Una existencia entre la música y la literatura

Una existencia entre la música y la literatura

Carmen Millán se ha hecho un espacio en la cultura nacional entre notas musicales y palabras.

CARMEN ROSA MILLÁN

Millán, actual directora del Instituto Caro y Cuervo, y Juan, su esposo, recién graduados de la universidad, fueron al Tolima a trabajar entre la gente del campo.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

17 de octubre 2017 , 09:18 p.m.

Audaz, curiosa, proteica. Desde que tiene uso de razón, Carmen Millán de Benavides ha llevado una vida en paralelo. Se levanta todos los días con el propósito de llenar la página en blanco que siempre la espera.

A Carmelita, como la nombran sus más cercanos, le encanta escribir, cantar y tocar guitarra, desarrollar proyectos, inventarse acciones para hacerlas de manera individual o en grupo, pero una de las cosas de las que deriva mayor satisfacción es estar frente a un micrófono y hablar y hablar, porque aprendió desde muy pequeña a leer en voz alta, como locutora profesional. Que lo es.

Trabajó diecisiete años en el Instituto Pensar, de la Universidad Javeriana, que ayudó a montar, y en el programa de Semilleros, dirigido a jóvenes investigadores. Creó el grupo de Género en este Instituto. El ciclo rosa para el reconocimiento de la diversidad sexual y de las nuevas masculinidades que emergían en esos años.

Antes, trabajó en la Secretaría de Desarrollo de la Alcaldía de Ibagué. Recién graduada, fue jueza municipal en El Guamo, Tolima. En estos espacios laborales marcó territorio con proyectos, programas que se inventó o a los que se integró innovando.

En su formación y en su desarrollo personal le da mucha importancia a su colegio, a sus padres, a las oportunidades que ha tenido y no ha desaprovechado; a las personas con las que se ha encontrado, que han sido claves en varias etapas de su vida y que se convierten, muy rápido, en sus mejores amigos y amigas.

Cursó una especialización en Finanzas Públicas y un doctorado en Literatura, gracias a becas de Colfuturo, la Fulbright y de tres universidades en Estados Unidos. “Soy abogada javeriana 1977, y lo agradezco porque el derecho es importante en todo tiempo y lugar. Desde que lo estudiaba me interesé por un campo emergente, el derecho ambiental. Mi tesis de grado fue sobre la fumigación aérea, tema del que aprendí en el terreno, en El Guamo”.

Saltó de la ciudad al campo cuando conoció a Juan Benavides, militante del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (Moir), quien, cuando se graduaron de profesionales, la convenció para que hicieran realidad el postulado de “pies descalzos” que invitaba a los integrantes de ese grupo, de clase media, a “campesinizarse” y “proletarizarse”.

Ella no lo dudó. Desde esos años 80 es Carmen Millán de Benavides, un ‘de’ que no le molesta porque “Benavides es parte de mi rostro. Nos conocimos desde que yo tenía 17 y desde entonces estamos juntos”.

Se fueron a vivir a la represa del Prado, Tolima, él como ingeniero de la planta, ella como jueza, con su pequeño niño, que vivió sus primeros años entre osos hormigueros, pájaros, grillos y hasta culebras bejucas, rodeado de limoneros, árboles de maracuyá y guayabas. “Pasé de una familia de mujeres a una de hombres: mi marido y mis dos hijos, que son hoy mayores. Dos buenos ciudadanos. Uno está en Los Ángeles y el otro es un financiero que vive en Bogotá”.

Fue bachiller del Instituto Pedagógico Nacional Femenino. “Una divinidad de colegio. Teníamos gimnasio para educación física, gimnasia rítmica y ballet con aparatos suecos, laboratorios de física y química, un Club de Lectura. No vimos religión, sino religiones. Aprendimos música con el método Orff. Tomamos clases de guitarra y nos educaron la voz”. Siempre música y literatura.

Lo que se hereda…

Pero si bien el colegio fue fundamental para las hermanas Millán, para Carmen, la mayor, lo fueron sus padres, que eran maestros. La mamá de Buga, Valle, y el papá de El Líbano, Tolima. El padre les enseñó a leer. Le fascinaba leerles El Principito y el Quijote. “Cuando llegué con el carné de la biblioteca, de siete años, me dijo: hija, ahora vas a poder investigar”. Y la primera tarea que le puso fue la de indagar sobre el Giotto. Causó hilaridad que una niña de primaria quisiera saber sobre la vida del pintor florentino del siglo XIII. Le llevó la nota y el padre quedó satisfecho y le dijo que la siguiente “investigación” sería sobre el autor de Platero y yo, que habían leído tantas veces y que ella recita de memoria.

Del derecho al canto

Una de las épocas de su vida más gratificantes fue su residencia en Ibagué porque exprimió hasta donde pudo las ventajas de vivir en la ciudad musical. A la cercanía del trabajo a su casa y a la tranquilidad de la que se disfruta en una ciudad intermedia les encimaba cada día tres horas, para desarrollar sus aficiones. Estudió canto con la profesora Rocío Ríos, quien permanece en un lugar privilegiado de su memoria. Se vinculó como voluntaria a la Federación Musical de Juventudes, un movimiento que trabajaba con el grupo de investigación musical del Tolima y aprendió montones, además cantó y tocó su guitarra como nunca.

