Magín Díaz y Ricardo Camacho, dos grandes de la cultura

Magín Díaz y Ricardo Camacho, dos grandes de la cultura

El Ministerio de Cultura reconoció sus legados con el Premio Nacional Vida y Obra 2017.

Luis Magín Díaz

Luis Magín Díaz es el gamerano más reconocido, un hombre de 97 años.

Foto:

Yomaira Grandett / EL TIEMPO

01 de julio 2017 , 06:29 p.m.

La rosa de Magín Díaz

La historia de Magín Díaz comienza alrededor de 1922, en las polvorosas calles de Gamero, Bolívar, un corregimiento sumido en el olvido, como lo estuvo por más de 90 años este juglar de la música tradicional colombiana a quien el Ministerio de Cultura reconoce con el Premio Nacional Vida y Obra.

Además de haber defendido a capa y espada las raíces musicales del Caribe –representadas en los sonidos del fandango, el bullerengue y la chalupa–, también es el compositor de canciones emblemáticas que han sido convertidas en ‘himnos’ por reconocidos intérpretes colombianos, entre ellos Carlos Vives, Joe Arroyo y Totó La Momposina.

De sus composiciones, la más destacada es 'Rosa', un clásico que Vives popularizó a nivel mundial en 'La tierra del olvido'.

Según una investigación realizada por el filósofo Daniel Bustos –quien lleva varios años haciendo un esfuerzo por darle visibilidad a la obra de Díaz –, cada mañana de su infancia el juglar acompañaba a su madre, Felipa García, a trabajar en un cultivo de caña de azúcar. Un día, a sus 13 años, mientras cumplía su labor, vio pasar a Rosa, la hija del administrador, y de inmediato quedó flechado por su belleza. Pero cuando se le declaró, la joven lo rechazó “por ser un ‘negro maluco’ ”.

“Esa historia muestra quién es Magín, un hombre tierno y enamoradizo. Es un viejo que tan pronto te ve, te coge la mano y te zampa un beso. Siempre está dispuesto a hacer un chiste y a reírse. Se queja por los achaques de la edad, pero es muy divertido”, cuenta Bustos.

Del juglar, dice además el investigador que “la memoria a veces se le va, pero siempre termina contando una historias de sus canciones. Y si se pone a cantar un bullerengue, es usual que acabe llorando porque son canciones tristes que le recuerdan su juventud”.

Por su parte, el tamborero de Petrona Martínez, Guillermo Valencia, quien conoce a Díaz desde hace más de 30 años, asegura que “es un hombre que maneja los dos extremos del temperamento de un ser humano: pasa de la nostalgia y de la tristeza más profunda a una risa de niño curioso. Aunque su cuerpo no aguanta más el peso de los años, cuando le tocan un tambor se pone a bailar y alegra a todo el mundo”.

En el olvido


Gran parte de la obra de Díaz no cuenta con registros materiales. Además, como nunca aprendió a leer ni a escribir, los derechos de varias canciones suyas quedaron registrados por error a nombre de su prima Irene Martínez. Cuando ella murió, el músico cayó en la cuenta de que había perdido un ingreso valioso para su vejez.

A pesar de esta difícil situación, Sayco le reconoció una primera pensión de 322.000 pesos, pero en el 2015, gracias a la mediación de Bustos, esta se duplicó a 750.000 y le fue concedida de forma vitalicia.

La memoria a veces se le va, pero siempre termina contando una historias de sus canciones.

De 1980 a 1983, el músico formó parte de la agrupación Los Soneros de Gamero, junto con Wady Bedrán y su prima Irene. En 1985, integró un grupo llamado Los Wadyngos, y de 1995 al 2000 cantó con Los Viejos del Folclor.

Con la intención de ayudarlo, en el 2014 Bustos emprendió un proyecto documental llamado El Orisha de la Rosa, para rendir un tributo al legado del artista. El resultado fue un álbum de 18 canciones en el que participaron músicos como Carlos Vives, Celso Piña, Monsieur Periné y Li Saumet, entre otros. El documental está próximo a ser estrenado.

Sobre el álbum, Bustos cuenta que “se grabó durante nueve días en Bogotá. La idea era grabar todo lo que se acordara Magín, sin importar qué temas cantara. En esos días él entraba a grabación durante un máximo de dos horas, pero estuvo muy enfermo y casi cancelamos todo a mitad de camino. Tuvimos que llamar ambulancia y hacerlo ver de un médico. Afortunadamente solo tenía la presión alta”.
Como la identidad musical de Díaz parece un collage, ya que se apropia de diferentes sonidos y estilos, este mismo principio se trasladó al documental, en el que se usaron varias cámaras y técnicas de producción.

“En el documental hay un momento muy bonito en el que él entra a la ciénaga al amanecer, se mete en una chalupa y damos un paseo mientras él canta y nos cuenta historias. El viejo no se metía a la ciénaga hace unos 20 años. Entonces estaba muy feliz porque volvió a sentir el agua en las manitos”.

Además, el director del proyecto añade que “otro momento clave en este trabajo fue cuando grabamos en el ingenio azucarero donde él trabajaba cuando era niño. Lo llevamos allá y cuando entró recordó que esa era la casa en la que vivía su jefe y a la que él no podía entrar, pero a los 95 años se pudo sentar en la entrada, cual dueño de la propiedad. Para él, eso fue como una justicia histórica”.

Como un reconocimiento más que merecido, el juglar recibirá ahora los 60 millones de pesos correspondientes al Premio Nacional Vida y Obra, un galardón que le fue esquivo en años anteriores.

Mientras tenga energía en su cuerpo y en su voz, por mínima que sea, Magín Díaz seguirá cantando, y alegrando a Colombia con un legado musical que ahora ha quedado inmortalizado en la historia.

Ricardo Camacho

Ricardo Camacho lideró la fundación del Libre en 1973.

Foto:

Milton Díaz/ EL TIEMPO

Camacho, en primera persona

El premio

“Esto lo entiendo como un premio al colectivo, es muy distinto si yo fuera escritor o pintor, pero esto es un equipo y aquí entra mucha gente, no solamente los actores, que son esenciales; también los administradores, que hacen posible esto y tienen esa ingrata tarea de los números; los técnicos... Y el reconocimiento del público, uno trabaja es para eso”.

Sus comienzos

“Yo estaba en el colegio y los profesores tenían un grupo de teatro, entonces un buen día, por influencia de ellos y de un hermano mayor, no sé por qué decidí hacer una obra de teatro con compañeros de la clase, La tinaja de Luigi Pirandello, en la semana cultural del colegio.

“Para mí hay una cosa clave: el nombre de Santiago García. Empecé a ver lo que él hacía en el viejo Teatro Odeón, estoy hablando de los años 64 y 65, yo estaba aún en bachillerato y a mí eso me impresionó enormemente.
García había llegado de Europa y estaba haciendo lo que había visto allá y tuvo contacto con Edward Albee, Eugene Ionesco, Samuel Beckett. Después hizo Galileo Galilei, que fue una cosa legendaria aquí. Eso para mí fue definitivo”.

Los principios del Libre

“Lo primero que armamos cuando hicimos el Teatro Libre (1973) fue un taller de dramaturgia con Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas y Sebastián Ospina… No podíamos pensar el teatro sino como teatro de autor por nuestra formación –veníamos de estudiar Filosofía y Letras–, entonces montábamos las obras que ellos escribieron.

“Nosotros no tuvimos una formación en el teatro, lo que hicimos fue completamente empírico, de ahí apareció este afán por conocer de verdad el oficio, su historia, los grandes maestros del teatro, no solo los directores, sino los autores. Lo que nos ha mantenido es esa pasión y esa convicción, hemos sido un grupo de principios, nunca nos hemos apartado de lo que creemos: buscar un teatro que enriquezca la vida interior del espectador”.

Shakespeare y los clásicos

“Nosotros éramos militantes políticos de izquierda y en un momento determinado de la vida se nos presentó el dilema: o nos convertíamos en activistas políticos o hacíamos teatro, pero las dos no se podían seguir haciendo al tiempo, porque se termina haciendo mala política y mal teatro.

“Entonces, la decisión de hacer Rey Lear (un clásico de Shakespeare) fue un poco como una declaración, diciendo: ‘Esto es lo que nosotros queremos hacer’. Y fue una inmersión total, la preparación duró como un año y medio, empezamos a leer todas las obras de Shakespeare, a conocer la historia de Inglaterra, a ver los pocos videos que se podían conseguir en esa época (1977).

“Tengo que decir que afortunadamente no hay video de esa obra, porque éramos muy jóvenes y muy inexpertos, muy osados y atrevidos. Obviamente, ahí fue clave el aporte del maestro Grau, que fue el escenógrafo y le gustaba muchísimo el teatro”.

Los grandes actores

“Es claro que el Teatro Libre es un teatro de actores. Cuando usted no tiene actores, hace cosas con escenografía, luces, música, performance y videos. Entonces eso y el hecho de haber realizado ese tipo de obras es lo que forma a un actor”.

La escuela de formación

“Cuando nosotros empezamos, la gente hacía teatro no solo porque le gustaba, sino por que creían que podía servir para ayudar a la transformación de la sociedad.. Pero todo eso cambió, los grupos se desintegraron y nosotros dijimos ‘o se prepara una generación nueva o nos acabamos’. Esa fue la idea de la escuela, pero era algo de doble vía: para la generación que venía y también para nosotros, para obligarnos a sistematizar el oficio y darle una solidez teórica”.

¿Cómo está el Libre?

“El Teatro Libre ha tenido cuatro grupos de gente distinta: el primero, luego hubo una nueva etapa en 1984, en la que salió un poco de gente y entró otra nueva, entre ellas Laura García; luego viene la década del 90, que es la más delicada porque la escuela estaba apenas empezando y estábamos funcionando con actores universitarios; después hubo un remezón hace como cuatro años y aparece un nuevo grupo.

“Con este grupo de ahora, en el que están los viejos como Héctor Bayona y hay una cochada nueva de gente, estamos muy contentos porque creo que hemos puesto la barra bien arriba y eso se ve en cosas como 'Ascuas y azufre', 'En este pueblo no hay ladrones', 'Crimen y castigo' y ahora 'Los hermanos Karamazov'. Este grupo es con el que quisiera quedarme hasta que yo ya no dé más”.

El sueño de hacer una obra de Antón Chéjov

“En mi modesto modo de ver, creo que Chéjov es el autor más importante del teatro después de Shakespeare. Ahí hay una afinidad intelectual y sentimental, he llorado leyendo a Chéjov y cuando vi El jardín de los cerezos que hizo el Piccolo Teatro de Milán, que dirigió Giorgio Strehler, me produjo un impacto del que nunca me recuperé. Por todos los lados es un autor que me llega al alma y, como dicen, si Dios me da vida y licencia, estamos a pocos años de poder hacer un Chéjov, hay un grupo de actores ya más que preparado para eso”.

Daniel Torres y Yhonatan Loaiza Grisales
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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