Ciro Angarita: un jurista de los de antes contado por María T. Herrán

Ciro Angarita: un jurista de los de antes contado por María T. Herrán

Reeditan libro que lo retrata. Encuentro académico agrupó a amigos, familiares y exalumnos.

Ciro Angarita: un jurista de los de antes

Herrán mezcla en su libro investigación y testimonios.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

24 de octubre 2017 , 09:31 p.m.

Cómo se echa en falta su voz y su ejemplo en esta crisis de valores por la que está atravesando la justicia. La frase se oyó no una vez sino varias en boca de personas de distintas procedencias que compartieron su magistratura y sus enseñanzas, en una jornada evocadora, organizada por la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes. Y si después de veinte años de su muerte sigue siendo referencia obligatoria y necesaria al hablar de abogados íntegros, no hay duda de que Ciro Angarita es uno de los juristas imprescindibles de la ‘arqueología’ del derecho nacional.

Es seguro que no le hubiera gustado al doctor Angarita ese evento porque, como sostiene la abogada Catalina Botero, su magistrada auxiliar, ahora decana de Derecho de esa universidad, “como no adulaba a nadie, no esperaba adulación de nadie. Y lo perturbaba que lo adularan. En el fondo, sabía que el juego de la adulación se vuelve un juego de vanidades peligroso para la independencia y la tenacidad”.

Este testimonio aparece en el libro 'Ciro Angarita, retador', escrito por la abogada y periodista María Teresa Herrán, pocos días después de la muerte del abogado, con el concurso de sus familiares y amigos, que no querían dejar pasar un solo minuto sin recoger su legado, auspiciado por Unicef, uno de sus nichos, porque la causa de las niñas y los niños fue una de las que defendió y en la que trabajó convencido de que todo lo que se hiciera por su bienestar se vería reflejado en una generación mejor equipada y más feliz.

El libro ha sido reeditado por la autora y un grupo de cercanos, en la editorial Icono, y está siendo presentado en diversos eventos, por estos días.

Un muy buen trabajo de la periodista, que mezcla investigación propia, el relato de algunas actividades que desarrollaron de manera conjunta, con testimonios escritos por quienes fueron sus más próximos, que no dejan indiferente a quien los lee.

Jorge Torrado Angarita, uno de sus sobrinos, se pregunta por qué Ciro fue capaz de romper un molde de vida que se cierne inexorable sobre sus coterráneos boyacenses, máxime si se tiene en cuenta que desde muy pequeño sufrió de parálisis infantil, y se responde así, en el primer capítulo del libro: “Parte de la explicación la encontramos en doña Evangelina Barón, madre de Ciro, amante de la cultura y de la poesía. Ella no estaba dispuesta a que su niño paralítico creciera y envejeciera en Socha (Boyacá), sentado en una silla, viendo desde su casa a la gente pasear por el parque. Fue ella quien lo matriculó en la escuela de doña Elvia Soto y, a falta de silla de ruedas o de bastones, el medio de transporte que utilizaba Ciro para ir a la escuela era el hombro alegre de sus compañeros o hermanos, del peón contratado para el efecto o el lomo de un burro. Y fue ella quien trajo a su niño a Bogotá para matricularlo en el colegio Fray Cristóbal de Torres... Fueron muchas las veces que tuvo que interrumpir su asistencia al colegio para someterse, en el Instituto Franklin Delano Roosevelt y en el Hospital San Rafael, a múltiples intervenciones quirúrgicas y largos tratamientos…”.

Ella no estaba dispuesta a que su niño paralítico creciera y envejeciera en Socha

Alegre, justo y gocetas

Sus carcajadas resonaron de nuevo en el auditorio donde se hizo ese acto académico, al ser recordadas, también por unanimidad, como una de las características de un hombre que nunca se derrumbó ni se angustió. Todo lo contrario. Su fuerza de voluntad y tenacidad sobrepasaron su discapacidad. Su ejemplo opaca sus palabras, declaró uno de sus familiares.

Fue un enamorado de la vida que no ahorró esfuerzos para hacer lo que le vino en gana. “Estaba atrapado en su cuerpo, pero fue un ser libre”. Hizo parapente, subió a los nevados, recorrió el país en flotas, carro particular, aviones, lomo de mula, embarcaciones. “Cada día es maravilloso porque es un nuevo comienzo en la vida”, espetaba a quienes compartieron techo con él, quienes cuentan que su cotidianidad era muy complicada. Toda una proeza. Ducharse, cepillarse los dientes, desayunar, ir a su oficina, a su aula de clase, eran aparatosas actividades que por repetidas nunca se le facilitaron.

Fue el gran articulador de la familia. Ayudó a muchos de sus sobrinos y sobrinas no solo con dinero (que casi siempre entregaba por tareas cumplidas), sino con charlas que cambiaron rumbos o hicieron variar decisiones.

Gocetas de tiempo completo, vitalista, señaló Juny Vargas, una de sus alumnas, monitora y amiga, quien contó que a pesar de ser un hombre frugal no se resistía nunca a la torta de chocolate del Coffee Shop de la calle 19 con carrera 7.ª, al pandeyuca con chocolate en una cafetería de Teusaquillo y a la ensalada de frutas de Patty.

Sostenía que había muchas facultades de Derecho, pero ninguna de Justicia. Por eso, en sus clases las leyes, los incisos, la jurisprudencia, siempre los presentaba fuertemente atados a principios de equidad, de igualdad, de mirada respetuosa hacia los desposeídos, los marginados, los más débiles. Las actuaciones conllevan siempre responsabilidad social con las personas. “La ética de la acción”, la denominó, la pregonó y la ponía en práctica en todos los espacios. Imprimía a sus acciones, a su trabajo, la fuerza del cambio. Cuando le decían que enviara una hoja de vida para entrar, por ejemplo, a alguna de las Cortes, decía que su currículum eran sus sentencias.

Su paso por la Corte Constitucional, la primera que hubo, en noviembre de 1992, fue raudo y veloz, tan solo un año; sin embargo, sus fallos y salvamentos de voto, que fueron muchos, son únicos. O como lo expresó su colega Carlos Gaviria, en el funeral, “… lo que dejó plasmado con brillo y sindéresis en sus sentencias y en sus abundantes salvamentos de voto, tanto más significativos cuando más solitarios, en nada difiere de lo que enseñaba en el aula, de lo que exponía en sus deliciosas disertaciones, de lo que escribía en sus punzantes ensayos, ni de las reglas éticas conforme a las cuales ordenó su vida”.

Maestro único, alumno pilo

“Su argumentación era brillante y encima le imprimía fuerza descomunal”. “Sabio, docto, erudito”. “Hacerte sentir que no solo enseñaba, sino que también aprendía de ti”. Algunas de las frases que se escucharon en ese recinto donde durante seis horas seguidas se habló de él. En su ejercicio pedagógico utilizó el método socrático, preguntas y preguntas para llegar a la nuez. Para muchos de sus alumnos este estilo era una pesadilla: había que estar preparado para contestar, con buenos argumentos, sobre todo tipo de inquietudes.

Fernando Jordan, abogado especializado en informática, otro de los temas por los que se apasionó Ciro Angarita (el derecho a la intimidad y el habeas data), asegura que fue un ser inasible en el sentido estricto de la palabra: no se le podía tocar. Si se le agarraba por alguna parte de su cuerpo perdía el equilibrio. Cuenta que en la Universidad Nacional su promedio fue cinco durante toda la carrera. Cuando terminó lo becaron. Escogió Lovaina y allá se hizo merecedor de otra beca de especialización y se fue para Estados Unidos, a Yale y a Johns Hopkins, en las dos obtuvo, también, el mejor promedio y podría haber seguido estudiando donde le diera la gana, pero se devolvió para Colombia, a trabajar como profesor en los Andes.

