Nicanor Parra, el antipoeta inmortal

Nicanor Parra, el antipoeta inmortal

El destacado autor chileno, hermano de Violeta Parra, falleció a los 103 años en Chile.

Nicanor Parra

Parra había nacido en la población de San Fabián de Alico, el 5 de septiembre de 1914.

Foto:

Mario Ruiz / EFE

23 de enero 2018 , 06:40 p.m.

Ha muerto Nicanor Parra, el poeta, el antipoeta, el símbolo de una generación irreverente y contestataria. Con él se apaga una de las últimas voces de la gran poesía latinoamericana del último siglo. Era el mayor del Clan Parra, cuya genealogía ha sido fundamental para entender la cultura chilena del siglo XX. De su padre, Nicanor, heredó la vocación de ser maestro y el amor a la guitarra y el violín y de su madre, Rosa Clara, el amor por el folclor, las cuecas, las artesanías y los tejidos. Su hermana Violeta, su “siamesa”, en palabras del propio poeta, ha sido una de las figuras cardinales de la cultura popular latinoamericana.

Al despedir a este gigante de nuestro idioma fue inevitable recordar una de las tardes más importantes de mi vida. En 1999 fui invitado a un encuentro de poesía joven en Chile, ‘El poeta joven y su libro’, organizado por la Fundación Gabriela Mistral. El director del encuentro, el poeta Jaime Quezada, incluyó en el programa una visita a Nicanor Parra, en Las Cruces, sobre la costa del océano Pacífico. Era otoño, y la brisa era muy fuerte.

Traía noticias de naufragios y misterios que tantos poemas habían inspirado. Acudimos, luego de pasar una mañana en Isla Negra, en compañía de los poetas Martín Gambarotta y Silvio Mattoni, de Argentina; Carlos Javier Morales, de España; Aleyda Quevedo, de Ecuador; Rodrigo Quijano, de Perú, y Leonardo Cruz Parcero, de México, a esa cita que el destino ponía frente a nosotros. Todos estábamos emocionados de conocer a una de las leyendas de nuestra tradición hispánica.

Desde el saludo, Nicanor fue rompiendo el hielo y decía alguna anécdota o comentario gracioso sobre cada país. Me preguntó por María Mercedes Carranza y la Casa de Poesía Silva y también por Juan Gustavo Cobo Borda. Me parecía un acto de simple “justicia poética” que recordara a los dos poetas colombianos que más habían promovido su obra y que tanto habían asimilado su registro y su tono. Los recordaba con afecto y admiración. Fue, sin duda, una inolvidable tarde en aquel restaurante donde Nicanor nos recomendó comer el popular caldillo de congrio (inmortalizado y canonizado en la gastronomía chilena por Pablo Neruda) y el filete de corvina. Estaba anecdótico, risueño y más generoso que nunca a sus 85 años. Nos dijo, entre tantas cosas, que Carlos Pezoa Veliz era el mejor poeta chileno y que Monumento al mar, de Huidobro, era un verdadero “monumento” al idioma. Cuando supo que yo era colombiano me dijo que había coincidido en China con un poeta que le había caído muy mal por su carácter: “Tenía un apellido como Digrif o Deigrif”. No dudé que se refería a León de Greiff. Al final, recitó de memoria a Gonzalo de Berceo y algunos heptasílabos y endecasílabos de Garcilaso: “No olviden, jóvenes poetas, que para dominar el verso libre, el verso blanco, hay que saber domar las fieras del verso clásico”.

Era una lección de afecto la que nos dejaba, una breve sentencia para la vida, una tarde de generosidades y pequeñas historias donde pudimos asomarnos a la grandeza de un poeta verdadero y sin máscaras. Desde su primer libro, Cancionero sin nombre (1937), estaba la impronta de una voz fresca que vendría a darle un nuevo aire a la poesía en español. Dos años antes había aparecido la polémica Antología de la poesía nueva chilena, de Eduardo Anguita y Volodía Teitelboim, que habría de polarizar para siempre las huestes de la lírica chilena entre nerudianos, huidobrianos, derokhianos y los mandragoristas, entre otros. Esa ‘guerrilla’ literaria del país austral animaría el ambiente intelectual del continente de mediados de siglo en el cual Nicanor sería un actor fundamental y un eslabón generacional para una tradición, como la chilena, en la cual la poesía ha escrito las páginas más memorables y cuyos nombres son parte del ADN de nuestra América, como lo son Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Enrique Lihn, entre otros.

