Versos nacidos del mundo nocturno

Versos nacidos del mundo nocturno

La poeta Rocío Obregón reúne sus versos más recientes en ‘De frente a la oscuridad’.

Rocío Obregón

Obregón también trabaja como traductora de películas y documentales para canales internacionales.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

06 de junio 2017 , 04:42 p.m.

“Judas el apóstol, traicionado por el Mesías,/ reparte dulces y maní en la calle,/ apenas iluminada por un farol/ donde convergen las almas de los desterrados/ de este y otros mundos/ en busca de su propio cielo”.

Este fragmento del poema ‘El apóstol’, de la autora Rocío Obregón, hace parte de su nuevo libro ‘De frente a la oscuridad’. Como reza el mismo título, es un homenaje que ella rinde al mundo de la noche.

Ese escenario en donde confluyen lo paranormal, la calle y la muerte; que El apóstol –como anota Obregón– refleja de manera acertada. Surgió, luego de una noche de caminata de la autora por las calles bogotanas, donde conoció a Judas, un indigente que regala dulces.

“Él parece ser un faro, un mesías, al cual acuden aquellos que han extraviado su camino y necesitan consuelo. En uno de esos recorridos, Judas me regaló una frase: ‘No hay peor ladrón que aquel que se roba el tiempo’. Y de esa sabia profecía enunciada por el ‘Apóstol de la calle’, nace este poema que serviría de cimiento a todos los demás”, anota la escritora.

Agrega que Judas, precisamente, representa a esos “héroes olvidados” a los que dedica su libro. “Los que han tenido que enfrentar batallas mortales de las que a veces no salen vivos, y de los que nadie habla. Ellos son los paladines de una realidad que aterra”, dice.

Los que han tenido que enfrentar batallas mortales de las que a veces no salen vivos, y de los que nadie habla. Ellos son los paladines de una realidad que aterra


Su estrecho vínculo con la producción de cine y televisión han sido influencia determinante, para que la mirada sensible de Obregón plasme en palabras las imágenes que más la impactan. En esta oportunidad, las del mundo nocturno.

“El ser humano tiende a huir de lo que no comprende y de lo que teme. De todo aquello que lo incomoda y supone un esfuerzo por ir más allá de lo visible. Enfrentar tu propia oscuridad y la de los otros es tarea difícil. Mi libro supone un acercamiento a las sombras propias y ajenas”, explica la poeta.

Los versos están agrupados en tres apartados: ‘La calle...’, ‘La ronda de la muerte...’ y ‘El ayer...’.

De esta manera, en el primero, el lector puede encontrarse desde un detective hasta un campesino desplazado, con ese telón de fondo de los bares, los casinos, los buses y los cementerios.

En el segundo, Obregón anota que trata de mostrar, por ejemplo, los últimos minutos de vida de un adicto a la heroína o los últimos minutos de vida de una mujer mientras está siendo estrangulada por su asesino.

Y en el último capítulo, la autora rememora momentos idos como la niñez, los amigos de la infancia y de la adolescencia.

Para el crítico Enrique Pulecio, los versos de Obregón apuntan "a un ciclo de composiciones que llamaríamos poesía narrativa o dramática, si se quiere".
Obregón cree que, en efecto, su poesía “trata de contar una historia, en la cual intervienen personajes, lugares, hechos, y se narra un cuento. Y es dramática porque expresa una tragedia humana”.

Al hablar de la fuerza que la inspira desde joven, Obregón explica que su obra poética tiene una marcada influencia de su generación.

“Nadie escapa a su tiempo. Mi generación marcó un momento en la historia del mundo: el hipismo. Mis libros están íntimamente ligados al rock. Escribo escuchando rock y mis ‘musos’ son músicos de rock. Este libro se lo debo a Mike Starr, el bajista de Alice in Chains”, concluye.

Nadie escapa a su tiempo. Mi generación marcó un momento en la historia del mundo: el hipismo. Mis libros están íntimamente ligados al rock.

'El apóstol'

Judas vive en un barrio sin nombre.

La calle es toda suya, no paga impuestos, ni electricidad.
Lleva colgado un cajón de madera viejo y sucio
que le ha sacado una joroba.

En su tienda ambulante trae poca cosa:
cigarrillos, dulces, mentas, galletas y maní.
También lleva oraciones y ruegos,
viejas plegarias
que regala al por mayor.

Luce una descuidada barba blanca,
no muestra los dientes,
y sus ojos cansados parecen volcarse
sobre un mundo de luchas y traición.

A su alrededor se mueve un entramado invisible
de leyes propias
donde los hijos del desamparo
se conocen y se consuelan:
surfistas de la calle desconocida y temida,
corsarios de aguas turbias y peligrosos callejones.
acróbatas de la noche saltando sin red.

Parece navegar a sus anchas en la indomable tormenta
como un avezado capitán
defendiendo su barco habitado de espectros..

Conoce los peligros que mar adentro acechan.
Los náufragos vienen a él.
Arrastrados hacia la orilla incierta,
los cardúmenes de menesterosos y desventurados
se materializan en el bullicio de la calle.
Infunden miedo, no conocen otra cosa que las sombras.
Judas saca los tesoros de su chaza,
una menta, un dulce, cigarrillos sueltos,
el paquete de maní.

Nadie le paga.
Tampoco cobra.

Ha dejado para lo último su mayor tesoro:
las estampas de los santos
que reparte entre los bucaneros de actitud asesina
y ojos traicioneros
como naipes de una baraja celestial.

Los piratas urbanos arremeten;
feroces tiburones hambrientos
que han olido la carne y la sangre
de otro mesías caído,
de otro ángel expulsado del paraíso
obligado a compartir las calles
con los cojos y los tullidos,
los pintores autodidactas
que dibujan con tizas color pastel
sobre el lacerado pavimento,
lienzo de sus delirantes paisajes
y camino a ningún lugar.

Músicos solitarios
con el estuche de su guitarra de monedas hambriento…pero vacío;
bailarines de sacoleva y paraguas,
desplegando orgullosos como grillos de caricatura
su coreografía trajinada de rancheras argentinas
con su pareja igual de fea a la muerte.

En un circo donde brota lo más extraño de la vida,
pero aún así vida, que pugna por florecer
en la oscura selva de misteriosos azares.

Escapan los sueños en pompas de jabón.

Judas deja que todo este torrente
de turbia humanidad, lo moje
se estrelle en sus playas solitarias y benévolas
donde todo lo regala sin mesura
y con razón.

Judas el apóstol caído,
no recuerda muy bien el cielo,
pero lo reparte generosamente
en las estampas de los santos y beatos del mundo.

Un ladrón de mal semblante
se acerca a pedir su perdón.

Judas saca de su viejo cajón
la estampa de San Dimas, el buen ladrón
reservada a las almas perdidas
en la espuma de las olas,
que reza:
no hay peor ladrón que aquel que se roba el tiempo.

El hombre parece aliviado.
Igual que los otros ha recibido su plegaria
y puede entrar en su nueva dimensión.
Judas el apóstol, traicionado por el mesías
reparte dulces y maní en la calle
apenas iluminada por un farol
donde convergen las almas de los desterrados
de este y otros mundos
en busca de su propio cielo..

Redacción Cultura y Entretenimiento

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA