Samanta Schweblin: la invención del terror cotidiano

Samanta Schweblin: la invención del terror cotidiano

Ha sido ganadora del Premio Casa de las Américas, del Juan Rulfo y de muchos otros galardones.

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Uno de los ejes de la obra de Samantha Schweblin ha sido la familia y el lugar que las personas ocupan en las familias.

Foto:

Archivo particular

22 de noviembre 2016 , 11:31 p.m.

Samanta no ha cumplido cuarenta años, pero podría tener apenas treinta. Tiene la risa fácil, los ojos grandes y expresivos. Es una de las escritoras iberoamericanas más asombrosas, premiadas y leídas de su generación. Su literatura es delicada, precisa y, a la vez, inquietante y ambigua.

Es en esa ambigüedad entre realismo y fantasía, entre lo etéreo y lo concreto, donde sus historias ahondan en las profundidades psicológicas de las relaciones filiales hasta permitirnos ver lo anormal y terrorífico oculto en la convivencia cotidiana. Ganadora del Premio Casa de las Américas, elegida por Granta en 2010 como uno de los 22 mejores escritores iberoamericanos menores de treinta y cinco años, ganadora también del premio Juan Rulfo, entre muchos otros, Schweblin habló con EL TIEMPO sobre su proceso creativo y su relación con Latinoamérica vista desde Berlín, donde vive actualmente.

Aunque no eres madre, la maternidad es una constante en tu escritura, así como los lazos de familia. ¿Crees que la feminidad da una mayor proximidad a estos temas?

Yo creo que sí y al mismo tiempo no creo que eso hace que la literatura femenina sea una literatura distinta. Creo que cuando escribes lo haces desde la originalidad que te configura como persona. Escribís con un sexo, con una nacionalidad, con una historia. A mí me tocó la de mujer, entonces evidentemente eso está muy presente en lo que escribo. Sin duda tenemos una relación muy distinta como mujeres con la maternidad que la que puede tener un hombre. Para mí es un tema que hace mucho tiempo estoy pensando porque yo tengo este dilema: me encantaría ser madre y a la vez me encantaría no serlo (risas).

Te entiendo. Y si llegas a ser madre, quizá sigas teniendo el mismo dilema…

Claro, esa disyuntiva está. Escribir para mí es entenderme. Entender lo que quiero, entender lo que me asusta, entender lo que puedo y lo que no puedo hacer. Para mí es natural que mi literatura ronde tanto alrededor de este tema de la maternidad precisamente por eso.

¿Qué tanto de tu identidad medio alemana medio argentina está en tu escritura, así como de tus lazos de sangre?

Es curioso porque tengo muchas novedades sobre mi sangre y mi familia, digamos revelaciones y cosas que me he enterado sobre mi pasado muy fuertes, que claro, no están presentes en mi literatura, porque no las sabía, pero están presentes sus ausencias. En algún punto he intuido que tenía que esquivar ciertas zonas porque no las conocía. Para mí, la familia es de los espacios más literarios que puede haber, y además es nuestro primer mundo, todo el tiempo, porque es lo primero que tenemos, incluso cuando no lo tenemos lo es por su ausencia.

Y me parece que los primeros grandes dramas son alrededor de la familia, el lugar que la familia ocupa en uno, el lugar que a uno le asignan, el lugar que a uno le gustaría tener. Incluso, la relación padres con hijos me resulta una relación fascinante y trágica a la manera griega porque no creo que haya una relación más importante y más genuina que la de una madre o un padre con un hijo, y a la vez es una relación que no puede no ser dolorosa, que no puede evitar deformar, influir, limitar. Es un mal que no puedes ejercer de otra manera, es decir, es una relación tan ambigua y tan fuerte a la vez que me resulta fascinante por todo lo que puede salvar y todo lo que puede matar.

Por momentos, tus relatos son tan reales y luego tan etéreos… ¿esa zona rural de tu novela ‘Distancia de rescate’, por ejemplo, la conoces?

Viajábamos mucho con mi familia, o sea que sí son espacios que conozco de alguna manera. Y después, para mí es muy importante ese doble juego entre la precisión, por momentos, y por momentos también esa suerte de permiso al lector para armar parte del libro. A mí me encanta una frase de Rebecca Solnit que dice que un libro es un corazón que late en el pecho del otro. Es precioso y a mí me parece que tiene tanta razón. Porque entonces el libro no es un objeto como tal sino que es un potencial, el potencial de lo que puede llegar a ser en la lectura del otro. Y me parece que para que la lectura del otro tenga un espacio, ese espacio tiene que estar calculado dentro del proceso de escritura.

¿Cómo es tu rutina en Berlín?

Dos veces a la semana doy talleres de escritura con dos grupos distintos y trabajamos tres, cuatro horas cada vez.

¿Los talleres son en español?

Sí, es para hispanohablantes. Lo cual a veces es gracioso, porque te imaginarás a un mexicano escuchando leer su texto a un guatemalteco. Pero es bonito también, porque lo que antes era para nosotros una lengua nacional se convierte en el taller casi en una lengua personal.

¿Qué es lo más importante que puede enseñar un taller de escritura?