Y por eso sentimos aquella tarde en Las Cruces como una generosa clase de literatura y vida. Su talante de maestro no lo abandonó nunca. Precisamente de sus épocas como profesor de física y matemáticas de su antiguo colegio, el Internado Nacional Barros Arana, quedan algunos de sus más importantes poemas, entre ellos su inolvidable Autorretrato:

Considerad, muchachos,
Esta lengua roída por el cáncer:
Soy profesor en un liceo obscuro,
He perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
Hago cuarenta horas semanales.)
¿Qué os parece mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué decís de esta nariz podrida
Por la cal de la tiza degradante.
En materia de ojos, a tres metros
No reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? –Nada.
Me los he arruinado haciendo clases:
La mala luz, el sol,
La venenosa luna miserable.
Y todo para qué,
Para ganar un pan imperdonable
Duro como la cara del burgués
Y con sabor y con olor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
Si nos dan una muerte de animales!
Por el exceso de trabajo, a veces
Veo formas extrañas en el aire,
Oigo carreras locas,
Risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
Y estas mejillas blancas de cadáver,
Estos escasos pelos que me quedan,
¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales,
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales.


Poeta controversial, revolucionario y transgresor. Independiente y contradictorio. Así era Nicanor Parra. Le gustaba burlarse de las formalidades y lo establecido. Su actitud provocadora y desafiante en todos los frentes iba acorde con su actitud poética. Siendo de izquierda, habiendo adherido a la Unidad Popular que llevaría al poder a Salvador Allende y acabando de ser nombrado jurado del Premio Casa de las Américas en Cuba aceptó una invitación al Encuentro Internacional de Poesía de Washington D. C. Allí tomó el té con Patricia Nixon cuando el mundo condenaba la guerra de Vietnam y Camboya. Esto fue una afrenta al socialismo internacional y la intelectualidad progresista, quienes lo marginaron de múltiples eventos y publicaciones, a lo que Nicanor respondió: “Cuba sí, Yankees también” y “Si el Quijote atacaba a los molinos de viento creyéndolos gigantes, a mí me pasa todo lo contrario: me lanzo contra gigantes creyendo que son molinos de viento”.

Poemas y antipoemas (1954) es su libro cardinal. Su aporte fue llevar el lenguaje de la conversación, de la vida diaria, a una categoría poética y estética: “La característica del antipoema es la libertad. No tiene nada que ver con la literatura, sino con la vida. Se escribe en lenguaje directo, y la ironía y el humor son condiciones básicas. (...) En mi poesía actual, trato de oponer a la voz impostada de la poesía tradicional, y aun de algunos poetas contemporáneos, una voz natural, la voz de la conversación diaria. Es la eterna lucha de los que buscan formas nuevas y temas nuevos contra la posición académica, que se va renovando y cambiando de rostro de generación en generación. Solo usando el lenguaje hablado se puede llegar al pueblo y hacer una poesía progresista”.

Su reconocimiento fue indiscutible. Su nombre sonó en varias ocasiones para el Premio Nobel de Literatura, y varios gobiernos emprendieron el lobby para gestionarlo. No alcanzó. Sin embargo, fue galardonado con los más importantes que se le pueden otorgar a un poeta en lengua española: Premio Nacional de Literatura (1969), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2001), Premio Cervantes (2011) y Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2012). Estos fueron algunos de sus más renombrados galardones, pero sin duda la apoteosis de la celebración de su centenario fue algo que ni él mismo pudo evitar. No quería grandes festejos, pero su siglo de existencia fue un asunto de Estado como años atrás había ocurrido con su compatriota Pablo Neruda, con quien polemizó pero con quien lo unió una mutua admiración y afecto. Por allá en los 60 le había dicho a José Donoso en una entrevista que “Neruda es un poeta imprevisible e inextinguible. Es el poeta más grande del siglo”.

Aquella tarde de 1999 quedó indeleble en mi memoria. La recuerdo con una inmensa nostalgia. Todos nos despedimos de Nicanor como de un abuelo al que no veríamos nunca más. Nos seguíamos despidiendo desde la ventana del bus mientras su figura se alejaba para siempre. Allí, sabíamos todos, pasaría sus últimos años, y seguro sería enterrado cerca de Neruda y Huidobro. Un panteón frente al mar de tres gigantes de nuestra poesía. Seguro su poema Epitafio lo acompañará a perpetuidad:De estatura mediana,
Con una voz ni delgada ni gruesa
Hijo mayor de un profesor primario
Y de una modista de trastienda;
Flaco de nacimiento
Aunque devoto de la buena mesa;
De mejillas escuálidas
Y de más bien abundantes orejas;
Con un rostro cuadrado
En que los ojos se abren apenas
Y una nariz de boxeador mulato
Baja a la boca de ídolo azteca
–Todo esto bañado
Por una luz entre irónica y pérfida–
Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y de aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!

FEDERICO DÍAZ-GRANADOS*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
* Poeta y Director de la Agenda Cultural del Gimnasio Moderno

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