Becarios mayores

Carmen fue del primer grupo de becarios de Colfuturo. Se fueron, con su esposo e hijos, a hacer especializaciones y doctorados. Ella tenía muy buen nivel de inglés, aprendido en el Pedagógico y consolidado por su afición al rock. “Era roquerísima”, dice con gran sonrisa. Afianzó, también, el francés con canciones de Moustaki.
Durante esos estudios en Estados Unidos, por el dominio de la lengua y por su costumbre de llevar otra vida, trabajó en la emisora de la Universidad de Pensilvania.
Estrenó su programa Música y Literatura, con compañeros y compañeras del mundo entero, así que se daba el lujo de hablar de escritores y poetas de distintos países y poder escuchar de boca de un paisano trozos de sus obras. Ganó un importante premio, el Lamar Kendrick, en esa emisora con un programa de comienzo de curso que no podía tener otro nombre que el de Wellcome to Pen.

Premio que no dudó en compartir, tan pronto regresó, con Agustín Lombana, director de la Comisión Fulbright, quien le sugirió repetir la experiencia en la emisora de la Javeriana y fue su mánager. Le presentó a Jürgen Horlbeck, en 1998, director de la emisora.

A Jürgen le encantó el esquema del programa y le entregó la codiciada franja dominical de nueve a diez de la noche. Y desde entonces ella comenta libros, habla de poetas reconocidos y no conocidos, revive eventos públicos y privados, investiga temáticas, resume historias de vida, comparte su biografía y habla con su voz clara y profunda mezclando esos relatos con música. Una música muy especial.

En los últimos años, la premiaron repitiendo su programa dominical en otra franja apetecida: sábados, de ocho a nueve de la mañana. Dos audiencias muy distintas, de las que recibe correos, cartas, llamadas y declaraciones de admiración por oír contenidos novedosos, voces nuevas y piezas musicales únicas, aunque también echa mano del repertorio popular.

Música y Literatura es el espacio donde administro mi concupiscencia. No comento el libro más vendido ni el que me mandan de la editorial, sino el que a mí me gusta, con el que disfruto. En esa franja comparto el gozo por leer lo que me impacta y por escuchar músicas distintas”.

Lejano, no distante

“Toda persona que tenga que ver con la literatura y la lengua en este país ha tenido relación con el Instituto Caro y Cuervo”. La de ella, además de lectora de muchas de sus publicaciones, se remonta a los años 90, cuando hablaba con el poeta y prolífico escritor Juan Gustavo Cobo Borda sobre la posibilidad de que él viajara a su Universidad de Pensilvania. Él le comentó que estaba editando el libro Para llegar a García Márquez. “Le conté que había escrito un ensayo sobre el tema, Cobo me pidió que se lo enviará y cuál sería mi sorpresa cuando se publicó como el cierre del libro”, dice con orgullo.

Nunca se le hubiera ocurrido dejar su trabajo en la Javeriana para postularse al cargo de Directora del Caro y Cuervo. Sería su amigo Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología (Ican), quien presentó su hoja de vida cuando el Caro y Cuervo tenía vacante la dirección, y así terminó escogida como directora. De eso hace cuatro años.

Homenaje a Zapata O.

La página en blanco que Carmen Millán llena últimamente tiene que ver con la publicación de un libro en homenaje al médico y primerísimo gestor cultural de los menos favorecidos, Manuel Zapata Olivella, que se lanza en Cali, en los 40 años del Primer Congreso Negro de las Américas.

Un libro con material exclusivo y diverso. “He recogido con inmenso dolor, pero a la vez con gran emoción, el análisis de la poética de Candelario Obeso que hizo mi inolvidable maestro de literatura afrocolombiana y amigo Laurence Prescott, quien murió en diciembre del año pasado, de quien fui su traductora. Tres cuentos de Manuel Zapata y parte de la correspondencia que Zapata se cruzó con la antropóloga Nina de Friedemann, muerta hace 20 años. No se trata solo de honrar a nuestros mayores, sino de enriquecer el Decenio Internacional para los Afrodescendientes”.

Una década que proclamó Naciones Unidas y que va del 2015 al 2024.

Internet

Las posibilidades de encontrar personas inabordables, de ubicar textos, de hallar piezas gráficas refundidas se las agradece Carmen al internet.

“Hoy nadie es nadie si no está en una red. Las redes no son la porquería que dicen. Hay basura. Pero, sobre todo, las redes son una herramienta fundamental para contactarse con personajes. Admiré y admiro a Jorge Wagensberg, quien dirigió el Museo de la Caixa de Barcelona y era el responsable de los títulos de ciencia de Tusquets Editores. Me impuse el reto de traerlo para que compartiera con los jóvenes de Pensar su gran experiencia. Pero era una persona inabordable”.

Ahí comienza a narrar una interesante anécdota que remata con Wagensberg en Bogotá, gracias a un contacto por internet, desayunando en su casa con un grupo de jóvenes estudiantes de distintas disciplinas que forman parte del programa de Semilleros.

Carmen Millán de Benavides lleva hoy como ayer una vida en paralelo tan interesante como la del día a día. Su sueño, postergado desde hace unos años, es enseñar a leer porque lleva en su corazón ese maestro que le legaron sus padres y que hará realidad cuando deje de ser figura pública y mediática. Pero, sin duda, alfabetizar no será un trabajo de dedicación exclusiva.

MYRIAM BAUTISTA G.
Especial para EL TIEMPO

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