He estado de los dos lados porque he tomado muchos talleres y he dado muchos también. Mi gran maestra es Liliana Hecker; me formé en talleres de escritura, y en realidad creo que lo más difícil y lo más importante que te puede dar un taller es aprender a leer lo que realmente estás escribiendo. Eso es todo. Pero es superdifícil. Es superdifícil incluso para mí con mi propio material.

Es difícil porque las palabras están ahí para evocar en el otro esa imagen que uno tuvo en un principio. Es como una suerte de traducción: entre mi imagen y tu imagen. Yo creo que hay muchas traducciones en la escritura. Primero las ideas vienen de un lugar, como diría Mario Levrero, un lugar oscuro e intangible. Luego las ideas se transforman en una imagen, y esa imagen se transforma en palabras. Después, cuando alguien lee esas palabras evoca una imagen, y esa imagen cala en la zona más oscura del lector. Son muchas traducciones en el medio, lo cual es nefasto cuando quien escribe tiene pretensiones controladoras (risas). Hay que luchar contra ese ruido, pero también hay que aceptarlo.

La mayoría de quienes escriben lo hacen en sus tiempos libres, cuando logran robarle unas horas al trabajo, a la familia… en tu caso la escritura es tu primera razón. ¿Recuerdas un momento en que tomaste la decisión de dedicarte a escribir como prioridad en tu vida?

Sí, sí que hubo un momento de decisión. Yo estudié cine. Y terminé en el 2001, es decir, en la última gran crisis argentina, donde ni siquiera me tomé la molestia de salir a buscar trabajo; tres de las seis grandes casas de cine habían cerrado de un día para otro. Entonces empecé a trabajar en diseño gráfico porque yo tenía una historia con el arte, algo de experiencia con dibujo, y me fue superbien. Ocho años después tenía una agencia con cuatro empleados y viajábamos. Por ejemplo, toda la papelería de turismo de la ciudad de Hudson la habíamos hecho nosotros, era un exitazo. Pero, yo tenía un nivel de estrés muy grande. Siempre había tenido claro que la literatura era mi plan A, pero también que si ese era mi plan A, yo tenía que tener un plan B para conseguir dinero, para comprar mi tiempo libre, para poder escribir. Porque ese tiempo libre es muy caro. Y lo que me di cuenta es que ese plan B estaba agotando al plan A. Estaba agotada, destruida, no tenía tiempo para la escritura, y estaba en el mejor momento de esa agencia ganando mucha plata. Entonces me invitaron a una residencia de escritura tres meses en México. Te imaginarás la responsabilidad que tiene una agencia como esta. Desaparecerte tres meses es imposible. Entonces les dejé la agencia a mis empleados, se las regalé. Esos fueron tres meses muy especiales, porque era una sensación de abismo terrible. ¡Lo mejor que había construido en mi vida lo acababa de abandonar! Y si bien tenía unos ahorros, no tenía ningún pasado laboral donde volver. Sin embargo, me sentí tan bien, y fue tan bonito, y nunca me arrepentí de eso, y tuve varios años de austeridad en los que viví con esos ahorros, y en esos años la literatura empezó a volverse muy importante. Aunque no creo poder vivir de la literatura todavía, sí puedo vivir de todo lo que ocurre alrededor de la escritura.

¿Encuentras puntos en común entre Bogotá y Buenos Aires?

Si viniera de Buenos Aires te diría que no hay ningún punto en común. Pero vengo de Berlín; hace cuatro años que estoy allá, y desde Berlín yo te diría que sí hay puntos en común. Sí hay algo de las ciudades fuertes latinoamericanas claramente distinto a las europeas, y lo extraño un montón. Es una suerte de energía, una vitalidad particular. En estas ciudades se lucha por las cosas. Uno tiene que luchar.

En algún punto estuve en un festival en Suecia y tuve que hablar con un autor sueco que yo creo que no me entendió cuando decía que durante mis cinco años de carrera tuve que viajar tres horas y media por día entre ida y vuelta. Ese tiempo lo aprovechaba para leer en el colectivo, y era una lucha leer a pesar del ruido, los frenazos, los empujones de otros pasajeros. Tenía que estar una hora cuarenta y cinco de ida y de vuelta leyendo parada, con una mano agarrada y con la otra sosteniendo el libro; realmente había que hacer un esfuerzo. En cambio, la primera vez que me subí en Estocolmo me quedé dormida. No leí. Era tal el confort, el silencio, la sensación de seguridad, la temperatura perfecta, que me quedé completamente dormida. Acá en cambio tenemos que lucharla para todo, hasta para leer (risas).

Somos guerreros, todo es difícil, ir y volver, tomarte un café, estudiar, conseguir un trabajo hay que lucharlo todo. Y es algo que cuando estás en medio de la comodidad extrañas, porque finalmente estamos configurados así. Y cada tanto me quedo dormida trabajando en Berlín y pienso, ‘esto en Buenos Aires no me pasaría’. Espero no estarme perdiendo de otras cosas por estar tan cómoda en Berlín.

MELBA ESCOBAR
Especial para EL TIEMPO

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