorosamente”, para tratar de hacer la paz entre cristianos y musulmanes; ahora es un papa moderno quien, en jornadas pacifistas, aboga por la paz, no solo de Siria sino también de Medio Oriente y África. Y su clamor se extiende hacia los inmigrantes, a quienes va a recibir amorosamente a Lampedusa y a Grecia, algunos de los cuales lleva a vivir al Vaticano, y a los niños les programa tours por sus jardines y museos.

Resuena su voz cuando reclama a los países europeos por su indiferencia o dureza con ellos. ¡No más guerra!, ruega, y reúne en el Vaticano a los mandatarios de Israel y Palestina, y su voz moral por la paz llama a la justicia social, a la reconciliación, a la hermandad universal entre los seres humanos y entre estos y la Naturaleza. Al igual que su mentor espiritual, el papa Francisco ha escrito su propio “cántico”, su carta encíclica Laudato si´ (Alabado seas); y en tanto que el del hombre de Asís es una candorosa y poética visión de nuestra tierra, el del Papa que vino del sur es un reclamo dolorido y valiente por nuestro doloso comportamiento con la ‘casa común’: nuestro planeta, y en este empeño, papa Francisco, alabados sean los hombres de buena voluntad.

CARLOS BASTIDAS
Ensayista, cuentista y novelista. Premio Nacional de Historia y Premio Casa de las Américas. Autor también de biografías de Simón Bolívar y Francisco de P. Santander.

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