Mujeres, niñez, indígenas

Catalina Botero es la encargada de transcribir en el libro 'Ciro Angarita, retador' algunas de sus sentencias.

Por ejemplo, la de Ester Varela, una mujer que convivió 24 años con un hombre, sin contraer matrimonio, y que cuando él murió le peleó a la hermana del marido el derecho a heredar la mitad de la casa en la que convivieron. La tutela llega a la Corte Constitucional para revisión eventual y le corresponde a Ciro Angarita. En su fallo se lee: “Es cierto que la ley dice que solamente hereda la legítima esposa o la familiar, y que para poder entregarle a Ester Varela la mitad de la casa es necesario demostrar que ella hizo un aporte. La pregunta es si realmente hizo o no aporte”.

Para la Corte Suprema de Justicia no existió aporte alguno, puesto que no hubo ingreso económico efectivo, ya que la señora no estaba vinculada al mercado de trabajo. No le retribuían un salario que ella pudiera aportar. Para Ciro Angarita, juez constitucional, en cambio, el trabajo doméstico es un aporte efectivo a la sociedad de hecho.

En consecuencia, la sentencia ordena reconocer el aporte del trabajo doméstico de la mujer a la sociedad de hecho, modificando audazmente la tesis de la Corte Suprema de Justicia.

En cuanto a la protección a la diversidad étnica, la doctora Catalina Botero trae a colación la tutela de Cristianía. Se estaba construyendo una carretera muy importante para el desarrollo del mercado interno, pero pasaba por un resguardo indígena y ellos no estaba de acuerdo. Nunca ni les preguntaron sus motivos ni los oyeron. “Ciro sostuvo, básicamente, que los indígenas ya no son simples comunidades ‘bonitas’ para turistas, para demostrar el pluralismo étnico y la diversidad cultural. Son interlocutores válidos e iguales ante el Estado colombiano… explica que se atropella en nombre del desarrollo porque no se sabe negociar. Pretende imponerse una sola razón a todos los demás, y como yo tengo esa razón, que es la del desarrollo y el progreso, la razón ilustrada, tengo el derecho de pasar por encima de los demás… Y reiteró: perder una etnia es infinitamente más importante que dejar de hacer una carretera… La humanidad puede hacer todas las carreteras por cualquier sitio, así valga el triple, pero nunca puede volver a construir esa etnia, que pierde para siempre”.

Como es obvio, esta sentencia produjo revuelo. “Todas las sentencias del juez Angarita generaban escándalo”, asegura la doctora Botero. Por ejemplo, en un caso de divorcio en el que era clara y dramática la violencia intrafamiliar (sentencia T-523/92), Ciro ordenó que los miembros de la familia se sometieran a una terapia psicológica para resolver las tensiones por medio de mecanismos pacíficos, para separarse en armonía, con el fin de que no se afectara el derecho del niño a un libre y adecuado desarrollo de su personalidad… ¿Cómo es posible que un juez constitucional ordene una terapia psicológica para una familia? Se preguntaban. En el caso concreto, las pruebas demostraban que el maltrato era psicológico, y se debía a que no sabían conversar, dialogar…

Última intervención

Ciro Angarita Barón murió a los 58 años de un paro cardiorrespiratorio fulminante, el 26 de septiembre de 1997, en Armenia, en el acto de premiación del concurso de Derecho Económico José Ignacio de Márquez, cuando tenía el uso de la palabra. Hablarles a abogados jóvenes era de las actividades que priorizaba dentro de su nutrida agenda.

Su sobrino Jorge Torrado Angarita le había preguntado por esos días ¿qué significado tenía la muerte? Y él divertido le contestó: “La suprema igualadora”. Igualdad que no espero a difundir en la otra vida, sino en la que le tocó vivir, y que lo hizo un hombre distinguido por hacer el bien y tratar de influenciar a otros para que siguieran ese mismo derrotero.

MYRIAM BAUTISTA G.
Especial para EL TIEMPO

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